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OCTAVIO ACOSTA

AcostaAgustín Castillo

La Liga Mexicana de Beisbol abrió sus puertas a una gran cantidad de jugadores no nacidos en nuestro país, con la intención de mejorar el espectáculo. Califi car la modifi cación no es la intención del texto, pero es necesario hacer referencia para identifi car que en esas condiciones se complica demasiado encontrar un lugar para los peloteros que se van graduando de las distintas academias.

La postura de Diablos Rojos del México y Guerreros de Oaxaca ha sido contundente: competir con la base nacional que ya se tenía, y proyectar a los beisbolistas que han cumplido con los procesos de desarrollo. El riesgo latente de tener una temporada sin los éxitos acostumbrados no ha sido sufi ciente para enterrar un proyecto que se ha venido cocinando en el último lustro. Confiar en los jugadores novatos ya tuvo su primera grata sorpresa. Octavio Acosta acaparó los titulares en los medios capitalinos, en los momentos más inciertos para el club escarlata. Acosta es el mismo lanzador que conquistó el triunfo de la coronación en la Liga Invernal a principios de enero.

Durante el entrenamiento del México en Mazatlán, y posteriormente en los juegos de exhibición, el serpentinero sinaloense tuvo actuaciones sobresalientes, aunque le informaron que había un uniforme para él cuando faltaban unos minutos para la inauguración de la campaña.

A pesar de sus 23 años, Octavio Acosta ha vivido momentos llenos de intensidad en su breve carrera, todos ellos son una prueba de que algo grande podría ocurrir en breve. Antes de pasar por las ligas profesionales domesticas, los Mets de Nueva York lo firmaron para Estados Unidos. Sin el conocimiento del inglés y un mundo nuevo ante sus ojos, Octavio se hizo de un nombre, y el regreso a su tierra no significó un retroceso, al contrario, la experiencia adquirida en un beisbol diferente, ha servido para ser un novato que no lo parece.

En el arranque lento de la Pandilla Roja durante 2016, el lanzador derecho de Guasave ha sido uno de los abridores indiscutibles, y aunque los triunfos personales no han llegado en la cantidad deseada, ha contribuido para detener a sus oponentes y darle a los Diablos la oportunidad de pelear en condiciones menos adversas.

Escuchar su nombre en el sonido local cada cinco días ha sido el aliciente para levantarse todos los días con el hambre de aprender los secretos del pitcheo, pero, sobre todo, de mantener el sitio que le ha brindado su mánager e ídolo de niñez, José Luis “Borrego” Sandoval.

A pesar de su deseo de volver a buscar una oportunidad en el mejor beisbol de mundo, Octavio Acosta tiene sus metas bien definidas en el corto plazo. Su primer deseo es que la afición de la Ciudad de México se decida a visitar el Fray Nano cuando él sube a la loma; y el segundo va mucho más allá y tiene pocas posibilidades de hacerse realidad, pensando en su estado físico. Pocos saben que su posición principal cuando lo firmaron los scouts, era atrás de home plate como receptor. Lo haría inmensamente feliz que le permitieran ponerse los arreos en un juego oficial.

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