El nacimiento de la leyenda: Andrés Muñoz y la temible recta forjada en Oaxaca

El joven Andrés Muñóz. Fotografía: Acervo Academia de Beisbol AHH

En la pretemporada de los Diablos Rojos del México de 2015, un joven de 16 años llevaba días insistiendo en que deseaba lanzar al menos una vez en los juegos de preparación de la Liga Mexicana, los cuales se disputaban en el estadio Eduardo Vasconcelos de Oaxaca.

“Deme un inning, Méndez. Porfa, deme un inning”, repetía aquel adolescente con ganas de medirse en el equipo grande de los Guerreros de Oaxaca, que en esos tiempos contaba con nombres como Mario Valenzuela y el exgrandeliga Mike Jacobs.

Las súplicas iban dirigidas a Luis Fernando El Carrito Méndez, coach de picheo del equipo en ese entonces y aún el segundo lanzador con más victorias en la historia del club. Pero, a pesar de su peso específico en la franquicia, Méndez no podía tomar esa decisión solo. Debía convencer primero a Miguel Ojeda, manager del equipo. “En mi carrera como manager siempre he querido darle la oportunidad al talento joven para que brille. Pasó con Carlos Figueroa, con Jesús Fabela, con Juan Carlos Gamboa… Se les da la oportunidad y ellos que la aprovechen”, recuerda Ojeda —hoy director deportivo de los Diablos—, al explicar por qué decidió conspirar para que aquel chico de 16 años tuviera una probada del mejor beisbol de México.

Convencidos el manager y la gerencia, el alumno de la Academia Alfredo Harp Helú recibió la bola para enfrentar a bates excelsos. Su primer rival fue Yunesky Sánchez, un cubano que venía de batear .324 en 392 turnos legales el año anterior. Después vendría Mario Valenzuela, slugger mexicano recordado, entre otras cosas, por haber castigado una recta a banda contraria de Roger Clemens en el Clásico Mundial de 2006.

Frente a semejantes oponentes, Ojeda recuerda haberle hecho una petición curiosa antes del primer picheo de calentamiento: “Mijo, me va a hacer el favor de lanzar el primer picheo bien fuerte y bien lejos, allá atrás, al backstop. Lance duro para allá, lejos”. Con esa instrucción, el joven derecho tomó aire, hizo su windup y soltó el brazo. “Pude ver en la cara de Mario lo que quería ver: miedo”, dice Ojeda entre risas.

Las versiones de aquella historia varían según quien la cuente. Mario afirma haber conectado un doble; Ojeda jura que fue un sencillo con ojos, y Méndez incluso sostiene que Mario fue el primer bate, no el segundo. Pero más allá de las diferencias, una cosa sí queda clara en la mente de todos los presentes aquella tarde: ese día nació la leyenda de la recta de Andrés Muñoz. Con solo 16 años, este derecho lanzaba rectas de 94 millas por hora, retando sin aspavientos a jugadores que habían enfrentado a leyendas del deporte. Sin miedo, con control, sin límites.

Desde entonces, Muñoz no ha hecho más que engrandecer su reputación, estableciéndose como uno de los mejores brazos del planeta. Fue firmado por los Padres de San Diego, debutó el 12 de julio de 2019 en Grandes Ligas y, tras ser canjeado a los Marineros de Seattle, se consolidó como un referente del relevo.

Luego de superar en 2020 una cirugía que lo mantuvo fuera de juego más de un año, Muñoz se convirtió, desde 2022, en el lanzador con la cuarta mejor efectividad de MLB (mínimo 200 innings), con 2.29 de ERA en 235.2 entradas. Su meteórica recta, que promedia 99 millas por hora, ha sido la cuarta más veloz de las Grandes Ligas, superada por Jhoan Durán, Emmanuel Clase y Ryan Helsley. Junto con su slider, cada vez más dominante, ha construido un arsenal temible que brilla con luz propia, incluso en la postemporada de 2025 de MLB.

Pero más allá de esa grandeza y de las gestas por venir, este joven derecho de Los Mochis, Sinaloa, aún guarda con cariño la cuna oaxaqueña que lo vio formarse: “Me tocó ir a la Academia Alfredo Harp Helú, que es un complejo muy, muy bueno. De ahí parte todo, ahí empieza el sueño de uno”, dijo Muñoz al portal Al Bat durante el Juego de Estrellas. Hoy, una década después de aquella petición inocente, “Deme un inning, Méndez”, Andrés Muñoz lanza su fuego en los escenarios más grandes del mundo.

Su historia, que comenzó con una recta al backstop en el Estadio Vasconcelos, es testimonio de que los sueños más grandes del beisbol mexicano hoy nacen en el corazón de Oaxaca, en la cuna del deporte rey construida por don Alfredo Harp Helú.


El violín y las estrellas

Observatorio HAWC en las laderas del volcán Sierra Negra. Fotografía: www.hawc-observatory.org

“Quise venir a San Pablo porque mi hermano ya había participado en un concierto aquí mismo. Me dije: si él tocó el violín en este hermoso lugar, ¿por qué yo no puedo dar una conferencia de astronomía?”. Así se expresó el doctor en Física Adiv González Muñoz en su pasada charla sobre el observatorio Cherenkov de Agua a Gran Altura, o HAWC —por sus siglas en inglés—, mismo que está ubicado en una de las laderas del volcán Sierra Negra, en los límites entre los estados de Puebla y Veracruz.

Durante su charla, el doctor González, con gran claridad, nos explicó las razones por las cuales el equipo de trabajo seleccionó ese lugar en México, y cómo se fue conformando la construcción del observatorio a 4100 metros sobre el nivel del mar, con materiales sencillos, pero con un objetivo científico claro y una planeación escrupulosa. Nos compartió que, actualmente, el observatorio cuenta con una apertura que cubre más del quince por ciento del cielo y, por tanto, está expuesto a dos terceras partes de este durante cada ciclo de 24 horas.

Escuchar acerca de los rayos cósmicos y de su comportamiento, podría parecer una inútil inversión de tiempo sobre un tema que aparentemente no nos compete en absoluto (y menos cuando va llegando el fin de quincena, se nos descompuso el carro o tenemos un enfermo en casa). Sin embargo, el doctor logró la magia de involucrarnos cada vez más en cómo esos rayos cósmicos, provenientes de fenómenos que ocurren en el espacio, pueden ser detectados por el observatorio HAWC para saber qué es lo que está ocurriendo en el espacio sideral, tan ajeno a nuestras necesidades primarias y cotidianidad humana.

Conforme la plática avanzó, poco a poco fuimos más conscientes de ese amplio espectro de conocimiento de lo que ocurre fuera de nuestra atmósfera, conocimiento al que indudablemente estamos invitados como habitantes de este planeta. Así fue como supimos de los fenómenos que emiten radiación de alta energía y que pueden ser captados por el observatorio, ya que este puede detectar explosiones de supernovas, así como destellos de los misteriosos rayos gamma, el campo magnético galáctico y hasta evidencias de materia oscura.

En un momento de la charla, el doctor Adiv invitó a los participantes a reconocer los acordes de tres piezas pianísticas famosas. Después de ello hizo un símil entre la manera en que las notas se enlazan para generar acordes armoniosos, y la reacción en cadena de la cascada de partículas que viajan a velocidades cercanas a la de la luz. Con ello, creo que la mayoría logramos comprender un poco más cómo el observatorio HAWC identifica cada partícula con alta precisión —como cada nota aislada generada por el piano antes de lograr la armonía—, e incluso pudimos apreciar una imagen en movimiento de cómo se pueden reconocer cada una de las partículas gracias al observatorio.

Indudablemente, parte de la razón por la que estamos en este planeta es el anhelo humano de aprender más y más. Conocer sobre naturaleza, sobre historia, sobre el pensamiento de otras culturas, sobre el conocimiento de uno: conocer, conocer… y descubrir que conocer es un placer en sí mismo. Conforme avanzaba la conferencia varios caímos en la cuenta de que la reflexión inicial del conferencista era absolutamente lógica, al menos en San Pablo. Porque aquí confluye el interés por todo lo humano, y lo mismo podemos escuchar un gran concierto de una banda de viento infantil que apreciar la belleza de una exposición magistral de piezas elaboradas a partir del humilde barro; escuchar una serie de delicados poemas mientras también se aprende a bordar… o aprender sobre astronomía de la forma más sencilla e interesante.

Justo hacia el final de la conferencia del doctor González, muchos de nosotros recordamos su expresión inicial, porque caímos en la cuenta de cuán cerca está ese instante de escuchar la delicadeza de la música emanada de un violín, a los minutos en los que conocemos y nos preguntamos más y más acerca de los fenómenos que ocurren en el espacio sideral. En esencia, las estrellas y todos los fenómenos siderales tienen todo que ver con las dulces notas de un violín. O al menos aquí sí, en San Pablo.


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