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VEINTE AÑOS EN EL CORAZÓN DE OAXACA

El 23 de octubre de 2019, se celebró el vigésimo aniversario de la instalación de la Librería Grañén Porrúa en la ciudad de Oaxaca, que ya anteriormente tenía veintisiete en su fundación primera, un pasaje de la calle de Niza esquina con Paseo de la Reforma, en la ahora Ciudad de México.

Efraín Velasco

Ahora que uno se puede sentar frente a una computadora y encontrar casi cualquier información digitalizada o pedir a casa por internet libros a algún editor pertrechado en los antípodas, uno tiene que preguntarse: ¿Cuál es la pertinencia de una librería?

El libro, como ya nos advirtió Borges, es el instrumento más asombroso inventado por el hombre. “Los demás son extensiones de su cuerpo. El microscopio, el telescopio, son extensiones de su vista; el teléfono es extensión de la voz; luego tenemos el arado y la espada, extensiones de su brazo. Pero el libro es otra cosa: el libro es una extensión de la memoria y de la imaginación”. Pero además del libro, existe el lector, y ¿qué sería de un lector si no está cerca de alguien a quién contarle lo asombroso o divertido o profundo que acaba de leer? En los libros, la memoria y la imaginación son cordiales, vienen del pulso vital de alguien más y en el acto mágico de la lectura también pasan por el corazón de quien lo recibe.

El 23 de octubre de 2019, se celebró el vigésimo aniversario de la instalación de la Librería Grañén Porrúa en la ciudad de Oaxaca, que ya anteriormente tenía veintisiete en su fundación primera, un pasaje de la calle de Niza esquina con Paseo de la Reforma, en la ahora Ciudad de México. De estirpe bibliófila, don Manuel Grañén Moré fincó un negocio familiar –por eso lo nombró utilizando los apellidos de sus hijos– y en él extendió su persona. Una librería que, como pocas, era generosa y alegre, como recordará en un panegírico su amigo Salvador García Bolio. Así fue como la heredó, hace veinte años, la doctora María Isabel Grañén Porrúa, quien ha convertido la librería en el acto de búsqueda de aquel espacio “cálido y personal” en el que pasó su infancia.

Como primera respuesta a la pregunta inicial, ofrezco que, más allá de las cifras de libros leídos por personas en un país o las convencionales observaciones de estos lugares como “focos de cultura”, una librería es pertinente porque es un lugar donde las personas se reúnen y se preguntan: ¿Qué estás leyendo?, ¿qué me recomiendas?, ¿ya leíste a…?, activando ese ejercicio profundamente personal de poner luz en los rincones de nuestra arquitectura interior, porque, como dijo Francisco Puche: “Todo está en los libros, incluidos nosotros”.

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