Cineclub FAHHO Itinerante

Los olvidados es uno de los largometrajes de ficción que han ingresado al registro Memoria del Mundo de la UNESCO

El Cineclub FAHHO Itinerante es un programa que busca difundir el séptimo arte entre comunidades juveniles y públicos no especializados. Tiene dos objetivos principales. El primero consiste en transformar la percepción del cine como una actividad únicamente recreativa, para comenzar a entenderlo como una forma de arte y, por tanto, como una vía para reflexionar y conocer el mundo. El segundo objetivo tiene un carácter formativo: al trabajar con juventudes, se busca despertar en ellas la idea de que el cine, al igual que la literatura y otras artes, es un ámbito en el que es posible profesionalizarse. Así como se puede ser abogado o médico, también es posible ser guionista, editor o director cinematográfico.

Las funciones integran una pequeña clase introductoria, impartida por el maestro de cine Tlatoani Ortiz, y concluyen con un debate entre los asistentes para comentar la película y discutir los distintos puntos de vista surgidos durante la proyección. Es a través de estas conversaciones que salen a la luz aspectos técnicos y artísticos del cine: las características del montaje, las decisiones estéticas de los directores, el discurso cinematográfico y su relación con los movimientos de cámara, y los procesos de producción y postproducción. Estos y muchos otros elementos constituyen la actividad cinematográfica tanto como una práctica profesional como una expresión artítica.

Actualmente, el Cineclub FAHHO se lleva a cabo en el COBAO 01 de Pueblo Nuevo, con el ciclo de cine mexa, el cual contempla las siguientes películas:

CRONOS
Director: Guillermo del Toro
(México, 1993)

Sinopsis: Jesús Gris, el anciano dueño de una tienda de antigüedades, descubre un misterioso dispositivo dorado llamado Cronos, que otorga la vida eterna al precio de una transformación inquietante. A medida que Jesús comienza a experimentar los efectos de la inmortalidad, un hombre obsesionado por la juventud y su sobrino lo persiguen, buscando hacerse con el artefacto para su propio beneficio. Con esta, su ópera prima, Guillermo del Toro logró crear una de las obras fundamentales del cine fantástico mexicano. La película destaca por su enfoque único del mito del vampirismo, mezclando horror, poesía y sensibilidad.

LOS OLVIDADOS
Director: Luis Buñuel (México, 1950)

Sinopsis: Retrato crudo y realista de la vida de un grupo de jóvenes y niños habitantes de un barrio marginado en la Ciudad de México. Los olvidados es uno de los largometrajes de ficción que han ingresado al registro Memoria del Mundo de la UNESCO. Sin abandonar la estética surrealista de sus primeras obras, Buñuel ofreció una mirada sin concesiones sobre una parte de la sociedad mexicana en los bajos fondos de la gran urbe. Esto le valió el premio al Mejor Director en el Festival de Cannes de 1951.

ROJO AMANECER
Director: Jorge Fons (México, 1989)

Sinopsis: Un departamento del multifamiliar Chihuahua, en el conjunto habitacional Tlatelolco de la Ciudad de México. Son los días de mayor efervescencia del movimiento estudiantil del 68. La mañana del 2 de octubre una familia de clase media —padre burócrata, madre ama de casa, abuelo exmilitar jubilado, dos hijos preparatorianos y dos niños de primaria— se prepara para comenzar un día más. Al transcurrir las horas, la familia se verá atrapada en medio de la represión política más sangrienta del México moderno.

MUSEO
Director: Alonso Ruizpalacios
(México, 2018)

Sinopsis: La película narra las circunstancias que rodearon al robo de varios artefactos prehispánicos del Museo Nacional de Antropología de la Ciudad de México, en 1985, y la sorpresa de las autoridades al descubrir que los autores de semejante hazaña habían sido dos jóvenes marginales de los suburbios: Carlos Perches y Ramón Sardina.

Por medio de estas cuatro películas, la FAHHO Itinerante busca ofrecer, a manera de pequeña muestra, un acercamiento a las juventudes de Oaxaca sobre la importancia y la riqueza del cine mexicano.


El archivo del profesor Guillermo Mondragón Gómez

Parte del acervo fotográfico del Fondo Personal Guillermo Mondragón Gómez

Durante los trabajos realizados por la Coordinación de Archivos Civiles y Eclesiásticos FAHHO en la organización del Archivo del Colegio Particular Minerva, fueron encontrados diversos documentos pertenecientes al fundador y único director de esta institución, por lo que se separaron para conformar el Fondo Personal Guillermo Mondragón Gómez.

Guillermo Mondragón nació en la ciudad de Oaxaca el 11 de julio de 1913. Sus padres fueron Efrén Mondragón Noriega y Francisca Gómez de Mondragón. Recibió sus primeras letras en la Escuela Primaria Superior Pestalozzi, donde concluyó el sexto grado en 1929. Realizó sus estudios secundarios en la escuela nocturna del Instituto de Ciencias y Artes del estado. En 1931 ya era alumno normalista. Su vocación por la educación la heredó de su abuelo paterno, Manuel Mondragón Silva, quien también fue profesor de educación primaria.

En 1932 recibió su título profesional como profesor normalista por la Escuela Normal Mixta Federalizada del estado. Su labor docente comenzó en el ya extinto colegio particular Cuauhtémoc.1 En 1935 tuvo la iniciativa de crear la escuela particular Minerva, que abrió sus puertas un 12 de julio en una casa familiar ubicada en la calle de Murguía, en el centro histórico de la ciudad de Oaxaca.

El profesor Guillermo participó activamente en seminarios de perfeccionamiento profesional; fue comisionado al Centro de Cooperación Pedagógica y un apasionado colaborador en radio, revistas y periódicos, además de diversos programas, como “Los amigos del árbol”. Fue conocido en los círculos sociales, culturales, deportivos y educativos dado su gusto por la literatura, la oratoria, los deportes y el teatro; también fue un entusiasta del fomento al respeto cívico. Este fondo personal ofrece un panorama de la intensa actividad que caracterizó su vida personal y profesional, al contarnos sobre sus afinidades deportivas y su gusto por la composición, su placer por la investigación y la escritura.

Su inigualable vocación fue reconocida en diversas ocasiones por la Secretaría de Educación Pública, así como por alumnos, padres de familia y diversas instituciones, especialmente por haber sido artífice de la formación educativa de 37 generaciones de alumnos en el estado. El Colegio Particular Minerva cerró sus puertas en 1969, pero el profesor continuó con un notable deseo de seguir fomentando la educación en Oaxaca hasta su fallecimiento, el 25 de diciembre de 1992. En la memoria de las personas que lo conocieron aparece como un ciudadano culto, educado, caballeroso y religioso; una persona respetuosa y cariñosa con su familia, pero, sobre todo, como un profesor preocupado y ocupado por la niñez.

El fondo personal está dividido en las siguientes secciones: Educador, Personal y Religioso, porque también fue miembro de la orden de Caballeros de Santa María de Guadalupe en Oaxaca, y del Comité Diocesano de la Unión de Católicos Mexicanos. Algunos documentos dan cuenta de su participación activa en las celebraciones anuales por la virgen de Guadalupe.

Este fondo, anexo al archivo del Colegio Particular Minerva, se suma al compromiso de Adabi Oaxaca en las labores de rescate, conservación y descripción con el fin de asegurar su disponibilidad como fuente patrimonial para el estudio de la memoria individual de los procesos de enseñanza dentro del estado de Oaxaca.

1 Fondo Personal Guillermo Mondragón Gómez, Sección Personal, Serie Formación profesional, 1984.


La importancia de las guardas en la conservación documental

En el trabajo cotidiano de bibliotecas y archivos, muchas de las decisiones más importantes pasan casi desapercibidas. Entre ellas está el uso de guardas, elementos que, aunque discretos, cumplen una función fundamental en la conservación de documentos. Más allá de las hojas que encontramos al inicio y al final de un libro, en el ámbito de la conservación el concepto de guardas se amplía para incluir una variedad de soluciones destinadas a proteger, sostener y organizar materiales de distinta naturaleza.

Las guardas forman parte de ese primer nivel de cuidado que no siempre se nota, pero que hace posible que los documentos se mantengan estables y protegidos a lo largo del tiempo. En muchos casos, no se trata de intervenir directamente sobre el material, sino de crear las condiciones adecuadas para su resguardo. Ahí es donde entran en juego las carpetas, camisas, sobres, cajas y otros elementos que acompañan al documento sin modificarlo.

En el caso de documentos sueltos, como hojas, fotografías o materiales frágiles, las guardas funcionan como una barrera de protección frente a la manipulación, el polvo o el contacto con otros objetos. Los sobres, carpetas de conservación de dos y cuatro solapas y marialuisas permiten mantener cada pieza en su lugar, evitando dobleces, roces o pérdidas. Este tipo de soluciones resulta especialmente útil cuando los materiales no están encuadernados y requieren un soporte que les dé estabilidad.

También existen guardas rígidas tipo carpeta, que responden a necesidades más específicas. Se utilizan, por ejemplo, en cartillas, cuadernillos o documentos de pequeño formato que, por su tamaño o estructura, no encajan fácilmente en sistemas estándar. En estos casos, la guarda se adapta al objeto, permitiendo su consulta sin comprometer su integridad. Muchas veces son soluciones sencillas, pero pensadas a partir de la forma en que el documento se usa y se conserva.

Para los libros existen soluciones como las cajas tipo almeja o estuches de conservación. Estas permiten resguardar ejemplares que, por su estado o valor, requieren una protección adicional frente a factores como la luz, el polvo o la manipulación constante.

Además de su forma o función, los materiales con los que se elaboran las guardas también son importantes. En conservación, se procura utilizar papeles y cartones libres de ácido, ya que los materiales inestables pueden provocar manchas, amarillamiento o deterioro con el paso del tiempo. Del mismo modo, una guarda mal ajustada o demasiado rígida puede generar tensión sobre el documento en lugar de protegerlo. Por ello, cada solución debe pensarse a partir de las características específicas de la pieza y de su forma de consulta.

Elegir la guarda adecuada no depende de una fórmula única, sino de la observación del documento y de las condiciones en las que se encuentra. El estado de conservación es un punto de partida: no es lo mismo un material estable que uno frágil o deteriorado. También influye la frecuencia de consulta, ya que los documentos más utilizados requieren sistemas que faciliten su manejo sin generar mayor desgaste. El formato, el tamaño y la forma de almacenamiento son igualmente determinantes, así como el principio general de intervenir lo menos posible.

En bibliotecas y archivos, gran parte del trabajo consiste en tomar decisiones que no siempre son visibles, pero que sostienen la vida de los documentos a largo plazo. Cada guarda, carpeta o soporte forma parte de ese cuidado que puede marcar la diferencia entre un documento que se deteriora con el uso y uno que logra conservarse a través del tiempo.


“ÁNGELES Y ARCÁNGELES. LAS HUESTES CELESTIALES EN ANTEQUERA”

  • El proyecto expone una selección de iconografía angélica de las ocho regiones de Oaxaca que tendrá una itinerancia de largo aliento por distintas sedes pertenecientes o beneficiadas por la FAHHO.
  • La muestra puede visitarse desde el jueves 21 de mayo hasta el domingo 23 de agosto de 2026.
  • El mismo 21 de mayo, a las 13 horas, el curador Héctor Palhares ofrecerá una conferencia gratuita sobre la importancia histórica, artística y devocional de los ángeles en nuestra cultura.

Oaxaca de Juárez, Oaxaca.- La Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, a través del Centro Cultural San Pablo, se complace en presentar la exposición itinerante “Ángeles y arcángeles. Las huestes celestiales en Antequera”. Mediante una cuidada selección curatorial de imágenes angélicas procedentes de las ocho regiones de Oaxaca, esta muestra expone la importancia de los ángeles y arcángeles en la tradición religiosa y artística en Oaxaca. Con la BS Casa de la Cacica en San Pedro y San Pablo Teposcolula como su primera sede, la exposición tendrá un largo aliento en varios espacios de la Mixteca para luego hacer un recorrido en distintas latitudes del estado.

En la historia de la cultura, los “seres alados” siempre han acompañado el destino de la humanidad. Dentro de la tradición cristiana, en el siglo VI d.C., el Pseudo-Dionisio Areopagita elaboró la mística Jerarquía celeste:

La primera jerarquía o suprema es la que se encuentra en contacto directo con Dios: serafines (rayos ardientes que ejecutan los castigos divinos); querubines (cabezas de infantes alados); y tronos (o ruedas del carro del Sol).

La segunda jerarquía o media, quien preside las comunidades humanas, está integrada por virtudes (ejecutoras de las leyes divinas); dominaciones (gobernantes de los espíritus angélicos); y potestades (quienes coadyuvan a las virtudes en el ejercicio de gobernanza).

Marcial de Santaella
(Activo en Antequera [hoy Oaxaca], en el primer tercio del siglo XVIII)
Los Siete Príncipes de Palermo con la Santísima Trinidad
ca. 1726
Óleo sobre lienzo Catedral de Nuestra Señora de la Asunción, Valles Centrales, Oaxaca de Juárez

Al final, la tercera jerarquía o inferior, en comunicación directa con los seres humanos, se vincula con los principados (figuras de guerra o combate); arcángeles (representantes divinos con misiones determinadas); y ángeles (custodios individuales y mensajeros).

En el prolífico arte de Nueva España, y de la antigua Antequera en particular, estas dos últimas categorías revolotean en fachadas, retablos, pinturas, tallas escultóricas, artes aplicadas y ajuares domésticos.

A lo largo de las ocho regiones encontramos su iconografía en los templos, muchos de ellos beneficiados mediante importantes programas de restauración y conservación de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, cuyo compromiso con la salvaguarda del patrimonio oaxaqueño ha permitido rescatar valiosas manifestaciones del arte sacro.

Este proyecto itinerante, desde la FAHHO, busca acercar a los públicos, mediante una cuidada selección de obras, al valor simbólico y artístico de las huestes celestiales en la Tierra.


EDITORIAL

En la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca sabemos que los nuevos comienzos palpitan en los yacimientos de nuestra historia individual y colectiva. Así, este número abre con las palabras de la doctora María Isabel Grañén Porrúa en torno a la próxima apertura del Estadio Yu’va, “en cuyo nombre mixteco —como ella misma señala— resuena el eco antiguo del juego de pelota”. La fisionomía del nuevo estadio, como muestra la exposición conmemorativa del Centro Cultural San Pablo, dignifica la forma de vivir conjuntamente deporte, arte y conocimiento en Oaxaca.

Con una profunda sensibilidad, Rocío Ocádiz, directora de la FAHHO, nos acerca a la exposición “María Sada. Memorias de la Tierra” para insistir en la presencia de lo imprescindible, de lo que funda y de lo que permanece: la Tierra.

A partir del rescate de archivos parroquiales, Adabi de México visibiliza el significado de la memoria. Por su parte, Adabi Oaxaca, el Taller de Conservación y Restauración Documental y la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, junto con la presidenta de la Fundación, nos muestran los magníficos tesoros que guarda la comunidad de Santa María Tiltepec.

Las historias individuales también retroalimentan la memoria colectiva. Por eso es que los Diablos Rojos del México insisten en reconocer la trayectoria de sus jugadores con una nota dedicada a Miguel Ojeda. En sintonía, el Museo Textil narra su propia historia por medio de los ojos de Margarita Juárez.

Porque construir recuerdos significativos es fundamental en la infancia, tanto la FAHHO Itinerante como la Librería Grañén Porrúa nos hacen ver el lugar determinante de la música en este proceso, al tiempo en que el Museo Infantil de Oaxaca lo hace a partir del patrimonio cultural. Entretanto, las Bibliotecas Móviles, bajo el Programa Seguimos Leyendo, continúan la titánica labor de llevar la lectura a distintas comunidades rurales; y Contemporáneas, el círculo de lectura de la Biblioteca Infantil de Oaxaca, nos hace ver cómo une generaciones.

Por otro lado, el Museo de la Filatelia aborda la curaduría como vía para democratizar el museo ante la diversidad de públicos y expositores. Bajo esta misma visión, la Coordinación de Arte Popular y el CCSP presentan la sala Arte en Comunidad, un espacio que privilegia lo colectivo, manual y tradicional propio de las culturas originarias de México.

Para finalizar, la Biblioteca Henestrosa y la Biblioteca Francisco de Burgoa presentan tres libros para reflexionar ante la desolación y sobre la forma en que hemos construido o adoptado nuestros sistemas de pensamiento.

Estas páginas confirman que, para la FAHHO, la memoria no es solo herencia, sino impulso vivo donde germina la posibilidad de construir futuros más justos y compartidos.


El nuevo hogar de los Guerreros de Oaxaca

Un inmenso manto bordado en añil evoca el abrazo de Alfredo Harp Helú para cubrir a su amada Oaxaca. El nuevo hogar de los Guerreros de Oaxaca emerge en esa tierra vibrante: el Estadio Yu’va, en cuyo nombre mixteco resuena el eco antiguo del juego de pelota.

Hay momentos afortunados en los que la voluntad de muchas personas se conjuga para el bien común. Este es uno de ellos, el cual celebra la alianza entre la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, la Fundación Alfredo Harp Helú y los Guerreros de Oaxaca para hacer posible un sueño colectivo: fortalecer la educación, la cultura y el deporte, especialmente el beisbol, en el estado.

El Estadio Yu’va es un regalo de Alfredo para compartir un sueño con quienes, desde todos los rincones de Oaxaca, anhelaban un espacio de encuentro. Pero este jonrón va más allá del juego: es un lugar concebido para la unión, donde los aficionados portan con orgullo la camiseta de Oaxaca, echan porras, ríen, cantan, callan, gritan, sufren y conviven. Aquí las historias no solo se recuerdan, también las seguimos escribiendo juntos.

En este proyecto se ha puesto alma, corazón y vida; es un homenaje a la cultura de Oaxaca que se percibe en las manos de los artesanos que han llenado las paredes de ladrillos. En las butacas forman grecas teñidas con tonos de grana cochinilla, esos rojos profundos nacidos de esta tierra que alguna vez pintaron el mundo. Y también en la memoria del antiguo Estadio José Vasconcelos, que sigue vivo gracias a que se respetaron e integraron su fachada y sus gradas originales a este nuevo espacio.

Alfredo ha querido legar a Oaxaca uno de los estadios más modernos y hermosos de nuestro país; con capacidad para poco más de diez mil personas y tecnología de punta de una calidad excepcional. Basta con mirar la gran pantalla, escuchar la fidelidad del sonido y apreciar el sistema de iluminación. En este proyecto, concebido magistralmente por el arquitecto Joao Boto Caeiro y edificado por la Constructora GIA, han trabajado más de dos mil personas. A todos ellos, así como a los supervisores de la obra, se les reconoce haber entregado no solo su trabajo, sino su compromiso para lograr esta obra en un tiempo récord.

Desde tiempos remotos, los tlacuilos de Oaxaca pintaron en los códices las más hermosas imágenes del juego de pelota. Y hoy, a más de quinientos años, los artistas continúan ese legado en el Yu’va. Sus obras dialogan con el público y llevan consigo la fuerza de una tradición que se transforma sin perder su raíz. Mientras el estadio vibre al son de los batazos, el arte se volverá parte de la experiencia colectiva, recordándonos que la belleza ancestral sigue viva y que en ella podemos reconocernos.

Yu’va es más que un estadio de beisbol, es un sitio que nos acoge para expresar: “Somos tierra, somos juego… aquí seguimos, latiendo juntos”.


Yu’va / Juego de pelota. Arte y deporte

“Catcher y bateador” de Francisco Toledo en el diseño de la reja del Estadio Yu’va. Corte láser en placa de acero. Fotografía: Eduardo González

No es lo mismo estar entre los espectadores que en el terreno de
juego. Es ahí donde se encuentran el esfuerzo, la tenacidad, el deseo
constante de dar lo mejor de uno, así como la concentración en el
aquí y el ahora por encima de cualquier otro pensamiento. También
está, por supuesto, la capacidad de superar la frustración por los
errores cometidos y el ansia irrenunciable de lograr la victoria.

Alfredo Harp Helú

Dentro de los muchos rostros que la filantropía ha tenido a lo largo de la historia, la habilitación y reconversión del espacio urbano ocupa un sitio fundamental para el bienestar común. Es el caso del nuevo estadio Yu’va que, en el contexto del 30 aniversario de los Guerreros de Oaxaca en la Liga Mexicana de Beisbol, engalana a la capital oaxaqueña con un magno proyecto que incluye, además, un planetario, plazas públicas, estacionamiento subterráneo, biblioteca y áreas para alimentos y bebidas.

Asimismo, la próxima apertura de un museo, en el espacio antes ocupado por el Estadio Vasconcelos, pone en valor —como su equivalente de los Diablos Rojos en la Ciudad de México— la relación indisoluble entre arte y deporte como manifestaciones de nuestra cultura.

Esta muestra, que abre sus puertas en las salas de vestigios y capitular del antiguo conjunto conventual dominico de San Pablo, echa mano de los propios materiales constructivos para su propuesta museográfica. “Yu’va / Juego de pelota. Arte y deporte” revisa, en tres grandes ejes temáticos, el proyecto arquitectónico del nuevo estadio, con las diferentes etapas de su construcción y todas las personas que participaron para hacerlo posible; el trabajo de artistas como Adán Paredes, Doctor Lakra, Carlomagno Pedro Martínez, José Luis García, Víctor Cha’ca, Alejandro de Ávila, Demián Flores, José Ángel Santiago, Ana Hernández, así como la presencia de artistas urbanos oaxaqueños en diálogo con el legado de Francisco Toledo, entre muchos más, que se integra a la fisonomía del estadio. También está presente la espléndida selección de piezas invitadas del acervo del Museo de la Filatelia de Oaxaca y, finalmente, un espacio lúdico inmersivo, en colaboración de primer orden con el Museo Infantil de Oaxaca, que acercará a todos los públicos a este proyecto de la comunidad y para la comunidad.


Miguel Ojeda: el diablo que lo ha ganado casi todo

Miguel Ojeda en su ingreso al selecto grupo de “Diablos más Diablos”. Fotografías: Enrique Gutiérrez

El debut de Miguel Arturo Ojeda Siqueiros con los Diablos Rojos ocurrió en 1995. Originario de Guaymas, Sonora, llegó como un joven catcher dispuesto a abrirse camino en un equipo donde la titularidad ya tenía dueño. En sus primeros años, bajo la dirección de Marco Antonio Vázquez, supo esperar su momento. Con Homar Rojas como receptor principal, fue una lesión de Rogelio Cobos la que finalmente le dio la oportunidad de incorporarse al primer equipo.

Lejos de limitarse a su posición natural, Ojeda mostró desde el inicio una gran disposición para adaptarse. Con el objetivo de mantenerse en el lineup, cubría diferentes posiciones tanto en el infield como en los jardines, reflejando su compromiso y ambición. Ese esfuerzo rindió frutos rápidamente, de modo que para 1997, con apenas 22 años, la organización decidió confiarle de forma definitiva la receptoría, dando paso a una etapa marcada por logros importantes.

Entre sus actuaciones más destacadas consiguió algo poco común: desempeñar las nueve posiciones en un solo juego. Además, el 19 de mayo de 2000, firmó una de las noches más memorables para un pelotero mexicano al conectar cuatro cuadrangulares en un partido de nueve entradas frente a los Acereros de Monclova, en el Parque del Seguro Social.

Su aporte también fue clave en lo colectivo. Formó parte de ocho finales con los Diablos Rojos y celebró tres campeonatos: dos contra los Tigres y uno frente a los Sultanes.

A lo largo de su carrera participó en numerosos juegos de estrellas, destacando como Jugador Más Valioso en la edición celebrada en el Foro Sol. Asimismo, tuvo la oportunidad de competir en Grandes Ligas entre los años 2003 y 2006, llevando consigo la representación del equipo escarlata.

Tras su etapa como jugador inició una nueva faceta como mánager, logrando el campeonato en 2014 durante su segundo año al frente del equipo, con una plantilla renovada pero altamente competitiva.

Más adelante, desde el ámbito administrativo, contribuyó a la obtención del más reciente bicampeonato, consolidando una trayectoria única al haber sido campeón como jugador, mánager y directivo dentro de la organización. Por todo ello, Miguel Ojeda ocupa un lugar destacado en la historia de los Diablos Rojos, como una de sus figuras más emblemáticas.

En la entrega de anillos por el campeonato de 2026 y cuarto bicampeonato del México, el admirado Negro de Guaymas consiguió un doble play espectacular al recibir la noticia de su ingreso al selecto grupo de “Diablos más Diablos” en el museo del equipo escarlata, además de que su número, el 35, será retirado por la organización, es decir, nadie podrá usarlo ya.

Con una trayectoria tan brillante, a Miguel Ojeda únicamente le falta un logro por alcanzar, y se encuentra a un paso de obtenerlo: el Salón de la Fama del Beisbol Mexicano.


No te vayas, María

Exposición “María Sada. Memorias de la Tierra” en el Centro Cultural San Pablo. Fotografías: Javier Sánchez

“Trópico, ¿para qué me diste las manos llenas de color? / Todo lo que yo toque se llenará de sol”. Hasta aquí, Carlos Pellicer.

Y a partir de aquí, María Sada.

Porque a partir de hoy, quienes tengamos la fortuna de vivir cada una de sus obras, asociaremos su nombre con esas manos llenas de color, con esa capacidad de resignificar la vida que se manifiesta en nuestra tierra, y de regalárnosla en ese único instante que atisba la eternidad: el arte.

Hoy veremos el bosque como no lo habíamos visto; la selva desde su más vívido caos y su entraña voraz, que busca el camino a la exuberancia… y lo encuentra.

Veremos la mirada de nuestro compañero homínido como solo ella la pudo captar para hablar desde un “nosotros” y no desde un “yo que mira”, porque no existe un objeto pasivo: somos nosotros, cada uno de nosotros, reflejados en la pupila de un ser que contempla a su vez la vida… a la que todos contribuimos con nuestra existencia.

Bromelias, flores, follajes, paisajes en lontananza, momentos de vida infinita que encuentran un lugar en los lienzos de María y en los de nuestras almas temblorosas que miran, por primera vez, lo que creían haber visto ya.

El “verde que te quiero verde”, de García Lorca, para ella es un abanico de verdes que quiere para no-so-tros, verdes que se convierten en azules, en reflejos de color, en niebla inesperada, en vapor de agua que envuelve misteriosamente la vida que bulle en la naturaleza.

Y así… quedamos confundidos. Porque ya no sabemos dónde comienza la poesía y termina el color, no entendemos cómo la emoción se funde en la vida que nos regala el instante eterno de cada pincelada.


La Mixteca oaxaqueña, donde la tierra roja canta

Para Bas van Doesburg, Michael Swanton y
las voces que nos hacen vibrar en Oaxaca.

La tierra de la Mixteca vibra en sus colores. Durante dos días del pasado marzo sentimos su amplia gama de blancos, amarillos, ocres, verdes, hasta ese rojo profundo, entre ladrillo y vino tinto. Era como si el sol, en la estela de San Pedro Topiltepec, hubiera cocido ese paisaje durante siglos, dejando al descubierto su intensa belleza, hasta labrar un gran corazón en el Geoparque que nos dio la bienvenida desde la carretera.

Aún resuena en mi corazón el órgano que escuchamos en Santo Domingo Yanhuitlán. Su sonido parecía venir desde la raíz de la tierra, como si la memoria cobrara vida y las paredes de la iglesia respiraran para recordarnos la presencia de tiempos idos y su permanencia en sus retablos coloreados y tallados por los más prolíficos artistas del virreinato. En medio de aquel destello de belleza sentimos también los ecos de la grandeza mesoamericana mientras las serpientes emplumadas bailaban al compás, sosteniendo la pila bautismal.

Las notas quedaron suspendidas cuando llegamos a San Pedro y San Pablo Teposcolula. Ahí se nos abrió un claustro y con él, el concierto se llenó de voces elocuentes, expresiones en mixteco, chocho, zapoteco y triqui. Era como si el órgano de Yanhuitlán siguiera emitiendo su eco en aquellas palabras sabias, sinceras, dispuestas a colaborar en un sueño colectivo: impulsar una campaña de prevención y control de la diabetes y la hipertensión arterial en la región mixteca. Los bastones de mando adornados de listones, los huipiles coloridos y las trenzas de las mujeres indígenas eran un himno de pertenencia, historias contadas por la comunidad para resistir, celebrar la vida y llevar la tierra consigo en su memoria y su cotidianidad.

El sonido era limpio. La sabiduría ancestral se respiraba en el ambiente dentro del antiguo hospital de indios, el de la Santa Vera Cruz; ahí era donde la conversación fluía en un mar de mole negro y chiles rellenos, acompañados de tortillas y frijoles. Era como si el destino estuviera predispuesto. Aquella vibración recorría nuestros corazones, ávidos de aprender unos de otros, en presencia del Dr. David Kershenobich, secretario de Salud, y su equipo. Nos sorprendió su profunda sensibilidad para atender las voces que no suelen ser escuchadas, para aguzar el oído y recoger cada palabra en su libreta, anotarla con cuidado para nutrir un programa que aspira a ser también un gesto de humanidad.

El concierto continuó en la capilla abierta de Teposcolula. Al caer la tarde, las cuerdas y los alientos de Camerata Oaxaca elevaron la música entre los arcos abiertos hacia el atrio inmenso. La luz pintaba las sombras sobre la piedra tallada, en una de las obras más extraordinarias legadas por la historia.

Fue un día casi sagrado, como si los dioses del cielo hubieran bajado para recordarnos la grandeza de los pueblos mixtecos, tantas veces nombrados desde la carencia, pero poseedores de una riqueza cultural y humana infinita. El concierto fue también un encuentro con esas divinidades que brillan en la bóveda celeste.

¿Y qué quedaba al final del día? Un mezcal, una tlayuda con quesillo y tasajo, y el calor de lo vivido. Luego, el descanso en el silencio profundo de Casa Franco.

A la mañana siguiente, los vientos frescos dieron continuidad a ese concierto. En la Casa de la Cacica, el Códice Borgia se desplegó como un universo: linajes, dioses, el nacimiento del sol, los primeros hombres. La historia sagrada tomaba cuerpo en esos muros coronados por chalchihuites, como los cimientos de una ciudad soñada, mestiza, heredera de múltiples mundos. Hoy, ese espacio es también biblioteca: luz para los niños, esperanza viva; uno de mis lugares consentidos.

La música fluía a través de los cerros y nos llevó a San Pedro Topiltepec, donde los topiles nos recibieron solemnemente en el Palacio Municipal. El centro de salud —cerrado— mostraba un letrero: “No se atienden urgencias fuera del horario laboral del personal adscrito”. Una frase que revela la distancia, el abandono y la dureza de la vida rural, como si el dolor pudiera esperar.

La misma tonada se repitió en Santa María Tiltepec, donde las autoridades nos recibieron con sincero cariño. El centro de salud, que era más una casa habitación que una clínica, dejaba ver una realidad: ausencia de insumos, visitas esporádicas de médicos y traslados sin ambulancia. El Dr. Kershenobich hizo preguntas, notamos dolor en su alma, pero no hubo calmantes ante el peso de esa verdad. Tampoco simulación: solo realidad, y con ella, una responsabilidad más.

El ritmo cambió con el repique de las campanas, se anunciaba una fiesta. Los niños corrieron para conocer a “Alfredo Harp Helú”, cuyo nombre llega con frecuencia a su pueblo en una biblioteca móvil para llevarles libros, palabras, alegría, películas y un telescopio. Querían verlo, tocar esa presencia. Él sonreía pleno, profundamente ligado a esa tierra que tanto ama.

Los habitantes mostraron con orgullo su templo de piedra labrada. Su fachada parecía un huipil profusamente bordado con flores, vides y moreras de seda. Mi corazón brincaba emocionado al ritmo de las campanas, miraba aquellas formas inspiradas en grabados de libros europeos, reinterpretadas por manos mixtecas hasta volverse surcos en la piedra rojiza; era memoria de tierra roja hecha fachada.

En el interior del templo, todo parecía cantar: los ángeles, las pilas de agua bendita, las columnas, las estrellas y las flores. Nuestros ojos palpitaban emocionados entre santos, retablos y vírgenes. Y luego, los libros de canto con palabras antiguas mixtecas. Ahí estaban ante nuestros ojos para recordar que la lengua vive en quienes la pronuncian.

El tiempo siguió su curso entre cuerdas de guitarra y un violín, entre frijoles, nopales, tortillas de maíz, queso y tasajo. Su sabor era alegría colectiva: la memoria mesoamericana viva latiendo en aquella mesa.

Dos días bastaron para comprender que la Mixteca permanece hablando en sus múltiples lenguas, sin rendirse, incluso en quienes tuvimos la dicha y la bendición de encontrarnos para escucharla.


El inicio del viaje del Graduale Dominicale de Tiltepec

Hacia finales de enero visité por primera vez la comunidad de Santa María Tiltepec, en la Mixteca Alta. Fue gracias a la invitación de la Dra. Verónica Pérez Rodríguez, a quien las autoridades habían pedido su asesoría, entre otras cosas, para digitalizar algunos libros antiguos de la comunidad. Estos se encontraban en el interior del templo, que, por cierto, es de gran belleza por la cantidad de detalles y simbolismos que se representan tanto en su fachada como en su interior. Se trata de una verdadera joya arquitectónica.

De esta manera y con el objetivo de digitalizar un par de libros antiguos con partituras musicales, uno de los cuales contenía un texto escrito en lengua mixteca, llegué a la comunidad. Me recibieron miembros de la autoridad de la agencia y del templo, quienes me indicaron que, debajo de una mesa de madera, había dos cajas de plástico que contenían los libros antiguos de la iglesia. Al sacarlos, uno por uno, envueltos en lienzos de tela de algodón, la sorpresa para ellos y para mí fue descubrir el avanzado estado de deterioro en el que se encontraban. Las expresiones de los presentes cambiaron de un momento a otro, entre la duda y la preocupación, se dejaron escuchar comentarios como “No estaban así la última vez que los vimos” o “¿Tú te acuerdas si estaban así de dañados la última vez que se sacaron?”.

En esta visita, la presencia de la comunidad fue muy diversa: hubo desde personas que ya habían pasado por algún cargo, maestros de la primaria y algunos niños y jóvenes que, movidos por la curiosidad, se acercaron para preguntar y observar lo que se estaba haciendo. Las autoridades se organizaron para estar presentes durante todo el proceso de digitalización, asignando turnos para cubrir sus actividades laborales y responsabilidades en la agencia, con el objetivo de que siempre hubiera quien me acompañara en la digitalización. Durante las trece horas que estuve digitalizando los libros, el aparato de sonido de la iglesia estaba reproduciendo música, perdimos la cuenta de cuántas veces se repitió la lista de canciones, pero escuchamos desde las diversas versiones de Las mañanitas hasta villancicos y cantos propios de la iglesia. Mencionaron que de esta manera se le hacía saber a la comunidad que el templo estaba abierto, lo cual también era un indicio de nuestra presencia.

Ante la dramática situación y el interés de las autoridades iniciamos las pláticas y el acompañamiento para que la comunidad pudiera visitar el taller de restauración de la Biblioteca Francisco de Burgoa que se encuentra en el Centro Cultural Santo Domingo. Después de resolver todas las dudas, las autoridades pusieron la reparación del libro a consideración de la comunidad, la cual decidió favorablemente. El pasado 17 de marzo, uno de los libros —ya fumigados por personal de la Fundación — fue trasladado al taller en donde recibirá la atención necesaria para posteriormente regresar a la comunidad y, de esta manera, conservarse durante muchos años más.

Se trata de un Graduale Dominicale, impreso por Antonio de Espinosa, famoso impresor de la Nueva España que llegó a México en 1550. De su prensa —activa hasta su muerte, en 1576— salieron numerosas obras que hoy se consideran entre las cumbres del arte de la imprenta en la Nueva España.c Los grandes libros de música, llamados Graduales, impresos en dos colores, negro y rojo, son un ejemplo de su destreza. El libro de Tiltepec, un Graduale Dominicale —con música para los domingos del año litúrgico— fue impreso en 1568. Antes de 2013 se conocía solo un ejemplar de esta edición, el de la Biblioteca Nacional de México, pero en años posteriores se identificaron ejemplares adicionales en San Bartolo Soyaltepec, San Juan Bautista Coixtlahuaca y, ahora, en Santa María Tiltepec.

El día 27 de marzo de 2026, la Dra. María Isabel Grañén Porrúa, el C. P. Alfredo Harp Helú y el Dr. David Kershenobich, secretario de Salud Federal, visitaron la comunidad de Santa María Tiltepec para conocer—entre otras cosas— el estado del archivo musical y su lugar en la hermosa iglesia del pueblo, al pie del Cerro Jazmín, el gran sitio arqueológico que corresponde a los antecedentes de Tiltepec.

El pasado 17 de marzo, uno de los libros —ya fumigados por personal de la Fundación — fue trasladado al taller en donde recibirá la atención necesaria para posteriormente regresar a la comunidad. Fotografía: Eduardo González

Restaurar estos libros tan antiguos y preciosos requiere de mucho cuidado y conocimiento. Se necesitan manos meticulosas que intervengan cada hoja para poder reencuadernar el libro y estabilizar su estado de conservación. Agradecemos la confianza de la comunidad de Santa María Tiltepec y esperamos que esta restauración —cuya duración estimada es de al menos un año— sea el primer paso en la preservación y restauración de su archivo de música en los años posteriores.

Para los lectores que tengan curiosidad por escuchar la música registrada en estos libros, el siguiente enlace lleva a un concierto de 2015, realizado tras la restauración del ejemplar de San Bartolo Soyaltepec: https://www.youtube.com/watch?v=70SwGPBCzLw.


Documentos con significado: La experiencia del archivista

La memoria ya ha entrado en su consciencia, pero hay que descubrirla.
Surgirá en los sueños, en la vigilia, al voltear las hojas de un libro o al
doblar una esquina. No se impaciente usted, no invente recuerdos.
La memoria de Shakespeare,
J. L. Borges

La bienvenida a la primavera se dio en el marco del Día Nacional del Archivista, y el equipo de Adabi lo celebró en la ciudad de Morelia con la presentación de los 37 inventarios resultado del Proyecto Rescate de Archivos Parroquiales de la Arquidiócesis de Morelia.

El proyecto se originó a partir de la ejecución del rescate del Archivo Parroquial del Sagrario Metropolitano de Morelia. Este esfuerzo fue una iniciativa derivada del Curso-Taller de Archivos Parroquiales impartido por Adabi en la Universidad Michoacana en 2017 y 2018. Así, la necesidad de preservar y organizar estos documentos históricos motivó la formación de un equipo dedicado a la recuperación y conservación de archivos parroquiales.

Tras la conclusión del rescate del Archivo Parroquial del Sagrario Metropolitano, Adabi le propuso al arzobispo de Morelia el proyecto para el rescate de los archivos parroquiales de la Arquidiócesis. A esta encomienda en pro de la memoria histórica de Michoacán se unió el Gobierno del Estado —mediante la Dirección de Archivos del Poder Ejecutivo—, con lo que se logró un fructífero trabajo tripartito entre la Arquidiócesis, el Estado y una asociación civil.

La experiencia de trabajo en el rescate de archivos
Como dicta el epígrafe al inicio de este texto, la memoria ya existe, está; solo es cuestión de descubrirla, de traerla al presente y resignificarla. Junto a la memoria que habita la inaccesibilidad de las conexiones neuronales de cada individuo, se teje la memoria colectiva que, al volverse tangible, constituye la evidencia que nos permite habitar un pasado común. En ambos casos, su pérdida implica una pérdida de identidad. Ya sea a través de documentos o por medio de un relato oral, mientras se hace en conjunto, la memoria se alimenta y se retroalimenta hasta consolidarse como un pasaje de la historia. Fue así, como de manera adyacente, intentamos rescatar ese pasado que forma parte del proyecto, pero que proviene de diferentes individuos con un objetivo en común: preservar el patrimonio documental de su estado.

El equipo de analistas que llevó a cabo el rescate de los 37 archivos se integró por seis personas, todas ellas egresadas de la carrera en Historia de la Universidad Nicolaita, aunque para la mayoría esta era su primera vez frente a un trabajo de tal magnitud y alcance. Adabi siempre ha sido consciente de que el mejor archivista es aquel que posee una base de conocimientos históricos sólidos, gracias a que ha adquirido el criterio para poder contextualizar los papeles que encuentra en un archivo. Aunado a ello, está el espíritu humanista que se adquiere al empaparse del entusiasmo en una carrera universitaria donde la sensibilidad hacia la memoria, el conocimiento escrito, las letras y los sucesos del pasado cobran gran relevancia para dar sentido al presente. Los analistas tenían claro que toda memoria, oficial o no, precisa de una organización y un orden para que pueda llegar a ser un elemento referencial en la formación de identidades,1 lo cual les permitió poner en práctica lo aprendido en los cursos y capacitaciones que Adabi les impartió, en función de una metodología archivística consciente de la vitalidad de los documentos.

En nuestra visita a Morelia para la entrega formal de los inventarios, se nos ocurrió entablar una charla con los jóvenes que participaron en el proyecto, aquellos que hicieron posible que cada uno de los 37 archivos quedara en óptimas condiciones para su consulta y preservación. En medio de los protocolos institucionales, nos dimos a la tarea de abrir un espacio de diálogo en el que ellos, desde su experiencia, nos contaron cómo fue trabajar en este proyecto: lo bueno, lo desagradable, lo memorable. Durante dos horas —como si de una conversación de sobremesa entre amigos se tratara, con un café y, de fondo, escuchando los preparativos para la celebración del Día de la Primavera—, Gabriela, Lucía, Carlos, Alan y Daniel (cinco de los seis analistas participantes en el proyecto) platicaron sobre sus hallazgos, las dificultades enfrentadas y las satisfacciones obtenidas durante los dos años que duró el proyecto de rescate. Entre las cosas que comentaron se encuentran las trabas que surgieron en algunas parroquias, a la vez que reflexionaban sobre la necesidad de difundir la importancia de los archivos, y con ello generar confianza en aquellos que los custodian y en las comunidades mismas.

La típica frase “por amor al arte” cobra gran relevancia en el trabajo ejercido por este equipo: las dificultades vividas, como el acceso a aquellos lugares casi insalubres en los que los archivos se encontraban alojados, la difícil movilidad para llegar a poblados casi inaccesibles por el simple hecho de ubicarse en uno de los estados más conflictivos del país, o el depender del horario de cada parroquia para ingresar a sus instalaciones y llevar a cabo el trabajo, aunque eso significara quedarse sin vida social por algunos meses, son circunstancias que pasaron a segundo y tercer plano cada vez que sus ojos se posaban en un documento valioso. Sí, eso es amor al arte, a la historia, a los documentos como patrimonio de la humanidad.

Uno de los hallazgos más impresionantes que hicieron ocurrió dentro de un expediente sobre un pleito de tierras. Mientras Alan, uno de los analistas, se encontraba hojeando dicho expediente para poder dar cuenta de la información contenida, se topó con una hoja que no pertenecía al grupo: la letra era completamente distinta a la del resto de los papeles. Se trataba de una letra cortesana característica de los siglos XV y XVI, temporalidad previa a aquella que se encuentra en el resto de la documentación. El hallazgo le produjo extrañeza al equipo, así que comenzaron a indagar, hasta que se dieron cuenta de que se trataba de un permiso firmado por don Antonio de Mendoza, primer virrey de Nueva España, al encomendero de Chucándiro, una comunidad en Michoacán, justo donde se llevó a cabo el descubrimiento. De no ser por el afán y la curiosidad que caracteriza a un historiador —y que quedó claro que forma parte de la formación de estos jóvenes—, quizá el documento habría sido pasado por alto y puesto a un lado, como si se tratara de una equivocación más. Sin embargo, el reconocimiento no fue inmediato, ya que, como ellos mismos cuentan, les tomó tiempo investigar acerca de la información contenida en ese permiso, y llevar a cabo un pequeño estudio comparativo de firmas, fechas y documentos encontrados en las otras parroquias que se consideraron a lo largo del proyecto. Quizá para algunos se trate de un dato menor, pero para estos jóvenes, este descubrimiento cubre la cuota de desavenencias vividas, pues se sintieron afortunados de tener en sus manos documentos tan valiosos para la memoria histórica de México y, sin duda, para la memoria de cada uno de ellos como individuos e historiadores.

1 Michelle Pollak, “Memória e identidade social”. Estudios Históricos, núm. 10, 5 (1992): 200-212.


Vivencias de Margarita

Margarita junto a su primo, Normando Flores, frente a la casa, 1971. Fotografía: Margarita Juárez

En el corazón del centro histórico de Oaxaca, entre calles de cantera, iglesias y edificios coloniales, existe una casa que hoy resguarda hilos, tejidos y saberes. Un lugar lleno de voces, de risas, de pasos infantiles corriendo por el patio.

Ahí creció Margarita Juárez Castañón —a quien todos llamaban Mago—. Su historia nos permite recorrer no solo los espacios de la casa, sino también una forma de vida que hoy parece lejana: la de una joven que, entre danzas folclóricas, encontró su voz y llegó a bailar en el Auditorio Guelaguetza con la Delegación de Chinas Oaxaqueñas de Genoveva Medina, en 1975.

Margarita nació en el barrio del Carmen Alto, pero desde muy pequeña su vida transcurrió en distintas casas del centro de la ciudad de Oaxaca. Finalmente, hacia mediados de la década de 1960, cuando tenía alrededor de ocho años, llegó con su familia a esta casa de la calle de Hidalgo, donde viviría una etapa fundamental de su infancia y juventud.

Llegó siendo niña, cuando el centro de la ciudad aún era un lugar profundamente habitado. Las familias vivían puertas adentro, pero también hacia la calle; todo estaba cerca, todo estaba vivo. Con los años, ya de joven, Margarita se integró a un equipo de voleibol llamado Los Bee Gees, un nombre que evocaba a la famosa banda australiana que en esa época causaba furor, y que acompañó también sus días de entusiasmo y crecimiento.

La casa, como muchas de su tiempo, era amplia, pero segmentada. En la planta baja, donde vivía su familia, los espacios estaban divididos por muros que hoy ya no existen. Al entrar, había una sala, después una recámara, la cocina, un pequeño espacio para lavar y un baño. Cada rincón tenía una función, cada espacio, una historia.

A Mago le tocó una habitación distinta: un cuarto oscuro que en parte era una bodega. No tenía ventanas al exterior, apenas un pequeño tragaluz por donde se colaba la luz del día. Por las noches, la oscuridad era total. Y, sin embargo, ese espacio se volvió suyo.

Fachada principal del Museo Textil de Oaxaca, 2026. Fotografía: Acervo del MTO

Arriba vivía otra familia numerosa; en la casa coexistían distintas vidas, distintas rutinas. También había un hombre extranjero, un alemán silencioso que iba y venía, y que, sin decir mucho, dejaba pequeños regalos a los niños. Era parte de ese mundo cotidiano donde todos, de alguna forma,
se reconocían.

Pero si había un lugar que lo reunía todo, era el patio, donde pasaba las tardes y momentos especiales al lado de sus hermanos. Un patio de cantera que, visto hoy, parece contenido, pero que en la memoria de Mago es inmenso. Ahí jugaban a la cuerda, al avión, al bote. Ahí se inventaban mundos. Ahí crecían.

Hoy, al regresar, se pregunta cómo era posible que cupiera tanta vida en ese espacio.

La cocina —o, más bien, su extensión— era el corazón de la casa. En un rincón, junto a un pilar, su madre colocaba el anafre. Ahí se preparaban el mole, el pozole, los tamales. No era solo cocinar: era un ritual. Los hijos se sentaban alrededor, ayudaban, desgranaban maíz, tostaban ingredientes. Era tiempo compartido, era una familia con tradiciones.

Ese rincón sigue siendo, para Mago, el lugar más íntimo de la casa. El lugar donde su madre está presente.

Su padre, transportista, llevaba el mundo consigo. En sus viajes encontraba historias… y, a veces, animales. La casa se llenó de vida de formas inesperadas: patos, conejos, periquitos, una tortuga, incluso un pequeño lagarto rescatado del camino. Algunos se quedaban por un tiempo, otros eran llevados al zoológico del Llano, hoy en día desaparecido. Pero todos formaron parte de una infancia distinta, curiosa, profundamente viva.

La casa no era un espacio aislado. Era parte de una red más amplia: el barrio, las calles, la ciudad. Muy cerca estaba el Zócalo, donde todo sucedía. El carnaval, la Noche de Rábanos, las posadas, las calendas. Las campanas sonaban, los cohetes estallaban, la música llenaba el aire. Los domingos en el Zócalo había marimba y orquesta. En Cuaresma, los Viernes del Llano con su paseo floral transformaban la ciudad. Vivir ahí era estar en el centro de todo.

También estaban los vecinos, las tiendas, los pequeños negocios que daban vida a la casa hacia la calle: la miscelánea, la fábrica de paletas, el despacho. Espacios que no formaban parte del interior familiar, pero sí del paisaje cotidiano. Todo coexistía.

Los años pasaron. La familia creció, el espacio comenzó a ser insuficiente, y en 1972 tuvieron que irse. Poco a poco, la casa se vació; las voces se apagaron y las puertas se cerraron. Un año después, en 1973, la Lic. Serena, dueña de la casa, la vendió al Sr. Sada, marcando así el final de una etapa y el inicio de otra historia.

Durante un tiempo se quedó en silencio. Hasta que un día, mucho después, Mago escuchó que algo estaba pasando ahí. Que la casa sería restaurada. Que volvería a abrir. Sintió alegría. Esa casa —su cas — no desaparecería, porque volvería a tener vida.

Actualmente, convertida en el Museo Textil de Oaxaca, la casa es distinta. Los muros han cambiado, los espacios se han transformado. Pero algo permanece: la emoción de saber que sigue viva de otra manera. Mago lo dice con una sonrisa: “Qué bueno que van a hacer algo ahí, y sobre todo que sean actividades culturales”.

Hoy en día, ese lugar es su favorito: el mismo rincón donde su madre cocinaba y donde la familia se reunía. Es ahí donde sus recuerdos cobran fuerza y la envuelven, mientras se sienta a contemplar lo vivido y a participar en los talleres que ahora organiza el museo. Por eso elige ese lugar en especial, porque entre esas paredes aún habita todo lo que fue y sigue siendo importante para Margarita.

Por eso, cuando entra, busca ese lugar, porque sabe que no es solo un museo. Es una casa que guarda memoria. Una casa donde la vida de muchas personas y familias dejó huella. Y donde, entre hilos, telas, tintes y silencios, todavía resuenan las voces de quienes la habitaron, para recordarnos que antes de ser museo, este lugar fue un hogar.


Concierto para primera infancia en San Pedro Ixtlahuaca

El 27 de marzo de 2026 se llevó a cabo en San Pedro Ixtlahuaca un concierto para la primera infancia, compartido por las maestras Alejandra Esqueda y Karol Lavariega. La actividad se realizó en el nuevo auditorio de la comunidad, alcanzando una asistencia de más de 120 niñas y niños acompañados de sus mamás, papás y profesoras.

El repertorio del concierto incluyó canciones como Yo soy tu amigo fiel, Juan Paco Pedro de la mar o Bartolito, aquel gallo que vivía muy feliz y le gustaba cantar, aunque no siempre lo hacía de la mejor manera. La maestra Alejandra, quien fue la cantante principal, comenzó el concierto con una advertencia para las mamás y papás: lo más importante para las infancias más pequeñas es el movimiento. Así instó a los adultos a participar en las canciones junto con sus pequeños acompañantes.

De pronto, la cancha del auditorio municipal se convirtió en una gran fiesta infantil. Papás y mamás bailaban con sus pequeños; niñas y niños atravesaban el espacio con sus correteos; hubo aplausos, mímica de animalitos y hasta una serpiente del tamaño de diez camiones. Papás, mamás, hijas, hijos, maestras y maestros participaron en este patio de danza.

Al terminar el concierto y comenzar las despedidas, el público, aunque pequeño en edad, demostró conocer la dinámica de este tipo de actividades y coreó espontáneamente la mejor despedida para las maestras: “¡Otra, otra, otra!”. Karol y Alejandra no pudieron resistirse a complacerlos con una última canción que sirvió para suavizar el final de la actividad. Acto seguido, la autoridad municipal compartió pastel y gelatina para las y los asistentes.

El concierto fue organizado como parte de la agenda de FAHHO Itinerante, en coordinación con la Fonoteca Juan León Mariscal y la Casa de la Cultura de San Pedro Ixtlahuaca, a cuya directora, Adriana Quiróz, agradecemos el gran apoyo en la gestión. Cabe destacar que Adriana es egresada del Curso Práctico en Gestión Cultural Independiente, impulsado durante 2025 por la Coordinación de Programas Colaborativos de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, el cual reunió a distintos colaboradores de las filiales para fungir como instructores y compartir sus experiencias en la gestión cultural. Así, el ciclo se completa.

El espíritu de FAHHO Itinerante es acercar las actividades deportivas, artísticas y culturales a la comunidad: una suma de buenas voluntades que, como a Bartolito, nos gusta cantar.


Curar para contar: Relatos que habitan en lo pequeño desde el Mufi

Cuando recorremos una exposición, solemos detenernos en las piezas, en los textos, en lo que vemos frente a nosotros. Pero casi nunca pensamos en todo lo que ocurre antes, en ese proceso silencioso que da forma a cada decisión. La curaduría sucede justamente ahí, en lo que no se ve, pero que sostiene todo.

A lo largo del tiempo, la práctica curatorial ha evolucionado junto con la historia de los museos, aunque su significado no siempre es del todo claro. Aún hoy, cuando decimos que somos “curadores”, es común que se nos relacione con el trabajo del restaurador de arte. No es una asociación descabellada. En el lenguaje cotidiano, “curar” se entiende como sanar, como devolver la salud, por lo que resulta natural imaginar a un curador como una especie de médico de las obras, alguien que diagnostica y repara piezas dañadas. Esa labor corresponde, en realidad, al restaurador.

Con el surgimiento del museo moderno, el término comenzó a tomar forma y poco a poco se consolidó como la denominación para nombrar a quien investiga, selecciona, interpreta y construye un discurso a partir de los objetos que conforman una exposición. Hablamos de objetos en un sentido amplio, porque todo depende de la naturaleza del espacio: no es lo mismo trabajar con pintura que con documentos, fotografías, monedas o timbres postales. Cada tipo de acervo implica una forma particular de mirar, de leer y, sobre todo, de contar.

En el Museo de la Filatelia de Oaxaca, esta labor adquiere una dimensión particular. Curar una exposición filatélica implica trabajar con piezas de formato pequeño, pero con una gran carga de significado.Cada timbre, cada documento postal, guarda información histórica, gráfica y simbólica que debe ser entendida y articulada dentro de una narrativa clara. En la práctica, esto exige un ejercicio constante de lectura y reinterpretación. El reto crece cuando se considera la magnitud del acervo: más de medio millón de piezas; es decir, medio millón de posibilidades, de rutas y de historias esperando ser contadas.

¿Pero cómo surge la idea de una exposición en el Mufi? No hay una sola respuesta. A veces surge de la mano de los propios filatelistas, que acercan al museo colecciones construidas durante años, en muchos casos a lo largo de toda una vida. Otras veces surge de una inquietud, de una idea que comienza a tomar forma o incluso de la curiosidad de quienes visitan el museo. Pero, en todos los casos, aparece una pregunta inevitable: ¿qué elegir?

Elegir es, quizá, uno de los actos más complejos de la curaduría. Implica adentrarse en un universo amplio de materiales y comenzar a trazar una ruta. Y es justo ahí donde el proceso se vuelve más interesante. Porque en el Mufi no solo se exhiben timbres, además se construyen historias. Historias que han permitido hablar de árboles, de pájaros, de hongos, de instrumentos musicales, de textiles. Historias que nos han llevado a recorrer culturas, geografías y momentos históricos a través de pequeñas piezas que, en conjunto, construyen relatos amplios.

Ahí reside una de las mayores riquezas del museo. La diversidad de temas no solo abre posibilidades, sino que también exige una actitud constante de investigación, de cuestionamiento y de aprendizaje. En un contexto como el de Oaxaca, donde los espacios especializados son limitados, el museo asume también la responsabilidad de acercar conocimiento y de ampliar el acceso a temas que, de otro modo, serían lejanos.

Cuando el enfoque se define, la investigación se convierte en el eje de todo. No se trata solo de acumular datos, sino de construir una narrativa capaz de dialogar con distintos públicos. La investigación abarca tanto el tema como cada pieza. Conocer el origen, el trasfondo y la historia de un timbre o de un documento postal permite darle sentido dentro del conjunto.

A este proceso se suman colaboraciones que enriquecen la exposición: especialistas, coleccionistas, instituciones e investigadores. Y, de manera muy especial, los artistas. Su participación aporta una mirada contemporánea que dialoga con el acervo revelando nuevas lecturas. En muchos casos, las propias colecciones se convierten en punto de partida para nuevas piezas, interpretaciones que abren otras formas de conexión con el visitante.

Todo este trabajo se traduce en un guion curatorial que organiza las ideas, define las relaciones entre las piezas y da forma al discurso. A partir de ahí, la museografía y el diseño transforman esa estructura en un espacio tangible.

Es en ese punto donde la investigación deja de ser solo conocimiento y se convierte en experiencia.

Lo que el visitante encuentra en sala es el resultado de múltiples decisiones, de rutas que se probaron y se descartaron, de elecciones que dan forma a una narrativa. En el Museo de la Filatelia de Oaxaca, la curaduría tiene sus propias particularidades y retos. Trabajar con un acervo tan amplio implica elegir constantemente, construir sentido a partir de la diversidad y encontrar la manera de que cada exposición tenga una voz propia.

Al final, curar en el Mufi no es solo organizar o mostrar timbres. Es otorgarles sentido, construir historias y abrir nuevas formas de entender el mundo por medio de ellos.


Arte en Comunidad: Un nuevo espacio para la expresión artística

Sala Arte en Comunidad en el CCSP. Fotografía: Javier Sánchez

Históricamente, se ha establecido una jerarquía entre el Arte (con mayúscula) para señalar lo individual, intelectual y occidental, frente a los modos de creación que privilegian lo colectivo, manual, tradicional y no occidental. Esta misma distinción ha determinado los espacios de validación y exposición de cada uno de estos universos de objetos: una separación que relegaba las creaciones de comunidades originarias a museos de antropología o etnografía, dejándolas fuera de los museos de “bellas artes”.

Autores como Néstor García Canclini señalan que, con esta exclusión, se corre el riesgo de “congelar” la cultura, presentándola como algo del pasado o puramente funcional, y negando a sus creadores su estatus de sujetos contemporáneos.

En el contexto de Oaxaca, esta problemática constituye un fenómeno profundamente político y social, debido a la densidad de la producción cultural y a la herencia indígena del estado. En consecuencia, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca —por medio de la Coordinación de Arte Popular y el Centro Cultural San Pablo— destinó un espacio expositivo exclusivo para las producciones derivadas de las tradiciones artísticas de los pueblos originarios, bajo el nombre de “Arte en Comunidad”.

Este título permite colocar el foco tanto en la pieza física (el textil, el barro, la madera, la hojalata) como en la red de relaciones que la hace posible. Se trata de reconocer que estas producciones no nacen de un genio aislado en un estudio, sino de un sistema de aprendizaje compartido, de un territorio y de una organización social determinados.

Arte en Comunidad sugiere que la obra es solo una parte de un ciclo más amplio: el arte como proceso vivo, no como mero producto. Así, el espacio expositivo se propone como un lugar dinámico de resistencia y continuidad cultural. Es un nombre que busca dignificar, pues establece que el valor del arte reside en su capacidad de generar cohesión y sentido de pertenencia.

Este espacio fue inaugurado en abril de 2026 con la consigna de dar visibilidad al trabajo de entre tres y cuatro artistas a lo largo del año, alternando las exhibiciones. En este sentido, también se trata de una apuesta por evitar que el artista individual se diluya en el concepto de “masa comunitaria”; más bien, el objetivo es que la obra sea capaz de establecer diálogos con sus receptores para develar las identidades que le acompañan.

“Corazón mágico. Hojalata artística” es el título de la muestra con la que se inauguró este espacio. El trabajo de Aída Aquino y Cristino Lavariega Gabriel, en su taller Corazón Mágico, representa una de las transformaciones más sofisticadas de la hojalatería en Oaxaca, al punto de elevar un oficio tradicionalmente ligado a lo utilitario y religioso hacia una dimensión de maestría artística de alcance global.

En las manos de Aída y Cristino, este material —considerado secundario en comparación con el barro o el textil— ha sido ennoblecido a partir del detalle que alcanzan las técnicas de calado, grabado y volumen acompañadas de paletas de color más sutiles o vibrantes según el diálogo con el diseño.

El nombre del taller se desprende de un motivo clásico de la hojalatería artística oaxaqueña: el Sagrado Corazón como una declaración de intenciones. Se trata de un objeto de vínculo que une lo espiritual con lo cotidiano, y al creador con quien admira la pieza. El corazón es un núcleo de transmisión de saberes, donde la técnica se preserva pero la estética se atreve a innovar. La magia se encuentra en aquello que, por medio de la hojalata, es posible lograr. Este material fue llamado “la plata de los pobres” porque permitía a las clases populares acceder a objetos domésticos con una apariencia estética digna, imitando la platería de las clases altas.

En la exposición “Corazón mágico. Hojalata artística”, el corazón es motor de producción. Desde las manos de sus artífices, las piezas se transforman en espejos y recipientes de una técnica y una historia que laten en la memoria de la comunidad, como en el golpe que transmuta la hojalata.


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