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PADRES, MADRES Y LIBROS: UNA RECONCILIACIÓN POSIBLE

Magali Velasco

 
La biblioteca del Colegio La Salle es el hogar de libros, muchos de ellos nuevos, que esperan ansiosos que manos pequeñas los tomen, los hojeen y se deleiten con sus historias y sus saberes. Otros más ya tienen huellas del tiempo y de incontables manos que han señalado sobre sus páginas algún descubrimiento asombroso compartido con amigos, otros han sido amigos silenciosos de lectores solitarios que, tumbados en un rincón cómodo, han sonreído a las páginas en una completa complicidad. Múltiples libros son orgullosos, sabedores de que tienen diversos fans. También los hay terapeutas, claro, ellos son más reservados.

En fin, sus vidas son variadas, más allá de lo que cuentan las palabras impresas en sus páginas, ¡si hablaran… las anécdotas que contarían!
Pero hace tres años irrumpieron en 
su hogar un grupo de padres de familia, deseosos de conocerlos, de entenderlos, de escuchar los secretos con 
los cuales embelesan a sus hijos. Creo 
que para todos fue raro, los libros y yo 
sólo habíamos convivido con niños 
y adolescentes. Pero el cambio fue
 agradable: primero los padres veían 
a los libros con respeto, con admiración, después tomaron confianza y se
 acercaron más a ellos. No tardó el día 
en que los libros alistaron maletas iban de viaje, y no es que no hubiesen salido nunca, pero sus viajes anteriores fueron a los hogares de los pequeños. Esta vez el reto era mayor; había llegado el momento de enfrentarse a las masas. Ellos no se intimidaron, siempre han estado listos, y más después de escuchar a cada ponente exaltar sus virtudes. Los vi salir altivos, ávidos de aventuras.

Se han marchado silenciosos y silenciosos han vuelto; no me han contado nada. Sin embargo, al final de cada diplomado los padres han llegado a compartir sus vivencias y he escuchado que en compañía de los libros, como sus fieles escuderos, han emprendido osadas campañas; han sido la voz maternal que todo ser humano mereciera tener en la cuna; han sido el bálsamo que ha aliviado las penas de pérdidas irreparables; han sido mensajeros de esperanza para los que son prisioneros de sus errores; han sido portadores de luz en medio de las tinieblas de la enfermedad; han sido amigos que escuchan con paciencia lo que cuentan aquellos cuyas canas denotan las andanzas de toda una vida. Han aprendido el idioma de aquellos que expresan amor con un tirón de cabellos o con un abrazo de fuerza desmesurada. Madres, padres y libros se han convertido en contrabandistas de amor, de alegría y también de algunas galletas y dulcecillos.
He visto madres resarcir los lazos de comunicación con sus hijos. Ha sido emocionante oírles decir: “Mis hijos dicen que ya sé leer”, “¡qué alivio, sí soy lector, también los libros informativos son importantes!”. Por amor se vence el pánico escénico para descubrirse como extraordinarios contadores de historias. Han pasado horas frente al espejo preparando las voces, los gestos que cautiven, que conmuevan y diviertan.

Pero no sólo madres y padres nos han visitado. Vinieron también a esta casa maestros y maestras de esos que se han casado por amor con su profesión y que, a pesar de los años de experiencia, aún tienen el deseo de aprender más para transmitir más a sus alumnos. Se nota en sus ojos la chispa de entusiasmo que aún sigue encendida y, por ello, los libros, aun los más salvajes, se han dejado alcanzar por estos hombres y mujeres artesanos del conocimiento.
En fin, ¿qué más puedo decir…? Los pilares del lasallismo son fe, fraternidad y servicio, y si me pidieran resumirlos aún más diría: otredad, y otredad es lo que he visto en estos tres años del Diplomado en Promoción y Estrategias Lectoras. He visto seres humanos regalándose a otros con bondad, de corazón. Por ello, va nuestro más sincero agradecimiento al contador Alfredo Harp Helú y a la doctora María Isabel Grañén Porrúa, porque gracias a este regalo hoy sabemos que “cambiar el mundo, amigo Sancho, no es ni locura ni utopía, es justicia.

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