Ejecutivo del Año: Liderazgo joven y visión institucional

Por segundo año consecutivo, la Liga Mexicana de Beisbol (LMB) otorgó el premio al Ejecutivo del Año a Santiago Harp Grañén, vicepresidente del Consejo de Administración de los Diablos Rojos del México, por su liderazgo en el bicampeonato del equipo y por la consolidación institucional del club. Se trata de un reconocimiento oficial que se otorga anualmente a la persona que, desde la dirección o gestión de un club, haya tenido el mejor desempeño administrativo, organizacional y de liderazgo durante la temporada.

Este premio distingue al directivo o ejecutivo más destacado entre los 18 equipos que integran la LMB. Su objetivo es valorar el trabajo de gestión detrás del equipo: planeación, contrataciones, manejo de recursos, promoción, desarrollo institucional y resultados globales. Entre los criterios que se toman en cuenta en esta decisión podemos anotar los siguientes:

Resultados deportivos del equipo

  • Clasificación a playoffs u obtención del campeonato.
  • Consolidación de una temporada récord o mejora respecto al año anterior.

Gestión organizacional y administrativa

  • Planeación exitosa de la temporada.
  • Manejo eficiente de presupuesto, plantilla y operaciones.
  • Innovación en estructura interna o estrategias deportivas.

Relación con la afición y medios

  • Crecimiento en asistencia al estadio.
  • Proyectos comunitarios o de responsabilidad social.
  • Imagen y comunicación del club.

Proyección institucional

  • Iniciativas nuevas: academias, proyectos culturales, expansión de marca, infraestructura (como el Estadio Alfredo Harp Helú o el Museo Diablos).
  • Aportes a la modernización o profesionalización del beisbol mexicano.

Esto nos permite notar la importancia del Ejecutivo del Año, pues valora la excelencia en gestión deportiva, no solo en los resultados; destaca la importancia del trabajo de oficina, finanzas, talento y relaciones públicas; asimismo, ayuda a posicionar estándares de profesionalismo en las directivas de la LMB.

Con 25 años de edad, y desde su participación decisiva en la contratación del jugador cubano Alexei Ramírez, en 2018, Santiago Harp Grañén también ha desempeñado un papel directivo en la Academia de Beisbol Alfredo Harp Helú, y encabezó la creación e inauguración del Museo Diablos en 2022. Estas dos últimas iniciativas implican que su responsabilidad no solo es deportiva, sino también cultural e institucional. No podemos dejar de mencionar que, bajo su liderazgo y gestión, los Diablos Rojos obtuvieron los campeonatos número 17 y 18 en su historia. El bicampeonato llegó, además, con un récord sobresaliente en temporada regular. Y, más allá del beisbol, Harp Grañén también ostenta la vicepresidencia del Consejo de Administración de los Diablos Rojos Basquetbol.

En este sentido, la distinción de Santiago Harp Grañén como Ejecutivo del Año representa el surgimiento de una “nueva generación” dentro de la dirección de los Diablos Rojos. Conjuntamente, confirma el compromiso con una gestión deportiva responsable, innovadora y cercana a la comunidad. Su trabajo continúa el legado familiar de impulsar proyectos que combinan excelencia, visión social y amor por México, dentro y fuera del campo de beisbol.


El arte envuelto en el arte

Detalles de la inauguración de la exposición “El impresor Juan Pascoe”. Fotografías: Fabiola Monroy

El amor nos reunió para celebrar algo más allá de los cincuenta años del Taller Martín Pescador, cuando la amistad unió a muchos de los presentes y a otros tantos entrañables escritores y artistas al calor de una prensa del siglo XIX, de poemas y música.

Juan Pascoe es un artista de la tipografía, de las bellas letras y de la jarana. Con su habilidad para tocar las cuerdas, saborea el buen gusto de los caracteres, siente sus formas, tamaños y espaciados; selecciona las fuentes y los versos y los hace bailar con ritmo y cadencia.

Los textos publicados por el Taller Martín Pescador parecen ser partituras musicales. En ellos se percibe la afinación de la composición tipográfica, la armonía de la caja y la elegancia de las imágenes. El lector asiste a un escenario que va más allá de un libro impreso: a una danza con renglones iluminados que contrastan entre claros y sombras, en una conexión tipográfica que brilla entre sus páginas con fluidez artística. El maestro, cual director de orquesta, es riguroso para elegir la obra, con sus ritmos y texturas en el papel, entre aromas de tinta y delicias de clichés. Por medio de sus propias interpretaciones, Juan Pascoe se impone afectivamente con los autores y los lectores, nos hace zapatear, tararear y sentir la ejecución musical de las letras.

Abrir un libro del Taller Martín Pescador es llenarse también de la historia de la tipografía novohispana, porque Juan Pascoe está impregnado de ella. No solo la estudia, sino que la comprende y la hace propia. Conocedor del mundo de la imprenta mexicana, se ha encargado de valorarla y difundirla. Sin pretenderlo, la engrandece y nos abre los ojos para asombrarnos ante el bagaje cultural que arropan los libros impresos en nuestro país, una tradición que, milagrosamente, él mismo continúa.

Agradezco a los amigos de las buenas letras, especialmente a la Fundación Carmen Toscano, por habernos reunido en el Museo de Antropología para celebrar el arduo y magnífico trabajo del Taller Martín Pescador en sus 50 años, dando lugar a un recorrido de emociones con palabras sonoras que hacen vibrar el corazón de los libros mexicanos.


“Solo un poco aquí”*

Obra del maestro Carlomagno Martinez exhibida en el Centro Cultural San Pablo.

A veces siente uno que lo que quiere escribir ya ha sido escrito por otro, por otros, antes o muchísimo antes. Es la experiencia propia al escribir, hoy, sobre la muerte.

Tengo siempre presente (como una de esas ideas que continuamente lo rondan a uno) que Heidegger concibe a la muerte como la posibilidad más individual del ser humano: no hay nada que sea más nuestro en tanto que seguro, en tanto que real; la muerte es una experiencia que, si bien todos los seres vivos estamos sometidos a ella, se nos da solo a cada uno en lo particular.

Nadie muere con otros, aun si ocurre en la misma circunstancia, en el mismo momento. Tampoco nadie muere (al menos no naturalmente) porque otros han muerto, aún si, como el príncipe Hamlet, quisiéramos arrojarnos a la fosa donde han depositado el cuerpo del ser amado. Porque si la conciencia de la muerte propia nos genera infinita desazón —por decir lo menos—, a veces pareciera que la muerte de quienes amamos es una experiencia todavía más temida por vivir.

A lo largo de la historia de la poesía los seres humanos hemos tratado de expresar esa experiencia de tantas maneras. Con tantas aristas. La hemos leído desde tan diversas aproximaciones, y al encontrar-nos en su lectura, muchas veces nos damos cuenta de que el autor eligió las palabras que quizá nosotros no encontramos para poder expresarnos. Contemplar a la amada inmóvil y agonizar con su agonía como sintió Amado Nervo; desesperar con la conciencia cierta de que este río de la vida indefectiblemente irá a dar a la mar que es el morir, como lo escribiera Jorge Manrique al despedir a su padre; o vivir los días más largos del tiempo al presenciar cómo la vida del mayor Sabines languidecía… como nos legara, en uno de sus más hermosos poemas, Jaime, su hijo.

La partida de quienes amamos es un golpe bajo, seco, contundente. Ante eso no hay escapatoria, no hay huida ni evasión posible. Es uno de esos dolores que nadie nos puede evitar porque esa conciencia de orfandad, ese soltar la mano que la nuestra asía para poder caminar por la vida, tal vez sea una de las realidades más complicadas de afrontar. Quizá la más desoladora… justo como dijera Xavier Villaurrutia: como ese mar sin viento ni cielo / mar sin olas, desolado.

En estos días de principios de noviembre que Oaxaca se engalana como cada año, es ineludible repensar a la muerte. Y en cada esquina, en cada evento, casi en cada hogar, en el montaje mismo de una ofrenda, estamos invitados a mirarla de nuevo desde la tradición, desde lo que nos anima en este impulso vital oaxaqueño para vestirla de fiesta y no para ahondar en los abismos a los que nos hemos asomado al despedir a uno de los nuestros.

El Centro Cultural San Pablo participa de esa algarabía generalizada y de las tradiciones de estas fechas. Con la colocación de nuestra ofrenda nos unimos a la conservación de nuestras tradiciones y a la preservación de la memoria de aquellos que han partido. Con la exposición de la obra del maestro Carlomagno acerca de la muerte refrendamos nuestra vocación por el apoyo y difusión del trabajo de uno de los artistas emblemáticos y más queridos en nuestro estado; y con cada una de las actividades académicas y lúdicas buscamos brindar los espacios para la reflexión y propuesta de nuevas miradas sobre la muerte.

Aún así no basta del todo. No basta la fiesta, ni la algarabía, ni la preservación de las tradiciones o las propuestas para hacer una reflexión adulta y documentada sobre el fenómeno de nuestras celebraciones de difuntos. Hace falta construir y recuperar esos espacios de reflexión íntima, personal, donde podamos mirarnos humildemente y reconocer, con nuevos ojos, a la muerte próxima, a la muerte-maestra que tiene mucho que decirnos acerca de cómo vivir, porque ella sí que sabe de finitud. Solo en ese espacio personal podrá susurrarnos al oído una frase que un día seguramente ella misma me dijo (a través de un buen amigo): “Así es esto de vivir, se muere”. No hay más. Si, como dijo el célebre príncipe-poeta tezcocano, todos habremos de irnos, usemos bien este cortísimo tiempo, asegurando para el día de nuestra muerte la conciencia cierta de haber vivido. Esperamos que el CCSP contribuya en ese camino.

*Verso de un poema de Nezahualcóyotl


Diplomado Organización deInformación en Bibliotecas

Integrantes que finalizaron el diplomado. Fotografía: Acervo de la BIJC

No se trata de adaptarnos –o conformarnos– a como es el mundo
“allá afuera”, sino de cómo queremos que sea.

El 25 de septiembre de 2025 se llevó a cabo la clausura y entrega de constancias del diplomado Organización de Información en Bibliotecas, actividad académica realizada del 28 de febrero al 28 de julio de 2025, coordinada desde el área de formación de la Red de Unidades de Información de Oaxaca (RUIO), certificada por la Universidad Autónoma Comunal de Oaxaca (UACO) y diseñada por personal de Acervos de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova (BIJC).

El evento contó con la presencia de la Dra. María Isabel Grañén Porrúa, presidenta de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, el Dr. Sebastián van Doesburg, director de BIJC, el Mtro. Jacobo Babines, director del Archivo General del Estado de Oaxaca (AGEO), el Mtro. Rigoberto Vásquez García, rector de la UACO y la Mtra. Namibia Rivera López, coordinadora de la RUIO. Todos felicitaron y animaron a las y los graduados a seguir formándose, continuar organizando y preservando el patrimonio de Oaxaca, a no dejar de implementar y mejorar los servicios y a seguir haciendo comunidad.

El diplomado surgió como una necesidad y un compromiso firmado por quienes forman parte de la RUIO, organización creada en el 2014 con el objetivo de “establecer lazos institucionales y profesionales del personal que integra las diferentes Unidades de Información de Oaxaca”. Desde su creación, representantes de la red han tenido la inquietud de formarse en temas de bibliotecología / biblioteconomía, con la finalidad de profesionalizarse y de mejorar procesos y servicios en las diferentes Unidades de Información.

En Oaxaca existe una larga historia en torno a los archivos y las bibliotecas, pero se habla poco de la necesidad de contar con una escuela para formar a quienes están a cargo, por lo que el tema de la profesionalización se vuelve importante y las actividades, como el diplomado o los cursos y talleres que se comparten desde la red, se vuelven necesarios. Así que este año, gracias al apoyo de todas las unidades de información de la red y al respaldo de la universidad, fue posible hacerlo. Preguntamos a algunos de los asistentes acerca de la importancia de tener un diplomado así en Oaxaca, y Rodolfo Hernández (ITVO), nos mencionó que “es importante porque permite el aprendizaje, la actualización y el intercambio de experiencias entre los trabajadores de las unidades de información”.

El programa compartido fue diseñado con base en las necesidades de formación y con el objetivo de que, al finalizar el proceso, las y los estudiantes contarán con los conocimientos y las herramientas básicas necesarias para la organización de colecciones resguardadas en las unidades de información. Se dividió en 10 módulos a cubrir en 21 sesiones durante 120 horas de clase presencial. Al respecto, Mariana Zarazúa (Jardín Etnobiológico) comenta: “los contenidos fueron adecuados y me permitieron adquirir conocimientos básicos para contribuir a los procesos de la biblioteca. Me parece que fueron abordados con una perspectiva crítica bastante interesante”.

Las clases se realizaron en las instalaciones de la BIJC, pero también, y debido a que se decidió hacerlo itinerante, se acudió a la Biblioteca Francisco de Burgoa, la Biblioteca Pública Margarita Maza, la unidad de extensión UNAM y el AGEO. En relación, Anabel (AGEO) menciona que “las instalaciones fueron adecuadas y funcionales para el desarrollo de las sesiones. Se contó con medios técnicos y material de apoyo pertinentes que facilitaron la comprensión de los contenidos”. La itinerancia en las actividades de la RUIO ha permitido, además de visibilizar el trabajo que se realiza, sensibilizar sobre la importancia de contar con espacios adecuados para los procesos de compartencia académica de la red, pero no exclusivamente (las sedes corresponden a espacios de trabajo de las y los estudiantes del diplomado).

Las personas que concluyeron colaboran en instituciones como la Biblioteca Pública Central, el Instituto Welte, el AGEO, el Jardín Etnobiológico, la Biblioteca José Antonio Gay de la Casa de la Cultura, la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa, la BIJC, la Universidad Regional del Sureste (URSE), el Instituto Tecnológico del Valle de Oaxaca (ITVO) y el Corporativo UNUSPAT. Anabel comenta que lo que más valoró del diplomado fue “la oportunidad de interactuar con colegas que se desempeñan en el mismo ámbito profesional. El intercambio de experiencias y perspectivas fortaleció el aprendizaje colaborativo y enriqueció el contenido del programa. Lo menos favorable, desde mi experiencia, fue que el diplomado concluyera, ya que el espacio formativo resultó altamente provechoso y motivador”.

Ahora el programa, la metodología y los resultados del diplomado están en revisión, esto con la finalidad de decidir qué sigue, identificar lo que es susceptible de mejora y de encontrar otras formas de seguir contribuyendo en los procesos de profesionalización de las y los compañeros del diplomado, de la red y/o de la comunidad de personas que trabajan en bibliotecas en Oaxaca y que requieren algún tipo de formación en el área. Algunas de las sugerencias se unen a la petición de Paulina Martínez (Burgoa), quien respondiendo a la pregunta de lo que le gustaría para el futuro menciona que sería ideal “una segunda parte del diplomado o quizá un breve curso para reforzar el conocimiento y aplicar lo aprendido durante el diplomado”, y eso es lo que queremos hacer: seguir acompañando en los procesos de formación de las y los bibliotecarios en Oaxaca.

Para ello, por medio de una evaluación, se recuperaron las voces de los y las estudiantes del diplomado (algunas vertidas aquí), ya que es importante identificar, mediante sus palabras, aciertos, errores y sentires que permitan saber que vamos por buen camino. Martha Aparicio, de la Casa de la Cultura Oaxaqueña, comentó: “El diplomado para mí es un atisbo de ese mundo maravilloso, sé que soy una aprendiz y gustosa seguiré aprendiendo, pacientemente y reconociendo las posibilidades institucionales para implementar lo aprendido. En la medida en que desconozco todo de la organización de información en bibliotecas, en verdad el diplomado es algo que valoro mucho”.

A partir del diplomado, algunos proyectos de las y los estudiantes empezaron a tomar forma. Entre estos se encuentran la creación de un centro de documentación especializado en derecho, la reorganización de la colección antigua especializada en asuntos oaxaqueños, la continuación del proyecto de organización de la biblioteca especializada en asuntos oaxaqueños, la creación y organización de dos fondos fotográficos, dar continuidad a la organización de la biblioteca del Jardín Etnobiológico de Oaxaca, entre otros. Todo ello podría ser un buen indicador de la efectividad del proceso; sin embargo, desde la coordinación del diplomado nos interesa mucho resaltar, además, las colaboraciones y los intercambios que se generan a partir de actividades como esta.

Finalmente, esta experiencia nos hace pensar en nuevos y viejos paradigmas de organización de información, reconocer términos que nos ponen en desventaja, como el de brecha digital o democratización de la información y el conocimiento, pero que nos permiten también reflexionar sobre los discursos dominantes en la clasificación bibliográfica, tener una postura social y política desde los ecosistemas digitales, crear comunidades de aprendizaje y compartir las complejidades del área, desde los cuidados.

No profundizamos en temas que están en boga en la bibliotecología, pero trabajamos mucho en empezar a formar personal bibliotecario que reconozca la complejidad que existe en la organización de la información y que desde esa mirada pueda, de forma individual y colectiva, trabajar en la mejora de sus procesos, teniendo siempre en cuenta para qué y para quién/quiénes se hace. Gracias a las y los colegas dentro y fuera de la red que se unieron al tequio (académico o no) de la RUIO. ¡Seguimos!


Mangas de agua

El pasado 03 de octubre de 2025 recibimos a cuatro de los 25 integrantes del Taller Mangas de Hule San Gabriel, procedentes de Teziutlán, Puebla. Con motivo de la exposición que presentó el Museo Textil de Oaxaca sobre el trabajo con hule natural que se realiza en Misantla, Veracruz,1 los invitamos a este taller para que el público tuviera la oportunidad de conocer más de cerca esta labor.

Francisco Javier Luciano Sosa estuvo a cargo de la presentación que se llevó a cabo en la Capilla del Rosario del Centro Cultural San Pablo. La charla no solamente atendió el trabajo con hule, sino que mostró a la población de Teziutlán como un espacio cultural completo y complejo, lo que ayudó a que en la audiencia comprendiéramos mejor el contexto en el que se desarrolla este trabajo. El aspecto primordial por resaltar en la filosofía de este taller es la oferta de materiales completamente naturales y de calidad, sin comprometer al medio ambiente. Es decir: las mangas se conforman de lienzos que son cien por ciento algodón recubiertos con hule natural extraído del árbol Hevea brasiliensis ubicado en la región de Tuxtepec, Oaxaca. Para dar color al caucho recurren a pigmentos naturales procedentes de Atlixco, en donde obtienen piedras ricas en hierro para lograr distintas tonalidades de ocre. Finalmente aplican talco de calidad industrial, material extraído a partir de la pulverización de piedra caliza, para dar un acabado a la prenda y evitar que las capas de hule se adhieran entre sí.

Integrantes del Taller Mangas de Hule San Gabriel

Alexander Amir Khan también estuvo presente en la charla, ya que gracias a su trabajo de campo pudimos conocer al Taller Mangas San Gabriel. Alex, como le llamamos con afecto, se encuentra tejiendo puentes entre su país de residencia, Suiza, y comunidades que trabajan con caucho en México y Brasil. Su intención es conocer a fondo los procesos y, sobre todo, a la gente que los lleva a cabo, para —en conjunto— explorar nuevas posibilidades creativas y productivas que deriven en un aporte real a la comunidad: procesos y bienes que resulten atractivos a las jóvenes generaciones y que ofrezcan el potencial de entrar a otros nichos de mercado.

Conferencia sobre las mangas de hule. Fotografías: Acervo del Museo Textil de Oaxaca

Una de las preguntas del público fue el nombre de la prenda: manga, pues no se trata de la parte más o menos cilíndrica de una prenda que tiene por función recubrir los brazos. Más bien, son rectángulos de tela doblados a la mitad, con una abertura para la cabeza y con los bordes laterales sueltos, sin costura. Javier mencionó que, en efecto, es un término singular, pero que se ha usado desde que su abuelo se dedicaba a este trabajo en los años 1940: manga de hule, o bien, manga de agua. Decidí hacer énfasis sobre este segundo término para titular este texto porque remite a la íntima relación que guarda la prenda con el medio ambiente. Como señaló el Ing. Miguel Corona —agricultor y productor de hule en Tuxtepec, quien viajó desde ese lugar para estar presente en la charla—, adquirir y portar una de estas mangas tiene un gran impacto: se apoya el cultivo del árbol del hule (lo que ayuda a combatir el dióxido de carbono presente en el ambiente, así como la erosión del suelo) y se contribuye a la generación de empleo tanto en el sector de la agricultura como en el artesanal (en este último se cuenta con las personas que preparan el hule con color para aplicarlo a la tela, así como con las que cortan las telas y aplican todos los terminados para obtener la prenda final que será comercializada). Al final, a diferencia de un impermeable hecho con fibras a base de petróleo, estas mangas son biodegradables, por lo que tampoco constituyen un riesgo contaminante para el suelo de nuestro planeta. Si no tuviste oportunidad de visitar la expoventa especial que se presentó en el MTO, te invitamos a visitar nuestra tienda, donde podrás encontrar estas mangas de agua.


El aburrimiento y la reivindicación del ocio

Integrantes del taller “Hay algo más grande que la ballena azul”. Fotografía: Acervo de la Biblioteca Infantil BS Xochimilco.

Innumerables veces hemos escuchado (incluso nosotros mismos lo hemos dicho): “el ocio es el padre de todos los vicios”, condenando a ese vocablo al irremediablemente excluido grupo de palabras que están mal vistas —aunque solapadas, claramente, de vez en cuando—. Si un niño se pone a patear un balón en la calle con sus amigos; si vemos a un niño en un patio jugando con escarabajos y bichitos o simplemente andando en bicicleta por el pueblo sin ningún rumbo fijo, lo más probable es que lo llamen “ocioso”. Ya en la Antigüedad los griegos, y posteriormente los romanos, decidieron nombrar esos periodos de tiempo en los que ninguna actividad “de provecho” se realizaba.

Para los griegos, skholè (σχολή) “consistía en la contemplación teórica (theoria) de la vida y la especulación filosófica” (Azores, 2020); y, debido a las características propias de la sociedad griega, los únicos que podían disfrutar de ese periodo de reflexión eran los nobles y los ciudadanos libres, excluyendo a las mujeres (salvo algunas excepciones), la servidumbre y los esclavos. Por otro lado, la palabra latina otium designaba ese tiempo libre diferente al negotium (trabajo); era algo que todos los ciudadanos podían ejercer, pero que se veía como un reflejo de la virtud de cada individuo, de acuerdo con su posición social: actividades como la lectura, la escritura y las artes declamatorias eran vistas como propias de las élites, mientras que los juegos, las fiestas o las visitas a tabernas reflejaban formas vulgares de ocio.

Dicho lo anterior, llama mi atención la cuarta acepción que tiene la RAE con respecto a la palabra ocio: “Obras de ingenio que alguien forma en los ratos que le dejan libres sus principales ocupaciones”. Entonces, en un punto medio entre el tiempo no dedicado a alguna actividad “productiva” y el tiempo de la formación del espíritu por medio de la contemplación, la pasividad y la reflexión filosófica consciente, el ocio es, también y sobre todo, un intervalo creativo. Creamos para eludir el negotium, cuando se puede, cuando “se tiene tiempo”; se crea, por tanto, porque no se trabaja y, al no haber una necesidad imperiosa de hacer algo, ante esa falta de quehacer, uno puede fácilmente pronunciar una palabra: aburrimiento.

¿Es el aburrimiento, entonces, el potenciador de ese intervalo creativo que el ocio entraña? Pascal decía que “toda la desgracia del hombre viene de no saber permanecer en reposo en un cuarto” (Hurtado, 2014). Y es, quizá, lo que desemboca, en última instancia, en la creación: ese desasosiego causado por el “no estar haciendo nada”. Pero ¿qué es lo aburrido más allá de los bostezos, la somnolencia y la falta de estímulos sensoriales? Aburrir viene de la palabra latina abhorrere: ab– (evitar, no cometer una acción) y horrere (espantar/poner los pelos de punta). Este término nos pone en un predicamento, pues podría interpretarse como “evitar aquello que nos perturba”, que nos horroriza; una situación en la que debamos, tal vez, elegir la pasividad, el sosiego, la calma.

Luigi Amara, citado por Hurtado (2014), nos dice: “[…]quizá no exista lo aburrido, sino una compleja red de poder que determina e insiste, a través de una muy bien aceitada maquinaria propagandística, en donde poner los ojos, qué es lo ideal y qué lo escuálido, qué lo crucial y qué lo anecdótico”. Quizá, siguiendo la línea de pensamiento de Amara, el aburrimiento real recae en el constructo social que hemos asimilado, lo que nos han dicho que es aburrido: lo análogo, aquello cuyo valor recae en sí mismo y no en el beneficio inmediato; lo contemplativo, lo silencioso; aquello que es ameno solo para los “entendidos e iniciados”.

El aburrimiento como potenciador del tiempo de ocio es, en este caso, un ejercicio que entraña no solo la realización de actividades con las cuales “matamos el tiempo”, actividades, por lo demás, rutinarias o ritualistas; sino también como la exaltación de nuestra existencia inmediata, un estado de exaltación filosófica, moral, estética. Cualquier cosa nos puede aburrir, eso se puede intuir con facilidad, pero la verdadera tarea, el verdadero acto renovador sería, acaso, retornar a ese momento perdido en el lapso de la vida, ese momento en el que no tener nada que hacer era justamente eso: una pausa, un sosiego que podíamos, mediante ciertos artilugios verbales o artísticos, convertir en tarareo, canción, chiste, dibujo, juego, obra; ecos de los sueños que el aburrimiento y, más aún, la ociosidad (esa vieja que no se cansa) transforman con su alquimia de tiempo e ingenio.

Dentro de los espacios que conforman la Red de Bibliotecas Infantiles de Oaxaca tiene lugar una serie de actividades que busca canalizar el aburrimiento de niñas y niños hacia acciones que, más allá de tener un propósito didáctico o de transmitir un saber enciclopédico, fomentan el ocio en su acepción de “creación”. Un ejemplo reciente es el taller “Hay algo más grande que la ballena azul”, impartido y planificado por Zuleyma García Silva en la Biblioteca BS Xochimilco. En dicho taller, el saber técnico sobre las ballenas azules fue fácilmente integrado y encauzado a la elaboración de una lámpara de cartón en forma de ballena. Las fotografías de los y las participantes sosteniendo su producto final son apenas un atisbo —pero uno fiel— del quehacer diario que toma lugar en las instalaciones de la biblioteca: el hacer algo por el mero gusto de hacerlo, de la exploración sin trabas pedagógicas que, sin embargo, tienen un propósito: el ocio y su desparpajo en un espacio seguro.


Evocaciones istmeñas en la obra de Shinzaburo Takeda

Ay Sandunga, Sandunga / mamá por Dios /
Sandunga no seas ingrata / mamá de mi corazón.

Máximo Ramón Ortiz, La Sandunga, 1853

Shinzaburo Takeda, Familia oaxaqueña, 2013. Grabado en metal, lápiz de color y pastel.

Shinzaburo Takeda nació el 13 de febrero de 1935 en Seto, Japón. En 1957 se graduó de la Universidad Nacional de Bellas Artes de Tokio. Llegó a México en 1963, motivado por la influencia de dos de sus grandes amigos y maestros: Sadajiro Kubo y Tamiji Kitagawa. Desde su llegada mostró un profundo interés por la cultura mexicana, especialmente por las tradiciones de los pueblos originarios. En 1978 se trasladó a Oaxaca, donde comenzó a impartir clases en la Facultad de Bellas Artes de la UABJO. Paralelamente, recorrió el estado y se enamoró cada vez más de sus paisajes y comunidades. La huella de su labor docente es evidente en la trayectoria de varios de sus alumnos, quienes hoy integran, junto con él, la exposición “De Japón a Antequera. Gráfica de maestros japoneses en Oaxaca”, que se presenta en la galería del Centro Cultural San Pablo.

Adoptar una ciudad es reinventarse en un nuevo escenario que, por distinto que pueda ser, se vuelve por muchas razones entrañable. El maestro Shinzaburo Takeda ha hecho de Oaxaca no solamente su hogar, sino un bastión de creatividad inagotable. Más allá de su estela, distintos artistas retratan —desde Japón hasta Antequera— el carácter esencial del estado y de sus tradiciones.

Esta exposición es protagonizada por paisajes, retratos, animalia real y fantástica, usos y costumbres, textiles y vida cotidiana como espejo y reflejo de esa Oaxaca mágica por derecho propio.

Numerosas técnicas —litografía, serigrafía, xilografía, grabado en metal, mezzotinta, entre otras— dan cuenta de un camino, potente y vital, que desde hace mucho tiempo ocupa un lugar primordial en el escenario artístico del estado: la gráfica.

Shinzaburo Takeda, Cinco Venus de Juchitán, 2023. Aguafuerte, aguatinta, barniz blando, crayón litográfico y ácido directo

El eje rector de la narrativa curatorial de esta muestra se centra en las evocaciones istmeñas del maestro Takeda y de otros grandes creadores, como Takayoshi Ito y Mikie Ando. El Istmo de Tehuantepec es más que un espacio geográfico de las ocho regiones de Oaxaca. En esta prodigiosa latitud del sur se fraguan algunas de las costumbres y tradiciones más importantes del imaginario colectivo. El resplandor de la tehuana cobija los hilos multicolores de los textiles de Tehuantepec, Juchitán y San Blas Atempa. Al tiempo, las resonancias de la sandunga nos llevan por ese binomio perdurable de vida y muerte. En sus fiestas y devociones los Cristos, vírgenes y santos son ataviados con trajes y bordados locales, a la vez que se hacen acompañar por la flor de coyol y el séquito de sabias mujeres que los velan y custodian. Aquí, la sensibilidad nipona acude a esa magia istmeña para acercarnos a lo cotidiano, a ese devenir sin tiempo que, justo por ello, imprime imágenes perdurables.

Veámonos, entonces, en esta suerte de “doble mirada” que trasciende latitudes y espacios físicos. “De Japón a Antequera” es una cálida invitación para ello.


¿Tu libro se está dañando? Aprende a reconocerlo a tiempo

Libros dañados listos para su restauración. Fotografías: Acervo del Taller de Conservación y Restauración Documental FAHHO

Los libros son compañeros silenciosos: guardan historias, conocimientos y recuerdos. Pero, como todo objeto hecho de materiales orgánicos, también envejecen. A veces los cambios son tan lentos que no los notamos hasta que el daño ya es muy visible. Detectar las primeras señales puede marcar la diferencia entre conservar un libro durante décadas o verlo deteriorarse sin remedio.

Uno de los problemas más comunes es el moho. Suele empezar de forma discreta: ese olor a humedad que aparece cuando abres un libro guardado mucho tiempo en un lugar cerrado. Después surgen puntitos o manchas de colores —blancas, verdes, grises o negras— con un aspecto polvoso. Además de dañar el papel, el moho es un riesgo para la salud, por lo que conviene atenderlo de inmediato.

Otro signo evidente es el papel amarillento y frágil. Las hojas pierden su color original y se vuelven quebradizas. Esto sucede sobre todo en los papeles fabricados desde el siglo XIX, que contienen sustancias que reaccionan con el aire, la luz y la humedad. El proceso es lento, pero continuo: una hoja que hoy solo luce amarilla puede desgarrarse con facilidad mañana.

También hay que prestar atención a las deformaciones físicas. A veces las tapas y las hojas comienzan a ondularse o a curvarse. Esto suele deberse a cambios bruscos de temperatura y humedad o a que los libros se guardan apilados de forma inadecuada, ejerciendo presión desigual. Aunque parezca solo un problema estético, puede afectar la encuadernación y dificultar la lectura.

Las manchas y la pérdida de color son otro enemigo silencioso. Pueden aparecer como pequeños círculos color marrón claro, marcas de agua o zonas desvaídas por la luz. Su aparición es causada, principalmente, por el contacto con líquidos, la manipulación sin manos limpias o la exposición prolongada al sol. En casos graves, el papel se debilita tanto que la tinta puede difuminarse o desaparecer.

Cómo cuidar tus libros
Para prevenir estos problemas, lo más importante es ofrecer a los libros un ambiente estable: un lugar limpio, seco, sin luz solar directa y con buena ventilación. Procura evitar las estanterías cerca de ventanas o calefactores.

Al manipularlos, hazlo siempre con las manos limpias y secas. Evita usar clips metálicos, separadores o cinta adhesiva que puedan manchar las páginas. Al sacar un libro del estante, no tires de la parte superior del lomo: empuja suavemente los libros vecinos y sujétalo por el centro del lomo; considera que si el libro está apretado en la estantería no solo va a ser mucho más difícil sacarlo, sino que puede deformarse.

Si encuentras moho, manchas graves o papel muy frágil, lo mejor es no intentar repararlo en casa. Limpiar o “arreglar” los libros con productos caseros, secadoras o adhesivos suele empeorar el daño. En esos casos, es conveniente acudir a un profesional en conservación de libros, quien sabrá cómo tratar el problema sin poner en riesgo el material.

Cuidar un libro no solo consiste en preservar un objeto: se trata de proteger las historias, los recuerdos y el conocimiento que contiene. Con un poco de atención y los cuidados adecuados, los libros pueden seguir acompañándonos y ser compartidos con nuevas generaciones.


Letras, canto y memoria: la palabra también celebra a los muertos

Muerteada de Cuentos en el Museo de la Filatelia de Oaxaca. Fotografía: Eduardo González

En Oaxaca, el Día de Muertos es una de las celebraciones más entrañables y esperadas del año. En estas fechas las calles se visten con un velo mágico de colores vibrantes, flores de cempasúchil, aroma a copal, tapetes y música, abriendo un puente luminoso que conecta el mundo de los vivos y los muertos. Es tradicional que en estas fechas, como parte de la identidad cultural, se realicen rituales como la colocación de altares en conmemoración de quienes han partido— y se lleven a cabo comparsas y muerteadas.

En medio de esta riqueza de tradiciones, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, por medio del programa Seguimos Leyendo, se une en homenaje a la celebración del Día de los Fieles Difuntos con dos iniciativas culturales, donde la literatura, la lectura en voz alta, la narración oral y la música se entrelazan para rendir tributo a la vida y al recuerdo desde la palabra compartida. Ambas actividades forman parte de la línea de voluntariado creativo de Seguimos Leyendo, que promueve la lectura como una práctica viva, comunitaria y festiva.

La primera, “Ofrenda de palabras: Leyendas y música”, se realizó el pasado 29 de octubre en el Claustro del Centro Cultural San Pablo, al convocar a la comunidad lectora para fusionar la tradición y la lectura en un mismo altar simbólico, y así rendir homenaje a la palabra y a la memoria colectiva.

Fueron 24 personas quienes integraron el elenco: niños y lectores voluntarios dieron vida a leyendas, relatos y canciones que evocaron la presencia de quienes siguen habitando nuestra memoria. Los asistentes disfrutaron de la leyenda La flor de cempasúchil; la lectura musicalizada Las chinguiñas del perro, una adaptación del maestro Emilio Lome; y las canciones dedicadas a la calaverita de azúcar y a la Catrina, interpretadas por el coro Calacantos y músicos invitados (guitarrista, clarinetista y cantante).

Para cerrar, Evelina Macellari compartió el relato Por mucho que te escondas, de José Luis Trueba Lara, recordando que, por más que nos ocultemos, la muerte siempre nos va a encontrar sin importar dónde estemos, quiénes seamos o a qué nos dediquemos. El festejo concluyó con la entrega de reconocimientos a las y los lectores voluntarios. Así, al son de La Llorona, La Martiniana y el Dios nunca muere, cerramos con broche de oro esta “Ofrenda de palabras”, en la que no pudo faltar la compartencia de alimentos alusivos a las fechas: los tamales de mole y el atole.

En este mismo contexto, el 30 de octubre se celebró la tercera edición de la Muerteada de Cuentos en el Museo de la Filatelia de Oaxaca, con un elenco de 21 participantes. Por una tarde, en este recinto las letras y las canciones del escritor Emilio Lome llenaron el ambiente de color, ritmo y memoria. Entre risas, aplausos y melodías, la lectura en voz alta, la narración y el canto guiaron a los asistentes por un camino alegre donde la vida y la muerte dialogan sin temor, compartiendo el mismo escenario.

El evento comenzó con las notas del clarinete interpretando el Dios nunca muere, ese himno que enciende la nostalgia oaxaqueña y abre el corazón para el recuerdo. El talento de Tichaá, con su imaginación desbordante y su toque de picardía, llevó al público por el camino del humor con la historia Lo que le pasó al muerto, un relato que despertó carcajadas y complicidad entre grandes y pequeños. El coro Calacantos, acompañado de guitarra y clarinete, llenó el aire con cantos que invitaban al gozo, mientras las voces de los lectores voluntarios dieron vida a Las chinguiñas del perro. Cada palabra y cada acorde hicieron que la muerte se sintiera cercana, no como temible destino, sino como parte de la danza que une generaciones y memorias.

Al concluir las presentaciones, los asistentes fueron invitados a recorrer la instalación de Día de Muertos del Mufi. Entre flores, velas y sahumerios los creadores compartieron con el público los símbolos y elementos que dieron forma a su obra, explicando cómo cada pieza cuenta una historia.

La actividad cerró en un ambiente cálido, con chocolate y pan compartidos entre todos. La Muerteada de Cuentos volvió a recordarnos que la palabra, cuando se pronuncia en comunidad, tiene el poder de mantener viva la memoria, de reírse con la muerte y de celebrar que seguimos aquí, entre canciones, historias y el perfume del cempasúchil.


Cambio de mando en los Diablos Rojos

Consejo de Administración de los Diablos Rojos del México. Fotografías: Enrique Gutiérrez

Tras conseguir el bicampeonato en la Liga Mexicana de Beisbol, Othón Díaz Valenzuela concluyó una gestión de casi diez años como presidente ejecutivo de los Diablos Rojos del México.

Con una amplia lista de logros administrativos y operativos, el doctor Díaz cumplió su misión de ofrecer una experiencia de entretenimiento inolvidable en torno a un equipo profesional triunfador, cautivando a los aficionados y contribuyendo al crecimiento del beisbol en la Ciudad de México.

La supervisión de la construcción del Estadio Alfredo Harp Helú destaca entre sus mayores éxitos, sin olvidar que el reencuentro de la afición con el Rey de los Deportes comenzó cuando el equipo se instaló en el Estadio Fray Nano, precisamente al inicio de su gestión, que hoy concluye para atender asuntos familiares.

En su despedida, el Consejo de Administración del club escarlata reconoció el liderazgo de Othón Díaz, quien, además de desempeñarse como ejecutivo del equipo de beisbol, fue fundamental en la creación de las franquicias de baloncesto y softbol. También se recordó su paso por la Fundación Alfredo Harp Helú para el Deporte, experiencia que lo impulsó a llegar al club más exitoso del país.

El encargado de continuar la inercia ganadora de los Diablos Rojos del México es Jorge Del Valle Mohar, quien ya formaba parte de la organización ocupando un rol fundamental en el área deportiva, donde contribuyó a construir las bases que llevaron a la obtención de los dos más recientes gallardetes del equipo varonil y del representativo femenil.

El maestro Del Valle asume el cargo más alto del organigrama escarlata tras haberse integrado en 2015 como coordinador general del Estadio Fray Nano, puesto que dejó para integrarse al área deportiva, asumiendo la Dirección de la Academia de Beisbol Alfredo Harp Helú.

Sin dejar de encabezar la Academia, Jorge Del Valle asumió posteriormente la Gerencia de Desarrollo Deportivo de los Diablos Rojos del México y de los Guerreros de Oaxaca, hasta convertirse en presidente ejecutivo adjunto de los bicampeones a inicios de 2025.

Licenciado en Administración y Recreación del Deporte, Jorge del Valle se convierte en el primer presidente ejecutivo del club capitalino que alcanza el cargo tras desarrollar toda su trayectoria dentro de la organización, hecho que fue celebrado y destacado por don Alfredo Harp Helú y Santiago Harp Grañén, máximas figuras del Consejo de Administración de los Diablos Rojos.

Este cambio de mando cierra una etapa sobresaliente por haber establecido los cimientos de una organización ejemplar. En la nueva era, el reto será mantener y superar los logros alcanzados en la última década, encabezando metas claras y ambiciosas que impulsen a los Rojos del México hacia un firmamento que pocos clubes han alcanzado a nivel mundial.

Los mejores deseos para Othón Díaz y Jorge Del Valle, dos Diablos Rojos que han dejado huella.


Del timbre postal al cartel: Arte de calidad para todos

Firma de carteles por los artistas. Fotografías: Acervo del Museo de la FIlatelia de Oaxaca

En el Museo de la Filatelia de Oaxaca siempre hemos creído que el arte y el coleccionismo pueden dialogar de maneras insospechadas. “Del timbre postal al cartel” ha sido para nosotros un reto y, al mismo tiempo, un placer: un espacio en el que los timbres postales, esas pequeñas obras cargadas de historia, inspiran nuevas creaciones que cobran vida en formatos contemporáneos.

Cada mes, al invitar a un(a) artista, ilustrador(a) o diseñador(a) a dialogar con nuestro acervo, presenciamos cómo un detalle mínimo —un color, una forma, un símbolo— se transforma en una pieza gráfica que guarda algo del pasado, pero habla con la voz del presente. El proceso no solo enriquece al Museo, sino que genera un vínculo con el público, quien se convierte en parte activa de esta comunidad al llevarse a casa una pieza única y numerada.

La emoción de ver cómo, mes a mes, los carteles pasan de la mesa de impresión a las manos de quienes los reciben, firmados por sus autores, es una experiencia que refuerza nuestra convicción: el arte debe ser cercano, accesible y compartido.

Este ciclo, que inició el 9 de julio de 2025 y concluirá en junio de 2026, es también una manera de sembrar colecciones futuras. Las doce obras resultantes se reunirán en una exposición conmemorativa el 9 de julio de 2026, en el aniversario del MUFI, como un testimonio de lo que ocurre cuando los caminos del arte, la filatelia y la creatividad se cruzan. En el fondo, “Del timbre postal al cartel” es una invitación a mirar con otros ojos, a descubrir al timbre postal como un fragmento de historia y un detonador de imaginación colectiva.

En julio el primer artista invitado fue el maestro Darío Castillejos; para agosto convocamos al increíble artista emergente Dheache con su estilo psicodélico; en septiembre el Colectivo Subterráneos nos deleitó con su gráfica política-social de altísima calidad, y en octubre nos acompañó Molka, un artista que ha ido ganando lugar como un referente en la gráfica oaxaqueña.

¿Te gustaría obtener las obras que vienen? Síguenos en todas nuestras redes sociales para conocer las siguientes fechas de inscripción. Además, pronto anunciaremos a la gran artista invitada de noviembre para la obra número 5; ¡les va a encantar!


El tren que soñó Oaxaca

Carta del Ferrocarril Mexicano del Sur, 1910. Recorrido desde la ciudad de Puebla pasando por los distintos pueblos y ciudades hasta llegar a la de Oaxaca. Fotografía: Acervo del Museo Infantil de Oaxaca

Entre los siglos XIX y XX, México fue escenario de una transformación profunda: la construcción de líneas férreas que buscaban unificar su vasta extensión territorial, su población diseminada y su compleja orografía. En este contexto, el ferrocarril emergió no solo como una innovación tecnológica, sino como un símbolo de modernidad y desarrollo nacional.

Durante este periodo, el gobierno mexicano otorgó concesiones, incentivando subvenciones y franquicias que atrajeron inversiones, tanto nacionales como extranjeras. Así surgieron numerosas líneas —grandes y pequeñas— que conformaron el núcleo de la red ferroviaria nacional.

Estos primeros desarrollos ferroviarios se concentraron principalmente en el norte y centro del país, pero pronto surgió la necesidad de ampliar la red hacia el sur, con el objetivo de conectar a estados como Oaxaca y alcanzar la frontera con Guatemala. Fue hacia finales del siglo XIX cuando comenzaron los primeros intentos serios de integrar al sur de la república en esta red nacional de caminos de hierro.

El ferrocarril de Puebla a Tehuantepec
El primer esfuerzo formal por desarrollar el ferrocarril en Oaxaca se realizó en 1875, cuando el gobierno del estado obtuvo una concesión para su construcción. No obstante, esta caducó antes de que pudiera iniciarse el proyecto. En 1880, se otorgó una nueva concesión que contemplaba una línea directa entre Puebla y Oaxaca, así como una ruta hacia la costa del Pacífico. Esta fue transferida a una compañía estadounidense que emprendió trabajos de reconocimiento entre México, Puebla, Tehuacán, Oaxaca, Puerto Ángel y Salina Cruz, pasando por la Mixteca y zonas como Antón Lizardo y Quiotepec. Aunque los planos fueron aprobados, la concesión expiró, una vez más, sin concretarse la obra.

No fue sino hasta abril de 1886 cuando se otorgó una tercera concesión, esta vez al gobierno estatal de Oaxaca. En mayo de 1888, el proyecto fue adjudicado a la compañía inglesa Read & Campbell, que comenzó los trabajos de reconocimiento y trazo ese mismo año, iniciando los estudios de terracería en 1889.

Para 1891 ya se había completado el primer tramo entre Puebla y Tehuacán. La terracería hacia Oaxaca se encontraba avanzada en un 55 %, y la mampostería alcanzaba la capital del estado. Se proyectaba que para 1892 los 370 kilómetros entre Puebla y Oaxaca estarían completamente habilitados.

Retos topográficos
La construcción de la vía férrea hacia el estado de Oaxaca se enfrentó con enormes retos topográficos, pues la accidentada geografía hacía inviable un trazado directo.

El último tren de vía angosta entre Puebla y Oaxaca cruzando por el puente de San Pedrito. Ferronales, agosto 1952. Tomo XXII – Núm. 8.

Para integrar a Oaxaca dentro de la red ferroviaria, se consideraron tres rutas principales: la que finalmente se adoptó y se extiende de Puebla a Oaxaca; otra por la cañada del río Grande de Quiotepec, continuando por el río de las Vueltas hasta cruzar la cordillera hacia los Valles Centrales; y una tercera por las montañas ubicadas entre ambas cañadas, coincidente con el trazado del camino nacional. Esta última fue descartada por ser la más elevada y costosa de todas.

Los ingenieros encargados realizaron numerosos estudios para lograr el mejor aprovechamiento del terreno. El resultado fue un trazo audaz y técnicamente exigente, diseñado para sortear con eficiencia los obstáculos naturales de la región.

Un sueño con ambición
Las aspiraciones en torno al ferrocarril de Oaxaca eran ambiciosas. Lo que hoy conocemos como el Ferrocarril Mexicano del Sur fue considerado una de las obras más importantes del país, ya que fue concebido como una vía troncal que uniría a México con Guatemala a través de sus fronteras.

En torno a este proyecto se generaron altas expectativas económicas: debido a la amplia variedad de temperaturas y suelos del estado, se preveía el crecimiento de la exportación agrícola de algodón, café, cacao, caña de azúcar, tabaco, hule, vainilla, frutas y madera de tinte, de construcción y para trabajos de ebanistería, entre otros. En materia minera, se apostaba por la extracción de oro, hierro, plomo y estaño. La línea ferroviaria sería el vehículo de expansión de estos sectores hacia nuevos mercados.

Desde la óptica militar, el ferrocarril permitiría al gobierno movilizar rápidamente sus ejércitos hacia el sur en caso de conflicto fronterizo. Asimismo, se esperaba que, al concluir las obras del Ferrocarril del Istmo de Tehuantepec, las líneas se conectaran y Oaxaca adquiriera una posición estratégica en el comercio internacional, con un auge en las actividades portuarias en Salina Cruz y Puerto Ángel.

Finalmente, cuando la línea del Ferrocarril Mexicano del Sur entró en funcionamiento, cumplió con la promesa de conectar al estado con el resto de la república y aunque muchas de las proyecciones originales no se concretaron en el tiempo previsto, el impacto del proyecto ferroviario dejó huella en la memoria colectiva de Oaxaca, y representa uno de los capítulos más emblemáticos de su integración al México moderno.

El tren no solo fue una obra de ingeniería: fue también el reflejo de un país que buscaba construir su futuro.


Aquí, y en todo el mundo, se levanta el sol con todas sus heridas

Presentación del poemario Se levanta el sol con todas sus heridas en la Henestrosa. Fotografía: Acervo de la Biblioteca Henestrosa

La poesía de Moisés Villavicencio Barras desarma el discurso xenófobo desde lo emocional, lo cotidiano y lo ancestral. Nos recuerda que detrás de cada deportación hay un árbol arrancado, una lengua perdida, un hijo sin madre, un cuerpo marcado por el exilio.

La lectura del libro permite una reflexión crítica sobre las políticas migratorias, no solo las del presidente Donald Trump, sino las ejercidas por gobiernos de ultraderecha que han perseguido a los migrantes de países que ellos mismos han oprimido, colonizado o saqueado en el pasado —el caso más notable en este momento tal vez sea el exterminio de la población de Palestina a manos del Estado de Israel—; marcadas por el racismo institucional, la criminalización de migrantes y la separación de familias.

El autor, como cofundador de la revista literaria Cantera Verde, ya ha desempeñado un rol central en el fortalecimiento de la poesía en Oaxaca. Este libro reafirma su compromiso con una poesía que se planta frente al dolor de su tiempo, que escucha a los enfermos, a los migrantes, a los silenciados, a los locos, a los animales, a los niños.

Su obra nos recuerda que en la sociedad el poeta es un curador de la memoria comunitaria; un mediador entre el pasado y las urgencias contemporáneas; y, sobre todo, un sembrador de semillas en tiempos de sequía espiritual y social.

Villavicencio Barras escribe con una sensibilidad desgarrada por la separación, la distancia y la pérdida. En poemas como “Vuelo de regreso a casa” o “Reacción”, el tema de la migración aparece como movimiento físico y fractura del yo: el migrante es un ser en tránsito constante, desarraigado, con zapatos que “caminan, hambrientos” o que “patean puertas” como un “caballo enfermo de sí mismo”.

En esta obra, el poeta logra conjugar dos fuerzas que rara vez conviven con equilibrio: lo espiritual y lo concreto. Es una poesía que no aspira al efectismo emocional o al sentimentalismo; es, por el contrario, una poesía que convierte lo cotidiano en símbolo, sin despojarlo de su carne.

En el poema “Luz”, la pérdida del primer idioma —la lengua originaria o materna— se vuelve emblema del despojo identitario al que muchos migrantes son sometidos. La imposibilidad de transmitir una palabra sagrada, que “no representa ningún objeto”, subraya cómo la migración no solo arranca a las personas de sus tierras, sino también de sus signos, sus nombres y sus raíces.

Lo notable es que sin necesidad de proclamarse “literatura regional”, cada poema lleva impreso el ADN de Oaxaca: su lenguaje visual, su herencia oral, su cosmovisión que vincula a los vivos con los muertos, al pan con la sangre, o al perro con el trueno. Sin embargo, esta raíz nunca deviene localismo. Por el contrario, lo oaxaqueño se vuelve aquí emblema universal: los padres, los hermanos, los animales, el barro, las lluvias, los objetos mínimos, son portadores de una ética poética que resiste al desarraigo desde la ternura.

A pesar del dolor, la voz poética nunca se rinde. Hay una pulsión de vida que insiste, como el sol que “se levanta cada día / con todas sus heridas”.

Las imágenes poéticas son profundamente físicas y terrenales: raíces, alas de libélula, barro, polvo, pan, hojas, veneno, mar. Estas metáforas no ornamentan, sino que permiten sentir. Conectan al lector con un universo sensorial que dialoga con la cosmogonía mesoamericana, la vida campesina y la memoria oaxaqueña.

Aunque muchos poemas remiten a experiencias íntimas (la muerte de una mascota, la relación con el padre, la infancia), el yo poético siempre se abre hacia lo universal. Se siente una vocación ética: el poeta no escribe únicamente para sí, sino para todos los que “siguen caminando, como árboles sin raíces en el mundo”.

Desde la disposición gráfica de los textos hasta la elección de tipografía, márgenes y espaciados, la edición de Finishing Line Press demuestra un respeto por la respiración del poema. El diseño es limpio, sin adornos ni interferencias, lo cual permite que cada poema se despliegue en su ritmo propio, como si el lector estuviera frente a una página manuscrita por la memoria misma.

Se levanta el sol con todas sus heridas es un libro que canta con una voz firme y compasiva. En un mundo cruzado por migraciones, pandemias, pérdidas y fronteras —visibles e invisibles—, este libro es un lugar de sosiego en la oscuridad. En sus páginas, la poesía cumple uno de sus más altos deberes: recordarnos la dignidad del dolor, la belleza de lo quebrado, y la posibilidad —aunque sea tenue— de volver a casa.

Carece de exhibicionismo poético. Su fuerza reside en lo contenido, no en lo explícito. Cada imagen está destilada. Nada sobra. Sabe dialogar con el dolor sin caer en la catarsis fácil. Hay sufrimiento, pero no hay dramatismo. Hay compasión, pero no autoindulgencia.

Es un libro que se sostiene en el tiempo. No necesita de coyunturas políticas ni de tendencias estéticas para reclamar su lugar. Es un libro que uno puede volver a leer diez años después y seguirá hablando de lo esencial: la herida, el viaje, la luz.


Legado Alcalá en la Facultad de Bellas Artes de Oaxaca

Dedicado a Beatriz la Chatita Natera†, entrañable bibliotecaria de la Facultad de Bellas Artes de la UABJO.

Retratos de José y Macedonio Alcalá

El trabajo de organización del archivo musical de la Facultad de Bellas Artes de la UABJO nos permitirá conocer un conjunto de obras musicales de una infinidad de compositores. Algunas obras donadas por maestros aún conservan sus improntas, entre las cuales podemos reconocer la firma de la familia Alcalá.

En el archivo del Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca —el antecedente institucional de la UABJO—, que se resguarda en la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa, existe un expediente de 1953 en la Sección Gobierno, Serie Dirección General, Subserie Informes, integrado por 36 fojas, 9 fotografías, 4 cuerdas para violín y 3 puentes de madera, metal y plástico. La documentación aparece bajo el siguiente nombre: “Donación de violín y piezas musicales de José Alcalá”.

Una de las fojas habla de una donación de libros y partituras realizada por Esperanza Alcalá, nieta de Macedonio Alcalá, a la escuela de Bellas Artes y a la Banda del Estado de Oaxaca. Tal como ella declara:

Me es muy grato cumplir con todo cariño para mi inolvidable y querida tierra natal, así como para este glorioso plantel […] en el que abrevaron sus conocimientos mi Sr. Padre, el maestro don José Alcalá, y mi inolvidable hermano, don José Joaquín Alcalá […].1

La dirección de la universidad tiene a su resguardo los violines de más de cien años de antigüedad. De los 18 lotes de obras donadas que reúnen un selecto número de composiciones inéditas de los maestros Macedonio, Bernabé, Nabor y José Alcalá podemos mencionar: Mazurka y Los Autómatas por Bernabé Alcalá; Marcha Porfirio Díaz y Sones del Istmo por José Alcalá. De hecho, en un trabajo archivístico anterior las obras compuestas por la familia se separaron en 3 cajas.

Violines en resguardo por la UABJO. Fotografías: Acervo de Adabi Oaxaca

Se identificaron copias hechas a mano, de las cuales la mayor parte no cuenta con fecha de creación. Es conocido que “el tío Macedas” era muy dado y virtuoso en la improvisación sin transcribir después al papel, es por eso que la obra escrita de Maceodnio Alcalá se cuida con recelo para la cultura y las artes de Oaxaca: la dirección
de la Facultad conserva en resguardo aparte dos de sus obras, Vals dedicado al señor Roberto Maqueo y Danza.

Como parte de la memoria institucional y herencia cultural a los estudiantes de la Facultad de Bellas Artes se debe procurar la preservación en buen estado de estos documentos, así como garantizar el acceso a los recursos bibliográficos como plataforma de difusión, promoción, desarrollo, colaboración y aprendizaje artístico entre estudiantes, músicos, investigadores y público interesado para sostener la
identidad musical en Oaxaca.

1 Correspondencia entre Esperanza Alcalá, Lic. Ignacio Castro Mantecón (director del Instituto Autónomo de Ciencias y Artes de Oaxaca), Prof. Diego Innes (docente del Instituto y director de la Banda del Estado), y el gobernador del estado.


Por eso…

Persona leyendo en una de las salas de la Librería Grañén Porrúa. Fotografía: Acervo de la Librería Grañén Porrúa

En una de las últimas reseñas que dejaron en nuestro perfil de Google, acompañado de un espléndido “5 estrellas”, escribieron que tenemos un maravilloso espacio dedicado a los juegos de mesa, una exquisita selección musical y un personal de lo más lindo, atento y servicial. Nótese que a esto último no le agregué las cursivas porque sería ponerlo en entredicho, y para nada lo está.

Agradecemos que quienes nos visitan se tomen el tiempo para hablar de su experiencia en la librería. Aún más, se agradece que hoy día se den un momento para visitar una librería, sea esta o la de una calle abajo, o la de dos calles arriba. Se agradece el gesto de cruzar la puerta con curiosidad, sin saber qué se va a encontrar, o a qué se entra, en realidad: ¿es esta una biblioteca? ¿Puedo sentarme tres horas a leer el libro y luego dejarlo en su sitio e irme en paz? ¿Puedo entrar con mi café y dar la vuelta admirando los pasillos con una iluminación imposible (a veces bien, no siempre mal)?

No nos cansaremos de ver entrar en invencible carrera a pequeñas que huyen de sus papás, y luego a los papás que las persiguen a carcajadas, pues ya se han instalado en el tambor a leer con pasión todo lo que esté a su alcance y que puedan jalar ellas mismas.

Tampoco serán suficientes los tíos y las abuelas que, felices mecenas, dicen a sus cachorros: “Vamos, escojan lo que quieran leer, esta vez pago yo, ya les tocará a ustedes invitarme luego”: duren, en verdad, y contagien ese espíritu a las personas cercanas.

Este año ha sucedido, como tantos, atizado con maltrato, angustia, quiebre, violencia, sí, tristemente; pero también con ternura, aprendizajes, amor, amaneceres frescos y luminosos que nos hacen pensar que todo esto que hacemos —compartir libros, organizar conciertos, prestar oídos y hombros, inaugurar exposiciones— valdrá la pena. Por eso seguimos.

Juegos de mesa en la sala infantil de la Librería. Fotografía: Acervo de la Librería Grañén Porrúa

Es por ello que, aunque sucedan cien cosas tras bambalinas, dejamos los juegos de mesa en el tambor, para que las chavitas que no entran a clases —porque no están de humor para entrar a la clase de cálculo— vengan a jugar gato, o conecta cuatro, y se tuerzan de la risa y resuene toda la Librería. Por eso ponemos flores lindas cada que podemos, para que te tomes una selfie, para que mandes una recomendación, para que presumas que nos visitaste, o nada más para que te recuerdes que también los espacios de libros son jardines. Por eso ponemos en aleatorio la lista de música, para que cuando estés en la Sala Azul (o Juvenil, o de Clásicos, llámala como quieras) y escuches una cumbia, muevas los hombros y agarres de la cadera a tu acompañante y hagan como que están en una pista de baile. Por eso, aunque Juanito, don Paco, Rolando, Alex, Monse, Cristhian o Jess, estén un poco tristes, tal vez angustiados, o quizá con la vida atravesándoles el cogote, sin duda subirán al mesanín por el libro sobre marxismo, o se treparán a la escalera para bajar La Odisea, o abrirán alegremente dos, tres o cuatro ejemplares hasta que encuentres el libro de recetas saludables que quieres obsequiar.

Este año la Librería Grañén Porrúa cumplió veintiséis años. ¿Se imaginan cómo sería si fuera una muchacha? Inteligente, graciosa, estridente, llena de datos curiosos para compartir con quien quiera escucharla; o un muchacho al que le gusta andar descalzo por la casa, o recogiendo flores en la calle e inventando historias sobre el espacio. Veintiséis años en el corazón de esta ciudad, aguardando a que la descubran con sus pisos de colores, con sus estantes de cedro.

Por eso, por permitirnos estar este tiempo recomendándoles títulos, organizando mesas de poesía, círculos de lectura, ofreciendo los libros de editoriales independientes o emergentes; por dejarnos formar parte de sus lugares favoritos, por tener esa tarjetita de cliente preferencial: ¡Gracias! Es por ustedes, lectoras, lectores, que esta librería sigue viva.


Huaxyácac: Un nombre que florece

Vainas del árbol de guaje. Fotografía: Acervo de Comunicación FAHHO

Por más comunes y estáticos que los nombres llegan a sonar en nuestra lengua, cuando nos detenemos a masticarlos, a rumiarlos, hay algo que los torna especialmente curiosos, porque los nombres, como los árboles y las plantas, tienen raíces. Y eso es precisamente lo que sostiene el nombre de Oaxaca, unas raíces, mejor dicho, un árbol entero, de raíz a copa. Huaxyácac1 —el cual también aparece en las fuentes más antiguas como huaxacac2 o vaxcac3 — es el topónimo náhuatl presente en el escudo de armas del estado— que dio origen al nombre “Oaxaca”: está formado por huaxin, que nombra al árbol del huaje, y yacatl, que refiere al punto más alto o la cima de algún lugar, o xayacatl, que alude al rostro.4 En conjunto, este topónimo se ha interpretado como “la cima o loma de los huajes”, comúnmente y quizás de manera muy literal se ha traducido también como “en la nariz de los huajes”, donde “nariz” hace referencia al punto más alto del rostro de una persona —quizás acostada al modo de un cerro— para aludir a un accidente geográfico.

En consecuencia, pensar que como oaxaqueños nos encontramos profundamente ligados a los árboles no solo resulta poético, sino que se trata de una idea que la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca ha convertido en una de las acciones más constantes que impulsa la Coordinación de Medio Ambiente: la donación de árboles.

Pese a que el árbol de guaje (Leucaena leucocephala) no es la única especie contemplada en las donaciones de la FAHHO, nos permite observar la importancia de la donación y siembra de árboles nativos. En Oaxaca existen varias especies del género Leucaena, entre ellas L. esculenta, L. diversifolia y L. pallida, que podrían considerarse cuasiendémicas de ciertas zonas del estado.

Además de aportar sombra, se trata de una especie fijadora de nitrógeno que permite mejorar la fertilidad del suelo. Asimismo, sus semillas son comestibles y poseen un alto valor nutricional e incluso medicinal como desparasitante. Pueden consumirse crudas, cocidas, molidas o tostadas en varias recetas de la cocina tradicional oaxaqueña. En este sentido, su carácter como símbolo vegetal de Oaxaca no solo consiste en un vínculo etimológico, sino en el valor nutricional y funcional de las semillas, así como en sus servicios ambientales.

La etimología que encierra el nombre de Oaxaca tiene su origen en una realidad hoy inexistente, pues el nombre no haría sino señalar la abundante presencia del guaje en el paisaje semiárido de los Valles Centrales, que hoy ya no es el mismo. Así, la donación de esta especie apuesta por reconectar, desde las raíces, a los oaxaqueños con el guaje para preservar la biodiversidad de esta tierra.

1 Wired Humanities Project, “Huaxyacac”, Nahuatl Dictionary, University of Oregon, s. f., https://nahuatl.wired-humanities.org/content/huaxyacac.

2 Domingo de San Antón Muñón Chimalpahin Quauhtlehuanitzin, Annals of His Time, ed. y trad. James Lockhart, Susan Schroeder y Doris Namala (Stanford: Stanford University Press, 2006), 282–283.

3 Beyond the Codices, eds. Arthur J.O. Anderson, Frances Berdan, and James Lockhart (Los Angeles: UCLA Latin American Center, 1976), Doc. 29, 182–183.

4 Wood, Stephanie. “Huaxyacac (Mdz17v)”. Visual Lexicon of Aztec Hieroglyphs. Wired Humanities Project. https://aztecglyphs.wired-humanities.org/content/huaxyacac-mdz17v


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