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UN TELAR DE RECUERDOS: SAN MIGUEL TULANCINGO

Don Cesáreo aprendió a tejer con su papá, Guadalupe Ángel, nacido en 1894, justo cuando las mujeres de la comunidad estaban dejando el tejido a los hombre.

Nicholas Johnson

A don Cesáreo, doña Juana y Antonio García García

Conocí a don Cesáreo Ángel Pérez, el último tejedor y hablante de chocho de San Miguel Tulancingo (distrito de Coixtlahuaca), en dos viajes a la comunidad a finales de 2007 y al inicio de 2008. Era un hombre que a sus 83 años era muy amigable y con buen sentido del humor, que nos contaba libremente de su vida y oficio como tejedor. Sus recuentos y su risa estaban marcados de forma áspera, dado que unos años antes sufrió una herida grave sobre el pecho y clavícula por una patada de su animal de carga (burro o caballo, no me acuerdo cuál de los dos), pero eso no limitó su memoria lúcida o sus trabajos de tejido: cuando lo visitamos estaba tejiendo cuatro fajas de forma simultánea en un mismo telar.

Aprendió a tejer con su papá, Guadalupe Ángel, nacido en 1894, justo cuando las mujeres de la comunidad estaban dejando el tejido a los hombres; aunque ellas continuaron con el hilado y el teñido como lo siguió haciendo la esposa de don Cesáreo, doña Juana Hernández García, hasta 2008. Sin embargo, el tejido en su familia tuvo su origen con su madre, Vicenta Pérez, que nació en 1896 y fue quien enseñó a tejer a su esposo, Guadalupe, reflejando un pasado cuando ambos géneros compartían el trabajo del tejido.

Cesáreo recordaba las conversaciones con su abuelo, quien le contaba que su abuelo creció sin conocer la ropa de manta; para vestirse tenían que tejer sus propias camisas y calzones de lana. En ese entonces, todos y todas en el pueblo trabajaban el telar. Unas generaciones después, en los tiempos del abuelo de don Cesáreo, la introducción de la manta comprada en Tehuacán cambió drásticamente la ropa cotidiana del tejido a la confección.

Así, don Cesáreo creció con pura ropa de manta elaborada por su madre. No fue sino hasta 1936 que, durante un viaje a Nochixtlán, don Cesáreo conoció un “pantalón” en estilo occidental. Y con esa introducción, las cosas en Tulancingo cambiaron otra vez. Después de una generación, ni una costurera se encontraba en el pueblo. No sería exageración decir que lo único publicado sobre los textiles de Tulancingo son dos párrafos que describen el oficio de forma muy general. En gran parte, la escasez de información y la pérdida de la tradición fueron mi motivación inicial para visitar el pueblo, junto con Michael Swanton, en esos años. Sin embargo, la información compilada durante esos viajes y otros más en los últimos años, se ha complementado con datos recientemente ubicados en diferentes acervos documentales y textiles.

Los viajes y notas de campo de Roberto Weitlaner, Bodil Christensen y Anita Jones han confirmado y complementado los conocimientos de don Cesáreo. Los rebozos antiguos de Tulancingo (conocidos localmente como “lanillas”) que se tejían alrededor de 1900, son de tejido sencillo con remates en un sólo extremo de la urdimbre (algo típico de los rebozos chocholtecos de Tulancingo, según Bodil) y con listas verticales de los colores naturales de la lana (blanco, gris y/o negro) y otras de lana teñida localmente (azul, rojo, verde y/o anaranjado) usando tintes naturales (añil, grana, pericón y probablemente otros tintes naturales) junto con diversos aditivos y mordentes (limón, alumbre, penca del maguey “potero” y la orina de niños).

Conocemos sólo tres ejemplos de estas lanillas. El primero fue conservado por don Cesáreo y tejido por su madre para ella misma: pude fotografiar esta pieza en 2007. La segunda lanilla fue descrita en las notas de Anita Jones en 1971, cuando conoció a Epifania Ángel Pérez, quien conservaba una pieza antigua que era de su madre. La tercera y más antigua se encuentra en una ilustración de Manuel Martínez Gracida elaborada a finales del siglo XIX, aunque no podemos estar seguros de los colores representados en la ilustración, ni su remate. Este formato con remate en un extremo también se puede ver en una lanilla blanca resguardada en el Museo Volkenkunde en Leiden; ésta es la lanilla más antigua de su tipo y procedente de Tulancingo que conozco (1941), adquirida por Roberto Weitlaner para su hija Irmgard.

El gabán cotidiano (“cotón” o “manga” en la lengua vernácula de Tulancingo) era de un lienzo, típicamente de lana gris o blanca con rayas de urdimbre a los extremos en color añil o grana, tejido en ligamento sencillo. El cotón de gala, o “torna azul,” era un gabán tejido en sarga diagonal con la urdimbre teñida con añil en azul oscuro y franjas delgadas de urdimbre a los extremos, teñidas con grana. La trama era roja y del mismo tinte. El efecto visual es elegante y con un efecto reluciente. Estos gabanes eran los regalos que una novia tenía que tejer, o mandar tejer, para su prometido como parte de la ceremonia nupcial.

Hasta la fecha, los gabanes, cobijas y lanillas forman un tipo de herencia, y son reliquias familiares que pasan de generación en generación, –incluso para muchos de la comunidad que han migrado–, ejemplificando la importancia simbólica y social de estos tejidos para los chochos de Tulancingo. Hasta la fecha, personas del pueblo buscan heredar estos tejidos a cada uno de sus descendientes, a pesar del hecho de que ya no hay personas locales que puedan tejerlos. Muchas casas guardan sus “moletes” o “–bolas de hilo de lana hilado a mano con malacate”–, como tesoros, esperando que aparezca un tejedor.

Más de una década después de conocer a don Cesáreo, quien falleció unos años después de mi visita, claramente puedo imaginar su sonrisa de alegría al ver la primera exposición sobre los textiles chocholtecos, Dixrikoö ndie ndachoo ndie dsua .

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