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POEMA PEATONAL

La parte del poema rotulado sobre la calle de Porfirio Díaz corresponde a la línea del horizonte de un peatón. Ésta corre en paralelo a los desniveles de la acera y, al dar vuelta en la esquina de la calle Morelos, responde también a la composición de los vanos del edificio.

Efraín Velasco

Cuando pensamos a lo que se refiere la palabra “poema”, lo que usualmente nos imaginamos es una composición literaria cuya natural residencia es un libro. Sin embargo, al margen de los cánones, la historia nos ha enseñado que el ejercicio de la letra se ha valido también de otros soportes físicos, desde los epigramas encontrados en estelas funerarias en la isla de Creta, datados en el siglo VII antes de nuestra era, hasta aquel poema que Raúl Zurita escribió con humo, utilizando como fondo el cielo de un mediodía neoyorkino, en los años ochenta del siglo pasado.

En el marco del XV aniversario de la inauguración de la Biblioteca Andrés Henestrosa tuve la oportunidad de hacer dos intervenciones en el edificio que resguarda este grandioso acervo. La primera, en uno de los corredores del patio principal y la segunda, que es a la que me refiero en estas líneas, en torno a la fachada del edificio y cuyo título es Poema peatonal.

Si usted, querido lector, ha tenido la oportunidad de leer el poema en cuestión, dará cuenta de que está dispuesto de tal forma que solamente lo podrá leer si transita en torno al edificio. Si realiza este ejercicio, podrá advertir ciertas líneas de composición en diálogo, la retícula editorial con- vive con las de composición arquitectónica. La parte del poema rotulado sobre la calle de Porfirio Díaz corresponde a la línea del horizonte de un peatón. Ésta corre en paralelo a los desniveles de la acera y, al dar vuelta en la esquina de la calle Morelos, responde también a la composición de los vanos del edificio.

Así fue escrito, para leerse mientras uno camina. Además, también está rotulada una versión esquemática de la constelación Casiopea, que corresponde iconográficamente a la advocación mariana de Santa Catarina mártir –primera patrona de Oaxaca– y que eventualmente se criollizaría en la imagen de la Princesa Donají.

Sin meterme en interpretaciones compositivas arquitectónicas, urbanas, o de contenido que puedan sonar más a justificación que a sincera exploración del ejercicio literario en lo contemporáneo, que sea esta brevísima descripción la que me sirva para advertir que este poema está escrito y compuesto para este edificio en particular, sobre todo, para brindarse como un obsequio al paseante de nuestra ciudad, ahora que se cumplen quince años de la puesta en marcha de un proyecto cultural que sólo ha sido posible por el acompañamiento de sensibilidades calibradas, tanto en la tradición como en nuestro tiempo.

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