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LLAMADOS POR LAS LLAMAS DE MARCO ANTONIO MONTES DE OCA

José Molina

“Después de la primera muerte no hay otra”, afirma el poeta inglés Dylan Thomas en el poema “Rechazo al luto por la muerte, a causa del fuego, de un niño en Londres”.

¿Cuántos niños habrán muerto por fuego en Londres? ¿A cuál de todos se referirá el poeta? ¿Y por qué Dylan Thomas rechaza el luto? ¿Es posible que el poeta sea una mala persona? Las preguntas que se derivan de la lectura de los versos, todas válidas, nos acercan a la sinrazón material del lenguaje. Recordamos que el lenguaje es materia, pero un tipo de materia muy particular, producida de manera individual y entendida de manera colectiva. Si prestamos atención a la característica de “producción individual” podríamos extraer la pregunta, ¿será que todos los individuos hablamos bien? ¿Y cómo le llamaríamos a alguien que no hablara bien? Siento que la tradición, a través de los siglos, nos ha llevado a nombrar a las personas que saben que no hablan bien y que tienen un problema con la calidad expresiva de la materia verbal de una forma unánime: Poetas.

La cita anterior de Dylan Thomas la encontré en el poema “Un poema en vez de dormir”, del poeta mexicano Marco Antonio Montes de Oca (1932- 2009), en su libro Astillas (Ediciones el Mendrugo, 1973). Si lograra convencer a los lectores de que éste es un buen libro de poesía, quizá correrían a la librería Grañén Porrúa a buscar un ejemplar. Pero lo “ejemplar” del libro radica en que fueron 600 libros únicos firmados por el autor en una edición que no está incluida en el listado de sus obras que aparece en Wikipedia.

Puedo describir entonces la edición como un libro muy hermoso con tapas de cartón, diseñado por Manuel Felguérez y editado por Elena Jordana y Tomás Parra. Además que fue parte de una colección de libros hechos a mano, con muy pocos ejemplares y de autores como Octavio Paz, Nicanor Parra, Felipe Orlando, Leonel Góngora, Manuel Durán y Elena Jordana. El libro, además de poemas, contiene fotos y una carta escrita por puño y letra de Montes de Oca donde nos cuenta sus orígenes como poeta.

La poesía, en este sentido, no se ofrece como un simple objeto de uso que el lector puede adquirir en cualquier parte. Al contrario, se ofrece como un objeto muy bien pensado y en vías de extinción, el cual, sus lectores tendrán que ir a rastrear en diferentes bibliotecas con la esperanza de encontrarlo, pero, mucho más importante, con la convicción de que existe y que refulge en alguna parte del mundo.

Montes de Oca se definía como un poeta de “tono menor”, es decir, alejado del largo aliento, practicante de diferentes metrificaciones y abierto a la exploración. En este gran libro de 55 páginas encontramos toda suerte de acrobacias verbales, desde un poema visual, “Llaves” hasta un tratado de poética e historia llamado “Ofrendas de canto de perfil”. Sigue un fragmento del poema: La casa del hombre pocas veces contiene un atrio y mármoles en torno. En México suele ser choza magra ceñida por cinturones de nopal. A ella nos metemos ebrios de sed, hartos hasta la coronilla de la luz y de la sombra. No buscamos ni encontramos. Conformes con la forma deponemos la pesquisa, soñamos agua a cántaros, agua y viento y restitución a cántaros. Mas lo que abunda es sólo polvo en vilo, terregales que brillan como coronillas afeitadas, promiscuidad del asno con el estiércol y la rata, cerros al rape mondados por la ancha lengua de un mediodía en que hasta el jaguar se espina y sale huyendo.

“Yo anhelo expulsar de mí

-Decía López Velarde-

Cualquier palabra

Cualquier sílaba

Que no nazca

De la combustión de todos mis

huesos”.

La poesía de Montes de Oca queda refrendada en su voluntad de escarbar, penetrar en la urdimbre del lenguaje y entregarse en esta gestualidad verbal. Quedan los nombres erigidos, pero también su impronta gracias al fervor de un editor, que al igual que el autor, imprime en el libro la combustión de todo su ser.

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