Toda una vida comprando libros por aquí

Lo que más me gusta de la Librería Grañén Porrúa es el espacio. Punto. Su oferta de libros abarca, como otros espacios en el centro de la ciudad, una gran cantidad de géneros, líneas, voces, nacionalidades, temáticas, etc. Pero debo decir que aquí la disposición de estos elementos es particular. Es decir, la diferencia es el espacio. La oferta de otros objetos, además de los libros, no tiene nada que envidiarle a las grandes cadenas; sin embargo, aquí la selección —curaduría, si se quiere— es más fina, más pensada: obra gráfica, libretas, separadores, detalles que una lectora fiel o que un lector minucioso agradece. Y esto también tiene que ver con el lugar: con este sitio al sureste de México, enclavado entre una sierra y otra, entre un valle y otro. No es lo mismo una librería en Monterrey que una de San Cristóbal de las Casas, otra en Ciudad de México o esta que se encuentra en Oaxaca.
Por mi parte, llevo más de diez años comprando libros en esta librería. Y, por parte de mi madre y mi padre, quizás el mismo tiempo. Me recuerdo sentado frente al tambor hojeando libros infantiles mientras mis progenitores platican con los libreros o con las personas encargadas. Me recuerdo descubriendo que este aroma particular de las lecturas mezcladas con madera, polvo y silencio es uno de mis favoritos. Me recuerdo convirtiéndome en un puberto, luego en un adolescente y después —si así fuera— en un adulto: siento que este espacio creció al mismo tiempo y en armonía conmigo.
¿Así les sucederá a todas las personas que frecuentan un sitio? Quizás en las situaciones afortunadas, cuando se trata de lugares que resguardan riquezas, o de lugares muy bellos, el crecimiento sucede a la par de quienes lo habitan y lo aprecian: se vuelve uno grande y, al mismo tiempo, el espacio. Mi padre envejeció, mamá también, pero este sitio parece devolverles un aura de santos, como si los tres entráramos a una cámara del tiempo, aunque más lerdos y parsi moniosos. La Librería Grañén Porrúa nos devuelve a los tres cierta vitalidad. Una vez más, gracias.
Hoy vengo de la mano de mi novia y nos zambullimos entre los libreros de la misma manera en que lo hacía cuando pequeño: como si no existiera el tiempo o las responsabilidades allá afuera. En ocasiones solo podemos pasar rápido para revisar las novedades, pero en otras aprovechamos más y nos quedamos un largo rato en cada sala.
Aunque no es la única librería que visitamos —porque, hay que decirlo, el bibliófilo es catador y conocedor de espacios, ahí radica su destreza—, sí es la que más nos gusta. Tal vez por el gusto adquirido gracias a mis padres, o por la amenidad con que nos reciben los libreros —que se vuelven amigos con el tiempo—, o por la selección de títulos y su acomodo… esta librería tiene algo.