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UN CERRAR Y ABRIR DE OJOS: CASA PROTOTIPO FAHHO EN IXTALTEPEC

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Haydee Cruz

Jorge Guzmán Jiménez, de 37 años, es uno de los beneficiados con la reconstrucción de su casa, que será el primer prototipo de la FAHHO en la comunidad de Ixtaltepec. La vivienda será construida con base en la combinación de materiales tradicionales, como tabique y teja, reforzados con materiales contemporáneos, además de contar durante el proceso con la revisión estricta de un ingeniero.

La familia se compone de Jorge, quien tenía su taller de bicicletas, su esposa Rebeca quien es ama de casa, sus dos hijos, su padre que es campesino y corta leña para vender, y su madre, la señora María Elena Jiménez Vega, de 68 años, quien se dedicaba a costurar y atender la papelería. Ellos declaran haber perdido dos casas: una antigua, propiedad de su madre y otra que estaban construyendo.

La señora María Elena menciona que su casa fue construida en 1898, y esto lo sabe porque en una de sus ventanas estaba marcada la fecha. Según su descripción, la casa tenía las iniciales de sus ancestros, era amplia, con altos ventanales, no tenía refuerzos como varilla pues no la conocían en ese tiempo, era tejido ladrillo con ladrillo, su techo tenía morillos, biliguana, lodo y tejavana: “La casa era fresca, puro ladrillo, el piso de ladrillo. Mucha gente me decía: si tenía papelería por qué no le puso cemento. ¡No, le digo! Ésa es su tradición. Los ventanales tenían su banqueta por dentro, ahí nos sentábamos y abríamos las puertas de cuatro hojas. De noche, cuando había calor, se podía cerrar lo de abajo y abrir lo de arriba. ¡Una cosa preciosa!, humilde, ¡pero preciosa!”.

Rebeca recuerda que el 7 de septiembre su esposo estaba viendo la tele, ella le dijo que la apagara para que durmiera, debido a que ya eran casi las doce y el ruido despertaría a los niños. Cuando estaba a punto de dormir escuchó una especie de ruido de carro, sintió el movimiento, despertó a su marido y salieron: “Se levantó un polvazo que ya ni pudimos respirar, porque estábamos cerca pues, y es cuando dije: ¡Dios, ya se cayó la casa, ya se cayó el techo donde vivíamos! ¿Dónde ahora?, dije. Grité de tristeza, porque dónde voy a llevar yo a mis hijos. Era nuestra única casita que teníamos, lloré fuerte, me dio sentimiento, tristeza; y así se cambió Ixtaltepec, en un cerrar y abrir de ojos”.

La señora Rebeca menciona que gracias a su suegra pudo reaccionar de esa manera y sacar a sus hijos de la casa, pues siempre que temblaba, por más mínimo que fuera el movimiento ella gritaba, les decía que salieran y que eso indicaba un cambio de tiempo, el comienzo de las lluvias o aire: “Saqué a los niños dormidos o despiertos, ¡pero yo los saqué! Lastimé su brazo de mi niño grande porque yo lo jalé recio, no importa si se lastima, yo con tal de sacarlo afuera y así pasó. Gracias a Dios estamos salvos, más que nada mis hijos, imagínense si se quedara uno de mis hijos adentro, me muriera yo”.

Doña María cuenta que hubo mucho apoyo por parte de la gente. “Casi toda la república nos ayudó, nos mandaron ayuda, despensas, ¡palabras, que es lo que más me gusta!, las palabras de aliento, porque estábamos lastimados”. Distintos medios nacionales e internacionales se acercaron a la familia para escuchar su historia.

Jorge recuerda que su madre le dijo: “Ya no tenemos nada”, y en ese momento se metió entre los escombros a buscar algunas cosas, rescató documentos importantes, mientras que la gente le decía que se saliera. “Los morillos estaban colgados. Los cuates me decían: ‘¡Salte de ahí Jorge! Se va a caer eso en tu cabeza. ¡Antes saliste vivo!, dice, ¡salte!, ¡salte!’”.

Aunque la mamá de Jorge añora lo que algún día tuvo, dice que aprecia más su vida que las cosas materiales. “La vida es lo que vale. Yo gritando ¡mi casa!, ¡ya no tengo casa! Pero una gritadera porque ya no tengo casa, y otras personas dijeron: ¡Mi mamá se murió! ¡Mi hijo! ¡Mi esposa! ¡Mi hermano! Todos estaban gritando: ¡Queremos ayuda por favor, para sacarlos de abajo! Y nadie había”.

Jorge se describe como una persona curiosa. Cuando vio a personas en el edificio conocido como la Casa del Pueblo, lugar que está junto a su casa, se acercó para ver quiénes eran y fue ahí donde encontró a los arquitectos de la FAHHO, quienes le ofrecieron ayuda para construir su hogar. Recuerda que les hizo un dibujo de cómo era su vivienda y la visita que le hicieron don Alfredo Harp y la doctora María Isabel Grañén Porrúa. “Cuando me dijeron, uno siente bonito, ¡qué bueno que llegó alguien que nos va ayudar!”.

Rebeca recuerda la mañana en que los arquitectos le presentaron el proyecto de la casa: “Me enseñó la foto, el diseño que ellos traen y me gustó bastante. Ya le dije a mi esposo, vamos a hacer nuestra casita, mejor dejamos que ellos hagan nuestra casita, ¿si no, cómo?, no van a alcanzar los $120 000, ¡no es nada!, aprovechamos o nos quedamos. ¡Y aprovechamos!”.

Al preguntarle cómo se sentía al ver el avance de su casa ella dijo: “¡Me siento muy feliz! Me gustó bastante, por fin voy a tener dónde meter a mis hijos”; Además de estar “muy agradecida con la Fundación, la señora, la doctora es una persona muy buena, pues no cualquier gente puede hacer esto. ¡Es súper generosa! Eternamente voy a estar agradecida con ella y con el Sr. Alfredo. El resto de mi vida voy a contar a mis hijos quién hizo la casa y todo eso, ahora sí, hasta la muerte voy a estar agradecida con ellos, sí, es un gran favor que me están haciendo”.

Además, menciona al equipo de la FAHHO, valora su apoyo y paciencia para construir su casa. “Voy a estar siempre agradecida con ella y con los arquitectos: Gerardo, Vichido; Jesús, él empezó todo, mi respeto para el arquitecto Jesús, siempre voy a estar agradecida con el arquitecto Jesús porque él aguantó todos los insultos, todos los maltratos de mi suegra, aguantó, aguantó y aguantó”.

 

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