Boletín FAHHO Digital No. 63 (Jun 2026)

Santa María Ozolotepec. Azul índigo en su tienda cósmica

Héctor Palhares

“Santa María Ozolotepec, según nos dejan ver las diferentes fuentes e impresos de la época [novohispana], era un pueblo constituido en su mayoría por indios de lengua zapoteca, que se caracterizaba por una abundante producción de grana, trigo y maíz, bienes que se vendían e intercambiaban en el mercado semanal de Miahuatlán, punto nodal en la ruta comercial entre las poblaciones costeras de Huatulco y Pochutla y la ciudad de Antequera”,1 explica la investigadora Selene del Carmen García Jiménez sobre la iglesia de Santa María Ozolotepec.

A partir del encomiable trabajo de investigación y documentación archivística de este enclave en la Sierra Sur de Oaxaca —emprendido por Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, A. C. (Adabi) en el año 2006—, se destacó la relevancia de su magnífico templo como cabecera de los pueblos de San Marcial, San Esteban, Santa Catarina, San Gregorio, Santo Domingo, San Miguel y San Pablo, todos con la misma etimología náhuatl del “cerro del ocelote”.

Pedro de Otálora Carbajal, párroco emprendedor y liturgista de esta iglesia, dejó un deslumbrante programa de imágenes, realizado entre 1652 y 1660, donde retablos, lienzos, tallas estofadas y, sobre todo, la pintura mural en el techo artesonado y los frescos en los muros de la nave mayor constituyen una auténtica orquesta de colorido y simbología, plenamente cargada del espíritu contrarreformista que acompañó la doctrina cristiana de la antigua Antequera.

Entre los altares, concebidos y dirigidos por Otálora, destaca el que representa los pasajes de la vida del lisboeta Fernando Martins de Bulhões (1195-1231), cuyo nombre de fe sería Antonio de Padua. El “Arca del Testamento”, como lo llamaba el papa Gregorio IX, fue ampliamente conocida por sus dotes de prédica ejemplar. Los estupendos pinceles anónimos relatan sendos pasajes de su vida como intermediario, sanador y guía, así como la visita que le hiciera el Niño Jesús, acaso el más conocido de su iconografía.

Otra de las pinturas de mayor relevancia es la que muestra a santa Catalina de Alejandría, emblema de fortaleza, erudición y castidad. García Jiménez la describe del siguiente modo:

Santa Catalina está ataviada con túnica rosa, stola ocre y azul y un tipo de palla roja; sobre la cabeza luce una pequeña tiara de oro. Sobre el hombro izquierdo desciende un angelillo que está a punto de timbrarla con una guirnalda de olivo y entregarle una palma de victoria. Son tres los atributos iconográficos distintivos que se miran en el lienzo: una rueca dentada, instrumento de su martirio, la espada con la que fue degollada, y la cabeza del emperador Majencio, quien ordenó su ejecución.2

El altar mayor, con lienzos hagiográficos que incluyen a José, Domingo de Guzmán, Nicolás de Tolentino, Luis de Francia, Lorenzo, Juan el Bautista, san Miguel Arcángel, entre otros, se enmarca por un hermoso arco de medio punto, cuyo intradós expone los grandes símbolos de la Letanía Lauretana en honor a la Virgen.

Una de las más bellas advocaciones marianas, de gran arraigo a partir del siglo XVIII, fue la de la Divina Pastora. En el cuerpo superior del altar lateral izquierdo, María aparece con el rebaño sagrado a sus pies —alter ego de la feligresía— recibiendo sus bondades en la figura de rosas de vivo carmesí. Un par de angelillos volanderos sostienen la corona de la Madre de Dios, al tiempo que el jefe de los Ejércitos celestiales somete a la bestia en el plano de fondo.

Resulta imprescindible destacar, amén de los lienzos, esculturas y motivos que posee la iglesia: la magnificencia de su techo artesonado, acaso uno de los mejores de la antigua Antequera, cuyos tirantes y modillones de estilo mozárabe se iluminan e iluminan con los visos del azul índigo o añil. Señala la investigadora María Castañeda Delgado:

El índigo que se obtenía en Europa antes del descubrimiento de América, provenía de la India y se obtenía de la especie vegetal Indigofera tinctoria. En México, la especie endémica es la Indigofera suffructicosa; los indígenas conocían perfectamente la forma de aprovechar el colorante azul, que utilizaban para producir el azul maya.3

La particularidad de la indigotina, componente mayor del añil, es que tiene una estructura molecular con “enlace conjugado” que permite la absorción de la luz, generando un intenso color que funciona como pigmento sin necesidad de aglutinantes. En Oaxaca, su producción mayor proviene de la comunidad de Santiago Niltepec, en la región del Istmo. No resulta extraño que los pueblos de la Sierra Sur, como Santa María, San Francisco o San Juan Ozolotepec, en constante contacto mercantil con la costa, recibieran el preciado pigmento para engalanar su arte sacro.

Bajo este cielo azulado como “tienda cósmica”,4 acudiendo a la investigadora Martha Fernández, se concretó el arraigo de fe y devoción que hoy día sigue reverberando con fuerza en la espiritualidad de las comunidades de Oaxaca.

1 Selene del Carmen García Jiménez, “Un párroco emprendedor y liturgista: el retablo de Santa María Ozolotepec”, Cuadernos del sur, revista de Ciencias Sociales (enero-junio 2017): 73.

2 García Jiménez, “Un párroco emprendedor y liturgista”, 85.

3 María Castañeda Delgado, “El índigo en la pintura de caballete novohispana: mecanismos de deterioro”, Intervención. Revista Internacional de Conservación, Restauración y Museología, Núm. 19 (Enero-junio de 2019): 27.

4 Martha Fernández, “La imagen del cielo en la arquitectura novohispana. Mantos, doseles y cortinajes”, Históricas Digital (2018): 283-304.


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