Escritorio público: Una pausa para escribir y sentir

Mirar hacia atrás y a la distancia suele evocar momentos que, en retrospectiva, parecen mejores: más tranquilos, con un ritmo más pausado y con una manufactura más cuidadosa. En ese paisaje aparece una figura hoy casi olvidada, pero que durante mucho tiempo fue esencial para la comunicación: el escritorio público.
Hace apenas unas décadas, formaba parte de la vida cotidiana en nuestras ciudades. Se recurría a un escritorio público para llenar una solicitud de empleo, redactar una petición dirigida a alguna dependencia gubernamental o escribir una carta de amor cargada de emoción y afecto. En esa labor, el escritorio público cumplía una función invaluable: no solo la de transcribir palabras con precisión, sino también la de orientar, estructurar y dar forma a un mensaje con la mayor elocuencia posible.
Su importancia es indiscutible, y su relación con la correspondencia aún más. Por ello, el Museo de la Filatelia de Oaxaca, en su labor de difundir y promover la filatelia, así como el uso de la correspondencia y la estampilla postal, decidió traer de vuelta este espacio.
La invitación es sencilla, pero poderosa: escapar por un momento del ajetreo y de la inmediatez de la vida actual. Detener el tiempo durante unos minutos y escribir una carta mecanografiada a alguien especial. Puede ser para un amigo, un familiar o un amor, pero también para alguien que ya no está en este plano y a quien aún necesitamos decirle algo. O incluso para nosotros mismos: una pequeña cápsula del tiempo que resguarde palabras de aliento, preguntas o deseos que algún día se reencontrarán con nuestro yo del futuro.
La protagonista de este escritorio público es una hermosa máquina de escribir Remington modelo 17, producida entre 1939 y 1950, que llegó al museo como parte de una donación. Una máquina que, en otro tiempo, escribió cartas de amor, buenas noticias y despedidas, y que hoy, al igual que la correspondencia, vuelve a la vida para recordarnos que, aunque ciertos medios parecen olvidados, nunca dejarán de conmovernos.
Con mucha expectativa por la respuesta de los transeúntes, el domingo 22 de marzo llegamos a la calle Macedonio Alcalá, en el centro histórico de la ciudad de Oaxaca, frente a la Librería Grañén Porrúa. Cerca de las 3:30 de la tarde comenzamos a montar el mobiliario: un par de mesas y sillas funcionaron como sala de espera, mientras que las piezas más llamativas fueron la máquina de escribir y un pequeño, pero encantador, buzón rojo. El mismo que ha recorrido distintas partes del estado recolectando correspondencia y manteniendo viva la tradición epistolar.

Pero un escritorio público no podría funcionar sin alguien capaz de transformar emociones en palabras, y esa labor estuvo a cargo de Charly A. Secas, escritor, poeta y promotor de la lectura. Más que transcribir lo que escuchaba, Charly acompañó a cada participante en la construcción de su mensaje: una experiencia que, en muchos casos, se asemeja más a una conversación íntima —casi psicológica— que a un simple ejercicio de escritura.
A las cuatro de la tarde, el escritorio entró oficialmente en servicio y, poco a poco, comenzaron a acercarse los primeros curiosos.
Mientras las cartas eran mecanografiadas, podían escucharse testimonios como el siguiente: “Cuando era joven escribía mis tareas y alguna que otra carta para una novia en una máquina muy parecida a esa”. Los más jóvenes, en cambio, preguntaban con curiosidad cómo funcionaba la dinámica. Jacqueline y Karla, prestadoras de servicio social, respondían con una sonrisa: “Es un escritorio público. Si gustas, puedes tomar asiento en la sala de espera y, cuando llegue tu turno, Charly te ayudará a escribir una carta para quien tú quieras. Incluso podrás enviarla por correo postal si así lo deseas”.
Algunos se quedaban a esperar su turno; otros simplemente tomaban una fotografía, fascinados ante un objeto que parecía venir de otro tiempo, de un mundo ajeno a ellos. Y no era para menos: la belleza de la manufactura de la máquina despertaba admiración por sí sola.
La tarde avanzaba y seguían llegando personas atraídas por una escena poco común: herramientas y prácticas casi en desuso que, hace no tanto, formaban parte de la vida cotidiana. La emoción era tal que ni la amenaza de lluvia logró dispersar a quienes esperaban su turno, incluso cuando las primeras gotas comenzaban a caer para mojar las hojas recién mecanografiadas.
Con la finalidad de hacer más amena la espera, el espacio ofrecía cartas escritas por personajes ilustres, como Frida Kahlo, F. Scott Fitzgerald, Octavio Paz, entre otros. Estaban ahí para que los participantes pudieran leerlas y recordar que escribir una carta siempre ha sido una forma de permanecer a pesar del paso del tiempo.
Al finalizar la jornada, un puñado de cartas dio testimonio de algo evidente: aunque los escritorios públicos y la correspondencia parecen haber sido desplazados por la tecnología, siguen vivos en la memoria de quienes los conocieron y en la curiosidad de quienes los descubren por primera vez. Así es como su existencia continúa, como una pequeña cápsula del tiempo.
Esperamos encontrarte algún domingo por las bellas calles del centro histórico de Oaxaca para tomarnos el tiempo, aunque solo sea por una vez, de escribir algunas palabras, algunas emociones mecanografiadas.