La Mixteca oaxaqueña, donde la tierra roja canta

Para Bas van Doesburg, Michael Swanton y
las voces que nos hacen vibrar en Oaxaca.
La tierra de la Mixteca vibra en sus colores. Durante dos días del pasado marzo sentimos su amplia gama de blancos, amarillos, ocres, verdes, hasta ese rojo profundo, entre ladrillo y vino tinto. Era como si el sol, en la estela de San Pedro Topiltepec, hubiera cocido ese paisaje durante siglos, dejando al descubierto su intensa belleza, hasta labrar un gran corazón en el Geoparque que nos dio la bienvenida desde la carretera.
Aún resuena en mi corazón el órgano que escuchamos en Santo Domingo Yanhuitlán. Su sonido parecía venir desde la raíz de la tierra, como si la memoria cobrara vida y las paredes de la iglesia respiraran para recordarnos la presencia de tiempos idos y su permanencia en sus retablos coloreados y tallados por los más prolíficos artistas del virreinato. En medio de aquel destello de belleza sentimos también los ecos de la grandeza mesoamericana mientras las serpientes emplumadas bailaban al compás, sosteniendo la pila bautismal.
Las notas quedaron suspendidas cuando llegamos a San Pedro y San Pablo Teposcolula. Ahí se nos abrió un claustro y con él, el concierto se llenó de voces elocuentes, expresiones en mixteco, chocho, zapoteco y triqui. Era como si el órgano de Yanhuitlán siguiera emitiendo su eco en aquellas palabras sabias, sinceras, dispuestas a colaborar en un sueño colectivo: impulsar una campaña de prevención y control de la diabetes y la hipertensión arterial en la región mixteca. Los bastones de mando adornados de listones, los huipiles coloridos y las trenzas de las mujeres indígenas eran un himno de pertenencia, historias contadas por la comunidad para resistir, celebrar la vida y llevar la tierra consigo en su memoria y su cotidianidad.
El sonido era limpio. La sabiduría ancestral se respiraba en el ambiente dentro del antiguo hospital de indios, el de la Santa Vera Cruz; ahí era donde la conversación fluía en un mar de mole negro y chiles rellenos, acompañados de tortillas y frijoles. Era como si el destino estuviera predispuesto. Aquella vibración recorría nuestros corazones, ávidos de aprender unos de otros, en presencia del Dr. David Kershenobich, secretario de Salud, y su equipo. Nos sorprendió su profunda sensibilidad para atender las voces que no suelen ser escuchadas, para aguzar el oído y recoger cada palabra en su libreta, anotarla con cuidado para nutrir un programa que aspira a ser también un gesto de humanidad.
El concierto continuó en la capilla abierta de Teposcolula. Al caer la tarde, las cuerdas y los alientos de Camerata Oaxaca elevaron la música entre los arcos abiertos hacia el atrio inmenso. La luz pintaba las sombras sobre la piedra tallada, en una de las obras más extraordinarias legadas por la historia.
Fue un día casi sagrado, como si los dioses del cielo hubieran bajado para recordarnos la grandeza de los pueblos mixtecos, tantas veces nombrados desde la carencia, pero poseedores de una riqueza cultural y humana infinita. El concierto fue también un encuentro con esas divinidades que brillan en la bóveda celeste.
¿Y qué quedaba al final del día? Un mezcal, una tlayuda con quesillo y tasajo, y el calor de lo vivido. Luego, el descanso en el silencio profundo de Casa Franco.
A la mañana siguiente, los vientos frescos dieron continuidad a ese concierto. En la Casa de la Cacica, el Códice Borgia se desplegó como un universo: linajes, dioses, el nacimiento del sol, los primeros hombres. La historia sagrada tomaba cuerpo en esos muros coronados por chalchihuites, como los cimientos de una ciudad soñada, mestiza, heredera de múltiples mundos. Hoy, ese espacio es también biblioteca: luz para los niños, esperanza viva; uno de mis lugares consentidos.
La música fluía a través de los cerros y nos llevó a San Pedro Topiltepec, donde los topiles nos recibieron solemnemente en el Palacio Municipal. El centro de salud —cerrado— mostraba un letrero: “No se atienden urgencias fuera del horario laboral del personal adscrito”. Una frase que revela la distancia, el abandono y la dureza de la vida rural, como si el dolor pudiera esperar.
La misma tonada se repitió en Santa María Tiltepec, donde las autoridades nos recibieron con sincero cariño. El centro de salud, que era más una casa habitación que una clínica, dejaba ver una realidad: ausencia de insumos, visitas esporádicas de médicos y traslados sin ambulancia. El Dr. Kershenobich hizo preguntas, notamos dolor en su alma, pero no hubo calmantes ante el peso de esa verdad. Tampoco simulación: solo realidad, y con ella, una responsabilidad más.
El ritmo cambió con el repique de las campanas, se anunciaba una fiesta. Los niños corrieron para conocer a “Alfredo Harp Helú”, cuyo nombre llega con frecuencia a su pueblo en una biblioteca móvil para llevarles libros, palabras, alegría, películas y un telescopio. Querían verlo, tocar esa presencia. Él sonreía pleno, profundamente ligado a esa tierra que tanto ama.
Los habitantes mostraron con orgullo su templo de piedra labrada. Su fachada parecía un huipil profusamente bordado con flores, vides y moreras de seda. Mi corazón brincaba emocionado al ritmo de las campanas, miraba aquellas formas inspiradas en grabados de libros europeos, reinterpretadas por manos mixtecas hasta volverse surcos en la piedra rojiza; era memoria de tierra roja hecha fachada.
En el interior del templo, todo parecía cantar: los ángeles, las pilas de agua bendita, las columnas, las estrellas y las flores. Nuestros ojos palpitaban emocionados entre santos, retablos y vírgenes. Y luego, los libros de canto con palabras antiguas mixtecas. Ahí estaban ante nuestros ojos para recordar que la lengua vive en quienes la pronuncian.
El tiempo siguió su curso entre cuerdas de guitarra y un violín, entre frijoles, nopales, tortillas de maíz, queso y tasajo. Su sabor era alegría colectiva: la memoria mesoamericana viva latiendo en aquella mesa.
Dos días bastaron para comprender que la Mixteca permanece hablando en sus múltiples lenguas, sin rendirse, incluso en quienes tuvimos la dicha y la bendición de encontrarnos para escucharla.