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K’UK’UMAL CHILIL

Héctor Meneses

Hace casi 500 años, a finales de agosto de 1520, Albrecht Dürer visitaba Bruselas, donde veía por primera vez objetos realizados por el pueblo mexica, enviados por Hernán Cortés al rey Carlos V. Durero –como lo conocemos en México– trató de plasmar su experiencia en su diario: “… Yo no he visto en todos los días de mi vida nada que haya regocijado tanto mi corazón como estas cosas, pues vi allí artefactos soberbios y me maravilló el sutil ingenio de los hombres de tierras extranjeras. En verdad no soy capaz de describir todo lo que allí pensé”. Si bien no describió más que en términos generales el tipo de objetos que vio, me gustaría hacer hincapié en dos aspectos: “… vestimentas extrañas, […] y todo tipo de cosas maravillosas de usos diversos; sería un milagro encontrar algo más hermoso”. No es descabellado decir que parte de lo que le causó tal maravilla fueron los objetos de plumaria. Resulta difícil saber a ciencia cierta qué vio, pues no tenemos la suerte de contar con telas emplumadas de la época que hayan sobrevivido al paso del tiempo. No obstante, sí podemos imaginar ciertos aspectos de aquellas prendas a partir del legado que ha llegado hasta nuestros días.

En el Museo Textil de Oaxaca tenemos la fortuna de conservar un textil emplumado de fines del siglo XVII, gracias a la generosa donación del maestro Francisco Toledo. A pesar de ser tan solo un fragmento de lo que sin duda fue un huipil extraordinario, este nos ha permitido conocer más a fondo la sofisticación del tejido con plumas. Al observar con detenimiento el delicado y suave plumón empleado en los hilos de esta tela, cobran vida las menciones del siglo XVI que hacen referencia a la cría de patos para el aprovechamiento de sus plumas en la elaboración de textiles. Por ejemplo, las relaciones de distintos pueblos de la Sierra Juárez de Oaxaca nos dicen que “… el hábito y traje que traían […] eran unas mantas largas de algodón cuadradas, […] entretejidas por ellas, plumas blancas y de otros colores. Y, para esto, crían unos patos a manera de anadones, salvo que son más grandes y tienen el pico colorado”. Esta mención es de particular interés, pues nos permite conocer al ave exacta que se criaba en la sierra: el pato moscovita, Cairina moschata, pato que fue domesticado en distintas regiones de Mesoamérica desde época prehispánica. Los estudios de laboratorio hechos sobre el fragmento que conservamos en el MTO corroboran la historia, pues muestran que los hilos empleados se hicieron con plumón de ese pato en particular.

En el Museo Nacional de Antropología se encuentra un huipil completo que nos sirve de referencia para completar la imagen mental de cómo pudo ser el huipil cuyo fragmento hoy conservamos. Si queremos apreciar otros huipiles de pluma de la época hemos de conformarnos con las pinturas al óleo, y solo a través del trazo del pincel podremos palpar la textura de aquellos tejidos tan espléndidos. Sin embargo, a ustedes que, como yo, se deleitan y maravillan ante el aspecto tangible de la cultura, quiero decirles que aún hoy es posible tocar la vaporosidad de los huipiles emplumados.

Zinacantan, en los altos de Chiapas, es una comunidad tsotsil que ha mantenido el tejido de pluma para la creación del k’uk’umal chilil, huipil con plumas. Irmgard Johnson, Alejandro de Ávila y Ricardo Martínez han hecho notar el vínculo entre los huipiles que ilustran los manuscritos coloniales de Oaxaca y el centro de México con el huipil de boda de Zinacantan, distinto de otros huipiles del área maya en su forma, confección y en el ordenamiento de sus elementos decorativos. Ejemplo de ello es la forma del cuello del huipil: si bien los huipiles emplumados más recientes muestran un cuello cuadrado –como es común en la región–, el formato del k’uk’umal chilil de mediados del siglo XX guardaba una relación más cercana a los huipiles que se observan en el Lienzo de Tlaxcala del siglo XVI, donde el cuello es una ranura en forma de V. La decoración, como se observa en los numerosos huipiles que ilustran el lienzo mencionado, se ubica principalmente en la parte central –a la altura del pecho, espalda y hombros–, así como en todo el borde inferior. Las técnicas de incorporación de la pluma en la tela, sin embargo, difieren en buena medida de lo que hemos observado en las piezas virreinales. Además del hilo de pluma que aún se empleaba a finales de 1980 –en menor medida y en distinta forma a los hilos antiguos–, las tejedoras también han recurrido a otras técnicas, como el anudado y la inserción de plumas en la trama del telar.

Se ha mencionado que en el k’uk’umal chilil se emplean plumas de gallina, pues se trata de un ave domesticada: no puede volar y, por lo tanto, no se aleja de casa. De acuerdo con esa visión, estas cualidades se vuelven deseables en la mujer –futura esposa– que porta el huipil. Sin embargo, en un encuentro de tejedoras del huipil emplumado, llevado a cabo en el Centro de Textiles del Mundo Maya a finales de 2015, cuando una persona del público hizo mención de ello, las tejedoras solamente atinaron a reírse mientras desmentían esa afirmación. Negaron el simbolismo atribuido a las plumas de gallina e incluso mencionaron que no se limitan a esas plumas, “también usamos las plumas de los gallos y pollitos”, toda vez que sean suaves y sirvan para el tejido.

Estos comentarios me hacen replantear un par de cosas dichas por Durero. Por un lado, es importante puntualizar que no le maravilló únicamente el ingenio de los hombres de allende el mar. Aun cuando haya querido referirse a la idea de “humanidad” bajo el término de “hombre”, aquellas vestimentas que vio (y muy seguramente tocó) no fueron hechas por el pueblo mexica en general; fueron creadas, específicamente, por mujeres. Esto me lleva al segundo punto y a replantear en torno a sus palabras. Ese “sutil ingenio” es justamente el arte vertido en el telar por mujeres talentosas, creativas e inteligentes. No quiero decir que el arte textil sea solo sutil, al contrario, posee una fuerza contundente. Las plumas, entre muchas otras connotaciones, se han vinculado a la guerra. Mientras que a nuestra mente podrían venir las imágenes de ciertas deidades masculinas veneradas en el centro de México como Huitzilopochtli (con sus plumas de colibrí) o Quetzalcóatl (la serpiente emplumada), quisiera en este momento recordar una de las múltiples manifestaciones de Cihuacóatl, mujer serpiente; también llamada Yaocíhuatl, mujer guerrera: diosa de la fertilidad, con su cabeza rodeada de plumas blancas de águila y blandiendo el machete del telar de cintura en una de sus ma nos. Así imagino a las mujeres que dieron vida a aquellas telas emplumadas de antaño, armadas con el telar,
resistiendo y luchando continuamente para preservar su cultura y el conocimiento de los hilos para que sus herederas continúen creando a partir del tejido. Si no fuera por un numeroso contingente de mujeres guerreras ¿de qué otra forma podríamos explicar que aún hoy, 500 años después de que Durero conociera la plumaria mesoa mericana y en medio de interminables batallas, existan mujeres que elaboran los textiles de pluma?

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