Boletín FAHHO Digital No. 59 (Feb 2026)

No solo a los niños les gustan los cuentos

Rocío Ocádiz

El siguiente relato fue leído en el Centro Cultural San Pablo con motivo de la celebración del Día de Reyes, para acercar a las infancias la magia de creer, imaginar y compartir.

De eso estoy segura: a nosotros “los grandes” también nos gustan los cuentos. Nos gustan los que empiezan con “había una vez” y también aquellos donde hay gigantes, brujas y hadas, magia, y cosas que nos dan miedo, nos gustan o nos dejan pensando.

Este es un cuento de una niña que no creía en los Reyes Magos. Ella se llamaba Yunuén y les decía a todos sus amigos que no entendía por qué seguían creyendo en los Reyes.

—Los Reyes Magos no existen —les decía una y otra vez—, a mí nunca me traen nada.

Esa tarde fría de enero, mientras daban vueltas en la calle montados en sus bicis, una vez más les estaba diciendo eso a sus amigos, y la alcanzó a escuchar don Beto, uno de los vecinos.

Don Beto era un señor viejito que vivía en una de las últimas casas de la calle donde estaba la casa de Yunuén, y que todas las tardes iba, paso a pasito —con su bastón en mano—, a comprar pan para merendar. Era muy común ver a don Beto, una tarde cualquiera, regalarles chicles a los niños que jugaban en la calle cuando pasaba de regreso de comprar su pan.

—¡Buenas, don Beto!— le gritaron algunos de los niños al verlo pasar.
—Buenas, buenas— respondió don Beto, mientras pensaba lo que Yunuén había dicho y que había alcanzado a escuchar.

La calle tenía muchas luces de colores porque acababa de pasar la Navidad. La única casa que no estaba adornada era esa chiquita, muy sencilla, donde vivía don Beto y a la que finalmente llegó. Sacó la llave de su bolsillo y abrió despacito la puerta mientras seguía oyendo las risas y los gritos de los niños en la calle.

Una vez en casa, don Beto dejó el pan en la mesa, se sentó en su sillón y se quedó pensando. Conocía de vista a la mamá de Yunuén, una señora que trabajaba casi todo el día y llegaba por la noche para estar con su hija apenas un rato antes de que Yunuén se fuera a dormir.

De repente, como si le hubieran prendido un cohete, don Beto se levantó del sillón, agarró su bastón y salió de nuevo a la calle.

—¡Yunuén! ¡Yunuén!— gritó, llamando a la niña. Yunuén lo oyó y se acercó en la bici, derrapando un poco al frenar junto a la puerta de la casa de don Beto.

—¿Qué pasó, don Beto?
—Pues que oí lo que dijiste y que yo tampoco creo en eso de los Reyes. Es puro cuento, puras patrañas que han pasado de generación en generación.

Pero… ¿y si hoy en la noche los Reyes vinieran y nos trajeran algo a los dos? ¿Tú creerías en ellos? Yunuén se quedó dudosa.

—Pues igual y sí creería, pero la verdad, la verdad, no creo que eso pase.
—Pues veamos si pasa. Y si nos traen algo, yo no me sentiré tan solo como me siento todos los días, y tú ya no dirás que no crees en ellos.
—Juega, don Beto— dijo Yunuén rascándose la cabeza y acomodándose su coletero —pero conste que nomás lo haré por darle gusto.

Al día siguiente, Yunuén descubrió dos libros y un juego de mesa con un moño en el patio de su casa, junto al que había una nota: “Para Yunuén, de los Reyes Magos”.

Y don Beto, al salir de su casa, encontró pegada en la puerta, con cinta, una bolsa de papel que contenía una pieza de pan, y una notita que decía: “Sabemos que este es tu pan favorito, perdona que no te pudimos traer más”.

Esa mañana del 6 de enero, la mamá de Yunuén no podía entender dos cosas: que al llegar del trabajo la noche anterior, su hija le pidiera con insistencia ir a la panadería para comprar un pan… y que muy temprano ese día encontrara en el patio a Yunuén llorando y sonriendo a la vez, mientras abría, por primera vez en su vida, un regalo de los Reyes Magos.


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