Boletín FAHHO Digital No. 63 (Jun 2026)

Declaración de inauguración

Nadya Rasheed / Embajadora del Estado de Palestina en México

Marhaba. Bienvenidos. Bienvenidos a este hogar abierto. En este espíritu de encuentro quisiera saludar con especial aprecio a quienes hacen posible este espacio: Al licenciado Hector Manuel Meneses, director del Museo Textil de Oaxaca, por abrir las puertas de este recinto para que la cultura y la memoria colectiva encuentren resonancia en cada uno de nosotros. A la Dra. María Isabel Grañén Porrúa y al Sr. Alfredo Harp Helú, por hacer florecer la visión de civilización con su compromiso y esfuerzo. A la maestra Rocío Ocádiz, directora de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, por su labor al frente de esta institución, acompañando e impulsando estas iniciativas con enfoque y receptividad.

Y al profesor Shadi Rohana, de El Colegio de México, por tender puentes desde la palabra, la lengua y la memoria, y por acompañar este diálogo desde una cercanía que también es profundamente palestina.

La exposición “Gaza Permanece. El bordado y la cultura de Palestina” es un espacio donde dos culturas antiguas, dos pueblos cuyas raíces son más profundas que cualquier frontera trazada en su contra, se encuentran para crear, para celebrar y para resistir a través de nuestro origen, potencia y riqueza humana.

Durante más de setenta años, la cultura palestina ha sido el blanco preciso para eliminarnos. A nuestras aldeas les han cambiado el nombre por otro siempre ajeno, impropio, ilegal. Nuestros sagrados olivos son arrancados de raíz y quemados con el firme propósito de opacar el aliento de nuestros ancestros, con el humo y la asfixia de la bandera de la destrucción.

La herencia de nuestro bordado ha sido usurpada por voces irresponsables, externas y extrañas. Todo, absolutamente todo, ha sido objeto de constante robo, como nuestra comida, música y poesía.

La constante distorsión de nuestro legado pretende ser y proyectarse como la primera y última página de nuestra historia. Pero, como el olivo, sin ramas, sin raíces a la vista, nosotros volvemos a levantarnos y seguimos dando frutos, honrando la vida hoy como desde la antigüedad.

Aquí estamos, heridos, de luto, inundados de lágrimas por tantas muertes en nuestro interior, pero seguimos, de todos modos, como individuos, como pueblo, como siempre Palestina.

Nunca estuvimos únicamente en nuestras casas. Estamos en nuestro hilo. Estamos en nuestras recetas. Estamos en las palabras que nuestras abuelas susurraban sobre la tela. Estamos en los patrones que nuestras hijas todavía trazan con los dedos antes de conocer siquiera su propio nombre.

El tatreez, nuestro bordado sagrado, no es decoración. Es un mapa. Es un idioma. Cada patrón geométrico, cada combinación de color, cada puntada colocada con intención pronuncia el nombre de una aldea, marca una estación, registra una boda, llora una pérdida, celebra una cosecha. Una mujer que lleva tatreez carga toda su geografía en el cuerpo. Lleva su linaje en el pecho. Cuando quemaron nuestras bibliotecas, vestimos nuestra literatura. Cuando demolieron nuestros hogares, cargamos nuestra arquitectura en hilo. El tatreez sobrevivió la Nakba en maletas, doblado entre las pocas cosas que las familias pudieron llevarse. Sobrevivió a los campos de refugiados, al exilio, a la diáspora. Sobrevivió porque las manos de nuestras mujeres recordaron lo que ningún documento podía contener.

Nuestras tradiciones no son reliquias. Son actos vivos y palpitantes de presencia. El dabke, nuestra danza en círculo, son pies que dicen: “esta tierra es nuestra” con cada paso. Nuestra mesa, el musakhan, la maqluba, la knafeh, el za’atar con aceite de olivo, es una forma de memoria que alimenta el cuerpo y el alma al mismo tiempo; nuestra poesía oral, nuestra narrativa, nuestra manera de abrir la puerta a cada extraño como si fuera familia; no son costumbres de un pasado lejano. Son la forma en que hemos sobrevivido. Son la forma en que insistimos, cada día, en existir.

El olivo ha sido nuestro testigo más antiguo y nuestra metáfora más profunda. No produce fruto con rapidez. Pide décadas de paciencia, de cuidado, de confianza. Algunos de nuestros olivos tienen miles de años, son más antiguos que los imperios que se creyeron eternos. Han visto ir y venir a los conquistadores. Han sido quemados, arrancados, robados. Y aun así, del tronco más viejo y más golpeado, la vida regresa. Nosotros somos ese árbol. Nuestras raíces son así de tercas, así de profundas, así de comprometidas con la luz.

Hoy, en “Gaza permanece”, no solo observamos una colección de piezas. Somos testigos de una historia que se niega a desaparecer. Y es aquí, en Oaxaca, donde este lenguaje encuentra un eco profundo.

Este es también el resultado de una colaboración entre el Museo Palestino de Birzeit y el Colegio de México, por medio de la Cátedra José Helú, que hoy permite que este diálogo llegue hasta Oaxaca.

Como las mujeres palestinas que cargan su mundo en hilo y raíz, las mujeres de Oaxaca conocen esta misma conversación antigua entre la mano y la tierra. Su bordado, vívido e intrincado, florece desde una visión del mundo que sabe que la naturaleza es sagrada, que borda el cosmos en la tela, que mantiene vivo, mediante el color y la forma, lo que la historia ha intentado silenciar. Sus manos han resistido como el bordado. Sus manos también han transformado el dolor en belleza y la belleza en supervivencia.

Este encuentro no comienza hoy. Desde la Embajada del Estado de Palestina hemos tenido el honor de acompañar iniciativas, como el taller de tatreez palestino con Amanneh Sharif, que abrió un espacio de intercambio directo en torno a estas tradiciones, y donde también participaron bordadoras oaxaqueñas, generando un primer diálogo vivo entre ambas prácticas.

Confiamos en que esta exposición será también el punto de partida para nuevas colaboraciones durante los próximos meses, fortaleciendo los lazos entre Palestina y Oaxaca por medio del arte, la memoria y las manos de sus mujeres.

Cuando las mujeres palestinas y oaxaqueñas se sientan juntas hoy sobre la misma tela, dos ríos de memoria se encuentran. No para convertirse en el mismo río sino para reconocer, la una en la otra, la misma fuente: la voluntad in-que-bran-ta-ble de mujeres que se negaron a dejar morir su cultura, que se inclinaron sobre el hilo y la aguja como un acto de amor, de valentía, de fe en las generaciones que aún están por venir. Este proyecto nace de ese encuentro, de la convicción de que las raíces, al encontrarse, se entrelazan en una amistad inevitable. Y que la belleza compartida, incluso a pesar del desplazamiento y la distancia, se vuelve más poderosa que cada tradición por separado.

Estamos aquí para bordar juntas lo que nadie podrá deshilachar.

Shukran. Gracias.


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