La sesión del DILEVANO con Claudio Ledesma en el CCSP. Fotografías: Acervo de Seguimos Leyendo
Los programas formativos de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca siguen creciendo y dando nuevos frutos. Tal es el caso del nuevo Diplomado Internacional de Lectura en Voz Alta y Narración Oral (DILEVANO) 25-26 con especialistas narradores de España, Cuba, Colombia, Argentina, México y Oaxaca. Cada sábado 30 participantes —entre lectores voluntarios del Programa Seguimos Leyendo y colaboradores de diferentes filiales de la FAHHO— reciben las sesiones presenciales y en línea. El sueño: convertirse en narradores orales para acercar la literatura infantil y juvenil, así como las recopilaciones de la tradición oral, a todos los públicos, desde primera infancia hasta adultos mayores.
El programa de educación continua cuenta con la acreditación de la Universidad La Salle Oaxaca. Y gracias a este gran equipo de especialistas en formación se está cociendo el guisado con pócimas y polvos mágicos hacia el Primer Festival de la Palabra Viva FAHHO.
Gracias a su participación en un encuentro internacional realizado en nuestro país, tuvimos la fortuna de contar con la presencia de Claudio Ledesma en Oaxaca, especialista argentino que forma parte del equipo docente del DILEVANO. Aprovechando su visita, le pedí un mensaje para compartir con todos los lectores del Boletín FAHHO:
1ª Edición del Diplomado Internacional en Lectura en Voz Alta y Narración Oral, “El Arte de la Palabra Viva I”
Hay lugares donde uno va a enseñar y otros donde uno va, sencillamente, a dejarse encantar. Y así fue mi travesía por Oaxaca, esa tierra donde la palabra parece brotar como el maíz: firme, dorada y dispuesta a hacerse tortilla, cuento o canto.
Tuve el honor —y también la deliciosa responsabilidad— de impartir clases a un grupo maravilloso. Un grupo que podría llamarse “selecto”, pero prefiero decir: un grupo con alma, formado por lectores voluntarios, coordinadores y el talentoso equipo de la FAHHO, que, además de trabajar con pasión, tienen la finura de la gente que sabe escuchar no solo lo que se dice, sino lo que tiembla detrás de cada palabra. Son lectores que no leen por obligación, sino porque sienten que un libro es algo así como una segunda respiración.
Gracias, Socorro Bennets, por abrirme la puerta a esta primera edición del diplomado, que seguramente será la primera de muchas constelaciones por venir. Y gracias infinitas, Nidia Girón Cruz, por tu ojo atento, tu oído fino y tu radar ultrasónico que detecta cuando falta un cable, un texto o un café.
Lo que viví en cada sesión fue más que un diplomado: fue un tejido de voces, un coro de presencias, un laboratorio donde la palabra dejaba de ser tinta para convertirse en carne, viento y emoción.
Y ahora, un secreto que no puedo callar: en Oaxaca se disfruta mucho…, y se come todavía mejor. Porque aquí uno llega a compartir historias, pero termina narrando también la aventura del mole, la épica del tasajo y el poema existencial de un buen chocolate caliente.
Entre palabra y palabra, uno entiende por qué la narración oral se llama palabra viva: aquí la palabra late, canta, brinca, se ríe de sí misma y te abraza por sorpresa.
“De los hígados de algunos animales”, Acerca de la materia medicinal. Fotografías: Acervo Biblioteca Burgoa
Dentro del acervo que resguarda la Biblioteca Francisco de Burgoa se encuentran varias ediciones de la obra de Pedacio Dioscórides, médico, farmacólogo y botánico del siglo I d. C., cuyas descripciones de remedios medicinales basados en plantas y animales tuvieron una influencia perdurable a lo largo de los siglos.
Dioscórides nació en Anazarbo, en Cilicia, cerca de Tarso —en la actual Turquía—. Se dice que estudió en Tarso durante su juventud y que ejerció como médico cirujano en las tropas romanas durante el reinado de Nerón. Esta labor le permitió viajar a distintas regiones del imperio, donde pudo observar la diversidad vegetal y aprender sobre sus usos medicinales. Desde los primeros siglos de nuestra era hasta la actualidad, el estudio de la botánica y la herbolaria ha sido fundamental para la medicina; la obra de Dioscórides es uno de los pilares de esta tradición.
Fruto de sus observaciones y experiencias, Dioscórides redactó su tratado La materia médica (De materia medica en latín), en el que describió el uso terapéutico de plantas y sustancias de origen animal. A lo largo de sus volúmenes se encuentran grabados de especies vegetales y animales acompañados de explicaciones sobre sus propiedades, desde las plantas más comunes hasta otras poco conocidas o de difícil acceso. Entre los remedios de origen animal menciona, por ejemplo, lagartijas, ratones y productos derivados de la leche.
La Biblioteca Burgoa conserva no solo un ejemplar, sino tres ediciones de Acerca de la materia medicinal, cada una salida de distinta prensa. Destaca la versión titulada Acerca de la materia medicinal, y de los venenos mortíferos (1695), una traducción del griego al castellano. También se resguarda una edición de 1733 impresa por Francisco Suárez de Ribera, dividida en dos tomos ilustrados con diversas plantas y acompañados por anotaciones tanto de Suárez como de Andrés Laguna. Finalmente, la más antigua, una edición latina de 1558 que incorpora ilustraciones realizadas por Leonhard Fuchs.
Estas obras comparten características que revelan su historia bibliográfica: presentan anotaciones manuscritas en portadas y márgenes, así como marcas de fuego de la orden dominica, testimonio de su paso por antiguas bibliotecas conventuales.
La coexistencia de varias ediciones de Dioscórides en la Biblioteca Burgoa permite observar la continuidad y la vigencia de su legado. Sus aportaciones a la medicina perduraron a través de los siglos, cuando los remedios basados en la naturaleza constituían el principal recurso terapéutico disponible.
Los lectores y estudiosos de distintas épocas recurrieron a los escritos de Dioscórides para enfrentar enfermedades y padecimientos, asegurando así la transmisión de su conocimiento hasta nuestros días.
La ciudad prometía diversiones para cada una de las personas con las que viajaría en esta ocasión. He de decir que de un tiempo a la fecha no soy la más fanática de los viajes familiares, pero con los padres recién jubilados y la hermana de vuelta de Colombia, negarme a esta salida hubiera sido un sacrilegio. La incipiente emoción me recordó dos viajes que hicimos a Juquila en la camioneta vieja del abuelo: ya sabíamos a dónde íbamos, y conocíamos todos los malestares del viaje de diez horas…, pero es que la Sierra, y las nubes, y el frío, la música, las risas: “¡Vamos, Camila!”, me animé, “es Oaxaca”.
Les cuento: pertenezco a una familia chilanga católica de clase media, donde chilanga quiere decir “de abuelos maternos originarios de un sitio de esta patria y abuelos paternos de otro, y asentada desde hace dos generaciones en la Vieja Ciudad de Hierro”. Así que estos éramos. Y en esta ocasión tocó visitar a la familia de mi madre acá, por eso vinimos. Mi cabeza no tardó en tejer el Vine a Oaxaca porque me dijeron que aquí vivía mi abuela, una tal doña Gloria. Mi madre me lo dijo…. Perdón, pero me encanta jugar a que soy los libros que he leído. Aunque seguro eso ya lo dijo alguien más, en fin.
Les decía: todos veníamos en una cruzada particular. Mamá buscaba el mejor par de huaraches de esos peludos; papá estaba de catador de mezcal (él es abstemio, entonces, qué diablos); mi hermana mayor quería llevarse huipiles para vender a sus compañeras de trabajo en Medellín (“Clásica oaxaquita”, pensé, y me reía de ella en secreto). ¿Y yo? Yo haría un tour de librerías, sí señor. Lo que me trajo hasta acá, a la Grañén Porrúa.
De entrada, no, no es La Porrúa. O sea, el apellido es el mismo, pero la librería es otra, completamente diferente a lo que conocía de la Ciudad de México. Esta tiene otro encanto, totalmente otro aroma. Probablemente sea el clima que entra de golpe por las ventanas de la primera sala, o la música —que no sabes si la puso tu mamá o tu hermana menor (y eso que yo soy la hermana menor)—, o la selección de libros —bastante independiente para una librería comercial y nada predecible para una librería de nicho—. No fue la primera librería que visité, primero busqué alguna de viejo. Por la reputación de la calle Donceles en Ciudad de México, quería saber qué de ahí había aquí, o mejor dicho, qué de aquí había aquí. He visitado librerías de viejo en cada sitio al que he tenido oportunidad de ir y debo decir que todas guardan su propia peculiaridad. Así que quería descubrir qué de Oaxaca había en los libros usados. De esas quizás hable luego, ahora me interesa esta, desde donde escribo este documento.
No hizo falta mucho tiempo para ver llena la tienda, quizás llegué en la hora pico de clientes, o estamos en su temporada alta (creo que es lo segundo; mucho turista mirando con las manos en la espalda y con un “Wow” pa’ tirar everywhere). Me gusta ver cómo confluye de todo en las librerías: estudiantes, mamás con sus hijas, tíos que andan buscando el libro escolar del sobrino, maestros de primaria buscando la próxima lectura para la clase; alguno que otro loquito preguntando por la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos (necesito una explicación real para esa búsqueda). Y me encanta cómo se conjuga el caos de las personas con la música, el aroma a cedro que se queda en las manos, el olor a café que viene del local de al lado, y los susurros de todos los títulos que aguardan aquí. También debo decir que el mesanín es un precioso detalle del lugar, digno no solo de foto, sino de subir y revisar qué tanto tienen arriba.
Convencí a todo el mundo de entrar a la Librería y estar y aguardar un rato conmigo. Más porque ya habíamos ido a buscar huaraches (y todos nos probamos al menos dos pares) y a catar mezcales (sí, salimos todos flamas). Solo faltaban mi tour y el de mi hermana (la neni colombiana): el mío va de maravilla, y el otro probablemente lo hagamos en estos días que restan. No quería dejar de comentar que hoy una persona lee esta librería, en esta librería y por esta librería. Y eso está bien. La verdad es que nada de páramos aquí, estoy en una librería que vive y suena.
Papel de algodón, madera y washi-kozo. Fotografías: Acervo del Taller de Restauración Documental
En el imaginario común solemos pensar que todo lo “antiguo” es frágil. Pero cuando hablamos de papel, ocurre algo sorprendente: muchos libros de hace dos o tres siglos se conservan en mejores condiciones que otros impresos hace apenas 70 años. Esta paradoja tiene una explicación clara: el tipo de fibras con las que se fabricaba el papel antiguo y los procesos artesanales que lo hacían resistente por naturaleza.
Cuando el papel venía de la ropa: las fibras nobles Desde la Edad Media y hasta el siglo XIX, en gran parte de Europa y América el papel se fabricó casi exclusivamente con trapos de lino y algodón. La materia prima provenía de ropa vieja: camisas, manteles, sábanas y textiles domésticos sin pigmentar que ya no podían remendarse.
Estos trapos se sometían a un proceso llamado pudrición controlada, donde se dejaban fermentar ligeramente en agua para ablandar las fibras. Lejos de ser un procedimiento sucio o improvisado, era una técnica bien establecida que facilitaba el desmenuzado del tejido sin dañarlo. Luego, los trapos se batían con martinetes movidos por agua en un molino papelero hasta obtener una pasta homogénea, fuerte y flexible.
Después venía la formación manual: el papelero sumergía un molde con malla metálica dentro de la tina, la sacudía para entrelazar las fibras y formaba una hoja. Tras prensarse y secarse al aire, se obtenía un papel notablemente resistente.
¿Por qué esos papeles duran tanto?
Las fibras de lino y algodón son largas, puras y químicamente estables.
No contienen lignina, un componente que acelera el deterioro.
El proceso artesanal generaba papeles con pH neutro, lo que evita la acidificación interna.
Por eso, muchos papeles del siglo XVIII permanecen aún flexibles, blancos y estables, incluso cuando las tintas de hierro ya muestran signos de oxidación.
Cuando el papel empezó a venir de árboles: rapidez vs. permanencia A mediados del siglo XIX la demanda de papel se disparó y los trapos se volvieron insuficientes. La industria adoptó entonces la madera como fuente principal de celulosa. Aunque eficiente, la madera contiene lignina, un componente que, al oxidarse, genera compuestos ácidos que deterioran la celulosa.
Los procesos químicos utilizados no eliminaban por completo la lignina. A esto se sumó otro cambio: la fabricación industrial utilizaba sustancias ácidas y agentes blanqueadores que dejaban el papel con un pH bajo. Esto hizo que, con el tiempo, el papel moderno se volviera más frágil. Por eso los periódicos del siglo XX se vuelven amarillentos, quebradizos y casi imposibles de manipular sin que se deshagan entre los dedos.
Soluciones actuales Hacia finales del siglo XX, archivistas y conservadores documentaron ampliamente los problemas de deterioro asociados al papel industrial. En respuesta, la industria desarrolló papeles libres de ácido y lignina, adecuados para materiales que requieren larga permanencia. Hoy se elaboran con algodón, mezclas especiales o celulosa purificada y suelen incluir tampones alcalinos, lo que los hace ideales para guardas, cajas y otros materiales de conservación.
En restauración, el papel japonés (washi) sigue siendo indispensable. Sus variedades tradicionales hechas artesanalmente con fibras largas de kozo, gampi o mitsumata— son naturalmente estables y prácticamente libres de ácido. Su proceso de producción, que incluye hervir y limpiar las fibras, mezclarlas con mucílago vegetal (neri) y formar las hojas en moldes de madera o bambú, da como resultado un papel resistente y flexible, perfecto para injertos, refuerzos y reparaciones delicadas en libros.
Por todo esto, el contraste entre el papel antiguo y el moderno se vuelve evidente: mientras el papel de trapo surgió de un oficio paciente y cuidadoso, el papel industrial nació de la urgencia por producir más en menos tiempo. Esa búsqueda de velocidad sacrificó la permanencia. Entender esta diferencia nos permite apreciar la riqueza material de los libros antiguos y comprender por qué muchos siguen vivos, flexibles y luminosos, incluso después de varios siglos.
El proceso de escritura en el Taller de escritura creativa de la FAHHO Itinerante
La capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don”, sentencia Flannery O´Connor en su famosa y reveladora conferencia sobre el arte del cuento. No intentaré defender lo contrario pues, para mi desgracia, es lo que inevitablemente trazará el camino de una larga condena. La pregunta martilleante de “¿debo yo escribir?” será respondida en “la hora más callada de la noche”, y sospecho que, en un taller literario, tantas voces y el bullicio eufórico enmudecen la verdadera voz creativa, la confunden.
En un taller de escritura, el primer atino es la lectura y relectura de maestros del género (y el mismísimo desatino es la reescritura). En ese lienzo tan dadivoso surgen las preguntas, la incomodidad, el sobresalto. Lo cotidiano nos revela su horror. La lectura no solo desprende nuestra ternura, también nos demuestra qué tanto de oscuridad pervive en nosotros. La lectura a veces funciona como un espejo de la verdad. Basta de cursilerías.
Si de pronto alguien se levanta y con efusividad comienza a compartir una escena que cala su espíritu, que siente algo más que solo palabras, que parece ser atravesado por una hacha. Pausa. Y es en ese “hubiera” cuando sucede lo creativo; es entonces cuando podemos comenzar a mapear nuevos terrenos.
En estas cartografías de jóvenes interesados en la escritura noto la peculiaridad de una resistencia a los arrebatos irracionales, a la obscenidad beligerante, ¿será acaso una forma de manifestarse contra la absurdidad y exceso de nuestros días? En sus procesos de escritura revelan empatía con personajes inexistentes y me atrevería a decir que se arriesgan a buscar un final justo, un imperativo que los hace detestar cualquier movimiento violento. ¿Cómo podría revelarme ante ese ideal?
En este breve recorrido no hubo “recetas”, “fórmulas mágicas”, ni otro tipo de corrupciones que hay por montones a todas horas y en todas partes, solo nosotros con el silencio, el oído atento, el ojo divino prestado por las tinieblas y el resplandor. El secreto de la escritura permanece. Cada quien lo encontrará a su medida. Es una apuesta.
En las sobrecogedoras cartas que Rainer Maria Rilke escribe a esos jóvenes poetas, nos arroja al centro de nosotros mismos:
Usted pregunta si sus versos son buenos… está usted mirando hacia afuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… no hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuera permitido escribir.
¿Cuántos de estos novicios arriesgarán su vida por la literatura, el arte y la escritura? Sí, será un riesgo:
“Me llamo Emily. No sé porque mis padres no me llamaron Emilia. La mayor parte del tiempo me pierdo en los escenarios de mediodía y aprovecho para asolearme como una iguana. Busco en los archivos de la memoria historias de las personas que conozco, a las mascotas de mi abuela (ellos no lo saben, pero están viviendo una novela en mi imaginación)”.
“Jocelyn G. Nací a la orilla de la costa de Oaxaca. Me crié entre montañas y aprendí el lenguaje del viento. Retrato a las personas porque me gusta representarme en ellas. La fotografía encarna lo que me importa, lo que cuestiono y, a veces, mis mayores miedos. Transformar la luz, perfecta en su sola existencia, es un reto continuo, suave, duro, tenue… La vida me pesa de tanto en tanto, durante el día siento que me desvanezco entre el aire. Durante la noche me transformo, me desdoblo y dejo fluir la energía”.
“He vivido en multitud desde que tengo memoria. ¿Qué soy cuando no hay nadie? Al anochecer, cada madrugada el silencio ha sido tortura. Me hice consciente de mi soledad. Nací tarde, pero oportuno para vivir el fin del mundo. Mi nombre es César Barroso. Nací en Oaxaca, he crecido y vivido aquí por poco más de veinte años. Mi cuento habla de las inquietudes que de niño no supe poner en palabras y que me avergonzaban”.
“Nací en un día rebelde hace 18 años. Me llamo Aline Stefany, un nombre distinguido. Me gusta recorrerlo y pensar en descubrir lo que tiene para mí. Observo con la mirada curiosa alrededor. Alzo la vista y me topo con un zarcillo: verde, enredado, delgado. Inusual. Me transporta a mi infancia, en esos días donde jugaba a la ʻcomiditaʼ y eso era suficiente para ser feliz”.
“Donaldo Rivera Lezama. Tengo un vaso que miro y me mira. Veo en él mi vida: contorno oscuro y transparente. Diez curvas forman la silueta de una flor, pero también forman el espiral de mi vida”.
“Manuel escribe a contracorriente. Un fragmento: El hombre era alto y anguloso, con el rostro surcado por arrugas que parecían líneas de un destino mal trazado. Su piel pálida tenía la textura del papel antiguo, como si él mismo formara parte del archivo polvoriento del edificio. Una sonrisa torcida adornaba su semblante, una que no transmitía alegría, sino algo más afilado, más perverso. —Sabes cómo tratan a los judíos, ¿verdad?— El niño intentó sostenerle la mirada. Su corazón latía con la fuerza de quien enfrenta una tormenta sin refugio”.
La belleza que guarda una biblioteca que fue cuidadosamente construida (en términos librescos, no precisamente de arquitectura) podemos observarla al hacernos la pregunta: ¿Sobre qué tema leeré el día de hoy? Por supuesto, si eres el dueño o el bibliotecario te sabes a santo y seña la clasificación temática de los libros, cuántos de cada materia tienes en tus estantes, cuáles requieren atención para una restauración, si algunos tienen dedicatorias, si se cuenta con más de un ejemplar de un mismo título, e incluso los distintos tamaños de esos objetos y el por qué deben guardarse de tal o cual manera. Sin embargo, una aficionada a la lectura como yo, que desconoce todos esos datos, prefiere dejarse sorprender primero por lo que ve en cada librero, y después por la cubierta y el contenido de cualquier libro que tome al azar. Así fue como llegué, queridos lectores, a esta nueva joya bibliográfica (nueva para mí, pero que lleva en esta biblioteca seguramente más tiempo de lo que yo tengo en este mundo) que, de hecho, no se encontraba a la vista, ya que se trata de un ejemplar de gran tamaño —48 cm de largo por 35 de ancho— y esos suelen estar en un espacio diferente a los de tamaño estándar, para protegerlos, todos bien ordenaditos, cuidando que ni una sola de sus esquinas se lastime.
Entre las obras de gran formato que forman parte del acervo de la Biblioteca José Lorenzo Cossío y Cosío, en Adabi, se encuentra esta de curiosa procedencia: un ejemplar que reúne una colección de 16 pinturas de paisaje hechas por el artista Hwang PingHoong (1864-1955), un reconocido pintor, calígrafo e historiador del arte chino. La edición de este bello álbum, publicado por la editorial Shanghai People’s Fine Arts Publishing House en 1955, fue posible gracias al trabajo del artista y editor chino Lai Sao-Chi, quien elaboró el prefacio presentado en chino, inglés y ruso. Para poder consultarlo me permitieron usar la gran mesa que tiene la biblioteca, siempre cuidando el ejemplar, por lo que me puse unos guantes y, para lograr hojearlo, usé ambas manos: cuidadosamente tomaba cada hoja de sus esquinas extremas para darle vuelta y detenerme a observar no solo el contenido, sino la textura del papel, el color que había adquirido por el paso del tiempo, así como la tinta de las letras, sinogramas y de las pinturas mismas reproducidas ahí y que se aprecian en perfectas condiciones.
Actualmente, algunas obras que aparecen en este volumen se encuentran bajo resguardo de la Galería Xubaizhai de Pintura y Caligrafía Chinas, un espacio creado en 1992 para albergar la colección personal donada por el conocedor de arte y artista Low Chucktiew, quien fuera también alumno de Hwang en la década de los cuarenta.
Viajes antiguos. Pinturas de Hwang Ping-Hoong reproducidas en el álbum
Voy del libro al buscador de Google para poder investigar un poco más sobre la vida y obra de este artista, y descubro, gracias a esa pequeña investigación y a lo que el prologuista señala en el mismo álbum, que Hwang Ping-Hoong fue un viajero entusiasta, quien dedicó gran parte de su vida a recorrer China. Anduvo de norte a sur, visitando y retratando cuerpos de agua, como el Río Yangste y el Río Hoang Ho; no lo detuvo el reto de escalar las peligrosas montañas de Szechuen, o las formaciones montañosas kársticas de Kweling, y se dejó maravillar por las hermosas colinas de HwaSan y Hwang Shan. Gracias a esos viajes por su país logró condensar una penetrante visión que le permitió atesorar y reflejar en su obra las sensaciones que le producían, por ejemplo, el césped o la hoja de un árbol, para él la esencia misma de su patria. Cada uno de esos paisajes provenientes de sus pinceladas —en las que parecen sobresalir los colores oscuros (con algunos reflejos de rojo intenso para delinear ramas de árboles o pilares de casas)— están acompañados de poemas y dedicatorias, como la que a continuación les comparto (claramente traducida, pero que podrán apreciar en la imagen en su lengua original):
Viajes antiguos El último día exploré solo el camino a Qianxi y, sin darme cuenta, regresé a la orilla este en busca de rastros familiares. Sigo disfrutando de la primavera en Jianye, me apoyé en la barandilla, escuchando las mil capas de verdes montañas más allá del cielo y la cálida brisa del río.
La primavera se ha desvanecido, el buen vino flota junto a la ventana oeste; hoy pinto viejos recuerdos, ahora son solo pensamientos fugaces.
Nubes de Xiangjia llenan el cielo. Erigido en el sexto mes del solsticio de verano del año Wuzi.
Eres una luz distante, solo se ve tu sombra.
Desde que te envié esto, llevamos un boceto juntos.
Esta pintura va acompañada de mi breve poema. Finalmente, solo pensamientos fugaces.
Aunque suene a cliché, a pesar de que yo no conozco China físicamente, es gracias a los libros que descubro cada día, ya sea por medio de historias, poemas, fotografías o magníficas pinturas como las de este álbum, otro pedacito y otra perspectiva de este planeta llamado Tierra, y de las almas que se atreven a explorarlo.
En su Historia natural (Libro XXXV), Plinio el Viejo describe el origen de la cerámica como un trabajo colaborativo entre un padre y su hija, es decir, dentro del ámbito doméstico, con la intimidad que requiere hablar del hogar. Y la historia del maestro Eligio Zárate, originario de Santa María Atzompa, evoca las palabras que el viejo naturalista pronunció algún día en un espacio y un tiempo muy diferentes a los de él, pero sobre esta misma tierra que sabe hacerse barro y arcilla para nuestras necesidades más urgentes y para nuestra fruición más honda, aquella que surge del gozo íntimo de las cosas bien hechas y del diálogo silencioso entre las manos y la materia.
La alfarería ha sido, desde antiguo, una actividad profundamente familiar. No es raro, pues, que Eligio haya aprendido el oficio por parte de sus abuelos, su padre y su madre. Es una herencia que se ha convertido en su forma de vida por más de 25 años, y que él y su esposa, Guadalupe Fabián, han inculcado a sus tres hijas desde muy pequeñas. Lo han hecho así no solo para preservar este patrimonio, sino para cultivar sus lazos familiares. La familia Zárate Fabián es primordialmente artesana: la alfarería es su cimiento.
Sus piezas se distinguen por el uso de barro blanco vidriado con engobe —alejándose del tradicional “barro verde” de Atzompa—; los diseños cuidados, geométricos y contemporáneos; las formas limpias que integran motivos geométricos, esferas, cilindros, jarrones y esculturas. Particularmente, les diferencia el decorado con calados hechos a mano y con gran detalle: se trata de cortes o vacíos decorativos que producen efectos de ligereza, juego de luces y sombras con un aspecto refinado. En manos de la familia Zárate Fabián, las ollas o vasijas cotidianas se convierten en piezas artísticas, decorativas, algunas de ellas escultóricas, de gran formato. La innovación surge de una creatividad abierta a los desafíos y consciente de las bondades del propio barro: un elemento moldeable, capaz de adaptarse a diferentes formas. Por otra parte, el juego entre las piezas ornamentales y las utilitarias logra el equilibrio entre tradición e innovación.
El proceso de producción es artesanal en todas las etapas: desde la elección del barro local hasta el torneado manual, mezclado, esmaltado y la cocción. Así, las ligeras variaciones en forma, textura o acabado que genera el trabajo manual potencian la singularidad de cada pieza.
Asimismo, existe un compromiso por trabajar con materiales seguros. El distintivo “Sin Plomo” otorgado por FONART junto con IFPA, tras cumplir con la NOM-231-SSA1—, que el taller ha recibido, indica un esfuerzo por adecuarse a estándares de salud y comercio actual. Recibir esta marca les ha abierto muchas puertas en el mercado, pues no solo les ha ayudado a vender más, sino a obtener mejores precios para sus piezas. El uso de esmaltes libres de plomo se ve reflejado en la confianza y seguridad que sienten los clientes al adquirir sus productos, pero también en los creadores mismos, ya que disminuye el riesgo de contraer alguna enfermedad causada por plomo. El sello “Sin Plomo” les permite cumplir requisitos de salud y seguridad que facilitan la exportación de sus piezas, por eso es que han podido abrirse a mercados más allá del local y el nacional. La oportunidad de que sus obras se vendan en otros países significa un gran reconocimiento que les motiva a seguir trabajando con calidad.
El maestro Eligio Zárate recuerda los momentos en que la alfarería ha sido vista como “un trabajo sucio propio de las personas sin estudios”, el último recurso para quienes no saben valorarla. Sin embargo, él no puede sino considerar a la alfarería como una labor profundamente noble, pues, aunque su oficio carece de un horario fijo y, al mismo tiempo, exige extensas jornadas de trabajo —y quizás por eso mismo—, le ha permitido convivir y compartir el día a día con su familia, con sus hijas. Esta ocupación le ha dado la oportunidad de atender tanto los problemas como los momentos felices que trae consigo la vida familiar. El maestro Eligio está seguro de que, con el empeño necesario, la artesanía propicia una vida digna en lo económico y en lo familiar. Por supuesto, Eligio Zárate se muestra orgulloso de ser un alfarero de Atzompa, pues gracias a su trabajo les ha dado una educación a sus hijas, bienestar a su familia y hoy se encuentra económicamente estable.
Como para todos los artesanos, para el maestro Eligio el legado de los oficios artesanales es fundamental; sin embargo, aconseja a los jóvenes no ver la alfarería como un trabajo más para generar dinero, sino como un gusto y un interés genuino. Para él, trabajar el barro debe ser una satisfacción que dirija a la innovación. Tal vez se trata de ser, como el barro, profundamente versátil. Afortunadamente piensa el maestro—, hoy el emprendimiento ha permitido que la artesanía resurja y no se pierda. En las zonas tradicionalmente artesanales se han perdido generaciones enteras, pero también hay personas de fuera que desean continuar este camino.
Mientras tanto, en Atzompa la cerámica sigue naciendo del hogar: de la cercanía, de la enseñanza y del fuego que transforma y que une a una familia. Porque, como bien sabe el maestro Eligio, el barro no solo se moldea, también nos moldea.
Parte del archivo de San Miguel Tequixtepec en proceso de organización por Adabi Oaxaca. Fotografías: Acervo de Adabi Oaxaca
Una infestación de pececillos de plata nos llevó al archivo municipal de San Miguel Tequixtepec ubicado en el distrito de Coixtlahuaca, al norte de Oaxaca. Las autoridades nos contactaron porque veían correr los insectos cuando buscaban las actas del Registro Civil. La fumigación —o, más bien, la desinsectación— se realizó en febrero del año pasado, y aunque el acervo se encontraba resguardado dentro de cajas numeradas con datos de su contenido, decidimos proponer una organización más sistemática.
La historia de este archivo es interesante. En 1992, cuando el señor Juan Cruz Reyes asumió el cargo como secretario, encontró una oficina en desorden y un montón de documentos amarrados con lazos o mecahilo en un rincón del palacio municipal. Entonces, con el permiso del presidente municipal, comenzó a desatarlos, extenderlos y ponerlos en carpetas que señaló como escritura antigua. Hasta ahora él ha sido el principal custodio de la memoria de su pueblo.
A partir de la inauguración del museo comunitario de San Miguel Tequixtepec se dio a conocer la existencia del conjunto documental. Por ese tiempo, un par de lienzos de los primeros años de la época colonial fueron restaurados por el taller de restauración de la Biblioteca Francisco de Burgoa. Así pues, se impulsaron importantes labores de rescate. En 2001, bajo la dirección del Dr. Sebastian van Doesburg, se realizó una clasificación dividida en las secciones Presidencia, Justicia, Registro Civil y Tesorería que dio como resultado un inventario con 75 cajas AG-12. En los años siguientes se hizo el ordenamiento de la documentación de la Alcaldía en 24 cajas AG-19. Asimismo, algunas reproducciones de documentos se exhibieron en el museo comunitario.
En la reciente administración, unos libros de la iglesia que estaban en riesgo de perderse fueron resguardados en la misma oficina del archivo municipal. De igual forma, durante una de las últimas visitas que realizamos nos mostraron una bodega ubicada en uno de los cuartos del palacio municipal que tenía más cajas con documentos. Se trata de uno de los archivos más grandes que hemos organizado hasta el momento.
La intervención de Adabi Oaxaca ha consistido en una clasificación a nivel de series documentales, es decir, una subdivisión de las secciones que se habían identificado anteriormente para agrupar los documentos por asuntos, con el mismo esquema que se ha utilizado en otros archivos municipales en el país. También se integrarán todos los trabajos anteriores en un solo inventario que abarcará desde el documento más antiguo hasta el último fechado en 1980. Asimismo, se han sugerido una serie de recomendaciones para su conservación.
El archivo municipal de San Miguel Tequixtepec es uno de los más importantes en el país. No tiene comparación con otros archivos ni por su antigüedad ni por su extensión. Es una de las pocas poblaciones que aún conserva lienzos del siglo XVI, junto con expedientes que datan de 1540 y que nos hablan de una comunidad con un pasado de gran relevancia política, cultural y económica durante la época colonial. Además, tiene algunos documentos escritos en lenguas como el mixteco, el náhuatl y el ngiwa o chocolteco. Este inventario que entregaremos a las autoridades facilitará la consulta y permitirá una mejor vigilancia del archivo, de esta manera la Fundación coadyuva en la custodia del patrimonio documental oaxaqueño.
Una pequeña muestra de la exposición. Fotografía: Acervo del Museo Infantil de Oaxaca
El 7 de octubre de 2023 fue la primera vez que mostramos al mundo la exposición “Rostros de arte y color” en la comunidad de San Miguel Tixá, ubicada a unas dos horas de la capital oaxaqueña, en la Mixteca Alta del estado.
Rodolfo Nieto, Rufino Tamayo y Rodolfo Morales son los tres grandes maestros oaxaqueños que abordamos en esta exposición itinerante. Desde una mirada sensible y lúdica logramos crear tres salas que dialogan entre ellas, con el objetivo de crear un puente entre la rica herencia cultural del estado y las personas que habitan los distintos territorios del mismo
“Rostros de arte y color” llegó a Santa María Atzompa el 20 de diciembre, con sede en su Museo Comunitario. Para este nuevo espacio, tuvimos que realizar un rediseño museográfico y gráfico de la exposición, adaptándonos a las nuevas dimensiones, las necesidades de los visitantes y el clima impredecible de la zona. De esta manera, la exposición rediseñada del MIO cuenta con cuatro salas que convergen entre ellas, propiciando la interacción recurrente de las infancias con los elementos lúdicos de cada sala.
Al llegar al Museo Comunitario de Santa María Atzompa nos recibe la sala Rodolfo Nieto, representada por el color verde. Un teatro de rollo nos transporta al mundo onírico de Nieto, lleno de animales misteriosos y posturas expresivas. Los caballetes que encontrarás ahí nos piden llenarlos con pintura y trazos dinámicos: se nos presentan como un portal en blanco listo para inventar tu propio mundo.
Un color rojo intenso como el de las sandías nos indica que hemos llegado al espacio de Rufino Tamayo. Una mesa larga nos invita a tomar asiento para jugar y experimentar con la mixografía y otras técnicas gráficas y plásticas propias de la obra de Tamayo.
Al fondo se observan unas montañas moradas: has llegado a la sala Rodolfo Morales, enmarcada por sus columnas listas para ser intervenidas por los pequeños artistas. En ellas aparecen sus mujeres voladoras, las iglesias y los caminos de sus pinturas. En el centro cobran vida las obras de Morales por medio de un diorama, este nos transporta al mercado con todos sus puestos, aromas y sabores que culminan con el artista frente a un ferrocarril en Ocotlán de Morelos.
Después de conocer a cada uno de los maestros del color oaxaqueño, es momento de pasar a la cuarta y última sala, un espacio donde cobra vida la pintura Mujeres en Tehuantepec de Rufino Tamayo, los animales de Rodolfo Nieto y los papalotes de Rodolfo Morales. En este mismo espacio, en una vitrina frente a nosotros, se encuentran representados con títeres estos tres grandes maestros, los cuales serán nuestros guías en los talleres a lo largo de estos… ¿doce meses?
Recuerda: un pedacito del MIO te está esperando en las faldas de los cerros de Santa María Atzompa.
Bi’cu yaase / Perro negro, 2017-2024. Talla en madera de granadillo y zapote negro con laminado
El 7 de septiembre de 2017, un terremoto de 8.2 grados en el Golfo de Tehuantepec cimbró los estados de Oaxaca, Chiapas y Tabasco. Juchitán, en la región del Istmo, vio el derrumbe de casas y templos que habrían de iniciar un largo proceso de reconstrucción. Con las vigas de madera resultantes del colapso—destinadas al fuego o al desecho—, el artista juchiteco Víctor Orozco, alias Cha’ca, elaboró entre diciembre de 2017 y diciembre de 2024, además de nuevas propuestas en bronce, un conjunto de esculturas con la intención de resignificar el desastre.
Máscaras, nahuales, animalia, tzompantli, evocaciones de vida y muerte…; en este trabajo, el maestro Cha’ca traduce el ímpetu de la naturaleza, a veces implacable, en una nueva apuesta por la vida. Seres guardianes de tradición zapoteca, que se metamorfosean en animales, acompañan nuestra cosmogonía desde tiempos inmemoriales. En su obra, soles, lunas, conejos, jaguares, murciélagos y lagartos encuentran espejo con los seres angélicos y su gran arraigo en el sincretismo religioso, heredado de la tradición católica antequerana.
Asimismo, el rostro y la máscara, como perdurable binomio, se transforman en gestos polícromos en bronce o madera que son espejo y reflejo de nosotros mismos. La monumental obra introductoria que se exhibe en el atrio del Centro Cultural San Pablo invita a mirarnos en la pluralidad de muecas, expresiones y fisonomías.
Finalmente, en la dialéctica de eros y thánatos, es la muerte quien figura en esta coordenada como cirquera, contorsionista o musa; haciendo guiños desde la cosmovisión mesoamericana del muro de cráneos triunfal, hasta la picardía y jocosidad que sigue presente en el imaginario colectivo.
“Víctor Cha’ca. Xu Roo / Terremoto”, que tiene lugar en las salas de vestigios, capitular, capilla, atrio y patio de dómina, aborda en su primer eje temático distintas representaciones mortuorias. Osados personajes que hacen acrobacias y malabares apoyados en calaveras, conviven con seres alados que, como huestes celestiales, se impulsan para emprender el vuelo. La serie de Tzompantli evoca los cráneos como trofeo bélico en el México antiguo, estilizada por Cha’ca en sus tallas en madera a las que coronan hieráticas calaveras. La muerte enredada, acompañada por lunas risueñas, remite al carácter lúdico, cercano y popular que esta tiene en la esencia del pueblo mexicano.
En la segunda sección del recorrido, protagonizan las evocaciones del nahual y el tona que custodian el destino de los seres humanos. Es aquí donde la “animalia” de Cha’ca presenta emociones y estados anímicos transformados en lagartos, serpientes, conejos, jaguares y cánidos que transitan entre lo terrenal y lo divino.
Aquí están presentes, también, rostros y cuerpos que, en complejos escorzos, acercan al espectador al movimiento primigenio de la creación. Dos piezas monumentales, Gigante y Caracol, orquestan una sinfonía de color y volumen en los espacios abiertos del antiguo conjunto conventual dominico del Centro Cultural San Pablo.
Con la obra de Víctor Cha’ca estamos, entonces, en pie de igualdad con las voces de los antiguos zapotecos y sus muchos significados, que resuenan en los mitos e hitos de la fantástica tierra oaxaqueña.
Una de las aucas o aleluyas trabajadas por el equipo de la Henestrosa. Fotografía: Acervo de la Biblioteca Henestrosa
Entre febrero y septiembre de 2025, integrantes de distintas filiales de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca —entre ellas el Museo de la Filatelia de Oaxaca, la Biblioteca Henestrosa, la BS Xochimilco, la BS Canteras y la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova—, junto con representantes de la Biblioteca Francisco de Burgoa, la Biblioteca Pública Central, el Archivo Histórico Universitario (UABJO), la Biblioteca Beatriz de la Fuente y el Archivo Histórico de Notarías, participamos en el Taller Permanente de Conservación, Restauración y Encuadernación impartido por el maestro Joshua Hernández en la Biblioteca Francisco de Burgoa.
El objetivo del taller fue brindar herramientas y lineamientos fundamentales para la preservación y restauración de materiales bibliográficos, documentales y hemerográficos conservados en nuestras instituciones, así como introducirnos en diversos tipos y técnicas de encuadernación.
A lo largo de las sesiones, nos adentramos en conceptos clave como conservación, estabilización, restauración y preservación. Cada participante trabajó con una pieza perteneciente a su institución, iniciando con un diagnóstico detallado de su estado de conservación: evaluamos la magnitud del deterioro, identificamos daños tales como pérdidas de tapas y de lomo, acumulación de polvo, presencia de microorganismos, entre otros, y analizamos las características particulares de cada material.
Con base en este análisis definimos las intervenciones necesarias, estableciendo prioridades, técnicas, tiempos y recursos disponibles. Esta metodología nos permitió comprender a profundidad la importancia de planificar cuidadosamente cada etapa del proceso de restauración.
En el caso de la Biblioteca Henestrosa se trabajó con un conjunto de 34 aucas o aleluyas, piezas gráficas populares de origen europeo, especialmente difundidas entre los siglos XVIII y XIX. Estas impresiones, organizadas en viñetas numeradas, tenían fines educativos, recreativos y morales. Impresas en papel económico, su fragilidad contrasta con la riqueza narrativa y visual que contienen.
Estas hojas doble folio de papel colorido llegan a medir 40 x 30 cm, contienen entre 48 y 24 viñetas con pequeños versos o estrofas. Su intención de origen fue lúdica, aunque después se enfocaron en lo didáctico. Trataban asuntos históricos, morales, relatos literarios o simplemente nociones elementales de cultura como las corridas de toros, los personajes tipo de algún lugar, los oficios o el abecedario. La técnica utilizada para imprimirlas en un principio fue la xilografía, pero tiempo después se utilizó la litografía. Algunas veces las imágenes fueron monocromáticas y otras, iluminadas a color.1
Las aucas presentaban diversos tipos de deterioro, producto del paso del tiempo y del uso: roturas, manchas, dobleces y pérdida de soporte. Cada una supuso un reto particular. En primer lugar, se realizó la limpieza manual, después se procedió a consolidar y estabilizar los materiales para asegurar su preservación. Se aplicaron técnicas mínimamente invasivas, como la reintegración de zonas faltantes con papel japonés y el uso de adhesivos especiales para consolidar las fibras. Para mantener su estabilización se elaboraron protecciones de papel glassine designadas a cada una de las piezas; al finalizar el proceso, estas fueron resguardadas en una carpeta diseñada especialmente para su protección y futura consulta.
Participar en este taller fue mucho más que adquirir conocimientos técnicos; fue una forma de valorar la memoria impresa. No solo afiancé habilidades en restauración y encuadernación, sino que también reflexioné sobre el valor intrínseco de los objetos, el cual se desvanece cuando no son restaurados y preservados.
Aprendí que cada objeto encierra una historia propia y que su preservación es una forma de mantener vivo su significado. Restaurar va más allá de la reparación: es devolver la vida a los materiales, otorgarles una segunda oportunidad, prolongar su existencia y evitar que queden en el olvido. Es permitir que las futuras generaciones se acerquen, comprendan y valoren un pasado que se ha plasmado en palabras e imágenes. Es reconocer la historia detrás de cada objeto, de su propietario, de la información que ha transmitido, de las manos que lo han tocado y de su relevancia en nuestras vidas. Restaurar es comprender y valorar un pasado que, de otro modo, se habría perdido.
El Museo Textil de Oaxaca en Guadalajara / Fotografía: Casa ITESO Clavigero.
Tienes ante ti el último Boletín Digital de 2025, y como inicio de este breve final encontrarás una nota que es la reiteración del compromiso que la Dra. María Isabel Grañén Porrúa —presidenta de esta Fundación— y el Dr. Alejandro de Ávila —fundador del Jardín Etnobiológico de Oaxaca— adquirieron ante la American Philosophical Society (APS) gracias a su activismo cultural y actividad académica.
En lo referente a la conservación de las lenguas originarias y del patrimonio documental y artístico de Oaxaca, podrás leer el texto de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova sobre el análisis y traducción de un testamento de 1573; Adabi Oaxaca nos comparte los procesos de preservación documental en San Juan Tabaá, San Andrés Solaga y San Juan Bautista Coixtlahuaca, al tiempo en que el Centro Cultural San Pablo nos hace notar la relación que comparten la astronomía y la música, y, en otro texto nos acerca a la tradición pictórica angélica antequerana en edificios restaurados por la FAHHO.
Para saber más sobre libros, literatura y lectura tenemos las siguientes notas: la poética reseña sobre el poemario Ciudad y zozobra presentado en la Biblioteca Henestrosa; Seguimos Leyendo comparte un alentador discurso acerca de la mediación de la lectura; una reflexión en torno a la propia Biblioteca Infantil de Oaxaca como un espacio abierto más allá de la lectura; mientras que Adabi de México nos habla sobre la exposición “El impresor Juan Pascoe: entre galeras y tipos”.
Por otro lado, el Museo Infantil de Oaxaca remarca la importancia de potenciar la imaginación de las infancias por medio de la materialización de esta; a la par, el Museo de la Filatelia de Oaxaca resalta la creatividad que impulsa la comunicación escrita y la FAHHO Itinerante ofrece una breve retrospectiva sobre los procesos creativos de sus talleres de este año.
Por su parte, el Museo Textil de Oaxaca nos transporta a la Casa ITESO Clavigero en Guadalajara con la exposición “Escribir con una aguja: la palabra en el textil”, y Andares del Arte Popular expone la potencia que la tradición de la talla de nacimientos tiene dentro de la familia Cruz Prudencio.
En los deportes, los Diablos Rojos destacan la internacionalización del equipo femenil de softbol, a la vez que la Academia de Beisbol Alfredo Harp Helú Oaxaca realiza un pequeño recorrido por la exitosa trayectoria que el lanzador Andrés Muñoz alcanzó con el impulso de esta institución. El último y nos vamos…, ¡pero volvemos en enero de 2026! Mientras, deseamos que pasen unas felices fiestas junto a sus seres queridos.
La American Philosophical Society (APS) fue fundada en Philadelphia en 1743 por Benjamin Franklin, inventor y científico norteamericano, cuando él tenía 37 años de edad. Desde entonces y hasta la fecha, el objetivo de la APS es “promover el conocimiento útil”. Su lema es nullo discriminatio: no discriminar a nadie. En congruencia con esta filosofía de igualdad, Franklin invitó a Ekaterina Romanova Vorontsova, escritora y editora rusa, a incorporarse a la Asociación, cuando las mujeres no eran admitidas en agrupaciones profesionales. En congruencia, también, con una convicción de equidad, la APS impulsó y financió el registro de las lenguas y el conocimiento de los pueblos originarios de Norteamérica, como lo atestigua el vocabulario unkechaug, lengua ahora extinta, que recogió Thomas Jefferson en 1791.1 Quince años antes, Jefferson había firmado la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, junto con Franklin, Washington y otros miembros de la Asociación; diez años después de reunir el vocabulario, Jefferson se convirtió en el tercer presidente de su país. La documentación de las lenguas indígenas es un esfuerzo vigente de la APS hasta el día de hoy.
A partir de su fundación, la Asociación se abrió a los intelectuales de otras nacionalidades, como el gran polímata2 alemán Alexander von Humboldt (1769-1859). Desde fechas tempranas, nuestro país estuvo representado en las filas de la APS por el historiador oaxaqueño Carlos María de Bustamante (1774-1848). En el siglo XX se incorporaron a la Asociación investigadores y escritores mexicanos de la talla de Alfonso Caso y Alfonso Reyes. También han sido miembros de la APS Marie Curie, Louis Pasteur, Charles Darwin, Albert Einstein, Zaha Hadid, Jane Goodall y Nelson Mandela, entre muchas otras personas destacadas en distintos campos del conocimiento, el activismo social y el arte. Se trata de la asociación intelectual más antigua en nuestro continente y la más selectiva, pues su membrecía no llega actualmente a mil personas en todo el mundo. La APS no recibe postulaciones ni recomendaciones, sino que sus miembros nominan a todas las candidaturas, que son sometidas a votación por mayoría.
Ingreso de la Dra. María Isabel Grañén Porrúa El 7 de mayo de 2025, la APS anunció el ingreso de María Isabel Grañén Porrúa a la clase 5: “Las artes, profesiones y liderazgos en gestiones públicas y privadas”. Su elección a la Asociación reconoce el liderazgo de la Dra. Grañén en tres instituciones: la presidencia de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, A.C.; la presidencia de la Asociación Civil Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México; y la dirección de la Biblioteca Francisco de Burgoa, institución adscrita a la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca. Para ella, el reconocimiento de la APS hace patente un trabajo que inició hace treinta años con constancia, seguimiento y sensibilidad al entorno, abriendo corazones y tejiendo comunidad. Ejemplos de ello son los espacios que ha creado la Fundación, como el Centro Cultural San Pablo, el Museo Textil, el Museo de Filatelia, el Museo Infantil de Oaxaca, la Biblioteca Infantil BS, las Bibliotecas Móviles, entre otros. Estos espacios abren sus puertas para ofrecer un respiro de paz, para propiciar la reflexión y la creación colectiva, para pensar, sentir y aprender unas de otras las personas de todas las edades. Esta labor es fruto de las enseñanzas de los grandes maestros oaxaqueños Francisco Toledo y Rodolfo Morales, así como del excepcional filántropo y benefactor de las artes, la cultura, el deporte y el medio ambiente Alfredo Harp Helú.
Ingreso del Dr. Alejandro de Ávila Siendo estudiante doctoral en la Universidad de California en Berkeley, de Ávila recibió en 1997 una subvención de la APS para documentar dos variantes de las lenguas mixtecas habladas por migrantes oaxaqueños en los campos agrícolas del Valle de San Joaquín, al sur de Sacramento. El 7 de mayo de 2025, la APS anunció el ingreso de Alejandro de Ávila Blomberg a la clase 1: “Ciencias físicas y matemáticas”, en reconocimiento del compromiso del Jardín Etnobiológico de Oaxaca (JEBOax), fundado por él, con la sostenibilidad ambiental. El Jardín es pionero en el enfriamiento por geotermia sin huella de carbono, además de presentar un modelo de generación de energía eléctrica con celdas fotovoltaicas, y de cosecha de lluvia en la mayor cisterna pluvial en el sur del país. El JEBOax ha reunido la documentación existente del conocimiento ambiental en las lenguas originarias habladas en Oaxaca, la entidad más diversa en términos culturales y lingüísticos de tamaño comparable en el hemisferio occidental. El equipo del Jardín traduce actualmente información técnica, la graba y la transcribe en cuatro lenguas indígenas del estado, dando así continuidad a un trabajo iniciado por los lexicógrafos del s. XVI que habitaron en el convento de Santo Domingo, adyacente al JEBOax, doscientos años antes de que Jefferson iniciara su trabajo lingüístico.
1 El unkechaug formaba parte de la agrupación lingüística llamada quirin, en la familia algonquina, que se hablaba en el sur de Nueva Inglaterra y la isla de Long Island, donde Jefferson registró su vocabulario.
2 Un polímata es una persona con conocimientos extensos en varias ramas del saber, tanto de la ciencia como de las humanidades.
Los Siete Arcángeles en la Catedral de Oaxaca y san Uriel en Santo Domingo de Guzmán
En la historia de la cultura, los “seres alados” han acompañado inexorablemente el destino de la humanidad. Los pueblos agrícolas buscaron en ellos una forma de enlazar los planos celestial y terreno. En la tradición monoteísta, este modelo aspiracional, que nos corresponde por carecer de dicho atributo, dio lugar a la fascinante galería de las huestes angélicas. En el siglo V, el Pseudo-Dionisio Areopagita elaboró la mística nomenclatura de la Jerarquía celeste:
La primera jerarquía o suprema es la que se encuentra en contacto directo con Dios: serafines (rayos ardientes que ejecutan los castigos divinos); querubines (cabezas de infantes alados); y tronos (o ruedas del carro del Sol).
La segunda jerarquía o media, que preside las comunidades humanas, está integrada por virtudes (ejecutoras de las leyes divinas); dominaciones (gobernantes de los espíritus angélicos); y potestades (quienes coadyuvan a las virtudes en el ejercicio de gobernanza).
Al final, la tercera jerarquía o inferior, en comunicación directa con los seres humanos, se vincula con los principados (figuras de guerra o combate); arcángeles (representantes divinos con misiones determinadas); y ángeles (custodios individuales y mensajeros).
En el prolífico arte de Nueva España, y de la antigua Antequera en particular, estas dos últimas categorías revolotean en fachadas, retablos, tallas escultóricas, artes aplicadas y ajuares domésticos. Sin embargo, es en la pintura donde alcanzaron su mayor cometido.
A lo largo de las ocho regiones de Oaxaca encontramos su iconografía en los templos, muchos de ellos beneficiados mediante importantes programas de restauración y conservación impulsados por la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, cuyo compromiso con la salvaguarda del patrimonio oaxaqueño ha permitido rescatar valiosas manifestaciones del arte sacro. Nos ocuparemos ahora de imágenes angélicas en frescos, tablas y lienzos donde, en pie de igualdad, conviven reconocidos artistas —como Andrés de Concha, Simón de Pereyns, Marcial de Santaella o Miguel Jerónimo Zendejas—, con excelsos pinceles anónimos.
San Miguel en Macuilxóchitl y san Gabriel en Santa María Tiltepec
En la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción de Oaxaca destaca el lienzo firmado por Santaella: Los Siete Príncipes de Palermo con la Santísima Trinidad (ca. 1726) que exhibe a los arcángeles canónicos y apócrifos de la Iglesia bajo tutela trinitaria. Con estilizadas anatomías y magnífico cromatismo, la lista comienza, de izquierda a derecha, con Sealtiel, quien une sus manos como símbolo de la unión gozosa con Dios; Uriel, con espada que evoca la luz divina; Gabriel, la fortaleza de Dios, con lámpara y espejo en mano; Miguel, el Jefe de los Ejércitos Celestiales, con el estandarte que simboliza su lucha contra el Mal; Rafael, la medicina de Dios, con el pescado que evoca la curación de la ceguera del padre de Tobías; Jehudiel, con la corona que alude al éxito en las labores espirituales y la penitencia; y, finalmente, Baraquiel, con las flores en su regazo como símbolo de las bendiciones derramadas sobre la humanidad. Sobre este artista, explica la investigadora Fátima Halcón: “Uno de los rasgos que caracteriza a la pintura novohispana de los siglos XVII y XVIII es la influencia de Rubens. Su impronta se dejó notar en todas las escuelas, incluida la oaxaqueña. Uno de los maestros del siglo XVIII que adoptó sus esquemas compositivos es Marcial de Santaella […]”.
Cercana en composición y de autor por identificar, Los Siete Príncipes con la Santísima Trinidad, que cuelga en el muro lateral derecho de la iglesia del antiguo convento para damas nobles indígenas de los Siete Príncipes de Oaxaca, imprime la majestad angélica con visos dorados y preciosistas telas. Aquí, Miguel lleva el estandarte con la Inmaculada Concepción de María, precondición de la Mujer vestida del Sol a la que habrá de asistir para vencer a la bestia de siete cabezas, como lo describe san Juan en el libro del Apocalipsis. Su factura es similar al hermoso pero muy deteriorado lienzo anónimo, sito en el templo de San Pablo Apóstol de Mitla.
Destacables son, sin duda, las pinturas arcangélicas que engalanan el retablo guadalupano del Templo de Santo Domingo de Guzmán en la capital antequerana. Firmadas por José de Páez, muestran elegantes soluciones en el tránsito del Barroco al Neoclasicismo; aquí aparecen Baraquiel, Gabriel, Sealtiel y Uriel flanqueando a la Virgen del Tepeyac. Espejo iconográfico del retablo de la Virgen del Rosario, en el mismo inmueble, donde Rafael sustituye a Sealtiel en el conjunto, así como de uno de los paneles laterales de la portentosa iglesia de Santa María Tiltepec, en la región mixteca.
Un interesante conjunto, en esta ocasión realizado al fresco, se descubre en la nave mayor del templo de San Mateo Apóstol en Macuilxóchitl. De manos indígenas y mestizas, desde una suerte de herradura invertida nos miran los seres divinos con vivos colores y hermosas fisonomías. El protagonista, como capitán y máxima figura de las huestes angélicas, es sin duda el arcángel san Miguel, cuyo patronazgo se exalta en innumerables localidades del estado: San Miguel el Grande, San Miguel del Valle, San Miguel Amatlán, San Miguel Tlacamama, San Miguel Piedras, San Miguel Tilquiápam, San Miguel Arcángel en Tlalixtac de Cabrera, San Miguel Tecomatlán, San Miguel Huautla, San Miguel Tequixtepec, San Miguel Tixá, entre otras.
San Miguel en Tilquiápam y san Rafael en Tlacochahuaya. Fotografías: Héctor Palhares
En otros ciclos pictóricos, los ángeles acompañan pasajes marianos, cristológicos, hagiográficos y bíblicos, como en los espléndidos templos de Santo Tomás en Ixtlán de Juárez y San Mateo en Capulálpam de Méndez. Asimismo, en la Mixteca alta, la impronta del sevillano Andrés de Concha, en colaboración con Simón de Pereyns, nos legó los cuerpos retabulares, las esculturas y las magníficas tablas de Santo Domingo Yanhuitlán y San Juan Bautista Coixtlahuaca. Sus arcángeles de la Anunciación, especialmente, corresponden a la mejor tradición pictórica del Manierismo en Nueva España. Caso muy notable es también la Iglesia de Santa María de la Natividad en Tamazulápam del Progreso, que incluye algunas tablas de la autoría de Concha, acompañadas de los monumentales lienzos del patrocinio de la Virgen y de san José, los cuales llevan la firma prácticamente imperceptible del reconocido maestro poblano Miguel Jerónimo Zendejas.
Para finalizar esta somera revisión del cosmos angélico oaxaqueño, resulta oportuno aludir a uno de los inmuebles religiosos de mayor envergadura, por derecho propio, en la región de los Valles Centrales: San Jerónimo Tlacochahuaya. No solamente se despliega su iconografía en retablos, esculturas y motivos a lo largo de la iglesia. Es en el coro alto donde los tres arcángeles pintados al fresco en las pechinas (el cuarto, lamentablemente, se ha perdido), se vuelven una experiencia inmersiva de color, movimiento, musicalidad y regocijo. Allí, entre flores, macetones y pequeños querubines, el espectador puede observar, en plenitud, la presencia de las huestes celestiales en la Tierra.
Este universo de ángeles y arcángeles sigue vivo gracias al empeño de instituciones como la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, que, al cuidar el patrimonio, mantiene viva la herencia artística y espiritual de las comunidades de Oaxaca.
Testamento de Felipe de Saavedra, Señor de Tlaxiaco y Achiutla, 1573. Archivo Histórico del Poder Judicial de Oaxaca
Existe una compleja relación entre la lengua hablada y la escritura. En el mundo actual, la escritura, con sus connotaciones de poder e ideología, modifica el estatus de las lenguas. Estas connotaciones, a su vez, derivan de la permanencia de la escritura y de su descorporeización: la escritura puede separarse del hablante e incluso atribuírsele orígenes divinos. De este entramado de valores se derivan múltiples ideas sobre el papel de la escritura en las sociedades, entre ellas las relacionadas con la reproducción de relaciones políticas entre el Estado y los pueblos indígenas. Sin embargo, el acto de escribir necesita de espacios sociales donde hay tanto autores como lectores, lo que no es fácil de lograr. En realidad, no solo se trata de cómo escribir (normas), sino de quiénes leerían lo escrito y por qué lo harían. Y en esta última cuestión podemos distinguir usos cívicos u “obligatorios” (por ejemplo, en leyes, facturas e impuestos) y usos opcionales (a saber, en poesía y novela). En la actualidad, la escritura en lenguas indígenas en México se circunscribe en gran medida a este segundo uso.
Frente a esta realidad, llama la atención el hecho de que varias lenguas indígenas del actual estado de Oaxaca hayan desarrollado tradiciones de escritura alfabética muy exitosas durante la época virreinal en el ámbito cívico. Era una práctica normal y cotidiana escribir documentos oficiales en mixteco, zapoteco o chocholteco. Hubo pueblos, como los mixes, que adoptaron el náhuatl como su lengua escrita para asuntos administrativos. Nacida de los proyectos de conversión religiosa, la escritura alfabética de lenguas indígenas en la Nueva España pronto dejó el ámbito doctrinal y se instaló en la dinámica de la administración comunitaria. De todo lo escrito en estas lenguas, un pequeño porcentaje quedó conservado en los archivos históricos de las comunidades, así como en los estatales y federales. Cientos de testamentos, actas de compraventa, inventarios, cuentas comunitarias, averiguaciones previas y otros tipos de documentos están regados en diversos expedientes conservados. Nunca sabremos qué tanto fue desechado a lo largo de los años por considerarse documentación obsoleta. Sin embargo, lo que queda nos ofrece un interesantísimo material para reflexionar sobre el papel de la escritura en lenguas indígenas en una de las épocas históricas que dieron forma a lo que hoy es México.
Dentro de este panorama, y entre los documentos escritos en mixteco, resalta el testamento que en 1573 redactó don Felipe de Saavedra, señor de Tlaxiaco y Achiutla, descendiente del antiguo linaje prehispánico de estos lugares. Este texto se conserva en el Archivo Histórico del Poder Judicial de Oaxaca y está escrito en la variante de Tlaxiaco-Achiutla, como se hablaba hace 450 años. Entre 2021 y 2025, el Taller de Filología Mixteca de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca y el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM trabajaron en el análisis y la traducción de este texto temprano. En el taller participaron hablantes de diferentes variantes actuales del mixteco, quienes no solo están interesados en la filología de esta lengua, sino que también hallan en el taller un espacio para encauzar sus propios intereses como hablantes de ella.
Testamento de Felipe de Saavedra, Señor de Tlaxiaco y Achiutla, 1573. Archivo Histórico del Poder Judicial de Oaxaca
Como se trata de un documento histórico emanado de un momento social, político y religioso muy particular, a saber, la dramática refundación de Tlaxiaco y Achiutla en el marco de la instauración de la sociedad colonial, la lectura debe ser cuidadosa y contextualizada. Para valorar el texto necesitamos saber quién era don Felipe de Saavedra, conocer su relación con el linaje prehispánico del doble señorío de Tlaxiaco-Achiutla y su parentesco con el famoso gobernante llamado Malinaltzin en las fuentes del centro de México, o Señor 8-Hierba, esto es Iya Nacuañe, en el Códice Bodley, conservado en la Universidad de Oxford. También debemos preguntarnos cómo y con quién aprendió a escribir don Felipe. Llama la atención que su vida corrió en paralelo con la de fray Benito Hernández, ese hombre atrapado en la ambivalencia y los grandes claroscuros, y quien, a partir de 1552, dirigió el diseño de una ortografía alfabética para el mixteco de Tlaxiaco y Achiutla. Dado que no se produjo ningún arte (gramática) ni vocabulario en esta variedad (los que hay son para la extinta variedad de Teposcolula), los antiguos textos que han sobrevivido nos brindan una perspectiva única sobre la lengua de la región en aquella época, recuperando algo de la antigua pronunciación y gramática, así como del léxico ahora perdido. El testamento enumera una serie de joyas que representan el estatus social de don Felipe, objetos similares a los que admiramos en las vitrinas de la sala de la Tumba 7 de Monte Albán expuestas en el exconvento de Santo Domingo. En el testamento vemos cómo llamaron a estos artefactos en la lengua de las personas que los crearon. Finalmente, el documento fue usado después como un texto autoritativo en varios conflictos por tierras en la región de Tlaxiaco y Achiutla. Todos estos aspectos y más deben ser analizados para entender la función del texto en sus distintos momentos de “activación”.
El resultado de este análisis —que incluye la traducción interlineal integral trabajada con los participantes del taller— fue el amplio estudio de un documento importante en aquella época de profundos cambios en la región de la Mixteca. Nos sentimos muy honrados de que nuestro texto haya sido escogido para acompañar la publicación del discurso que la Dra. María Isabel Grañén Porrúa, presidenta de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, ofreció en febrero de este año con motivo de su ingreso a la Academia Mexicana de Historia como Académica Corresponsal en Oaxaca; publicación que confiamos saldrá a la luz muy pronto.
La exposición “Escribir con una aguja: la palabra en el textil”, organizada por el Museo Textil de Oaxaca, la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca y el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente (ITESO), en Guadalajara, ha tenido un excelente recibimiento en Casa ITESO Clavigero desde su apertura en septiembre de 2025. Más de dos mil quinientas personas han visitado la muestra en sus primeras semanas, atraídas por la riqueza visual y simbólica de las piezas.
Su llegada ha permitido abrir un espacio de encuentro entre la sensibilidad estética, la memoria colectiva y el conocimiento tradicional que habita en los textiles. La respuesta del público ha sido entusiasta: estudiantes, docentes, artistas y visitantes externos han acudido a contemplar las más de cuarenta piezas procedentes de México, Guatemala, Panamá, Perú, Japón y Estados Unidos, que dan testimonio de la fuerza simbólica y comunicativa del hilo y la aguja, así como de la diversidad de formas en que los pueblos han plasmado su pensamiento, su historia y su identidad por medio del textil.
Los públicos que habitan y visitan la ciudad de Guadalajara han respondido con gran interés al descubrir cómo, mediante huipiles, fajas, rebozos, dechados, molas, las comunidades plasman su memoria, su fe y sus historias con hilos y palabras. Cada puntada revela una forma de escritura que preserva identidades y modos de comprender el mundo. La exposición ha propiciado, además, un espacio de reflexión en torno al lenguaje, la creación y la transmisión cultural.
“Escribir con una aguja: la palabra en el textil” adquiere un sentido especial al presentarse de manera paralela a la muestra “Hilar: 20 años de práctica textil frente a la violencia en México (2004-2024)”, una exposición que se exhibe actualmente en el campus universitario ITESO. Ambas propuestas entretejen una conversación sobre el textil como medio de pensamiento y creación, así como la resignificación de la práctica como una forma de resistencia, memoria y denuncia ante la violencia y la impunidad.
Mientras “Hilar…” pone el acento en el presente doloroso del país, “Escribir con una aguja…” recuerda la raíz profunda de esas prácticas: el textil como archivo de humanidad que atraviesa el tiempo y mantiene viva la palabra.