Adopta un árbol: 20 años sembrando esperanza para Oaxaca

Campaña “Adopta un árbol” en diferentes filiales de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca. Fotografías: Acervo de Comunicación FAHHO

Un un contexto global marcado por los desafíos del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y el deterioro de los ecosistemas, existen acciones que demuestran que la transformación puede comenzar desde lo local. En Oaxaca, una de las iniciativas más significativas en favor del medio ambiente ha sido impulsada por la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, la cual durante dos décadas ha promovido la reforestación como una herramienta para fortalecer el bienestar ambiental, social y comunitario.

La campaña “Adopta un árbol” es reflejo de esta visión. Más que la entrega gratuita de una planta, representa una invitación a asumir un compromiso con el entorno y con las generaciones futuras. Cada árbol adoptado simboliza la posibilidad de participar activamente en la construcción de un Oaxaca más verde, resiliente y sostenible.

Desde 2006, la FAHHO ha desarrollado uno de los programas de reforestación social más importantes del estado. Por medio de la instalación y fortalecimiento de viveros tecnificados, la producción de especies adaptadas a las distintas regiones de Oaxaca y el trabajo coordinado con comunidades, autoridades, instituciones, organizaciones civiles y educativas, la fundación ha impulsado una estrategia de largo plazo orientada tanto a la restauración de ecosistemas como al fortalecimiento de la participación ciudadana.

Los resultados dan cuenta de la magnitud de este esfuerzo. Durante sus primeros quince años de operación, la FAHHO produjo y donó más de 15 millones de árboles; sus programas han beneficiado a más de 400 municipios y cerca de 700 localidades de las ocho regiones del estado. Asimismo, mediante una red de viveros especializados, se han producido millones de ejemplares de más de 40 especies forestales, tropicales, nativas y agroforestales destinadas a la recuperación de bosques, selvas, cuencas hidrográficas, espacios urbanos y áreas degradadas.

Sin embargo, el verdadero valor de esta iniciativa trasciende las cifras. La campaña ha contribuido a construir una cultura de corresponsabilidad ambiental, mediante la cual se ha invitado a la ciudadanía a convertirse en protagonista de la conservación del territorio. Adoptar un árbol implica cuidarlo, acompañar su crecimiento y reconocer que la protección del medio ambiente es una tarea compartida.

Esta visión cobra especial relevancia en Oaxaca, uno de los estados con mayor riqueza biológica del país, pero también uno de los más vulnerables ante los procesos de degradación ambiental. Frente a la pérdida de cobertura forestal ocasionada por incendios, plagas y cambios de uso de suelo, la FAHHO ha mantenido una convicción clara: reforestar no significa únicamente sembrar árboles, sino recuperar ecosistemas, restaurar servicios ambientales y fortalecer la relación entre las comunidades y su entorno natural.

Los beneficios derivados de estas acciones son múltiples. Los árboles contribuyen a la captura de carbono, mejoran la calidad del aire, favorecen la infiltración de agua al subsuelo, reducen la erosión, regulan la temperatura y generan hábitats para numerosas especies de flora y fauna. Por otra parte, la diversidad de especies promovidas —aproximadamente cuarenta, entre ellas pinos, cedros, guajes, sabinos, pochotes, jacarandas, fresnos y árboles frutales— fortalece la biodiversidad y favorece la resiliencia de los ecosistemas oaxaqueños.

La dimensión social del programa es igualmente significativa. Miles de personas han participado en la recolección de semillas, la producción de plantas, las jornadas de plantación y las labores de mantenimiento. Comunidades agrarias, municipios, escuelas, organizaciones civiles y familias enteras han encontrado en la reforestación un espacio de colaboración y construcción colectiva. Al mismo tiempo, estas acciones han generado oportunidades de empleo temporal y han fortalecido los procesos comunitarios vinculados al cuidado del patrimonio natural.

A lo largo de estos 20 años, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca ha demostrado que el compromiso con el medio ambiente puede traducirse en acciones concretas, sostenidas y con impacto duradero. Su labor refleja una profunda vocación de servicio hacia Oaxaca, entendiendo que el desarrollo de las comunidades y la conservación de la naturaleza son objetivos inseparables.

Hoy, la campaña “Adopta un árbol” sigue creciendo y renovando su compromiso con la sociedad y con el territorio. Durante este 2026, la FAHHO pone nuevamente a disposición de la ciudadanía árboles de diversas especies mediante sus distintas filiales. El banderazo de inicio de la campaña se dará el 9 de julio, en el marco de la conmemoración del Día Mexicano del Árbol, con una serie de actividades cuyo propósito es seguir fortaleciendo la participación comunitaria y la cultura ambiental en favor de nuestro patrimonio natural.

Cada árbol adoptado representa una oportunidad para transformar o embellecer un espacio, recuperar la sombra fresca en las calles y dejar una huella positiva para las futuras generaciones. Por ello invitamos a toda la sociedad oaxaqueña a sumarse a esta iniciativa y formar parte de un esfuerzo colectivo que, durante dos décadas, ha demostrado que la participación ciudadana es capaz de generar cambios profundos y duraderos.

Porque sembrar un árbol es mucho más que plantar una semilla en la tierra: es sembrar vida, responsabilidad, esperanza y futuro para Oaxaca.


Maribel Portela. Códices verticales

Maribel Portela, Códices verticales, 2024. Barro y engobe

Estas piezas, más que meros objetos estáticos, son cronistas de historias
verticales, relatos que emergen de la tierra y se elevan hacia el cielo.
Los dibujos parecen inscribir antiguos secretos y mitos en la piel de la
escultura, convirtiendo cada pieza en un testimonio de la interacción
entre el hombre y la naturaleza, entre lo tangible y lo intangible.

Maribel Portela

Maribel Portela (Ciudad de México, 1960) es egresada de la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM. En 1994 fue becaria del FONCA y, desde 2001, es miembro del Sistema Nacional de Creadores.

Entre sus más de cuarenta exposiciones individuales destacan: “Origen Albo” en la Galería Drexel de Monterrey; “Cúmulo” en el Museo Nacional de San Carlos; “Jardín onírico” en el Museo de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público, Antiguo Palacio del Arzobispado, en la Ciudad de México; “La voluntad de la forma” en el Centro México de Madrid y “Dialogues of Space Expanding Between Mexico City and Beijing” en TJ China Project. Asimismo, su trabajo ha formado parte de un centenar de muestras colectivas en Europa, Asia, África, América del Sur y los Estados Unidos.

“Códices verticales” llega al Centro Cultural San Pablo para explorar los principios del Axis mundi: eje que enlaza los planos mundano y celeste como modelo aspiracional en la historia de la cultura.

Sesenta piezas de barro y engobe —una pasta cerámica líquida compuesta de arcilla, agua y pigmentos u óxidos que se aplica previo a la cocción— se exhiben en la galería del antiguo conjunto conventual dominico. Es aquí donde la tradición novohispana, que también acudió a lo orgánico-sensorial, las abraza en un diálogo fecundo y sugerente.

En la obra de Maribel conviven arcanos, mitologías y símbolos que se materializan en síntesis de color y poderosos volúmenes. Sus líneas sinuosas y geométricas habitan el espacio para acercar al visitante a una sensación de flujo continuo, perdurable.

Desde la perspectiva de Yolanda Segura podemos observar que: “La obra de Maribel Portela es una invitación al movimiento, a la puesta en crisis de la división tajante entre naturaleza y artificio que durante mucho tiempo ha cobijado nuestras reflexiones”.

“Códices verticales” es un sutil entramado de voces, memorias, ecos y resonancias que, al modo de la pictografía mesoamericana, inunda de significados y significantes al espectador. Transitemos, entonces, por las piezas de Maribel Portela por medio de esa verticalidad —entre la tierra y el cosmos— que, por derecho propio, se vuelve universal.


Herramientas de sistemas de información geográfica para la gestión y análisis del territorio

Autoridades comunales, gestores y defensores del territorio en la sesión.

El Observatorio Ciudadano Comunitario del Agua y Medio Ambiente (OCCAMA),1 el Programa Especial de Sistemas de Información Geográfica para Ciencias Sociales y Humanidades (ProSIG-CSH) del CIESAS Unidad Ciudad de México,2 y la Biblioteca Andrés Henestrosa, convocamos a un espacio abierto y plural para aportar herramientas y elaborar, desde los diversos territorios de Oaxaca, cartografías comunitarias.

Los pasados 6, 7 y 10 de abril nos reunimos en la nueva sala de la Biblioteca Henestrosa, donde se ubicará el Fondo Reservado de la biblioteca personal del escritor e impulsor cultural Andrés Henestrosa.

Desde el OCCAMA en Oaxaca hemos buscado la vinculación con actores y espacios clave, ya que consideramos indispensable compartir, convocar y construir herramientas, conocimientos y habilidades para fortalecer y defender nuestros territorios, el agua y los recursos naturales, de ahí la convocatoria que armamos con el ProSIG-CSH del CIESAS Unidad Ciudad de México y la Biblioteca Henestrosa.

Hay que partir del contexto de que los pueblos del estado de Oaxaca, los actores sociales, perciben y viven el territorio desde perspectivas plurales, un componente central en la vida comunitaria. El territorio es sostén de las memorias locales y cumple diversas funciones; además, se procura mediante el trabajo comunitario y es, al mismo tiempo, actor y escenario en la toma de decisiones.

Sin embargo, gran parte de la información que hoy se utiliza para la ordenación, gestión y defensa territorial se encuentra en formatos digitales y técnicos poco o nada accesibles para el público que no domina el uso de tecnologías de la información geográfica.

En consecuencia, el curso/taller fue dirigido a autoridades comunales y personas encargadas de la gestión del territorio, así como a organizaciones con una aproximación a la lectura, interpretación, construcción y producción de información geoespacial. El taller nos orientó para marcar, ordenar y gestionar nuestros territorios. Participamos alrededor de treinta agentes sociales de diversas comunidades y perfiles: jóvenes comprometidos con sus comunidades, autoridades comunales y personas defensoras del medio ambiente.

Durante los tres días que duró el taller, se privilegió un estilo de enseñanza y aprendizaje colaborativo y contextualizado. Asimismo, se procuró en todo momento que los participantes abordaran casos de interés con aplicación directa de los contenidos en las problemáticas y necesidades reales de sus comunidades y de los procesos que acompañamos.

Fue un gran intercambio y acercamiento a procesos para defender los recursos naturales, el agua y los bosques. Los trabajos que realizamos, así como el intercambio de saberes y reflexiones no solo generaron materiales técnicos, sino también instrumentos para la organización, gestión, defensa y ordenación territorial desde la perspectiva de quien los construye.

A lo largo de las sesiones trabajamos desde lo más cercano, la experiencia cotidiana del territorio, hasta el uso de tecnologías como los Sistemas de Información Geográfica (SIG), con el objetivo de crear mapas útiles para la organización, defensa y toma de decisiones comunitarias.

El primer día aprendimos a leer nuestro territorio en los mapas, y vimos, de una manera muy sencilla, qué es un mapa y cómo representa el territorio. Además, reflexionamos sobre el territorio como espacio vivido y construido, y finalizamos el trabajo del primer día con una actividad práctica: un dibujo colectivo de la localidad y sus problemáticas.

En nuestro segundo día de trabajo estudiamos los SIG: qué son, para qué sirven y los tipos de datos geográficos que contienen (puntos, líneas, polígonos e imágenes); a partir de ellos dibujamos nuestros propios mapas. El equipo facilitador del curso nos compartió el uso básico del programa QGIS y el uso del celular como GPS para registrar información; terminamos la jornada con la tarea de digitalización de nuestro territorio.

En el último día abordamos el mapa como herramienta para comunicar y aprendimos cómo pasar datos del celular a la computadora, la organización y visualización de información en QGIS, el uso básico de la tabla de atributos, y terminamos la actividad práctica con la elaboración de un mapa sencillo listo para compartir.

Desde el OCCAMA daremos continuidad a este proceso, compartiendo las herramientas con algunas autoridades comunales que no pudieron acompañarnos y con las organizaciones interesadas en conocer, aplicar y tener los contenidos y programas utilizados para digitalizar el territorio y generar sus propios datos acordes con su contexto, recursos y problemáticas.

Quiero agradecer al equipo de facilitadores del ProSIG-CSH del CIESAS Unidad Ciudad de México: Dra. Marta Martín Gabaldón, Mtro. Sendic Sagal Luna, Geog. Daniela Osorio Crespo, Geog. Carlos Alfredo Hernández Guillén, Geog. José Antonio Bernal Hernández y al responsable del equipo, Dr. Antonio Escobar Ohmstede, debido a la gran disposición y empatía que compartieron con el grupo de personas que participamos.

Gracias a Freddy Aguilar por brindarnos el espacio de la Biblioteca Andrés Henestrosa y la oportunidad de ser uno de los primeros grupos en estrenar el salón que albergará parte de la colección y acervo personal del poeta, escritor, narrador y político oaxaqueño Andrés Henestrosa. Gracias también a la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca.

Hacia el segundo semestre del presente año seguiremos difundiendo la convocatoria a otros talleres de este tipo y con perspectivas similares. Quizá los contenidos y los aportes se construyan con base en los proyectos, mapas y cartografías elaboradas con este gran grupo que participó en el primer taller.

1 El OCCAMA es un colectivo de 28 organizaciones integradas por la sociedad civil oaxaqueña,
con creación en mayo del 2024: https://observatoriocomunitariodelagua.org/

2 “Los caminos de la memoria: tierra, agua y bosques en Morelos y Oaxaca, siglos XVI-XXI”. (No. Convenio: IH-2025-G-236, Proyecto apoyado por la SECIHTI en el año 2025): https://opirna.
ciesas.edu.mx/s/observatorio-de-pueblos-indigenas-recursos-naturales-y-medio-ambiente/page/welcome


Puntada a puntada

Detalles de bordado tatreez tradicional sobre lienzo

Los siguientes fragmentos (escritos el 20 de diciembre de 2023) provienen de la cuenta de Facebook de Jalid Yum’a, poeta y cuentista nacido en Rafah, al sur de la Franja de Gaza. Su familia es originaria de la aldea de Hatta, arrasada por las fuerzas israelíes en julio de 1948. Actualmente vive en la ciudad de Ramala, en Cisjordania. Shadi Rohana tradujo y leyó estas palabras1 durante la inauguración de la exposición “Gaza Permanece” que se presenta en el Museo Textil de Oaxaca.

Hace 140 siglos que estamos soñando. Siempre quisimos ser un pueblo que pintara amapolas en la orilla del campo; un pueblo normal que errara y acertara, construyera y destruyera, cuya gente discutiera entre sí sobre cómo hay que casarse y qué es lo que dictan los cuentos populares.

Hace 140 siglos que quisimos, pero el tiempo también quiso. Alzamos nuestras ciudades sin puertas. Nuestras plazas abrigaron a los extranjeros del frío y de la cruel soledad. Les enseñamos nuestra lengua y compartimos con ellos sus costumbres, tanto tristes como alegres, para integrarlos a la textura de la noche. Pero ellos robaron nuestro fuego e hicieron una boda en la orilla del campo; robaron nuestra melodía y dijeron: “Esa noche es nuestra; esas mañanas e historias nunca fueron de ustedes”.

Hace 140 siglos que estamos bordando, puntada a puntada, los patrones que forman nuestra nación: una gacela al lado de un olivo; una espina que abraza la montaña; un pájaro que observa las historias de su antiguo nido. Mientras cultivábamos nuestro trigo y dejábamos la mitad para las criaturas de alas salvajes creadas por Dios, nadie nos compartía su pasión por la búsqueda interna y externa de la divinidad. Incluso los paganos habían dejado sus estatuas a las puertas de nuestros templos y luego entraron para rezarle al dios que nos dio la flor y el trigo.

Hace 140 siglos que domesticamos las piedras para que pronunciaran nuestro nombre, para que nos amaran. Las hemos pulido y nos han pulido. Todos bailaron al ritmo de esas piedras: los habirus, cananeos, perizitas, hititas, hurritas, moabitas, amalequitas, jebuseos, filisteos, arameos, madianitas, guirgashitas, refaítas, fenicios, aqueménidas, idumeos, itureos. Bailaron hasta agotar la historia que jadeaba detrás de sus pasos y luego se sentaron a descansar.

Hace 140 siglos que esculpimos nuestras almas para proteger a la gacela y dar de comer al gorrión; para que el árbol cante y las nubes tengan dónde descender a los huertos.

Nosotros, los abajofirmantes, todavía guardamos cada letra pronunciada por la arena de este gran universo. Los ciclones van y vienen, van y vienen las calamidades, pero nosotros permanecemos, y así nuestras casas: calidez, aceite de olivo, historias mujeriles, sudores varoniles, balidos ovejunos, patrones de bordado, llantos por la leche y el arrullo, alheñas nupciales en las manos; todo lo que se resiste a ser arrastrado de su ciclo histórico, de su belleza eterna y de su color irrepetible de arena y montaña.

1 La traducción original se encuentra en Shadi Rohana (Comp.), Contra el apagón. Voces de Gaza durante el genocidio, Ciudad de México: FCE, 2024.


Un día en Monte Albán: El derecho a imaginar

Visita a Monte Albán con la guía del libro

Todos coincidimos en que el patrimonio cultural importa. Tampoco son muchos quienes discuten que los niños tendrían que estar involucrados en él, pues algún día serán sus custodios. Así está escrito, por cierto, en sus derechos culturales. Los adultos no solo tenemos la obligación de darles información sobre el pasado, también debemos lograr que intervengan activamente en la construcción y el disfrute de su propia identidad. Más que crear espectadores, tendríamos que asegurarnos de que las niñas y los niños se conviertan en protagonistas, que puedan reconocerse en las historias, expresiones y paisajes de sus antepasados.

Sin embargo, lo cierto es que entre el consenso y la realidad hay un abismo. Ni la sociedad ni las instituciones parecemos saber todavía cómo hacer que ese patrimonio le hable de verdad a la niñez. Esperamos que los niños se interesen por la historia sin haber hecho antes el esfuerzo de volverla accesible para ellos. Les hablamos en lenguajes ajenos, les ofrecemos experiencias para adultos y después nos sorprendemos cuando el entusiasmo no llega. Quienes trabajamos con públicos infantiles sabemos que nada los aleja tanto de la curiosidad como esa postura tan odiosa de “mírame y no me toques”.

Esto es especialmente común en las zonas arqueológicas. Cuando un niño sube a Monte Albán, suele encontrarse ante un paisaje grandioso, pero mudo. Ve piedras imponentes, una plaza infinita y un montón de lagartijas corriendo entre las grietas. Todos los datos, los miles y miles de años, se desvanecen tan pronto como los escucha. La grandeza se queda en el cerro y, al final del día, lo único que recuerda es el cansancio y la asoleada.

Esa distancia ha sido nuestra principal adversaria desde el pasado septiembre, cuando el Museo Infantil de Oaxaca inauguró “El Reino de las Nubes”, su exposición interactiva centrada en Monte Albán y la civilización zapoteca. Desde entonces, el MIO se ha convertido en un laboratorio de posibilidades. Hemos organizado talleres, recorridos, juegos, conversaciones y toda clase de experiencias pensadas para que la arqueología deje de ser un tema lejano y se vuelva algo personal, tangible y, sobre todo, divertido.

Ha sido un viaje emocionante, pero su vehículo más potente llegó apenas hace algunas semanas, con la publicación de Un día en Monte Albán, el sexto título de nuestro sello editorial.

Como ocurrió con los libros que acompañaron nuestras exposiciones pasadas, concebimos esta publicación como una herramienta para sacar al museo de sus salas. Sin embargo, pronto entendimos que esta vez habría que mirar más lejos. Para lograr que los niños vieran Monte Albán con otros ojos, tendríamos que hacer tres libros en uno.

Lo primero que nos propusimos fue crear una buena historia. No un manual disfrazado de cuento ni una lección escolar encuadernada, sino una obra de ficción capaz de despertar la curiosidad y el amor por el pasado mesoamericano. Buscábamos, además, diseñar la mejor guía infantil posible para visitar la zona arqueológica. Nos imaginamos “un día en Monte Albán” como una ventana portátil desde la cual asomarse a una visión posible de la vida cotidiana: de sus habitantes, sus actividades, paisajes, animales y plantas. Finalmente, decidimos atar todo mediante un juego de búsqueda que invitara a los lectores a sumergirse de lleno en las ilustraciones, a aprender casi sin darse cuenta.


La fortaleza se abre y el diamante se enciende

Himno nacional mexicano entonado por Fernando de la Mora. Fotografía: Eduardo González

La espera al fin terminó: tras diez meses de arduo trabajo de más de dos mil personas —desde albañiles, electricistas y soldadores hasta arquitectos, ingenieros y artistas—, este estadio se vuelve realidad. El día de la inauguración del Estadio Yu’va, la nueva fortaleza guerrera, no solo marcó un hito en la infraestructura deportiva de Oaxaca, sino que se convirtió en una fiesta donde el orgullo, la tradición, el arte y la emoción de la afición fueron los verdaderos protagonistas.

Desde las primeras horas de la tarde del 22 de mayo, las familias oaxaqueñas comenzaron a llenar de color las calles aledañas al nuevo recinto, ansiosas por descubrir el espacio que a partir de ahora será el escenario de momentos inolvidables. El asombro comenzó desde que los asistentes subieron las escaleras de la imponente fachada principal y cruzaron las rejas. El diseño arquitectónico, que cuida la estética y la comodidad, no pasó desapercibido para los asistentes más detallistas.

“Es un estadio de primer nivel, y lo más bonito es que se siente muy nuestro, muy de Oaxaca”, comenta don Fernando, aficionado de toda la vida, mientras contempla la fusión entre el diseño contemporáneo y los detalles locales inspirados en textiles, representados en las gradas y en la velaria.

Para las nuevas generaciones de seguidores, la experiencia en el Estadio Yu’va superó las expectativas. Las pantallas, el sonido, la pirotecnia y el espectáculo de drones mantuvieron la energía a tope, incluso con la lluvia, que impidió que se realizara el primer encuentro en el campo de juego, el cual tuvo que ser programado para el siguiente día. Sin embargo, lo que más destacaron los asistentes fue la atmósfera familiar que se respiraba en las tribunas.

“Ver el estadio lleno, con niñas y niños emocionados, y una distribución tan cómoda en la que todos podemos disfrutar del juego con total claridad, es algo que los oaxaqueños ya se merecían”, compartió entusiasmada Celeste, una joven aficionada.

Sabemos que aún quedan detalles por cubrir, propios de una obra de esta magnitud. Sin embargo, los trabajos continúan: como ocurre en toda casa nueva, siempre hay aspectos que se irán puliendo.

El Estadio Yu’va ha sido concebido no solo como un espacio para el beisbol profesional, sino como un punto de encuentro social y cultural. La respuesta de la gente en la noche inaugural deja claro que el objetivo comienza a cumplirse: la fortaleza guerrera ya no es solo una obra arquitectónica, es el nuevo corazón donde la afición oaxaqueña vibrará, entrada por entrada, con la magia del rey de los deportes.

¡Bienvenidos a la nueva era del beisbol en Oaxaca!


Apuntes sobre una experiencia formativa de narración oral

Integrantes del diplomado en una de las actividades. Fotografía: Acervo de Seguimos Leyendo

El énfasis que en las últimas décadas se ha puesto en las prácticas sociales de la lectura y escritura, tanto en el ámbito educativo como en el quehacer principal de muchas instancias privadas o independientes, permite valorarlas en su relevancia en el ámbito de la formación y recreación de niñas, niños, jóvenes, adultos, ancianos y bebés.

El gozo estético y la posibilidad de desarrollo cognitivo del acto lector se han ido contagiando positivamente en sectores de la sociedad que hoy nos permiten reconocer como familiares las figuras de los lectores en voz alta, los mediadores de lectura o los narradores orales. El incremento en el número de programas y espacios dedicados a fomentar la lectura da cuenta de la aceptación y beneficios que los usuarios encuentran en ello. Cada vez son más las personas que se integran a este mundo para compartir su pasión por la lectura. Muchos programas ofrecen instrumentos de formación para el voluntariado y hoy sabemos de la existencia de todo un sector a lo largo y ancho del país dedicado a ello. A partir de la consolidación de esta actividad y la proliferación de propuestas y espacios, surge la necesidad de avanzar en el camino de la profesionalización de los agentes que desean dedicarse a ello.

La mediación lectora, la narración oral y la lectura en voz alta —entre la gama de actividades que en conjunto llamamos promoción de la lectura— requieren el conocimiento y la práctica de herramientas muy específicas, así como de la ejecución competente de estas. Como cualquier actividad en el ámbito de la educación —aunque sea no formal—, amerita rigor y dominio de los conceptos y actividades del quehacer. Todo lo anterior permite plantearnos la importancia de ofrecer cada vez mejores experiencias formativas para mediadores de lectura. Claro que han existido cursos, talleres y, en algunos casos, diplomados de largo alcance y es por eso que hoy el objetivo y la norma deben ser elevar la exigencia en contenidos, prácticas, evaluaciones y, de ser posible, certificaciones. Ya no estamos hablando de mediación voluntaria, en la que cualquier ciudadano o ciudadana es invitado a participar brindándole herramientas básicas.

Estamos ante la necesidad de que nuestros agentes culturales en este ramo sean sólidos y consistentes en su saber, en su hacer, en su intervenir. Hace poco pudimos colaborar con un módulo de formación en el primer Diplomado Internacional en Lectura en Voz Alta y Narración Oral que impulsa la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca. Trabajamos procesos afectivos en la interpretación del relato narrado, un tema avanzado que exige conocimiento de la técnica básica, pero, sobre todo, un fuerte compromiso emocional de los participantes. El resultado fue alentador y grato: una gama expresiva diversa y rica en anécdotas y experiencias. Fueron muestras vivas de sinceridad, orgánicas y poderosamente humanas. Algunas más logradas que otras, pero sin duda todas auténticas y en la búsqueda de la honestidad. Se lograron ejercicios y muestras que con tiempo y práctica, con apropiación de la técnica, alcanzarán lo que pretendemos: que la narración oral, la promoción de la literatura, la tradición oral o el relato propio sean un acontecimiento sensible verdaderamente estético, que nos permita conmover a la otredad y, de ser posible, mostrar un espejo de eso tan grande, contradictorio y complejo que llamamos humanidad.

Encontré en este Diplomado un instrumento formativo consistente no solo por su estructura y diseño académico, sino por la solvencia, riesgo y generosidad en la aplicación del saber y el mostrar de los diplomantes: narradores y narradoras generosos que se forman con responsabilidad y se plantan con amor para contar la vida.


Mi afición a la filatelia y al futbol

Exposición “Del Timbre Postal al ¡Goool!”

Mi historia con la filatelia empezó a los 11 años gracias al escultismo. Entre los nudos, las excursiones y las insignias de mérito descubrí que la filatelia también era una aventura. Una forma de conocer el mundo y su historia en pequeñas y llamativas “estampitas”, como decía mi padre. Me di cuenta de que un pedazo de papel es una ventana a otro país, a otra época, a otra historia, a otros usos y costumbres. Ahí empezó todo.

Los primeros años coleccioné sin método ni fronteras. Todo timbre que llegaba a mis manos iba al álbum: México, Alemania Federal, Japón, Nigeria, Checoslovaquia, países árabes. Me emocionaba la diversidad de idiomas, monedas y diseños. Era la etapa de acumular mundo. Aprendí a usar pinzas, a distinguir un timbre usado de uno nuevo, a odiar la bisagra que maltrataba la goma. Fue mi escuela: ensayo y error. No tuve guía. No había internet, solo la pasión por agregar nuevas piezas a mi colección. Cuando llegué a tener cinco mil piezas dije: “¡Guau! Ya tengo una gran colección”. Estaba muy lejos…

Hace unos 15 años, la colección maduró conmigo y decidí que era momento de poner orden y propósito. Elegí volver a casa: me centré en México, quise entender mi país a través de su historia postal. Empecé a buscar las series permanentes, los monumentos, los motivos mexicanos: Arquitectura y Arqueología, México Exporta, México Turístico, Creación Popular, México Conserva y Textiles. Buscar los timbres de las Olimpiadas del 68 emitidos por México se volvió una misión personal. Cada timbre mexicano me explica algo: qué celebramos, a quién recordamos, cómo nos hemos visto en cada década.

Pero la filatelia siempre abre puertas nuevas. Hace una década inicié tres colecciones temáticas que hoy son mi obsesión. La primera: Emisiones Mundiales de los Juegos Olímpicos de México 1968. No me limito a los timbres nacionales, he buscado las emisiones de todos los países del mundo que también rindieron homenaje a aquella olimpiada. Se trata de reconstruir cómo el mundo entero vio y honró el mayor evento deportivo y cultural celebrado en nuestro país hasta entonces.

La segunda colección nació del “Encuentro de Dos Mundos”. A finales del siglo XIX, numerosos países comenzaron a conmemorar el IV centenario del llamado “Descubrimiento de América” y, con el tiempo, se celebró también a los Reyes Católicos, a Cristóbal Colón y a las carabelas.

A partir de la década de 1980, muchos países iniciaron las conmemoraciones previas al V Centenario y, en 1992, la gran mayoría emitió timbres por los 500 años de este “encuentro de dos mundos”. Por medio de esta colección podemos dar seguimiento a esta gran epopeya que constituye uno de los acontecimientos más significativos e influyentes de nuestra historia. Es fascinante ver cómo un mismo hecho genera narrativas visuales tan distintas.

La tercera colección tiene nombre y apellido: José Juan, mi hijo. Su pasión por el futbol me llevó a iniciar la más ambiciosa de mis recopilaciones: todas las emisiones mundiales relacionadas con el balompié. Desde la Olimpiada Centroamericana de 1924 hasta Qatar 2022, pasando por todos los mundiales, copas continentales, nacionales, Juegos Olímpicos y las eliminatorias actuales rumbo al Mundial que se juega, en parte, en nuestro país. Tengo a Pelé, a Maradona, a Johan Cruyff, a selecciones africanas que clasificaron por primera vez, a jugadoras del Mundial Femenil. Las hay de todas las formas, tamaños y colores, de todo tipo de materiales, incluso plástico, plata, oro y en tercera dimensión. Espero pronto poder compartirla, comentarla y disfrutarla junto a mi hijo.

Hoy, después de todos estos años, la colección alcanza cerca de cincuenta mil piezas. Va desde 1924 hasta 2026. Hay clásicos en papel grueso con goma amarilla por el tiempo, y hay timbres nuevos autoadheribles con códigos QR. Cada pieza implica investigación: revisar catálogos Scott y Michel, confirmar dentados y filigranas, detectar variedades. Conlleva paciencia, trato con otros coleccionistas, desvelos en subastas en línea. La filatelia me dio disciplina, me enseñó historia universal y me regaló comunidad. Empezó como un reto de boy scout y hoy es patrimonio y legado.

Porque al final no colecciono papel. Colecciono cien años de deporte, arte, política y memoria que viajaron en sobres, todo unido por la pasión compartida por el futbol en todo el mundo. Y colecciono con la certeza de que, cuando yo falte, José Juan heredará cincuenta mil razones para recordar que su papá lo amaba, amaba a México y amaba las historias que caben en un timbre postal.


José Luis García. Los perros de Dios en Antequera

José Luis García, Retablo barroco, 2025-2026. Cerámica

Con los pies descalzos salgamos a predicar.
Santo Domingo de Guzmán (1170-1221)

Heredero de la magia y cosmovisión de los antiguos mixtecos, el maestro José Luis García es originario de Huajuapan de León. Su amplia trayectoria como pintor, muralista, escultor y ceramista —donde acude, con un carácter ritual, a los materiales primigenios de Oaxaca— se vincula con el legado de grandes maestros como Arturo García Bustos, Arnold Belkin y Luis Nishizawa. La Escuela Oaxaqueña, integrada por artistas que alientan los postulados de Rufino Tamayo, Rodolfo Morales, Francisco Toledo, entre otros, mira desde Antequera al mundo.

Creador del Taller “Polvo de agua”, de la mano cálida y sabia de su querida Lolita, García reúne en su trabajo los hitos prehispánicos y occidentales en un sincretismo permanente, donde texturas, cromatismo y figuras encuentran sentido en un mestizaje profundo y vital. Arcilla modelada, tierras, minerales, grana cochinilla, caracol púrpura, cantera y un sinfín de elementos se trastocan en poderosas piezas, cual transmutaciones alquímicas, para devolvernos a aquello que nos es esencial.

“Yo, a donde voy, llevo mi tierra de colores para hacer mi obra”, señala el artista. Con obra y exposiciones en distintas latitudes del orbe, la presencia de José Luis García ocupa un lugar de primer orden en la plástica mexicana contemporánea.

“Los perros de Dios en Antequera”, del Centro Cultural San Pablo, evoca los 500 años de la llegada de los dominicos a Nueva España. Un potente óleo resuelto en azules, blancos y negros que, a la manera de los eclipses de Tamayo, síntesis de la fusión de dos culturas, se exhibe instalado en el propio caballete del maestro. Es aquí donde resuenan los ecos de la Oaxaca prehispánica que nutren y perviven en la plástica, tradiciones, usos y costumbres que modelaron el cristianismo y sus cometidos evangélicos. En 1526, bajo la tutela de fray Domingo de Betanzos, comenzó una labor misional con los perros de Dios —por su etimología latina— que fructificaría gracias a fray Bernardino de Minaya y fray Gonzalo de Lucero en tierras oaxaqueñas. De su prédica y ejemplar labor apostólica resultaron deslumbrantes conjuntos conventuales y templos, como Santo Domingo Yanhuitlán, San Pedro y San Pablo Teposcolula, San Juan Bautista Coixtlahuaca, San Miguel Achiutla, San Cristóbal Suchixtlahuaca, entre tantos otros de la región mixteca.

José Luis García, gran conocedor de estos legados, presenta un conjunto de figuras estilizadas en cerámica con policromía que evocan las siluetas de aquellos religiosos, quienes, con esmero y dedicación, trajeron una nueva fe que se hibridó con los grandes símbolos de la cosmovisión indígena. Así como en la cruz atrial de San Pedro Topiltepec, también en la Mixteca, conviven las divinidades solares y lunares con el espíritu cristiano, en las piezas de García recorremos siglos de historia, cultura y sabiduría de muchos tiempos y de muchas voces. Sus manos no solamente modelan, sino que desvelan los misterios que yacen en la materia primordial…, ahí donde el arte alcanza su universalidad.

El cierre de la muestra, con los visos dorados del Barroco novohispano, crea un espacio inmersivo mediante tres retablos que abrazan al espectador entre líneas ondulantes, rocallas, acantos, rostros angélicos y vibrante musicalidad que logran, como señalaba el jesuita Juan Plazaola, “poner al Cielo y a la Tierra mirándose de frente”.


Del papel al scroll: La Biblioteca Francisco de Burgoa y su divulgación digital

Portadas de los reels publicados. Imagen: Jorge González

La Biblioteca Francisco de Burgoa resguarda cerca de 40000 volúmenes, un archivo histórico y una hemeroteca que abarcan, en conjunto, cinco siglos de información. Este hecho convierte a la biblioteca en uno de los acervos patrimoniales más importantes de México. Sin embargo, durante mucho tiempo gran parte de este patrimonio tuvo una presencia intermitente dentro de las dinámicas digitales actuales.

Desde septiembre de 2024, la biblioteca exploró una nueva estrategia de comunicación digital enfocada en acercar estos contenidos a nuevos públicos mediante notas de divulgación y cápsulas audiovisuales para redes sociales. Más allá de compartir datos históricos, la intención fue conectar con las personas a partir de elementos cercanos a su vida cotidiana y construir, en primera instancia, una comunidad de seguidores locales interesados en la memoria y el patrimonio.

La estrategia se centró en espacios que las personas recorren diariamente, edificios y monumentos que forman parte de su entorno, además de oficios tradicionales, mercados, textiles, fiestas, rituales, costumbres y episodios históricos que quizá escucharon alguna vez de sus familiares o que conocen porque forman parte de la vida de sus comunidades. En un primer momento se priorizaron los temas locales y regionales, especialmente aquellos relacionados con Oaxaca y el sur de México, buscando que el público pudiera reconocerse dentro de las historias narradas para, posteriormente, ampliar el interés hacia temas de carácter nacional e incluso internacional.

Las notas de divulgación se construyeron a partir de una o varias fotografías históricas las cuales se acompañan de textos accesibles elaborados con materiales bibliográficos, hemerográficos y documentos del archivo histórico. Las cápsulas audiovisuales fueron la punta de lanza de este trabajo gracias a narrativas más dinámicas y a una importante carga gráfica. Esto permitió potenciar considerablemente el alcance de la biblioteca en plataformas digitales y acercar estos contenidos a públicos más amplios.

En menos de dos años se han publicado 266 notas y 86 reels, contenido distribuido por medio de las plataformas de Facebook, Instagram, TikTok y X; los cuales transformaron significativamente la presencia digital de la Biblioteca.

Facebook se consolidó como la plataforma de mayor alcance. La comunidad digital pasó de 10119 a más de 32000 seguidores, con un crecimiento cercano al 199 %. El perfil registró más de 5.7 millones de visualizaciones. Instagram fortaleció el componente visual de la estrategia. La plataforma acumuló más de 104 mil visualizaciones mediante 300 publicaciones. TikTok, con un año de uso, alcanzó más de 184 mil visualizaciones, más de trece mil likes y dos mil compartidos. En la red social X, la Burgoa mantiene actualmente una comunidad de 6098 seguidores.

La audiencia alcanzada se concentra entre personas de 18 y 65 años que se ubican, principalmente, en Oaxaca, Ciudad de México y Puebla, aunque también existe una importante cantidad de visualizaciones provenientes de países como Estados Unidos, España, Colombia y Argentina. Más allá de las cifras, la estrategia permitió que muchas personas conocieran la Biblioteca Burgoa por medio de redes sociales y que posteriormente visitaran el recinto o consultaran materiales históricos. La experiencia demuestra que la difusión del patrimonio puede dialogar con las nuevas formas de consumo cultural sin perder fidelidad histórica y avanzando hacia la democratización del acceso a la cultura.


Entre tejedores de palma y documentos del archivo municipal de San Miguel Tequixtepec

Tradicionalmente, el oficio de tejido de palma en San Miguel Tequixtepec ha estado ligado a las labores agrícolas.

Durante el proceso de clasificación del archivo municipal de San Miguel Tequixtepec hemos tenido la oportunidad de encontrar diferentes documentos con información sobre el uso de la palma en esta localidad.1 Sin embargo, para poder tejer diferentes tipos de petates, sombreros, tenates, redes para los toros, ayates y ceñidores debían comprar palma de montaña real en los pueblos cercanos, ya que en San Miguel solo crece la llamada palma criolla.

El uso de la palma se remonta a tiempos prehispánicos, cuando constituyó una materia prima fundamental para diferentes grupos originarios. Se han encontrado vestigios en numerosos contextos arqueológicos, como en las cuevas de Cuicatlán-Tehuacán. Al parecer existieron pequeños talleres familiares de cestería. Algunos pueblos mesoamericanos pagaron tributo al imperio mexica con petates y tenates elaborados con palma de monte, y también se estilaba el trueque de objetos tejidos por alimentos y otros bienes, algo que aún se practica en la actualidad.2

Durante un largo tiempo, el tejido de palma ha aportado a la economía de miles de hogares campesinos. Sin embargo, el valor económico de este trabajo ha sido constantemente menospreciado. Diferentes documentos del archivo histórico de Tequixtepec dan testimonio de esta situación. Tal es el caso de los decretos emitidos por las autoridades fiscales sobre el cobro de impuestos por la venta de productos de palma. De hecho se conservan las quejas contra dichas imposiciones en la correspondencia. Ante la falta de respuesta, en 1934 se gestionó la creación de una sociedad cooperativa con el objetivo de protegerse de los abusos de agentes fiscales, acaparadores, expendedores y almacenistas. Otros documentos judiciales, como diligencias, juicios criminales y comunicaciones, tienen que ver con el robo de sombreros de palma, el incendio de una casa con mercancía o narraciones de delitos que refieren el tejido dentro de las cuevas.3

Tradicionalmente, el oficio de tejido de palma en San Miguel Tequixtepec ha estado ligado a las labores agrícolas. Las pocas ganancias por la venta de artesanías de palma ayudaban a cubrir el déficit de la agricultura en tiempos de sequías o heladas. Por eso, en el mismo solar del patio de la casa donde amarraban la yunta o los burros, también se construía una cueva. Eran cavidades subterráneas con una sola entrada que se hacían con el propósito de conservar la humedad y así mantener la palma suave y manejable para evitar su quiebre al tejer.

Fotografías: Adriana Chávez

Este pequeño espacio no solo era un lugar de trabajo, sino también de interacción familiar. La señora Coty, una de las últimas tejedoras de San Miguel Tequixtepec, nos permitió acceder a la cueva donde todavía teje sombreros, mientras nos contaba sobre su oficio y otras historias que le fueron transmitidas por sus padres. Entre otras, narró que en el tiempo de la Revolución mexicana estos huecos fueron usados como escondite cuando rondaban la región las facciones zapatistas, carrancistas o simples bandoleros que pretendían reclutar varones para la leva, robar o ultrajar a las mujeres, o, por otro lado, conseguir alimentos y víveres para la tropa.

En la actualidad, el oficio de tejedor está desapareciendo gradualmente, debido, en gran medida, a diversos procesos globalización y modernización que han provocado la migración de la comunidad.4 Ahora los jóvenes ya no se interesan en adquirir este conocimiento, ya que prefieren trabajar en actividades más rentables para el sustento de sus hogares. A pesar de ello, las pocas personas que continúan tejiendo lo hacen con mucho respeto por el conocimiento heredado de sus antepasados, quienes lograron preservar y transmitir este saber mediante sus manos y su creatividad. Así, todavía algunas personas continúan elaborando diferentes artículos y dando vida a un oficio que forma parte de la memoria histórica de esta población.

1 El archivo municipal de San Miguel Tequixtepec se encuentra en proceso de organización.

2 María Teresa Pulido Silva y Tamara Guadalupe Osorio Serna, Revista de Etnobiología. Vol. 23 (abril 2025): 108-112 [consultado en línea 20/04/2026]. Disponible en: file:///C:/Users/UserToshi/
Downloads/rafaelsputnik,+Palma.pdf.

3 María Nely Mendoza García, Los alcaldes como administradores de justicia en San Miguel Tequixtepec, durante la segunda mitad del siglo XIX, tesis, CIESAS, 2008 [consultado en línea 20/04/2026]. Disponible en: https://ciesas.repositorioinstitucional.mx/jspui/bitstream/1015/1303/1/
TE%20M.G.%202008%20Maria%20Nely%20Mendoza%20Garcia.pdf

4 Mercedes Martínez González, Relación entre el tejedor y el objeto de palma de la mixteca oaxaqueña a partir de la memoria oral de una comunidad, tesis, UNAM, 2014 [consultado en línea 20/04/2026]. Disponible en: https://ru.dgb.unam.mx/server/api/core/bitstreams/c6a1f697-6b8a-4ab3-9ba7-40a8525bc942/content


Soluciones emergentes en conservación documental: entre lo ideal y lo posible

Fotografías: Acervo del Taller de Conservación y Restauración Documental

En conservación, muchas veces imaginamos espacios controlados, materiales especializados y condiciones ideales para trabajar. Sin embargo, una parte importante del trabajo ocurre fuera de esos entornos: en archivos pequeños, en carpas al aire libre, bodegas improvisadas o espacios donde los documentos han permanecido durante años sin atención. Es en estos escenarios donde las decisiones deben responder no solo al conocimiento técnico, sino también a las condiciones reales del lugar.

Trabajar directamente en sitio implica trasladarse, observar y actuar con lo disponible. No hay mesas adecuadas, y no siempre se cuenta con los insumos necesarios ni el tiempo para intervenciones complejas. Lo que sí hay es la urgencia de estabilizar materiales que, en muchos casos, están en riesgo inmediato. Aquí, el trabajo exige responder con los recursos existentes, y eso requiere criterio, experiencia y capacidad de adaptación. En este contexto, una de las primeras acciones suele ser contener el daño. Antes de pensar en reparar, se busca evitar que el deterioro avance: separar documentos, reducir la manipulación, retirar elementos que puedan estar afectando el material o simplemente reorganizar para que los objetos respiren y no continúen acumulando humedad o presión. Son decisiones que pueden parecer mínimas, pero reflejan un impacto inmediato.

También es común tener que adaptar el entorno. No siempre existe un espacio adecuado para trabajar, así que se construyen soluciones temporales con los materiales que se tienen a la mano. Mesas que se transforman en superficies de intervención, plásticos que ayudan a generar barreras y materiales disponibles que se convierten en soportes provisionales.

En una ocasión, por ejemplo, fue necesario armar una cámara de fumigación improvisada utilizando mesas del lugar prestadas por integrantes de la comunidad, plásticos y una aspiradora para distribuir el desinfectante; lejos de ser una solución ideal, permitió atender un problema urgente y estabilizar temporalmente los materiales.

Otro factor que contribuye a disminuir los riesgos de pérdida del patrimonio es el hecho de involucrar a la comunidad en los procesos que se están realizando. Al participar activamente, también aportan a la conservación a largo plazo. De igual forma, capacitarlos en acciones de observación de cambios y limpieza reduce considerablemente el riesgo de alteraciones futuras.

Este tipo de decisiones no son improvisaciones sin fundamento. Responden a principios básicos de conservación: intervenir lo mínimo necesario, evitar materiales agresivos, proteger antes que reparar y, sobre todo, no comprometer el futuro del documento. Cada acción debe pensarse no solo por lo que resuelve en el momento, sino por sus efectos a largo plazo. Comprender el contexto del lugar resulta igualmente fundamental. Cada espacio presenta condiciones distintas: humedad, polvo, presencia de microorganismos o prácticas inadecuadas de almacenamiento. Reconocer estas variables permite tomar decisiones más acertadas, incluso cuando los recursos son limitados.

Este trabajo también implica priorizar. No todo puede atenderse al mismo tiempo, y es necesario identificar qué materiales requieren acción inmediata y cuáles pueden esperar. Esta capacidad de decisión y priorización es una de las herramientas más importantes en conservación, aunque pocas veces sea visible.

Entre lo ideal y lo posible existe un espacio donde ocurre gran parte del trabajo real. Las soluciones emergentes habitan ese lugar. No sustituyen los procesos formales de conservación, pero permiten ganar tiempo, estabilizar materiales y, en muchos casos, evitar pérdidas mayores.

Estas experiencias también forman parte del conocimiento en conservación. No todo se aprende en el taller o en condiciones controladas. Existe un saber que se construye en sitio, enfrentando situaciones imprevistas y resolviendo con los recursos que se tienen disponibles.

En bibliotecas y archivos, este trabajo suele pasar desapercibido, aunque resulta fundamental. Porque conservar no siempre significa intervenir en el mejor escenario, sino saber responder cuando ese escenario no existe.


“Destroza” este museo

Niñas y niños explorando el museo en compañía del personal del Museo Infantil de Oaxaca.

Hace algunos años recibí como regalo un libro que desde el título invitaba a los lectores a destruirlo. Al principio, la idea de rayar, rasgar, manchar y hasta cortar sus páginas me parecía un sacrilegio. Afortunadamente, la curiosidad y las ganas de jugar fueron mayores. Diariamente me di a la tarea de seguir las instrucciones de aquel libro rebelde y juguetón: engrapé sus páginas, lo manché con mi taza de café y hasta lo aventé a un charco para ver qué sucedía con sus hojas. Cada día terminaba con más ganas de ver a qué nueva travesura me incitaba.

El valor de aquel librito cambió por completo. Dejó de importarme por su carácter literario y se convirtió en el reflejo más personal de mi curiosidad, en la fuente de muchísimas nuevas ideas. Cada experimento resultó en un nuevo proyecto personal o en algo que podía llevar al plano de mi trabajo en el Museo Infantil de Oaxaca. En el acto de destruir, descubrí los primeros cimientos del juego y la creatividad.

Ahora, esta forma de jugar, cuestionar y desbaratar lo que parece intocable trae consigo una pregunta: ¿Qué pasaría si las niñas y los niños de Oaxaca pudieran “destrozar el museo” para reinventarlo con sus propias ideas? ¿Cómo sería el museo nacido de sus experimentos? ¿Qué nuevos discursos y preguntas surgirían de un espacio cultural construido desde el juego y la curiosidad infantil?

Al preguntarnos, como adultos, qué es la cultura, casi siempre obtenemos una imagen mental muy parecida a aquella que yo mismo me hice al recibir mi libro. Hablamos de ella como algo lejano, solemne y cuidadosamente colocado tras una vitrina, como en uno de esos museos en los que nada se toca ni se juzga. Rara vez nos damos la oportunidad de jugar con ella, cuestionarla y, mucho menos, preguntarnos cómo la viven o entienden los niños. Quizás para ellos el valor del patrimonio cultural no se encuentra en un monumento histórico o una pieza antigua. Tal vez un niño podría señalar como importante la forma en que se prepara un platillo en su casa o los colores utilizados para pintar cierta obra de arte.

Conocer la mirada de las niñas y los niños no significa simplificar la cultura. Significa reconocer que ellos también observan, identifican y transforman el mundo que habitan.

En la actualidad, la responsabilidad de algunas instituciones culturales ya no está solamente en presentar el patrimonio cultural al público infantil. También necesitamos espacios que permitan a los niños preguntarse, conversar y moldear su propia visión del mundo que los rodea. Por ello, en el MIO creamos un proyecto que busca precisamente eso: los Exploradores Culturales MIO.

Como su nombre lo plantea, este nuevo club del MIO no pretende ser un curso o una clase sobre patrimonio, más bien, se trata de un laboratorio de experiencias vivas. Por medio de su propia investigación, niñas y niños irán formando su propia visión del patrimonio de Oaxaca. Cada sesión será una aventura distinta. Ya sea una excursión a alguno de los muchos sitios históricos de la ciudad, una conversación con artistas y artesanos o una visita a una cocina tradicional, los exploradores tendrán la oportunidad de rasgar, rayar, arrugar y destrozar aquello que los adultos aseguramos conocer para reinventar y jugar con la cultura.

A menudo creemos que nuestra labor como adultos consiste en hacer más sencilla la información para que los niños puedan entenderla. Sin embargo, para que una travesía como la de los Exploradores Culturales sea una verdadera aventura, también es necesario transformar la forma en que entendemos nuestro propio papel. En espacios como el que buscamos crear, el adulto, más que un maestro que tiene todas las respuestas, debe ser un compañero de viaje: alguien que escucha, propone y ayuda a formular nuevas preguntas. Así pues, nuestro trabajo no consiste en condensar la información, sino en acercar a niñas y niños a los lugares, eventos y personas que les permitan vivirla por sí mismos. La curiosidad es una de las herramientas más poderosas para comprender el mundo y, cuando los niños pueden ejercerla libremente, cada aventura se convierte en una página nueva de un libro que muchos adultos hemos olvidado cómo leer.

Desde hace nueve años, el MIO ha sido un espacio pensado para que niñas y niños de Oaxaca jueguen y aprendan de su cultura. Los Exploradores Culturales representan un paso más en este recorrido, uno que busca llevarnos un poquito más lejos e imaginar un museo en el que las infancias participen activamente de la vida cultural. Ya no se trata solamente de acercar a los visitantes más jóvenes al patrimonio, sino de incorporar sus preguntas, intereses e interpretaciones a nuestro quehacer cultural. Al transformar el juego en una práctica de exploración y observación más consciente, el museo puede convertirse en una plataforma de participación y diálogo.

La frase “destroza este museo” podría representar una de las peores pesadillas para muchos de los que trabajamos en el ámbito cultural. Pero, después de casi una década en Oaxaca, creemos que ha llegado el momento de doblar, rayar, arrugar y pintarrajear las ideas con las que hemos construido el MIO, con la seguridad de que tales actos destructivos guardan en sí la promesa de la reinvención. ¿Cómo imaginan los niños el patrimonio cultural? ¿Cómo deberían vivir las niñas y los niños una visita al museo? ¿Cuáles son las cosas más interesantes y divertidas de vivir en Oaxaca? Quizás los adultos no tengamos estas respuestas, pero estamos convencidos de que vale la pena salir a buscarlas.

En septiembre comenzará esta nueva expedición. Si hay niñas y niños dispuestos a hacer preguntas inesperadas, explorar su comunidad y ayudarnos a imaginar nuevas formas de entender la cultura, en el MIO ya estamos preparando las mochilas para recibir a los primeros Exploradores Culturales.


Presentación de la antología Aunque el mundo no me reclame

El pasado 28 de mayo se presentó el libro Aunque el mundo no me reclame. Antología del Seminario de Socialización y Producción de Poesía 2025. La publicación es el resultado de un programa formativo de poesía y edición independiente realizado en la Biblioteca Andrés Henestrosa durante el año anterior. Participaron en la mesa de presentación Matt Gleeson y Santiago Astrobbi Echevarri, profesores del programa y editores de la antología; Alan Vargas, también editor y coordinador del Seminario; así como Claudia Díaz Jiménez, Itzcóatl N. Ortiz y Madaí García, autores incluidos en la publicación. A continuación, reproducimos el texto de Madaí García, leído durante la presentación del libro:

Puedo decir, sin exagerar, que el Seminario es un antes y un después en la vida de todos nosotros. Lo ha sido no solo por los grandes maestros y maestras que tuvimos, sino también porque a lo largo de esos casi siete meses de seminario nos sucedió la vida, junto con todo lo que ella trae consigo: pérdida, soledad, rabia y, a veces, también alegría. Sin saberlo, además de enseñarnos a ser mejores escritores, el Seminario nos acompañó para recordarnos que en la poesía, como en la vida, cabe la belleza contemplativa, la nostalgia dichosa, la ficción desatada, pero también el dolor, la denuncia y la irreverencia. Nos hizo notar que la poesía está encarnada en la historia y en ella la memoria del mundo, de la humanidad, con sus logros y sus horrores.

Nuestros maestros insistieron en que para escribir había que dejar de lado los lugares comunes, decir más y explicar menos, escribir y reescribir y corregir las veces que fuera necesario. Nos enseñaron no solo a descubrir nuestra voz, sino también a defenderla.

A lo largo de esos meses comprendí que la poesía no está hecha de palabras, sino de formas de mirar el mundo, de descubrimientos y hallazgos inesperados. Comprendí que la poesía es, tal vez, el medio por el que habla algo más profundo que no es solo razón ni cuerpo, sino todo al mismo tiempo. Durante meses aprendimos también a dejar el “yo” como sujeto del texto, para escribir siendo una nube, un Dios, una licuadora o un filósofo fantasma. Descubrimos que es posible escribir en la oscuridad y con la mano izquierda.

Tuvimos también la oportunidad de escucharnos unos a otros, de leernos, corregirnos y, en ese proceso, además de construir una voz propia, aprendimos que escribir poesía no es un ejercicio solitario. Y es por ello que en esta antología encontrarán no solo a diez autoras y autores, también podrán escuchar una voz colectiva que se forjó entre maestros, compañeros y con más de una decena de invitados que nos compartieron su palabra. En esta antología encontrarán que no hay una sola forma de ser poeta, ni de escribir poesía, y eso la hace bella, porque me gusta pensar que en ella cabemos todos.

Para finalizar, quiero decir que, pese a todo lo anterior, sigo sin saber qué es poesía, pero si tuviera que aventurar una respuesta diría que:

poesía es la ternura de Elsa
es la voz cimbrante de Claudia
es la palabra alquímica de Raquel
el verso arriesgado de Jassiel
la densidad conceptual de Itzcóatl
la rabia tenaz de Xuna
los amores y desamores de José
es la magia universal de Javier
y la añoranza delicada de Angie.

Gracias a todas y todos, porque juntos hicimos poesía.


El pulso de la tierra

Piezas de barro de Tlapazola, Tierra Caliente y Atzompa. Fotografías: Acervo de Arte Popular

En muchas tradiciones artísticas los materiales son mucho más que materia prima: son memoria, emoción, territorio y cosmovisión. Así ha ocurrido, desde hace generaciones, con la alfarería de San Marcos Tlapazola, Santa María Atzompa y Tierra Caliente, en Tamazulápam del Espíritu Santo, donde la arcilla se ha convertido en una posibilidad de sustento, creación y permanencia. Aunque separadas por la geografía, la lengua y distintas tradiciones culturales, estas comunidades comparten una relación profunda con una materia que nace de la tierra y vuelve a ella transformada en objetos para la vida cotidiana, la contemplación, la celebración y la remembranza.

Las piezas conservan la impronta de los paisajes que las originan y de las manos que les dan forma. En San Marcos Tlapazola, las Mujeres del Barro Rojo (Macrina Mateo, Amalia Cruz, Elia Mateo, María Francisca Gutiérrez, Dorotea Mateo, Alberta Mateo, Griselda Mateo, Victorina Mateo, Modesta Martínez y Concepción Sánchez) preservan técnicas ancestrales que dialogan con procesos de innovación capaces de mejorar las condiciones de trabajo sin alterar la esencia del oficio. En Santa María Atzompa, Lucía López, Francisco López, Elizabeth López y Leticia García forman parte de una tradición cerámica que ha dado lugar a una de las expresiones alfareras más reconocidas de Oaxaca, donde el dominio técnico y la capacidad de adaptación han permitido diversificar formas, usos y posibilidades expresivas sin perder el vínculo con sus raíces comunitarias. En Tierra Caliente, la alfarería de Teresa Cruz y Honoraria Franco refleja una estrecha relación con el entorno: la arcilla, las piedras de río, las hojas de los árboles y la leña participan en un proceso completamente artesanal en el que cada elemento natural deja una huella visible sobre las obras.

Más allá de sus diferencias formales, las creaciones reunidas en esta exposición comparten una misma condición: son resultado de un conocimiento colectivo construido a lo largo del tiempo. Cada pieza contiene saberes heredados, decisiones técnicas, experiencias familiares y formas particulares de habitar el territorio. Son objetos moldeados por manos expertas, pero también a partir de las historias comunitarias que encuentran en la cerámica una manera de permanecer vivas.

El fuego ocupa un lugar central en esta metamorfosis. A ras de suelo y a cielo abierto, o mediante hornos que incorporan nuevas tecnologías para reducir el humo y el consumo de leña, la cocción convierte la fragilidad de la arcilla en resistencia. Es el instante en que la materia cambia de estado y adquiere una nueva vida gracias al diálogo constante entre los elementos y la experiencia de quienes dominan el fuego.

“El pulso de la tierra” reúne tradiciones alfareras provenientes de distintos rincones de Oaxaca. A lo largo del pabellón y la crujía del antiguo convento de San Pablo, estas obras se presentan como testimonio de inventiva, transmisión de saberes, trabajo comunitario y arraigo territorial. En cada pieza habita una historia nacida en el corazón de la tierra, cuyo pulso perdura y se transforma en las manos de quienes la modelan.


Mamí en la memoria o lo que se dice en el patio trasero de la LGP

Una de las memorias en el patio trasero de la Librería. Fotografías: Acervo de la Librería Grañén Porrúa

Los últimos días de mayo pintaban nubes pesadas que un día reventaban y al siguiente un poco más. De igual manera nos refugiamos en el patio de copales de la Librería: colocamos la mesa con su mantel amarillo y las sillas alrededor. Venían cuatro días del Taller de Memoria, y se aproximaba también una tormenta.

Pusimos al centro de la mesa las lecturas que servirían de ejemplo, algunas hojas blancas y las manos dispuestas. Al terminar esta primera sesión nos dimos cuenta de que también la mente estaba más que dispuesta.

Leímos a Clara Obligado, Agota Kristof, Piedad Bonet, Alan Valdez y Juan Villoro. Pero dejamos más títulos en la mesa, Alma Delia Murillo, Jorge Volpi, César Tejeda, Kafka, Vivian Gornik, Iveth Luna Flores, Oliver Jeffers. Bastante peculiar la selección, ahora que lo veo a la distancia. Los ejercicios suscitaron lo que se tenía pensado: el pasado y la emoción de ver que teníamos en la memoria aquello que no recordábamos. Todo lo que da forma a nuestra mente.

Fueron dos días para leer, pensar y decir en voz alta a partir de los ejemplos, pero también a partir de nuestro firme pensamiento; luego vinieron dos días para coser, bordar, pegar, jugar con tela, distribuir detalles, botones, encaje, hojas sueltas, sellos. Al final, nuestra memoria resulta como una cajita de hilos: llena de retazos multicolores que eventualmente sacamos y usamos para unir algo más grande.

Sentadas alrededor de una mesa, como si los libros fueran el calor para las manos, nos dedicamos a recobrar aromas, imágenes, sensaciones táctiles, palabras dichas, y las pusimos en papel. Mientras una de nosotras se maravilló porque era la primera vez que contaba esto, una más descubrió un hilo del cual quiere seguir tirando, y una más tomó su primer taller en español y se propuso de ahora en adelante honrar esta lengua, que es la de sus padres, aun cuando el país que la recibió se exprese en otra.

Con el permiso de la maestra Micaela Velasco, reproducimos algunos fragmentos de los textos que surgieron de este taller, y que ya forman parte de su Bitácora de Memoria. Gracias por su lectura.

Mamí en la memoria

1.- Siempre estuvo ahí el trinchador detrás de la silla de Mamí. De lejos, aún antes de acercarme, podía ver las jaladeras de bronce que brillaban con la luz y que al tocar eran más frías que todo lo demás. Ya predecía la sensación de tener abierto el cajón frente a mí porque muchas veces la había experimentado al buscar los cubiertos y ponerlos sobre la mesa. Cuchillos, tenedores, cucharas, servilletas, la cuchara de plata de mi abuela e incluso sus cigarros continúan intactos.

Una vez más abro el primer cajón, solo entonces aparece ese aroma que me traslada a mi niñez, a esas oleadas de profundas sensaciones.

Hoy en día no voy más a esa casa, ya no es necesario. Esos recuerdos están impregnados en mi memoria y ahí, de vez en vez, abro ese cajón y estoy junto a ella otra vez.

2.- Tendría nueve años; recuerdo que en Oaxaca la vida era apacible. De tarde, cuando tapaban con una toalla la jaula del loro para que durmiera, y era la hora de hacer las cuentas de lo vendido, me sitúo cerca del escritorio: mi abuela abre lentamente la puerta del nicho gigantesco. El rechinido de esa puerta que guarda todo: cajas grandes, otras más grandes y pequeñas: cientos de ellas me parece. Esas cajas esconden prendas de oro que ella vendía, los aretes de la M, los aretes del Jardín, collares de perlas, “Ninguna de río”, me decía.

Puedo ver, pegadas en la puerta, caritas antiguas de mujeres de colores pálidos que me sonríen. Me maravilla ver tantas cosas, aunque algunas solo las imagino, pues ella nunca abrió las cajas más pequeñas frente a mí…

3.- Cuando era niña describía la casa de mi abuela más grande que una montaña, esa era la grandeza que albergaba para mí.

Cuando era niña y acompañaba a Mamí al mercado, yo también llevaba una canasta de palma adornada con miniaturas alrededor.

Cuando de niña regresaba con mi abuela del mercado, ella tomaba un vaso de jugo de papaya reclinándose en la mecedora antigua del comedor.

En el momento en el que me di cuenta de que mi abuela me quería de forma especial, me sentí con la misma fuerza que ella.

Una vez que regresamos a casa después de pasar lindos días de vacaciones, y mi abuela se despedía de mí, me daba un billete que escondía en su mano. Creo que mis padres siempre supieron que lo hacía.

Cuando finalmente llegaba el día de la partida, el coche se cargaba de cajas con comida: pan, chapulines, tortillas, chocolate. Mi abuela nos despedía sonriendo resignada, agitando la mano desde la puerta; ¿cómo pudo hacerlo?, me pregunto ahora que soy abuela también.

Cuando recuerdo el 29 de septiembre de 1970, día de nuestro santo, me recuerdo de ocho años disfrutando ver un patio lleno de flores en floreros improvisados. Había mole para comer, unas personas se sentaban y otras se paraban de la mesa. En la noche abrieron los regalos, un perfume en una botella de vidrio aplastada llamó mi atención; no tuve que pedirlo, no me hubiera atrevido, ella se dio cuenta y me lo regaló. Evidentemente, el aroma no es lo que recuerdo, lo que añoro.

Cuando Mamí murió, comencé a vivir con su recuerdo.

Ustedes que leen, ¿se han tomado el tiempo, una tarde de lluvia, por ejemplo, para sacar hilos de su cajita de retazos?


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