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EL REBOZO: DON DE LA LLORONA

Ay de mí, Llorona,

Llorona, llévame al río,

¡tápame con tu rebozo, Llorona,

porque me muero de frío!

Prototipo vistoso entre los tejidos mexicanos para uso femenino, la prenda que exponemos aquí se nombraba antiguamente “paño de rebozo”. Pasó a las lenguas indígenas como payun (chatino de Tataltepec), ba’ai (zapoteco de Quiaviní), püy (huave de San Mateo del Mar) y otras formas derivadas del español “paño”. Ese tránsito lingüístico es significativo por sí mismo, en tanto que sugiere que los pueblos mesoamericanos no lo reconocían como un formato propio. Debatidas desde hace décadas, las raíces del rebozo trazan un origen híbrido, donde un modelo externo se amalgamó con el telar de cintura, según creemos. Más que el sarape masculino, el paño labrado y sus rapacejos (los flecos adornados con labores anudadas, trenzadas o entorchadas) nos remiten al siglo XVIII, cuando México era crisol de culturas y encrucijada del comercio mundial. Se ha querido ver en el rebozo reflejos de la Nao de China y los tejidos orientales, pero investigaciones recientes apuntan a un vínculo fuerte con las tradiciones islámicas, tanto en su técnica como en su diseño. 18

Exploramos en esta exhibición las hebras que conectan al rebozo con prendas análogas del occidente de Asia. Encontramos notables paralelos con lienzos iraníes decorados mediante el procedimiento de reserva llamado íkat, donde nudos hechos sobre la urdimbre evitan que el tinte penetre en ciertos tramos de los hilos, creando así figuras. La misma técnica y la misma disposición de los diseños en franjas longitudinales se emplearon en Siria para decorar tejidos de seda y de algodón. Damasco y Alepo, ciudades donde se manufacturaban esos paños, comerciaban con Andalucía. Parece ser que los teñidos de reserva gustaron tanto que fueron recreados en el sur de España. Ya en el siglo XVI, los inventarios de bienes mercantiles embarcados en Sevilla atestiguan la llegada a América de la “raja jaspeada”, un género tejido en Granada que por lo visto lucía motas o lunares que evocaban al mineral llamado jaspe, de ahí el nombre. El íkat permite lograr contornos difuminados que asemejan las manchas atractivas de esa gema bien pulida.

Junto con los lienzos p17ersas, exponemos tejidos de África, Rusia y el sureste de Asia que evidencian la distribución amplia que ha tenido dicha técnica en dos variantes: reserva anudada de urdimbre y de trama. La diversidad de procedimientos y de efectos visuales nos hace creer que el íkat tuvo orígenes independientes en distintas áreas del mundo. La semejanza que guardan algunas piezas de Nigeria y de Indonesia con ciertos rebozos surge de manera fortuita, pensamos fue en respuesta a las limitaciones que impone el proceso de tinción. El kanavat (velo nupcial) ruso, en cambio, parece atestiguar el gusto por las “telas flameadas siamesas” que se pusieron de moda en la corte de Luis XIV en París y que bien pudieron haber imitado simultáneamente las élites moscovitas y novohispanas.

Presentamos también a los parientes latinoamericanos del rebozo: paños guatemaltecos y ecuatorianos donde la afinidad estética es más estrecha y donde no hay duda del origen mexicano de algunos recursos materiales, como el ixtle de maguey utilizado para resguardar a los hilos del tinte en las “macanas” de la provincia andina de Gualaceo, chales que diferenciaban tradicionalmente a las mujeres mestizas de las indígenas. Estos ejemplos nos remiten de nuevo a la vitalidad cultural de Nueva España como centro de innovación textil en tiempos no muy lejanos. Percibimos ecos de la misma creatividad, nutrida de igual modo por savia mixta indígena, africana y europea, en la música y en la poesía popular, como lo ilustra el son de La Llorona. Ese personaje trágico, que se lamenta por sus hijos en las noches oscuras, toma forma durante el periodo traumático de la conquista española: tiene ligas simbólicas con la Malinche y con la Virgen de Guadalupe. El mestizaje adopta diversas voces, y una de ellas es el llanto del desamparo…

Taparlo con el rebozo, como a una criatura, exige el cantor desolado y friolento en los versos istmeños. Hemos de creer que la Llorona condesciende a abrazarlo y envolverlo con su paño.

Agradecemos al Museo Franz Mayer su colaboración; retomamos con sus préstamos la iniciativa de Hilary Simon, quien organizó una muestra distinta con el mismo tema en el Museo de la Moda y el Textil en Londres bajo el título Hecho en México. El rebozo en el arte, la cultura y la moda.

Alejandro de Ávila

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