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PRETEXTOS DEL CARNAVAL

Ricardo Ángeles Mendoza

A muchos de nosotros, en la niñez nos curaron de “susto” por causa de esos seres, robustos algunos y enflaquecidos otros, con el cuerpo todo embadurnado de grasa, disfrazados, cubriendo sus rostros con máscaras de animales, de diablos o de otros personajes. En la cintura llevaban campanas que hacían tañer al tiempo que gritaban enloquecidos y perseguían a la gente por las calles.

No recuerdo cuántos años tenía yo cuando estuve por primera vez en- frente de aquellos demonios, pero sí la manera como me curé del espanto: no con “sopladas” de mezcal en la espalda, como le hacían a otros niños, sino siendo parte de ellos, de los diablos o “aceitados” del carnaval de San Martín Tilcajete.

En las calles del pueblo vagaban dos o tres diablos, nueve o diez y a veces más, de todas edades y tallas, y con máscaras de expresiones muy distintas. De espíritus corruptibles sí, como cualquier ser maligno, pero con ideas libres, llevados por el instinto y los deseos que los gobernaba, haciendo de lo “mal visto”, del “pecado”, algo común para ellos.

Refiere la historia que el carnaval primitivo inició en Grecia hace milenios y que de ahí fue diseminándose por toda Europa durante siglos. Al continente americano llegó con la conquista y el mestizaje, aunque ese carnaval en la Nueva España sólo era para la clase alta y algunos criollos. Por su parte, los indios y la servidumbre de aquellas épocas reinterpretaron esa usanza blasfemando y burlándose del festejo, el mismo que se conserva hasta hoy con características propias de los lugares donde se realiza.

En particular, muy poco se sabe sobre el origen del carnaval en San Martín Tilcajete. Si bien es cierto que su práctica existe desde hace mucho tiempo y se ha ido “tallando” a lo largo de las décadas, en función de lo sucedido dentro y fuera de la comunidad. Aquí, esta celebración siempre se ha normado en colectivo; sin embargo, algunas personas le han hecho algunos cambios, sumándole de esta forma los rasgos que ahora tiene.

Antes de ser un pueblo dedicado en su mayor parte al trabajo artesanal, Tilcajete ejercía los oficios del campo y del ganado, además de la albañilería. Por esta razón, los materiales y objetos en los atuendos del carnaval tienen tales orígenes; en realidad son herramientas adaptadas para ese pro- pósito festivo. Claro que hay otras cosas que no han cambiado, según lo recuerdan los abuelos, por ejemplo, las máscaras talladas en madera por ellos mismos o por algún familiar cercano, el disfraz hecho con ropa usada y costales de ixtle, los huaraches viejos que se guardan para esta ocasión, los “trinches”, palos y mecates de labranza y las campanas o cencerros, utensilios imprescindibles de todo diablo.

El tizne, obtenido de cualquier fogón de una cocina de humo, y que ser- vía para oscurecer la piel de los diablos, merece mención especial, pues se encuentra entre los materiales que han sido sustituidos no hace muchos años por el aceite quemado, una idea de los señores Hermelindo Ortega Hernández y Apolinar Gómez Ortega (conocido como “Polín”), con la intención de distinguir a los participantes de este carnaval. Así surgieron los “aceitados”, quienes se untan aceite automotriz de desecho con su característico color negro intenso. Debe decirse, asimismo, que en la actualidad se prefiere para esto usar aceite de cocina con coloran- te para piso, que además de ser menos difícil de quitar tiene una gama amplia de colores, como el rojo, amarillo, azul, verde y, por supuesto, el negro.

En cuanto a las máscaras, las más vistosas debido al cuidado con que se tallan, casi nunca se repiten de un año a otro porque se hacen nuevas. Son muy reconocidas debido a las incrustaciones de objetos que se les efectúan para darle más dramatismo, y que cada persona va recolectando con esmero todo el año, como clavos, olotes, piel animal y otros artefactos.

De acuerdo con la costumbre, los días de festejo son anunciados por el alcalde municipal, aunque el carnaval siempre debe terminar el martes previo al miércoles de ceniza del calendario católico. Durante este periodo todo puede suceder en la comunidad, porque como ya fue mencionado, se normaliza “lo mal visto”. Entre otras curiosidades, llama la atención ver con atuendos de mujeres y maquillaje muy femenino a hombres que nunca se hubiese imaginado se atreverían a disfrazarse, esto si es posible des- cubrirlos; a dichos personajes se les conoce como “viudas”, y muchos de ellos usan vestidos prestados por sus hermanas o esposas. Este carnaval también proyecta situaciones o fenómenos que acontecen en el país o el mundo, como la migración, la lucha por la igualdad de género, la corrupción, el narcotráfico y el propio folclor.

Los cencerros en la cintura son relevantes en esta mascarada, pues alertan a toda la gente para salir corriendo a la calle a presenciar la correría de “aceitados”, quienes portan disfraces para no ser reconocidos, y sin duda, lo más importante, para asumirse por un momento como alguien distinto, con la libertad que ello conlleva de gritar, correr y dar rienda suelta a los impulsos vitales.

Por cierto, los cencerros representan una inversión económica para los diablos, en tanto que pueden venderlos si tienen urgencia de dinero, o dejarlos en garantía cuando se trata de algún préstamo; claro, su valor está más allá de una cifra debido al cariño que les tienen sus propietarios y por ser una herencia de padres a hijos. Su simbolismo también se hace patente en la cantidad, al indicar el prestigio, la riqueza o la fortaleza de quien los porta.

En lo personal, considero que el carnaval es, en analogía, una gran máscara temporal para mi pueblo porque en esa fecha se transforma, tiene otra atmósfera y cambia de vida. Igualmente, días antes y posteriores a esta fiesta, el pensamiento y las ocupaciones de los participantes giran en torno a la celebración, ya sea en los preparativos o en la remembranza de lo sucedido.

Por otro lado, no debe obviarse que la migración a Estados Unidos o a otras entidades del país, tan intensa en San Martín Tilcajete y en todo Oaxaca, ha influido en su carnaval, en tanto que las personas, al volver, importan la cultura de esos lugares y por consiguiente la incorporan a las fiestas locales; de ahí que en años recientes se vean disfrazados con paliacates que los embozan, lentes oscuros, bermudas o tatuajes.

El “mero día” del carnaval, el martes previo a la Semana Santa, es cuando se escenifica una sátira de los sacramentos de la iglesia católica, mediante un lenguaje en doble sentido y situaciones totalmente opuestas a lo establecido: se casan hombres con hombres vestidos según se dicta, se pasean quinceañeras que son muchachos, en fin, se ironiza la liturgia y hay cantidad de circunstancias chuscas que arrancan carcajadas a los asistentes, sin faltar, desde luego, los diablos. Es de señalarse que el carnaval empodera a quienes intervienen en él, al permitirles realizar acciones que el resto del año temen hacer, es posible entonces “sacar el cobre”, como se dice.

Cabe agregar que los disfrazados, los “diablos”, los “viejitos”, los “novios” y las “viudas”, aunque andan juntos, son muy diferentes en cuanto a la concepción que se tiene de ellos, por eso el trato que dan y reciben en las calles es muy distinto. Por ejemplo, el “diablo”, al lucirse aceitado y colorido despierta temor, se impone, o al menos se le guarda cierta distancia para no terminar manchado; al contrario de los otros personajes que son cómicos y se les puede ver de cerca y tocar.

Quiero mencionar también que cuando observo a los “aceitados”, es decir, a los personajes diabólicos, me surge una incógnita: ¿por qué causan ese miedo si todos sabemos que sólo son una farsa? Y la conclusión a la que llego es que en realidad le tememos a quien está detrás del personaje porque se muestra como es en verdad y deja libre ese otro yo auténtico, mu- chas veces a través de un comportamiento animal.

Por último, relaciono el carnaval y las conductas que desata con las piezas artesanales trabajadas en San Martín Tilcajete, donde tallamos y pintamos figuras de madera que no son simples trozos de copal labra- dos sino, de alguna forma, animales, naguales, como les decimos, que cobran vida y toman la personalidad de quien los elabora.

Lo digo con esta certeza porque es lo que me ha tocado vivir en el taller Jacobo & María Ángeles, sobre todo cuando he visto tallar un mono, un búho, un venado, un coyote o un conejo, que después cubren sus rostros con maravillosas máscaras, y me pregunto quién se esconde ahí, qué nagual, ¿acaso el de Jacobo o María, de Ricardo o Sabina?

¿Será este carnaval tan único sólo un pretexto para poder mostrarnos como somos verdaderamente, naguales, tonas, espíritus?

Carnaval de San Martín Tilcajete, 2019

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