Mamí en la memoria o lo que se dice en el patio trasero de la LGP

Una de las memorias en el patio trasero de la Librería. Fotografías: Acervo de la Librería Grañén Porrúa

Los últimos días de mayo pintaban nubes pesadas que un día reventaban y al siguiente un poco más. De igual manera nos refugiamos en el patio de copales de la Librería: colocamos la mesa con su mantel amarillo y las sillas alrededor. Venían cuatro días del Taller de Memoria, y se aproximaba también una tormenta.

Pusimos al centro de la mesa las lecturas que servirían de ejemplo, algunas hojas blancas y las manos dispuestas. Al terminar esta primera sesión nos dimos cuenta de que también la mente estaba más que dispuesta.

Leímos a Clara Obligado, Agota Kristof, Piedad Bonet, Alan Valdez y Juan Villoro. Pero dejamos más títulos en la mesa, Alma Delia Murillo, Jorge Volpi, César Tejeda, Kafka, Vivian Gornik, Iveth Luna Flores, Oliver Jeffers. Bastante peculiar la selección, ahora que lo veo a la distancia. Los ejercicios suscitaron lo que se tenía pensado: el pasado y la emoción de ver que teníamos en la memoria aquello que no recordábamos. Todo lo que da forma a nuestra mente.

Fueron dos días para leer, pensar y decir en voz alta a partir de los ejemplos, pero también a partir de nuestro firme pensamiento; luego vinieron dos días para coser, bordar, pegar, jugar con tela, distribuir detalles, botones, encaje, hojas sueltas, sellos. Al final, nuestra memoria resulta como una cajita de hilos: llena de retazos multicolores que eventualmente sacamos y usamos para unir algo más grande.

Sentadas alrededor de una mesa, como si los libros fueran el calor para las manos, nos dedicamos a recobrar aromas, imágenes, sensaciones táctiles, palabras dichas, y las pusimos en papel. Mientras una de nosotras se maravilló porque era la primera vez que contaba esto, una más descubrió un hilo del cual quiere seguir tirando, y una más tomó su primer taller en español y se propuso de ahora en adelante honrar esta lengua, que es la de sus padres, aun cuando el país que la recibió se exprese en otra.

Con el permiso de la maestra Micaela Velasco, reproducimos algunos fragmentos de los textos que surgieron de este taller, y que ya forman parte de su Bitácora de Memoria. Gracias por su lectura.

Mamí en la memoria

1.- Siempre estuvo ahí el trinchador detrás de la silla de Mamí. De lejos, aún antes de acercarme, podía ver las jaladeras de bronce que brillaban con la luz y que al tocar eran más frías que todo lo demás. Ya predecía la sensación de tener abierto el cajón frente a mí porque muchas veces la había experimentado al buscar los cubiertos y ponerlos sobre la mesa. Cuchillos, tenedores, cucharas, servilletas, la cuchara de plata de mi abuela e incluso sus cigarros continúan intactos.

Una vez más abro el primer cajón, solo entonces aparece ese aroma que me traslada a mi niñez, a esas oleadas de profundas sensaciones.

Hoy en día no voy más a esa casa, ya no es necesario. Esos recuerdos están impregnados en mi memoria y ahí, de vez en vez, abro ese cajón y estoy junto a ella otra vez.

2.- Tendría nueve años; recuerdo que en Oaxaca la vida era apacible. De tarde, cuando tapaban con una toalla la jaula del loro para que durmiera, y era la hora de hacer las cuentas de lo vendido, me sitúo cerca del escritorio: mi abuela abre lentamente la puerta del nicho gigantesco. El rechinido de esa puerta que guarda todo: cajas grandes, otras más grandes y pequeñas: cientos de ellas me parece. Esas cajas esconden prendas de oro que ella vendía, los aretes de la M, los aretes del Jardín, collares de perlas, “Ninguna de río”, me decía.

Puedo ver, pegadas en la puerta, caritas antiguas de mujeres de colores pálidos que me sonríen. Me maravilla ver tantas cosas, aunque algunas solo las imagino, pues ella nunca abrió las cajas más pequeñas frente a mí…

3.- Cuando era niña describía la casa de mi abuela más grande que una montaña, esa era la grandeza que albergaba para mí.

Cuando era niña y acompañaba a Mamí al mercado, yo también llevaba una canasta de palma adornada con miniaturas alrededor.

Cuando de niña regresaba con mi abuela del mercado, ella tomaba un vaso de jugo de papaya reclinándose en la mecedora antigua del comedor.

En el momento en el que me di cuenta de que mi abuela me quería de forma especial, me sentí con la misma fuerza que ella.

Una vez que regresamos a casa después de pasar lindos días de vacaciones, y mi abuela se despedía de mí, me daba un billete que escondía en su mano. Creo que mis padres siempre supieron que lo hacía.

Cuando finalmente llegaba el día de la partida, el coche se cargaba de cajas con comida: pan, chapulines, tortillas, chocolate. Mi abuela nos despedía sonriendo resignada, agitando la mano desde la puerta; ¿cómo pudo hacerlo?, me pregunto ahora que soy abuela también.

Cuando recuerdo el 29 de septiembre de 1970, día de nuestro santo, me recuerdo de ocho años disfrutando ver un patio lleno de flores en floreros improvisados. Había mole para comer, unas personas se sentaban y otras se paraban de la mesa. En la noche abrieron los regalos, un perfume en una botella de vidrio aplastada llamó mi atención; no tuve que pedirlo, no me hubiera atrevido, ella se dio cuenta y me lo regaló. Evidentemente, el aroma no es lo que recuerdo, lo que añoro.

Cuando Mamí murió, comencé a vivir con su recuerdo.

Ustedes que leen, ¿se han tomado el tiempo, una tarde de lluvia, por ejemplo, para sacar hilos de su cajita de retazos?


23 años de Adabi. Experiencias compartidas

Participantes del conversatorio

En el marco de su vigésimo tercer aniversario, el pasado 8 de mayo Adabi de México realizó el conversatorio “23 años de Adabi. Experiencias compartidas”, un espacio dedicado a reflexionar sobre las labores de rescate, organización y conservación del patrimonio documental, bibliográfico y fotográfico del país. La actividad se llevó a cabo en la Biblioteca José Lorenzo Cossío y Cosío y reunió a especialistas, colaboradores e instituciones vinculadas con la preservación de la memoria histórica de México.

Durante la jornada participaron coordinadores de proyectos, archivistas, restauradores e instituciones aliadas que compartieron experiencias desarrolladas a lo largo de más de dos décadas de trabajo impulsado por la asociación. Las intervenciones abarcaron desde algunos de los primeros proyectos emprendidos por Adabi hasta iniciativas concluidas en los primeros meses de 2026.

Estos 23 años han significado el trabajo ininterrumpido de rescate de la historia y la identidad nacional, porque, para Adabi, rescatar un archivo municipal o parroquial es revivir una voz que el tiempo o el descuido han pretendido silenciar. Es en estos archivos donde reside la historia más íntima del país: el cotidiano de los lugares alejados, tan diferente al de las grandes ciudades. Es ahí donde se manifiestan los pequeños y grandes cambios que dan lugar a las transformaciones sociales. En este sentido, Adabi ve el rescate documental como un acto de justicia histórica.

En este largo caminar de la institución quisimos darle voz a quienes han estado al frente de algunos proyectos archivísticos que Adabi ha llevado a cabo, porque los grandes logros obtenidos se deben al enorme compromiso de las personas que los han hecho posibles. Es el convencimiento personal, el entusiasmo y el compromiso con nuestro patrimonio lo que impulsa y da fuerza a los cerca de dos mil proyectos realizados, que incluyen diagnósticos, rescates, capacitaciones, cursos, talleres, asesorías o seguimientos presenciales y también los que se realizan por vía remota.

La primera de las dos mesas dedicadas a este conversatorio contó con la participación de cuatro ponentes que compartieron su experiencia en distintos proyectos de Adabi. La participación inicial estuvo a cargo de Elisa Garzón, quien habló de los trabajos archivísticos realizados en el estado de Puebla, una de las entidades con mayor número de intervenciones por parte de la asociación. Subrayó la relevancia de los archivos históricos no solo para la reconstrucción del pasado, sino también como herramientas útiles para la administración pública, la resolución de conflictos territoriales y la preservación de la memoria comunitaria. Además destacó el papel formativo que Adabi ha desempeñado para generaciones de historiadores y archivistas que encontraron en el trabajo documental una vía de profesionalización y servicio al patrimonio cultural.

Posteriormente, Jacobo Babines abordó el rescate y organización del entonces Archivo General del Poder Ejecutivo del Estado de Oaxaca, proyecto iniciado en 2011 y considerado uno de los trabajos archivísticos más representativos impulsados por la asociación. Explicó que el proyecto combinó esfuerzos públicos y privados para recuperar documentación que permanecía en condiciones inadecuadas de resguardo.

La tercera participación fue de Jorge Núñez Chávez, quien habló sobre los procesos de capacitación archivística y vinculación institucional desarrollados en distintas entidades del país desde 2006. Enseguida intervino Gabriela López Ortiz, quien encabezó el proyecto de rescate de archivos parroquiales de la Arquidiócesis de Morelia. Destacó que esta labor le permitió ampliar su conocimiento sobre la historia de Michoacán y comprender con mayor profundidad la riqueza documental de las comunidades participantes.

La mesa concluyó con las palabras de Luz María Jasso, quien presentó el trabajo de estabilización, clasificación y conservación del archivo fotográfico de Emérico Weisz. Explicó que el proyecto, desarrollado entre 2019 y 2025, permitió estabilizar y resguardar más de 65 mil ejemplares fotográficos relacionados con la vida cultural, política y artística de México durante el siglo XX.

La segunda parte del evento consistió en la participación de representantes de las instituciones que este año fueron seleccionadas para recibir un apoyo para el desarrollo de sus proyectos. Entre las líneas de acción que Adabi lleva a cabo se encuentra la de donativos, la cual busca incentivar a las instancias, mediante un recurso monetario o en especie, para que realicen labores de rescate, organización y conservación de sus acervos por cuenta propia.

Más allá de un festejo, el hecho de dedicar el aniversario de esta institución —cuya existencia y sostén de su labor durante 23 años ha sido posible gracias a la generosidad de Alfredo Harp Helú y María Isabel Grañén Porrúa— a la remembranza y reflexión sobre el camino recorrido resulta especialmente valioso. Es también una oportunidad para hacer una pausa, reconocer lo alcanzado como equipo, y tomar impulso para continuar con el propósito de Adabi: preservar la memoria documental de México.


Programa Home Runs 2026

“Para ayudar, nos volamos la barda. 30 años haciendo equipo por el desarrollo de México”

PRESENTACIÓN

La Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca A.C. en adelante (FAHHO) en coordinación con la Fundación Alfredo Harp Helú A.C. en adelante (FAHH) y Fomento Social Banamex A.C. en adelante (FSB) le invitan a participar en la emisión Home Runs 2026 para la donación de recursos a instituciones que destacan por su trayectoria y compromiso social en favor de quienes más lo necesitan en el estado de Oaxaca.

Para esta emisión 2026, denominada “Para ayudar, nos volamos la barda. 30 años haciendo equipo por el desarrollo de México”, la FAHHO cuenta con una bolsa global de $10,000,000.00 (diez millones de pesos 00/100 M.N.), que se distribuirá entre las instituciones que resulten ganadoras al presentar proyectos que desarrollen temas relacionados con fomento al deporte, medio ambiente, salud, bienestar social, educación, cultura y proyectos productivos. Lo anterior, previa evaluación y selección por parte del Comité de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, A.C.

REQUISITOS PARA PARTICIPAR

1. Podrán participar municipios del estado de Oaxaca y asociaciones civiles que sean donatarias autorizadas por el Servicio de Administración Tributaria (SAT), de acuerdo con la última publicación en el Diario Oficial de la Federación.

2. Solicitar su inscripción mediante la plataforma https://homeruns.fahho.mx del 15 de junio al 30 de julio de 2026. Enviar las dudas acerca del registro al siguiente correo: homeruns@fahho.mx

3. Si fueron beneficiarios de algún donativo otorgado previamente por parte de la FAHHO, es prerrequisito haber cumplido en tiempo y forma con la comprobación.

PROCEDIMIENTO POSTERIOR A LA INSCRIPCIÓN

Una vez realizado el registro de inscripción, cada entidad deberá ver el video de uso de la plataforma y marcar la acción como completada para poder realizar el registro de sus proyectos y la carga de la documentación respectiva.

Los proyectos que cumplan los requisitos antes mencionados serán evaluados por el Comité de la FAHHO, el cual determinará las instituciones beneficiadas, así como los montos para cada una de ellas de conformidad con la bolsa de recursos disponibles para la entrega de donativos. Dicho resultado se les hará saber vía correo electrónico.

COMPROBACIÓN DEL DONATIVO

Durante la ejecución del proyecto, las instituciones estarán sujetas a una verificación por parte de la FAHHO, con la finalidad de revisar los avances y la correcta aplicación de los recursos en el proyecto beneficiado. La fecha límite para recibir las comprobaciones del donativo recibido será el día 11 de diciembre de 2026, para lo cual deberán entregar un informe acompañado de cinco fotografías y otorgar el derecho de uso a la FAHHO.

AVISO DE PRIVACIDAD

Toda la información que la FAHHO recabe es tratada con absoluta confidencialidad con- forme a las disposiciones legales aplicables. Para conocer más información sobre la pro- tección de sus datos personales, consulte el siguiente enlace: https://fahho.mx/aviso-de-privacidad/

EDITORIAL

Hemos llegado a la mitad del año, y los meses por venir son una oportunidad para acompañar a toda persona que cruza alguna de las puertas que la FAHHO ha abierto en Oaxaca, para su gente y para el mundo. Así es como podemos abrir la siguiente emisión con las afortunadas y profundas palabras de Nadya Rasheed, embajadora del Estado de Palestina en México. Se trata de un llamado a la unión, tal como la vocación de toda labor textil.

La cultura de la paz es ya un lema del programa Seguimos Leyendo, que en esta ocasión se busca a partir de la creación y lectura del libro-álbum en familia. El Museo Infantil trabaja sobre la idea del arte como espacio de encuentro entre el museo y las comunidades oaxaqueñas. Asimismo, procura el descubrimiento y la unión de las infancias con el patrimonio natural de la antigua estación del ferrocarril.

En sintonía, la Biblioteca Infantil de Oaxaca se ocupa en el cuidado de su jardín y de sus árboles. Por su parte, la Coordinación de Medio Ambiente rinde homenaje a las abejas en su día, por medio de actividades encaminadas a hacer notar la importancia de estos seres vivos.

En su búsqueda por hacer una pausa en medio de la acelerada vida actual, el Museo de la Filatelia nos permite reencontrarnos con el glorioso pasado del escritorio público, así como con el fondo reservado José Lorenzo Cossío y Cosio para conocer un poco sobre clichés, pesas postales y linotipos.

El Taller de Conservación y Restauración Documental nos habla sobre la importancia de las guardas en los procesos de conservación. Por su parte, Adabi de México aborda los vínculos existentes entre los archivos y las comunidades que los crean; mientras que, Adabi Oaxaca narra los descubrimientos que, en el Colegio Minerva, dieron lugar a la creación del Fondo Personal Guillermo Mondragón Gómez. En diálogo con estas acciones, el Centro Cultural San Pablo nos muestra las proezas del azul añil en el templo de Santa María Ozolotepec.

En los deportes, la Academia de Beisbol Alfredo Harp Helú da cuenta del formidable desempeño del talento juvenil mexicano en el Torneo Internacional de Academias Wilfredo Polidor. Mientras tanto, los Diablos Rojos del México distinguen a dos grandes voces de la escuela mexicana de narración deportiva.

En otros temas, Andares del Arte Popular muestra el trabajo de dos jóvenes artistas que fusionan tradición y deporte; FAHHO Itinerante inaugura su cineclub para acercar a las juventudes a la riqueza del cine mexicano; finalmente, la Librería Grañén Porrúa aparece como un recuerdo y un espacio que acompaña la vida de los lectores.

En conjunto, las siguientes páginas nos recuerdan que el encuentro sigue siendo la mejor manera de transformar nuestro entorno y construir comunidad.


Declaración de inauguración

Marhaba. Bienvenidos. Bienvenidos a este hogar abierto. En este espíritu de encuentro quisiera saludar con especial aprecio a quienes hacen posible este espacio: Al licenciado Hector Manuel Meneses, director del Museo Textil de Oaxaca, por abrir las puertas de este recinto para que la cultura y la memoria colectiva encuentren resonancia en cada uno de nosotros. A la Dra. María Isabel Grañén Porrúa y al Sr. Alfredo Harp Helú, por hacer florecer la visión de civilización con su compromiso y esfuerzo. A la maestra Rocío Ocádiz, directora de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, por su labor al frente de esta institución, acompañando e impulsando estas iniciativas con enfoque y receptividad.

Y al profesor Shadi Rohana, de El Colegio de México, por tender puentes desde la palabra, la lengua y la memoria, y por acompañar este diálogo desde una cercanía que también es profundamente palestina.

La exposición “Gaza Permanece. El bordado y la cultura de Palestina” es un espacio donde dos culturas antiguas, dos pueblos cuyas raíces son más profundas que cualquier frontera trazada en su contra, se encuentran para crear, para celebrar y para resistir a través de nuestro origen, potencia y riqueza humana.

Durante más de setenta años, la cultura palestina ha sido el blanco preciso para eliminarnos. A nuestras aldeas les han cambiado el nombre por otro siempre ajeno, impropio, ilegal. Nuestros sagrados olivos son arrancados de raíz y quemados con el firme propósito de opacar el aliento de nuestros ancestros, con el humo y la asfixia de la bandera de la destrucción.

La herencia de nuestro bordado ha sido usurpada por voces irresponsables, externas y extrañas. Todo, absolutamente todo, ha sido objeto de constante robo, como nuestra comida, música y poesía.

La constante distorsión de nuestro legado pretende ser y proyectarse como la primera y última página de nuestra historia. Pero, como el olivo, sin ramas, sin raíces a la vista, nosotros volvemos a levantarnos y seguimos dando frutos, honrando la vida hoy como desde la antigüedad.

Aquí estamos, heridos, de luto, inundados de lágrimas por tantas muertes en nuestro interior, pero seguimos, de todos modos, como individuos, como pueblo, como siempre Palestina.

Nunca estuvimos únicamente en nuestras casas. Estamos en nuestro hilo. Estamos en nuestras recetas. Estamos en las palabras que nuestras abuelas susurraban sobre la tela. Estamos en los patrones que nuestras hijas todavía trazan con los dedos antes de conocer siquiera su propio nombre.

El tatreez, nuestro bordado sagrado, no es decoración. Es un mapa. Es un idioma. Cada patrón geométrico, cada combinación de color, cada puntada colocada con intención pronuncia el nombre de una aldea, marca una estación, registra una boda, llora una pérdida, celebra una cosecha. Una mujer que lleva tatreez carga toda su geografía en el cuerpo. Lleva su linaje en el pecho. Cuando quemaron nuestras bibliotecas, vestimos nuestra literatura. Cuando demolieron nuestros hogares, cargamos nuestra arquitectura en hilo. El tatreez sobrevivió la Nakba en maletas, doblado entre las pocas cosas que las familias pudieron llevarse. Sobrevivió a los campos de refugiados, al exilio, a la diáspora. Sobrevivió porque las manos de nuestras mujeres recordaron lo que ningún documento podía contener.

Nuestras tradiciones no son reliquias. Son actos vivos y palpitantes de presencia. El dabke, nuestra danza en círculo, son pies que dicen: “esta tierra es nuestra” con cada paso. Nuestra mesa, el musakhan, la maqluba, la knafeh, el za’atar con aceite de olivo, es una forma de memoria que alimenta el cuerpo y el alma al mismo tiempo; nuestra poesía oral, nuestra narrativa, nuestra manera de abrir la puerta a cada extraño como si fuera familia; no son costumbres de un pasado lejano. Son la forma en que hemos sobrevivido. Son la forma en que insistimos, cada día, en existir.

El olivo ha sido nuestro testigo más antiguo y nuestra metáfora más profunda. No produce fruto con rapidez. Pide décadas de paciencia, de cuidado, de confianza. Algunos de nuestros olivos tienen miles de años, son más antiguos que los imperios que se creyeron eternos. Han visto ir y venir a los conquistadores. Han sido quemados, arrancados, robados. Y aun así, del tronco más viejo y más golpeado, la vida regresa. Nosotros somos ese árbol. Nuestras raíces son así de tercas, así de profundas, así de comprometidas con la luz.

Hoy, en “Gaza permanece”, no solo observamos una colección de piezas. Somos testigos de una historia que se niega a desaparecer. Y es aquí, en Oaxaca, donde este lenguaje encuentra un eco profundo.

Este es también el resultado de una colaboración entre el Museo Palestino de Birzeit y el Colegio de México, por medio de la Cátedra José Helú, que hoy permite que este diálogo llegue hasta Oaxaca.

Como las mujeres palestinas que cargan su mundo en hilo y raíz, las mujeres de Oaxaca conocen esta misma conversación antigua entre la mano y la tierra. Su bordado, vívido e intrincado, florece desde una visión del mundo que sabe que la naturaleza es sagrada, que borda el cosmos en la tela, que mantiene vivo, mediante el color y la forma, lo que la historia ha intentado silenciar. Sus manos han resistido como el bordado. Sus manos también han transformado el dolor en belleza y la belleza en supervivencia.

Este encuentro no comienza hoy. Desde la Embajada del Estado de Palestina hemos tenido el honor de acompañar iniciativas, como el taller de tatreez palestino con Amanneh Sharif, que abrió un espacio de intercambio directo en torno a estas tradiciones, y donde también participaron bordadoras oaxaqueñas, generando un primer diálogo vivo entre ambas prácticas.

Confiamos en que esta exposición será también el punto de partida para nuevas colaboraciones durante los próximos meses, fortaleciendo los lazos entre Palestina y Oaxaca por medio del arte, la memoria y las manos de sus mujeres.

Cuando las mujeres palestinas y oaxaqueñas se sientan juntas hoy sobre la misma tela, dos ríos de memoria se encuentran. No para convertirse en el mismo río sino para reconocer, la una en la otra, la misma fuente: la voluntad in-que-bran-ta-ble de mujeres que se negaron a dejar morir su cultura, que se inclinaron sobre el hilo y la aguja como un acto de amor, de valentía, de fe en las generaciones que aún están por venir. Este proyecto nace de ese encuentro, de la convicción de que las raíces, al encontrarse, se entrelazan en una amistad inevitable. Y que la belleza compartida, incluso a pesar del desplazamiento y la distancia, se vuelve más poderosa que cada tradición por separado.

Estamos aquí para bordar juntas lo que nadie podrá deshilachar.

Shukran. Gracias.


Escritorio público: Una pausa para escribir y sentir

El escritorio público del Mufi en la explanada de Santo Domingo

Mirar hacia atrás y a la distancia suele evocar momentos que, en retrospectiva, parecen mejores: más tranquilos, con un ritmo más pausado y con una manufactura más cuidadosa. En ese paisaje aparece una figura hoy casi olvidada, pero que durante mucho tiempo fue esencial para la comunicación: el escritorio público.

Hace apenas unas décadas, formaba parte de la vida cotidiana en nuestras ciudades. Se recurría a un escritorio público para llenar una solicitud de empleo, redactar una petición dirigida a alguna dependencia gubernamental o escribir una carta de amor cargada de emoción y afecto. En esa labor, el escritorio público cumplía una función invaluable: no solo la de transcribir palabras con precisión, sino también la de orientar, estructurar y dar forma a un mensaje con la mayor elocuencia posible.

Su importancia es indiscutible, y su relación con la correspondencia aún más. Por ello, el Museo de la Filatelia de Oaxaca, en su labor de difundir y promover la filatelia, así como el uso de la correspondencia y la estampilla postal, decidió traer de vuelta este espacio.

La invitación es sencilla, pero poderosa: escapar por un momento del ajetreo y de la inmediatez de la vida actual. Detener el tiempo durante unos minutos y escribir una carta mecanografiada a alguien especial. Puede ser para un amigo, un familiar o un amor, pero también para alguien que ya no está en este plano y a quien aún necesitamos decirle algo. O incluso para nosotros mismos: una pequeña cápsula del tiempo que resguarde palabras de aliento, preguntas o deseos que algún día se reencontrarán con nuestro yo del futuro.

La protagonista de este escritorio público es una hermosa máquina de escribir Remington modelo 17, producida entre 1939 y 1950, que llegó al museo como parte de una donación. Una máquina que, en otro tiempo, escribió cartas de amor, buenas noticias y despedidas, y que hoy, al igual que la correspondencia, vuelve a la vida para recordarnos que, aunque ciertos medios parecen olvidados, nunca dejarán de conmovernos.

Con mucha expectativa por la respuesta de los transeúntes, el domingo 22 de marzo llegamos a la calle Macedonio Alcalá, en el centro histórico de la ciudad de Oaxaca, frente a la Librería Grañén Porrúa. Cerca de las 3:30 de la tarde comenzamos a montar el mobiliario: un par de mesas y sillas funcionaron como sala de espera, mientras que las piezas más llamativas fueron la máquina de escribir y un pequeño, pero encantador, buzón rojo. El mismo que ha recorrido distintas partes del estado recolectando correspondencia y manteniendo viva la tradición epistolar.

El escritorio público del Mufi en la explanada de Santo Domingo

Pero un escritorio público no podría funcionar sin alguien capaz de transformar emociones en palabras, y esa labor estuvo a cargo de Charly A. Secas, escritor, poeta y promotor de la lectura. Más que transcribir lo que escuchaba, Charly acompañó a cada participante en la construcción de su mensaje: una experiencia que, en muchos casos, se asemeja más a una conversación íntima —casi psicológica— que a un simple ejercicio de escritura.

A las cuatro de la tarde, el escritorio entró oficialmente en servicio y, poco a poco, comenzaron a acercarse los primeros curiosos.

Mientras las cartas eran mecanografiadas, podían escucharse testimonios como el siguiente: “Cuando era joven escribía mis tareas y alguna que otra carta para una novia en una máquina muy parecida a esa”. Los más jóvenes, en cambio, preguntaban con curiosidad cómo funcionaba la dinámica. Jacqueline y Karla, prestadoras de servicio social, respondían con una sonrisa: “Es un escritorio público. Si gustas, puedes tomar asiento en la sala de espera y, cuando llegue tu turno, Charly te ayudará a escribir una carta para quien tú quieras. Incluso podrás enviarla por correo postal si así lo deseas”.

Algunos se quedaban a esperar su turno; otros simplemente tomaban una fotografía, fascinados ante un objeto que parecía venir de otro tiempo, de un mundo ajeno a ellos. Y no era para menos: la belleza de la manufactura de la máquina despertaba admiración por sí sola.

La tarde avanzaba y seguían llegando personas atraídas por una escena poco común: herramientas y prácticas casi en desuso que, hace no tanto, formaban parte de la vida cotidiana. La emoción era tal que ni la amenaza de lluvia logró dispersar a quienes esperaban su turno, incluso cuando las primeras gotas comenzaban a caer para mojar las hojas recién mecanografiadas.

Con la finalidad de hacer más amena la espera, el espacio ofrecía cartas escritas por personajes ilustres, como Frida Kahlo, F. Scott Fitzgerald, Octavio Paz, entre otros. Estaban ahí para que los participantes pudieran leerlas y recordar que escribir una carta siempre ha sido una forma de permanecer a pesar del paso del tiempo.

Al finalizar la jornada, un puñado de cartas dio testimonio de algo evidente: aunque los escritorios públicos y la correspondencia parecen haber sido desplazados por la tecnología, siguen vivos en la memoria de quienes los conocieron y en la curiosidad de quienes los descubren por primera vez. Así es como su existencia continúa, como una pequeña cápsula del tiempo.

Esperamos encontrarte algún domingo por las bellas calles del centro histórico de Oaxaca para tomarnos el tiempo, aunque solo sea por una vez, de escribir algunas palabras, algunas emociones mecanografiadas.


Santa María Ozolotepec. Azul índigo en su tienda cósmica

“Santa María Ozolotepec, según nos dejan ver las diferentes fuentes e impresos de la época [novohispana], era un pueblo constituido en su mayoría por indios de lengua zapoteca, que se caracterizaba por una abundante producción de grana, trigo y maíz, bienes que se vendían e intercambiaban en el mercado semanal de Miahuatlán, punto nodal en la ruta comercial entre las poblaciones costeras de Huatulco y Pochutla y la ciudad de Antequera”,1 explica la investigadora Selene del Carmen García Jiménez sobre la iglesia de Santa María Ozolotepec.

A partir del encomiable trabajo de investigación y documentación archivística de este enclave en la Sierra Sur de Oaxaca —emprendido por Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A. C. (Adabi) en el año 2006—, se destacó la relevancia de su magnífico templo como cabecera de los pueblos de San Marcial, San Esteban, Santa Catarina, San Gregorio, Santo Domingo, San Miguel y San Pablo, todos con la misma etimología náhuatl del “cerro del ocelote”.

Pedro de Otálora Carbajal, párroco emprendedor y liturgista de esta iglesia, dejó un deslumbrante programa de imágenes, realizado entre 1652 y 1660, donde retablos, lienzos, tallas estofadas y, sobre todo, la pintura mural en el techo artesonado y los frescos en los muros de la nave mayor constituyen una auténtica orquesta de colorido y simbología, plenamente cargada del espíritu contrarreformista que acompañó la doctrina cristiana de la antigua Antequera.

Entre los altares, concebidos y dirigidos por Otálora, destaca el que representa los pasajes de la vida del lisboeta Fernando Martins de Bulhões (1195-1231), cuyo nombre de fe sería Antonio de Padua. El “Arca del Testamento”, como lo llamaba el papa Gregorio IX, fue ampliamente conocida por sus dotes de prédica ejemplar. Los estupendos pinceles anónimos relatan sendos pasajes de su vida como intermediario, sanador y guía, así como la visita que le hiciera el Niño Jesús, acaso el más conocido de su iconografía.

Otra de las pinturas de mayor relevancia es la que muestra a santa Catalina de Alejandría, emblema de fortaleza, erudición y castidad. García Jiménez la describe del siguiente modo:

Santa Catalina está ataviada con túnica rosa, stola ocre y azul y un tipo de palla roja; sobre la cabeza luce una pequeña tiara de oro. Sobre el hombro izquierdo desciende un angelillo que está a punto de timbrarla con una guirnalda de olivo y entregarle una palma de victoria. Son tres los atributos iconográficos distintivos que se miran en el lienzo: una rueca dentada, instrumento de su martirio, la espada con la que fue degollada, y la cabeza del emperador Majencio, quien ordenó su ejecución.2

El altar mayor, con lienzos hagiográficos que incluyen a José, Domingo de Guzmán, Nicolás de Tolentino, Luis de Francia, Lorenzo, Juan el Bautista, san Miguel Arcángel, entre otros, se enmarca por un hermoso arco de medio punto, cuyo intradós expone los grandes símbolos de la Letanía Lauretana en honor a la Virgen.

Una de las más bellas advocaciones marianas, de gran arraigo a partir del siglo XVIII, fue la de la Divina Pastora. En el cuerpo superior del altar lateral izquierdo, María aparece con el rebaño sagrado a sus pies —alter ego de la feligresía— recibiendo sus bondades en la figura de rosas de vivo carmesí. Un par de angelillos volanderos sostienen la corona de la Madre de Dios, al tiempo que el jefe de los Ejércitos celestiales somete a la bestia en el plano de fondo.

Resulta imprescindible destacar, amén de los lienzos, esculturas y motivos que posee la iglesia: la magnificencia de su techo artesonado, acaso uno de los mejores de la antigua Antequera, cuyos tirantes y modillones de estilo mozárabe se iluminan e iluminan con los visos del azul índigo o añil. Señala la investigadora María Castañeda Delgado:

El índigo que se obtenía en Europa antes del descubrimiento de América, provenía de la India y se obtenía de la especie vegetal Indigofera tinctoria. En México, la especie endémica es la Indigofera suffructicosa; los indígenas conocían perfectamente la forma de aprovechar el colorante azul, que utilizaban para producir el azul maya.3

La particularidad de la indigotina, componente mayor del añil, es que tiene una estructura molecular con “enlace conjugado” que permite la absorción de la luz, generando un intenso color que funciona como pigmento sin necesidad de aglutinantes. En Oaxaca, su producción mayor proviene de la comunidad de Santiago Niltepec, en la región del Istmo. No resulta extraño que los pueblos de la Sierra Sur, como Santa María, San Francisco o San Juan Ozolotepec, en constante contacto mercantil con la costa, recibieran el preciado pigmento para engalanar su arte sacro.

Bajo este cielo azulado como “tienda cósmica”,4 acudiendo a la investigadora Martha Fernández, se concretó el arraigo de fe y devoción que hoy día sigue reverberando con fuerza en la espiritualidad de las comunidades de Oaxaca.

1 Selene del Carmen García Jiménez, “Un párroco emprendedor y liturgista: el retablo de Santa María Ozolotepec”, Cuadernos del sur, revista de Ciencias Sociales (enero-junio 2017): 73.

2 García Jiménez, “Un párroco emprendedor y liturgista”, 85.

3 María Castañeda Delgado, “El índigo en la pintura de caballete novohispana: mecanismos de deterioro”, Intervención. Revista Internacional de Conservación, Restauración y Museología, Núm. 19 (Enero-junio de 2019): 27.

4 Martha Fernández, “La imagen del cielo en la arquitectura novohispana. Mantos, doseles y cortinajes”, Históricas Digital (2018): 283-304.


Entre libros y árboles: sembrando conciencias

Leyendo bajo el árbol. Fotografía: Acervo de la BS Biblioteca Infantil de Oaxaca

En la BS Biblioteca Infantil de Oaxaca, los libros no son los únicos que cuentan grandes historias; nuestro jardín también tiene mucho que decir: es un refugio generoso para quienes buscan la calma de una lectura; es el aula verde donde niñas y niños desafían sus mentes en las clases de ajedrez o en alguno de los muchos talleres que se realizan bajo las frondas frescas de los árboles; es también un punto de encuentro donde las familias se reúnen en torno a un juego de mesa o para comer un refrigerio; ha sido el escenario de múltiples conciertos, narraciones y eventos donde convocamos a las familias usuarias del espacio. Incluso ha sido un rincón romántico donde parejas han encontrado, entre el canto de las aves y las risas de los niños, el amor.

Así mismo, es un hogar vibrante. Entre sus ramas y raíces habitan insectos, lagartijas, aves, mamíferos y otras cuantas especies que encuentran en este refugio de la ciudad un lugar seguro para existir. La magia del jardín radica en quienes lo habitamos, por eso, además de ser un espacio dedicado al conocimiento y la lectura, en la BS tenemos un interés particular en abordar temas que impactan a la comunidad y al medio ambiente. Creemos que este tipo de aprendizajes no solo ocurre entre libros, sino también en los espacios que habitamos y cuidamos día a día.

Como parte de sus acciones a favor del medio ambiente, el equipo de la BS, junto con el biólogo Matías Domínguez, ha puesto manos a la obra y ha iniciado un proyecto enfocado en el manejo responsable de los residuos orgánicos que se generan en el propio jardín de la biblioteca. Gracias a la amplitud de nuestras áreas verdes y las diversas especies de árboles que en ellas habitan, se produce una significativa cantidad de materia prima aprovechable: hojarasca. Regulada por factores climáticos y bióticos y un proceso de compostaje sostenible, la hojarasca influye en la calidad del suelo y el ciclo de sus nutrientes.

Mediante pequeñas intervenciones, el equipo está integrando nuevos conocimientos a su formación para transformar las hojas secas y los residuos orgánicos en nutrientes útiles y disponibles para los árboles de la BS, con el objetivo de mejorar las condiciones del suelo, fomentar mayor infiltración de agua y fortalecer la salud de los árboles. En específico, estamos trabajando sobre el compostaje tradicional, la elaboración de microorganismos de montaña (MM) y lombricomposta, técnicas agroecológicas que ayudarán a enriquecer el suelo con nutrientes naturales que favorezcan el crecimiento, aumento, producción y vida del arbolado. Esto, a partir del fortalecimiento de su sistema inmune para que puedan resistir enfermedades y plagas. Este proyecto, que se encuentra en su primera etapa de desarrollo, no solo busca mejorar las condiciones de nuestras áreas verdes, sino también contribuir a la formación de nuevas experiencias para todos los facilitadores, quienes podrán acercar estas prácticas a las infancias y sus familias como parte de una educación ambiental respetuosa, contemplativa y activa, que cuida, valora y se compromete con todas las formas de vida. En este sentido, el jardín de la BS se convierte en un espacio para reconocer y conectar con la naturaleza como parte de la vida cotidiana.

Estamos seguros de que acciones que podrían parecer pequeñas, como recolectar hojas, preparar composta o airear la tierra, pueden generar cambios significativos cuando se realizan con un sentido de conciencia ambiental y mucha constancia. Los procesos en la naturaleza no son rápidos, pasan por un sinfín de pruebas y aprendizajes que nos van mostrando su propio ritmo. Desde la biblioteca, entendemos que cada acción cuenta, que transformar residuos en vida es una manera de sembrar conciencia en la comunidad que nos visita todos los días. Cuidar este jardín es un acto de cariño colectivo. Te invitamos a disfrutarlo con respeto, a observar con detenimiento, a protegerlo y mantenerlo limpio: al cuidar el jardín, también cuidamos el futuro de las infancias y les enseñamos pequeñas acciones que podemos replicar desde nuestros propios territorios.


Toda una vida comprando libros por aquí

Lo que más me gusta de la Librería Grañén Porrúa es el espacio. Punto. Su oferta de libros abarca, como otros espacios en el centro de la ciudad, una gran cantidad de géneros, líneas, voces, nacionalidades, temáticas, etc. Pero debo decir que aquí la disposición de estos elementos es particular. Es decir, la diferencia es el espacio. La oferta de otros objetos, además de los libros, no tiene nada que envidiarle a las grandes cadenas; sin embargo, aquí la selección —curaduría, si se quiere— es más fina, más pensada: obra gráfica, libretas, separadores, detalles que una lectora fiel o que un lector minucioso agradece. Y esto también tiene que ver con el lugar: con este sitio al sureste de México, enclavado entre una sierra y otra, entre un valle y otro. No es lo mismo una librería en Monterrey que una de San Cristóbal de las Casas, otra en Ciudad de México o esta que se encuentra en Oaxaca.

Por mi parte, llevo más de diez años comprando libros en esta librería. Y, por parte de mi madre y mi padre, quizás el mismo tiempo. Me recuerdo sentado frente al tambor hojeando libros infantiles mientras mis progenitores platican con los libreros o con las personas encargadas. Me recuerdo descubriendo que este aroma particular de las lecturas mezcladas con madera, polvo y silencio es uno de mis favoritos. Me recuerdo convirtiéndome en un puberto, luego en un adolescente y después —si así fuera— en un adulto: siento que este espacio creció al mismo tiempo y en armonía conmigo.

¿Así les sucederá a todas las personas que frecuentan un sitio? Quizás en las situaciones afortunadas, cuando se trata de lugares que resguardan riquezas, o de lugares muy bellos, el crecimiento sucede a la par de quienes lo habitan y lo aprecian: se vuelve uno grande y, al mismo tiempo, el espacio. Mi padre envejeció, mamá también, pero este sitio parece devolverles un aura de santos, como si los tres entráramos a una cámara del tiempo, aunque más lerdos y parsi moniosos. La Librería Grañén Porrúa nos devuelve a los tres cierta vitalidad. Una vez más, gracias.

Hoy vengo de la mano de mi novia y nos zambullimos entre los libreros de la misma manera en que lo hacía cuando pequeño: como si no existiera el tiempo o las responsabilidades allá afuera. En ocasiones solo podemos pasar rápido para revisar las novedades, pero en otras aprovechamos más y nos quedamos un largo rato en cada sala.

Aunque no es la única librería que visitamos —porque, hay que decirlo, el bibliófilo es catador y conocedor de espacios, ahí radica su destreza—, sí es la que más nos gusta. Tal vez por el gusto adquirido gracias a mis padres, o por la amenidad con que nos reciben los libreros —que se vuelven amigos con el tiempo—, o por la selección de títulos y su acomodo… esta librería tiene algo.


La Academia Alfredo Harp Helú deja huella en Medellín

Entre el 18 y el 24 de marzo, la ciudad de Medellín, Colombia, fue escenario del Torneo Internacional de Academias Wilfredo Polidor, una competencia que reunió a algunas de las principales plataformas de desarrollo de talento joven en América Latina. Con la participación de seis equipos de Venezuela, tres de República Dominicana, uno de Colombia, uno de Panamá y uno de México, el evento se convirtió en una vitrina de alto nivel para medir, comparar y proyectar a los prospectos que buscan abrirse camino hacia el beisbol profesional.

En ese contexto, la representación mexicana llevó a cabo una actuación sobresaliente. El combinado nacional, integrado por jóvenes de distintas academias del país, contó con una importante presencia de la Academia de Beisbol Alfredo Harp Helú, que aportó cinco jugadores al roster. Junto con representantes de la Academia del Pacífico de los Leones de Yucatán y otras instituciones formativas de México, los peloteros de la Academia Harp asumieron el reto de competir frente a países que históricamente han marcado la pauta en el mercado internacional de firmas.

El resultado deportivo fue motivo de orgullo. México avanzó invicto durante la ronda regular y superó en semifinales al combinado de Venezuela número tres, uno de los equipos más fuertes del torneo. Finalmente, el equipo mexicano terminó como subcampeón, cerrando una semana de competencia que confirmó el crecimiento del beisbol formativo nacional y la capacidad de sus jóvenes para competir en escenarios internacionales de máxima exigencia.

Por parte de la Academia Alfredo Harp Helú, destacaron el jardinero Leonel Villa, prospecto de la clase 2027, y el mazatleco José Cruz Sánchez, lanzador zurdo de la clase 2026. Ambos dejaron una impresión importante por su talento, madurez competitiva y proyección. Junto a ellos también participaron los pitchers César Uscanga, clase 2028; José Covarrubias, clase 2029; y Alain Zarza, clase 2029, quienes vivieron una experiencia de enorme valor formativo al enfrentar a bateadores de Venezuela, República Dominicana, Panamá y Colombia.

Más allá del resultado, el torneo representó una oportunidad estratégica para mostrar el nivel que ha alcanzado el desarrollo de peloteros en México. Durante años, el mercado internacional ha estado dominado por Venezuela y República Dominicana, países con una larga tradición en la producción de talento para organizaciones de Grandes Ligas. Sin embargo, la actuación mexicana en Medellín dejó claro que el país cuenta con prospectos capaces de competir en la misma plataforma y bajo condiciones similares de evaluación.

La Academia Alfredo Harp Helú, fundada bajo la visión de impulsar el talento mexicano con estructura, disciplina e infraestructura de primer nivel, volvió a demostrar que su modelo de desarrollo está dando muy buenos resultados. La presencia de sus jugadores en un torneo de esta naturaleza no solo habla del talento individual de los muchachos, sino también de un sistema que busca prepararlos de forma integral: técnica, física, mental y competitivamente.

Arturo López, exlanzador de Grandes Ligas y arquitecto del programa de desarrollo de picheo de la Academia, estuvo presente durante el evento y subrayó la importancia de este tipo de iniciativas para el beisbol mexicano.

“En estas competiciones podemos ver a todos los departamentos de scouteo de Grandes Ligas y directores, que vienen listos para llevar prospectos al sistema de MLB. Sin duda debemos participar en eventos como este para ayudar a nuestros muchachos a mostrarse en la misma palestra que los líderes del mercado internacional”, afirmó López.

Para el exgrandeliga, la experiencia en Medellín confirma que México debe tener una presencia más constante en este tipo de competencias. No se trata únicamente de ganar juegos, sino de colocar a los prospectos mexicanos frente a los ojos correctos, en el momento correcto y en un entorno donde puedan ser comparados directamente con jugadores de los países más productivos del continente.

“El talento mexicano no tiene nada que envidiarle al venezolano o al dominicano. Lo que necesitamos es seguir generando espacios de exposición, competir contra los mejores y demostrar que nuestros jugadores están listos para ese nivel”, agregó.

López también señaló que una de las metas a futuro debe ser organizar eventos similares en México, aprovechando la infraestructura que existe gracias al compromiso de la familia Harp con el beisbol. Instalaciones como la Academia Alfredo Harp Helú, en Oaxaca, y el Estadio Alfredo Harp Helú, en la Ciudad de México, ofrecen condiciones ideales para recibir torneos, showcases y encuentros internacionales que permitan atraer a scouts, directores y evaluadores de organizaciones de Grandes Ligas.

La participación en Medellín dejó, además, una consecuencia inmediata y simbólica. Poco después de finalizado el torneo, José Cruz Sánchez, joven lanzador zurdo originario de Mazatlán y ficha de los Guerreros de Oaxaca en la Liga Mexicana de Beisbol, fue firmado oficialmente por los Yankees de Nueva York. La transacción fue registrada el 8 de abril de 2026 por MiLB, y distintos medios nacionales reportaron que el pícher iniciaría su camino profesional en República Dominicana, dentro del sistema de desarrollo de la organización neoyorquina.

Su firma representa mucho más que un logro individual. Es también una muestra concreta del valor que tienen estos escenarios internacionales para los jóvenes mexicanos. Cruz Sánchez llegó a Medellín como parte de una delegación que buscaba competir, aprender y mostrarse; semanas después dio uno de los pasos más importantes en la vida de cualquier prospecto: ingresar formalmente a una organización de Grandes Ligas.

Para la Academia Alfredo Harp Helú, esta experiencia reafirma una convicción central: el talento mexicano existe, compite y puede proyectarse internacionalmente cuando recibe las herramientas adecuadas. La combinación de disciplina, infraestructura, tecnología, entrenadores capacitados y exposición internacional está permitiendo que más jóvenes encuentren rutas reales hacia el beisbol profesional.

El subcampeonato en Medellín no fue solamente una medalla ni una buena semana de resultados. Fue una declaración: México puede competir. La Academia Alfredo Harp Helú puede colocar a sus prospectos frente a los mejores. Y el beisbol mexicano, cuando se organiza y se atreve a salir al mundo, tiene argumentos suficientes para ocupar un lugar cada vez más importante en el mercado internacional de talento.


Adabi entre la memoria y el presente

Seminario Internacional Archivos y Bibliotecas en Tiempos de Transformación Global. Fotografía:
Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas y de la Información – UNAM

Adabi de México fue invitada a participar en el Seminario Internacional Archivos y Bibliotecas en Tiempos de Transformación Global, organizado por el Instituto de Investigaciones Bibliotecológicas de la Universidad Nacional Autónoma de México y el Council on Library and Information Resource (CLIR). La directora de Adabi, Verónica Loera y Chávez Castro, participó en la mesa seis: “Vínculos colectivos, cooperación internacional y redes transnacionales para la preservación del patrimonio: una apuesta por la paz”. Bajo la moderación de Amanda Rosales Bada, directora del Archivo Histórico de la UNAM, en esta mesa también participaron Buhle Mambo-Thata (CLIR), bibliotecaria de la Universidad Nacional de Lesoto; Luisa Solchaga López, directora general de Proyectos de Cooperación Internacional para el Desarrollo, Ayuda Humanitaria y Vinculación, de la Agencia Mexicana de Cooperación Internacional para el Desarrollo de la Secretaría de Relaciones Exteriores de México; Marco Enríquez, secretario ejecutivo de la Asociación Latinoamericana de Archivos (ALA), y Leticia Cano, directora del Programa Universitario sobre Cultura de Paz y Erradicación de las Violencias, de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM).

Algunas de las preguntas presentes fueron las siguientes: ¿Cómo pueden los países del sur global aprovechar su rica herencia cultural para facilitar, apoyar o promover la cooperación internacional en la preservación del patrimonio? ¿Cuál es el papel de la participación de la comunidad en el rescate? ¿Cuáles son las experiencias que pueden ayudar a la visibilización de la riqueza de los archivos? ¿Qué papel deben asumir las instituciones de memoria para contribuir a la paz, la cohesión social y la defensa de los derechos humanos, especialmente en las comunidades afectadas por la violencia, el desplazamiento o la pérdida del patrimonio? Tales cuestionamientos obtuvieron respuestas con un común denominador: la cooperación, seguida de la socialización de las experiencias, del aprendizaje y del conocimiento. Asimismo, se insistió en la capacidad de las comunidades para aportar conocimientos, experiencias y metodologías de organización comunitaria, prácticas de mediación social y modelos de ayuda. Todo esto, dentro de un contexto de reciprocidad más que de dependencia.

Los archivos deben de asumir un papel ético y social más visible, ya que ellos son pieza clave para reconstruir vínculos sociales, garantizar el acceso a los testimonios, apoyar procesos de reparación y proteger pruebas fundamentales para la defensa de los derechos humanos mediante la preservación de la memoria. A esta labor se puede sumar la vocación de los archivos como espacios de dignidad, reconocimiento y restitución simbólica de las comunidades afectadas, como espacios de pertenencia donde las comunidades puedan identificarse con su historia y, por lo tanto, construir identidad.

En las cinco mesas se abordaron distintos temas, entre ellos, un replanteamiento de lo que se debe conservar y, en consecuencia, del proceso de depuración, la fragilidad tecnológica y cómo la nube ha dejado de concebirse como una panacea al plantearse el problema de la huella de carbono que dejan los servidores, la necesidad de una legislación sobre el respaldo de archivos públicos, la reformulación de los planes de estudios que fueron creados con modelos para un mundo estable que ya no existe, la alfabetización digital, enseñar a las personas a identificar fuentes confiables. En estos procesos, las bibliotecas y los archivos ofrecen acceso sin filtros a la información para conocer ecosistemas informativos, así como los trabajos que hay que realizar para alcanzar la soberanía digital; entre otros temas de gran interés, como el de la incidencia de la inteligencia artificial y la soberanía digital.

En la conferencia inicial el presidente de CLIR, Charles Henry, hizo alusión al mito nórdico en el que se describe al dios Odín con un cuervo posado en cada hombro. Uno de ellos representa la cultura y la memoria, y el otro simboliza el pensamiento, el presente. Cuando entra en batalla, ambos cuervos desaparecen hasta que vuelve la calma. Con este mito, Henry introdujo a los asistentes presenciales y virtuales en el péndulo que oscila entre la IA y la memoria colectiva.

Sin duda la realización de este seminario fue necesaria para dialogar, reflexionar y poner manos a la obra en torno a la memoria, la colectividad y el futuro.


Para que en el arte nos sigamos encontrando

Convertir espacios públicos en salas de exposición. ¿Es importante? ¿Es necesario?

Desde mi llegada al Museo Infantil de Oaxaca, hace un par de años, uno de los principales retos que he enfrentado ha sido diseñar muestras para lugares que no cuentan con la infraestructura de un museo o una galería. El desafío consiste en transformar patios, canchas, bibliotecas y prácticamente cualquier edificio en espacios expositivos dignos y funcionales.

En el MIO, la labor museográfica contemporánea implica transformar una cancha de basquetbol en una sala de museo donde sus propios habitantes asuman la labor de guías y custodios de estas efímeras muestras. El proceso de descentralizar el arte conlleva la interacción con la comunidad y procurar hacerla partícipe tanto como sea posible.

El primer acercamiento —en la mayoría de los casos— ha surgido por iniciativa de los propios habitantes, lo cual suele ser un indicador favorable para el éxito de la colaboración. Algunos ejemplos que podemos mencionar son “Las Vías del Progreso” en Huitzo y “Rostros de Arte y Color” en San Miguel Tixá.

En el primer caso, la comunidad ferrocarrilera conoció la muestra en 2024 mientras se encontraba instalada en el andén sur del MIO. Esto derivó en una solicitud directa al museo para llevarla a la antigua estación de ferrocarril en San Pablo Huitzo. El proyecto se concretó un año después, con el objetivo de hacerlo coincidir con la celebración del Día del Ferrocarrilero en México.

Considero que esta forma de generar vínculos entre la institución y las comunidades es una de las más valiosas, ya que de esta manera el museo llega a la comunidad como un aliado y no como un agente de imposición cultural o intelectual. Un patio trasero de la antigua estación de San Pablo Huitzo, ahora convertido en patio escolar, fue el espacio designado para presentar la exposición “Rostros Ferroviarios”. Al mismo tiempo, en la cabecera municipal se encuentra la Casa de Cultura, la cual cuenta con un amplio patio central, que también cumple la función de cancha pública. Fue ahí donde se presentó el rediseño de nuestra muestra “Las Vías del Progreso”.

De esta manera, el MIO ayudó a convertir lugares cotidianos en espacios capaces de narrar la memoria ferroviaria de la comunidad.

En 2023 inauguramos “Rostros de Arte y Color” en la comunidad de San Miguel Tixá, en la Mixteca oaxaqueña. Esta fue instalada en la recién restaurada Casa de Visita, ubicada en el corazón de la comunidad.

La Fundación Alfredo Harp Helú concluyó los trabajos de restauración en la antigua Casa de Visita de San Miguel Tixá, lo cual derivó en el primer contacto entre los habitantes y el museo. Con la incertidumbre sobre lo que harían con el nuevo inmueble, los pobladores se acercaron al MIO para solicitar una muestra dirigida a las niñas y los niños de la comunidad.

Durante dos años y medio, los habitantes de Tixá asumieron el papel de mediadores culturales, guías y custodios, siempre acompañados por la asesoría y el respaldo del MIO. Cuando los pobladores habitan y se apropian de estos proyectos culturales, no hay nada que pueda debilitarlos. Al poco tiempo, gracias al interés de la propia comunidad, la labor cultural se volvió permanente con la creación de la Biblioteca Infantil BS Mira.

Los grandes retos museográficos suelen presentarse, muchas veces, en la distancia entre el museo y las comunidades. El trabajo comienza siempre como una idea, sin una noción clara de las dimensiones reales del lugar, a esto se suma la necesidad de realizar una o dos visitas para, a partir de ellas, desarrollar un proyecto que permanecerá por más de un año. Además, durante un proceso de montaje surgen diversos inconvenientes que se complejizan al presentarse a kilómetros de distancia, esto convierte el trabajo en algo ligeramente más complejo.


Cómo construir paz con un libro-álbum desde casa

Portadas de los cuatro libro-álbum recomendados. Fotografías: Acervo de Seguimos Leyendo

Vivimos en un mundo que, a veces, nos invita más a defendernos que a encontrarnos. Las noticias, la prisa, la incertidumbre…, todo parece empujarnos hacia el conflicto, la desconfianza y el miedo. Pero ¿sabías que desde nuestro hogar podemos escribir una historia distinta?

Educar a nuestras hijas e hijos no es solo acompañarlos en su crecimiento físico o académico. Es, también, formar personas capaces de convivir, de dialogar, de ponerse en el lugar del otro. Dicho con otras palabras: educar para la paz.

Pero ¿de qué va realmente educar para la paz? No se trata de evitar conflictos. Al contrario: el conflicto es parte natural de la vida. Educar para la paz implica enseñar a hablar de los conflictos, solo que sin violencia, es nombrar lo que sentimos, saber escuchar antes de responder, buscar soluciones que no dañen.

La forma en que resolvemos una discusión en casa, cómo reaccionamos cuando nuestros hijos se equivocan, el modo en que hablamos de otras personas…, todo eso modela sus conductas.

Cuando una madre o un padre dice: “Entiendo que estás enojado, pero no puedes lastimar”, está enseñando algo fundamental: todas las emociones son válidas, pero no todas las acciones lo son. Cuando escuchamos sin interrumpir o pedimos perdón, validamos una emoción, construimos puentes de escucha y diálogo.

En este contexto, los libros-álbum tienen gran poder: permiten hablar de temas complejos —como la diferencia, la tristeza, la identidad o la empatía— sin imponer, más bien, abriendo preguntas. En los libros-álbum la historia no solo se relata con palabras o con imágenes, se hace a partir del diálogo entre ambas. El texto sugiere, nombra o deja silencios; la imagen completa, contradice, amplía o revela lo que no se dice. Juntos construyen una narrativa profunda que nos permite conectarnos con emociones complejas, de manera sutil y a la vez con fuerza. Los libros-álbum son maravillosos para acompañar tanto a niñas y niños como a personas adultas porque no explican la vida, la muestran.

Por eso, aquí te comparto cuatro libros que pueden convertirse en puertas para abrir conversaciones significativas en familia:

  • El gato que buscaba un nombre, de Fumiko Takeshita (Ediciones Akal, 2020), es una historia sobre identidad y pertenencia: ¿Quién soy? ¿Cómo me nombro? ¿Cómo nombro a los demás?, son preguntas fundamentales para construir una convivencia respetuosa.

  • El árbol de los secretos, de Vanessa Miklos (Ediciones El Naranjo, 2022), invita a reconocer el mundo interior y la importancia de expresar lo que sentimos. Abre conversaciones sobre la confianza, la escucha y la necesidad de no guardaren silencio aquello que necesitamos compartir.

  • ¡Así fue! ¡No, fue así! ¡No, así!, de Kathrin Schärer (Océano Travesía, 2010), muestra que no existe una sola versión o mirada de la realidad. Abre conversaciones sobre la escucha, la empatía y la importancia de reconocer la mirada del otro en los conflictos.

  • Caballera. ¡En guardia, diccionario!, de Michelotto y Begon (Picarona Obelisco, 2022), es un álbum que rompe estereotipos de género y conduce a cuestionar lo que significa ser niña o niño, abriendo la posibilidad de construir la identidad desde la libertad y la autenticidad.

Leamos juntos, dialoguemos, pausemos y hagamos preguntas: ¿Tú qué piensas? ¿Te ha pasado algo así? ¿Cómo crees que se siente este personaje?

Educar para la paz requiere recordar que cada palabra construye o destruye, y que cada gesto acerca o separa. Que cada día tenemos la oportunidad de elegir: levantar muros… o tender puentes.


El juego fantástico de Manuel y Rubí: entre alebrijes y beisbol

Quizá sea ocioso decir que el universo de los alebrijes oaxaqueños comparte los mismos límites que el de los sueños. Por ello, no es extraño ver los más variados temas dialogando con la imaginación de sus creadores. En esta ocasión, Andares del Arte Popular usa estas páginas del boletín para hablar de la fusión entre arte y deporte, precisamente, a partir de las piezas creadas por Manuel Cruz Prudencio y Rubí Martínez Fabián, un matrimonio de jóvenes artistas que transforma el lenguaje tradicional de la talla y la pintura en escenas donde animales, uniformes, pelotas, bates, manoplas y colores conviven bajo una misma lógica: la de la ensoñación artesanal.

Ambos artesanos comenzaron su relación con este oficio desde caminos distintos, aunque complementarios. Rubí se acercó al mundo de los alebrijes a los catorce años, cuando fue invitada a trabajar en un taller de su comunidad, San Martín Tilcajete. Ahí aprendió cada etapa del proceso, desde la talla hasta la pintura. Manuel, por su parte, heredó el oficio de su familia y representa la segunda generación dedicada a esta tradición en San Jacinto Amilpas. Para ambos, el trabajo artesanal se convirtió no solo en una herencia cultural, sino también en una forma de sustento y permanencia.

Su taller comenzó a tomar forma después de casarse. Desde entonces, su trabajo creativo se construye a partir de la colaboración cotidiana: Manuel se especializa en el diseño y tallado de las piezas, mientras que Rubí desarrolla el trabajo de pintura, decoración y diseño cromático. Las ideas surgen entre ambos, pero también del diálogo con otros colaboradores del taller y los clientes, así como de las inquietudes que aparecen en el camino. El resultado son piezas donde la técnica y la imaginación se alimentan mutuamente.

La serie dedicada al beisbol nació a partir de una invitación de Andares del Arte Popular cuando decidieron reinterpretar un equipo de beisbol mediante figuras híbridas: cuerpos de jugadores con cabezas de animales y decoraciones inspiradas en el estilo pictórico de Rubí. La propuesta conserva la esencia fantástica de los alebrijes, pero la desplaza hacia un territorio contemporáneo donde el deporte también puede convertirse en símbolo y narrativa visual.

Para Manuel y Rubí, los alebrijes poseen una cualidad profundamente versátil. Al surgir de los sueños, pueden dialogar con cualquier tema: la vida cotidiana, la cultura urbana, las fiestas populares o el deporte. Sin embargo, detrás de estas exploraciones permanece viva la memoria de su comunidad. Entre sus piezas podemos apreciar danzantes zapotecos, mujeres con huipiles de distintas regiones, escenas del campo y animales que forman parte del paisaje cotidiano.

Más que una ruptura con la tradición, el trabajo de Rubí y Manuel propone una continuidad en movimiento. Ambos consideran fundamental que las nuevas generaciones mantengan el amor y la pasión por este arte, pero también la capacidad de innovar. Frente a la producción seriada defienden la creatividad como una forma de resguardo cultural. Mantener la pasión, la imaginación y el carácter único de cada pieza es, aseguran, una forma de cuidar la vitalidad de esta tradición artesanal.

Dentro de su taller, el béisbol se ha convertido en algo más que un tema: es ya parte de su sello personal. Una muestra de cómo dos jóvenes artistas han sabido fusionar sus habilidades, la actualidad y la tradición para continuar expandiendo sus posibilidades expresivas sin dejar de mirar hacia el origen.


Eduardo Ortega y Óscar Soria, dos voces de oro

Óscar Soria, Alfredo Harp Helú y Eduardo Ortega en el Museo Diablos. Fotografías: Enrique Gutiérrez

Desde hace décadas, México tiene una presencia constante en las Grandes Ligas gracias a destacados exponentes de la crónica beisbolera que forman parte de las transmisiones en español de distintos equipos.

En el máximo nivel del beisbol, se reconoce que la escuela mexicana de narración deportiva está entre las mejores. Afortunadamente, cada vez es más frecuente escuchar voces familiares en la radio, la televisión y las plataformas digitales que acompañan a miles de aficionados hispanoparlantes y que además fortalecen la pasión por sus equipos favoritos.

Los San Diego Padres y los Arizona Diamondbacks son dos de las organizaciones que, año tras año, han mantenido un firme compromiso con las transmisiones en español, teniendo como principales referentes a dos de los mejores narradores de la industria: Eduardo Ortega y Óscar Soria.

Originario de Tijuana, Eduardo Ortega cumple cuarenta años como cronista de los Padres de San Diego, organización que lo considera uno de sus embajadores más importantes. Dueño de un estilo cercano y alegre, Lalo ha logrado trascender más allá de su identificación con los frailes, participando en múltiples eventos de primer nivel, como Juegos de Estrellas y Series Mundiales, en algunas de las cadenas de mayor prestigio.

En México, Ortega también ha estado ligado durante décadas a la Liga Mexicana del Pacífico con las Águilas de Mexicali, aunque sus primeros pasos en la narración los dio en la Liga Mexicana de Beisbol con los Algodoneros de Unión Laguna.

También nacido en Tijuana, aunque radicado en Hermosillo desde niño, Óscar Soria es un referente de la crónica deportiva sonorense. Inició su carrera a muy temprana edad en Telemax, televisora cuya señal alcanza incluso algunas regiones de Estados Unidos, especialmente el estado de Arizona.

Con los Naranjeros de Hermosillo y siendo sucesor de cronistas históricos como Fausto Soto Silva y Carlos Andrés Vázquez Castro, Óscarl el Buki Soria está cerca de cumplir tres décadas en los micrófonos de los Diamondbacks de Arizona. Ha conquistado a la afición gracias a su puntual manejo de estadísticas, anécdotas e historias, complementadas con gran ritmo y una dicción impecable.

Durante su reciente visita a la Ciudad de México para la serie de temporada regular entre Padres y Diamondbacks, ambos recibieron un reconocimiento por parte del Archivo Histórico del Beisbol, debido a su enorme contribución a la difusión y al crecimiento del Rey de los Deportes en nuestro país.

Eduardo Ortega y Óscar Soria no solo han narrado el juego y su historia sino que se han convertido en parte de su memoria.


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