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PRESENCIAS

Hector Meneses

Imaginemos: Visitamos una exposición textil, frente a los muros, un huipil atrapa nuestra mirada. Nos acercamos y, en contra de nuestra voluntad, reprimimos las ganas de tocar. Nuestros ojos recorren la textura del hilo, el brillo de la seda, la armonía de la composición. Leemos de dónde viene, cómo y cuándo se hizo, qué significa. Pero ¿quién lo hizo? Tremenda frustración al no hallar un nombre. El sentimiento es aún peor cuando, en lugar de la autoría, se lee “Anónimo”. ¿Por qué una “o”? Son más altas las probabilidades de que ese huipil tan hermoso que nos cautivó haya sido creado por una mujer. Pregunto de nuevo: ¿quién fue ella?

La exposición Escribir con una aguja: la palabra en el textil nos permite conocer, como pocas veces en el campo de los tejidos, quiénes estuvieron detrás de la creación de algunas de las obras. A veces, la información se presenta de manera explícita, como la autora que incluye su nombre en la labor, seguramente orgullosa del resultado. Sólo así nos hemos enterado que la niña María Silba bordó un pequeño lienzo de algodón en el año de 1896, cuando apenas tenía cuatro años de edad. ¡Qué lejos están mis dibujos con crayolas de cuando yo tenía esa edad! María combinó corazones, un par de niñas con faldas y un abecedario con formas mucho más complejas, diseños que encontramos repentinamente en otras culturas. ¿Qué más habría hecho una niña tan talentosa? Me gustaría pensar que se le presentaron más oportunidades donde brilló, donde sorprendió con sus habilidades e inteligencia, donde su nombre se convirtió en un bello recuerdo para más personas.

En ocasiones, menciones tan explícitas como el nombre de la autora incluyen un segundo nombre. En 1875, Mercedes Echeverría bordó un par de abecedarios y números (tanto arábigos como romanos) aderezados con muchas otras figuras, como gallos, flores y coronas. Además de bordar su nombre, Mercedes bordó el nombre de su guía: “Bajo la dirección de Juliana Contreras”. ¿Cómo habrá sido la relación entre maestra y discípula? ¿Qué otras lecciones habrán aprendido una de otra? ¿La inclusión del nombre de Juliana habrá sido un acto genuino de agradecimiento y reconocimiento, una muestra de aprecio a quien compartiera su experiencia y tiempo con Mercedes?

Algunas presencias están más veladas y hay que ir con más tiento para desenredar la madeja hasta llegar al inicio del hilo. Quizás ese esfuerzo extra haya sido el efecto deseado por Pauline Thompson, al bordar dos mapas del continente americano en 1944. En el mapa que corresponde a Sudamérica, la autora nos deja leer entre líneas un importante reconocimiento a una mujer admirable. Al observar uno de los barcos cercanos a la costa de Chile, nos encontramos con la leyenda Clipper Ship Race New York to San Francisco 1853. Los clipper ships (conocidos en español como “clípers”) fueron barcos creados a mediados del siglo XIX y cuyo objetivo fundamental era alcanzar altas velocidades para participar en carreras. La peculiaridad de la fecha (1853) nos remite a la carrera de ese año entre ambas ciudades, donde un barco que estuvo a punto de vencer al ganador fue cocapitaneado por una mujer: Eleanor Creesy. Originaria de Massachusetts en la costa este de Estados Unidos, Eleanor aprendió distintos aspectos de la navegación gracias a su padre, quien la instruyó en el tema. Después, tras hallar a un compañero que respetara, comprendiera y compartiera su pasión por la navegación, emprendió diversos viajes al lado de su esposo, Josiah Creesy. Las reseñas de algunos periódicos de la época alaban las habilidades y el talento de Eleanor y señalan la trascendencia de su persona para el buen término de los viajes emprendidos en su barco, llamado “Nube Voladora” (Flying Cloud).

Los velos que cubren la identidad de las mujeres representadas por medio del telar pueden ser aún más sutiles. Tal es el caso de un huipil de San Mateo del Mar, suave tejido que nos da una cálida recepción, pues con hilo teñido con caracol nos dice: “Buenos días ustedes / Yo soy huipil de caracol de antigua / Estoy alegría por bienvenida”. No hace falta cambio alguno en la sintaxis para comprender la generosidad del mensaje de la autora. Repito mi pregunta inicial: ¿quién fue ella? Para fortuna nuestra, al tiempo de preparar esta exposición nos visitó una tejedora de San Mateo: Victoria Villaseñor Oviedo. No fue necesario que el huipil incluyera un nombre para que Victoria pudiera identificar- lo, le bastó ver los diseños ahí tejidos para que exclamara: “lo hizo mi madre”. Su madre, Justina Oviedo Rangel, fue una tejedora extraordinariamente inventiva; tanto, que a ella dedicamos el 2° Encuentro de Textiles Mesoamericanos en 2016. Al preguntarle sobre cuál de los diseños le hacía ver que el huipil era obra de su mamá, Victoria señaló las aves que aparecen en el último renglón de la decoración: “Es un colibrí… lo sacó de un cartoncito de este tamaño [nos decía mientras indicaba con las manos el minúsculo tamaño del cartón en cuestión] donde venía el dibujo de una mariposa y un colibrí”. ¡Qué enriquecedor conocer las fuentes de inspiración de una artista como Justina!

Al ver (y reconocer) a las mujeres que dieron vida a estos tejidos, tan solo nos queda imaginar qué tan extenso puede ser su legado. Quizá, de haberse tomado la actividad textil de manera tan seria como se ha abordado a la pintura o la literatura durante siglos, la historia sería distinta. Quizá, de brindar oportunidades y reconocimiento al ingenio de las mujeres, tanto individual como colectivamente, a la par del crédito otorgado a grandes maestros de las “bellas artes”, la existencia de mujeres artistas en museos y otras instituciones culturales estaría mucho mejor representada. Si en unos cuantos lienzos podemos encontrar voces con nombres y apellidos, que representan a generaciones de mujeres talentosas y creativas, ¿qué tan numerosa y diversa ha sido la comunidad artística de mujeres en la historia de la humanidad?

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