Mamí en la memoria o lo que se dice en el patio trasero de la LGP

Los últimos días de mayo pintaban nubes pesadas que un día reventaban y al siguiente un poco más. De igual manera nos refugiamos en el patio de copales de la Librería: colocamos la mesa con su mantel amarillo y las sillas alrededor. Venían cuatro días del Taller de Memoria, y se aproximaba también una tormenta.
Pusimos al centro de la mesa las lecturas que servirían de ejemplo, algunas hojas blancas y las manos dispuestas. Al terminar esta primera sesión nos dimos cuenta de que también la mente estaba más que dispuesta.
Leímos a Clara Obligado, Agota Kristof, Piedad Bonet, Alan Valdez y Juan Villoro. Pero dejamos más títulos en la mesa, Alma Delia Murillo, Jorge Volpi, César Tejeda, Kafka, Vivian Gornik, Iveth Luna Flores, Oliver Jeffers. Bastante peculiar la selección, ahora que lo veo a la distancia. Los ejercicios suscitaron lo que se tenía pensado: el pasado y la emoción de ver que teníamos en la memoria aquello que no recordábamos. Todo lo que da forma a nuestra mente.
Fueron dos días para leer, pensar y decir en voz alta a partir de los ejemplos, pero también a partir de nuestro firme pensamiento; luego vinieron dos días para coser, bordar, pegar, jugar con tela, distribuir detalles, botones, encaje, hojas sueltas, sellos. Al final, nuestra memoria resulta como una cajita de hilos: llena de retazos multicolores que eventualmente sacamos y usamos para unir algo más grande.
Sentadas alrededor de una mesa, como si los libros fueran el calor para las manos, nos dedicamos a recobrar aromas, imágenes, sensaciones táctiles, palabras dichas, y las pusimos en papel. Mientras una de nosotras se maravilló porque era la primera vez que contaba esto, una más descubrió un hilo del cual quiere seguir tirando, y una más tomó su primer taller en español y se propuso de ahora en adelante honrar esta lengua, que es la de sus padres, aun cuando el país que la recibió se exprese en otra.
Con el permiso de la maestra Micaela Velasco, reproducimos algunos fragmentos de los textos que surgieron de este taller, y que ya forman parte de su Bitácora de Memoria. Gracias por su lectura.
Mamí en la memoria
1.- Siempre estuvo ahí el trinchador detrás de la silla de Mamí. De lejos, aún antes de acercarme, podía ver las jaladeras de bronce que brillaban con la luz y que al tocar eran más frías que todo lo demás. Ya predecía la sensación de tener abierto el cajón frente a mí porque muchas veces la había experimentado al buscar los cubiertos y ponerlos sobre la mesa. Cuchillos, tenedores, cucharas, servilletas, la cuchara de plata de mi abuela e incluso sus cigarros continúan intactos.
Una vez más abro el primer cajón, solo entonces aparece ese aroma que me traslada a mi niñez, a esas oleadas de profundas sensaciones.
Hoy en día no voy más a esa casa, ya no es necesario. Esos recuerdos están impregnados en mi memoria y ahí, de vez en vez, abro ese cajón y estoy junto a ella otra vez.
2.- Tendría nueve años; recuerdo que en Oaxaca la vida era apacible. De tarde, cuando tapaban con una toalla la jaula del loro para que durmiera, y era la hora de hacer las cuentas de lo vendido, me sitúo cerca del escritorio: mi abuela abre lentamente la puerta del nicho gigantesco. El rechinido de esa puerta que guarda todo: cajas grandes, otras más grandes y pequeñas: cientos de ellas me parece. Esas cajas esconden prendas de oro que ella vendía, los aretes de la M, los aretes del Jardín, collares de perlas, “Ninguna de río”, me decía.
Puedo ver, pegadas en la puerta, caritas antiguas de mujeres de colores pálidos que me sonríen. Me maravilla ver tantas cosas, aunque algunas solo las imagino, pues ella nunca abrió las cajas más pequeñas frente a mí…
3.- Cuando era niña describía la casa de mi abuela más grande que una montaña, esa era la grandeza que albergaba para mí.
Cuando era niña y acompañaba a Mamí al mercado, yo también llevaba una canasta de palma adornada con miniaturas alrededor.
Cuando de niña regresaba con mi abuela del mercado, ella tomaba un vaso de jugo de papaya reclinándose en la mecedora antigua del comedor.
En el momento en el que me di cuenta de que mi abuela me quería de forma especial, me sentí con la misma fuerza que ella.
Una vez que regresamos a casa después de pasar lindos días de vacaciones, y mi abuela se despedía de mí, me daba un billete que escondía en su mano. Creo que mis padres siempre supieron que lo hacía.
Cuando finalmente llegaba el día de la partida, el coche se cargaba de cajas con comida: pan, chapulines, tortillas, chocolate. Mi abuela nos despedía sonriendo resignada, agitando la mano desde la puerta; ¿cómo pudo hacerlo?, me pregunto ahora que soy abuela también.
Cuando recuerdo el 29 de septiembre de 1970, día de nuestro santo, me recuerdo de ocho años disfrutando ver un patio lleno de flores en floreros improvisados. Había mole para comer, unas personas se sentaban y otras se paraban de la mesa. En la noche abrieron los regalos, un perfume en una botella de vidrio aplastada llamó mi atención; no tuve que pedirlo, no me hubiera atrevido, ella se dio cuenta y me lo regaló. Evidentemente, el aroma no es lo que recuerdo, lo que añoro.
Cuando Mamí murió, comencé a vivir con su recuerdo.
Ustedes que leen, ¿se han tomado el tiempo, una tarde de lluvia, por ejemplo, para sacar hilos de su cajita de retazos?