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HOMENAJE AL MAESTRO GILBERTO MARTÍNEZ

HOMENAJE AL MAESTRO GILBERTO MARTÍNEZ
Hermano Martín Rocha Pedrajo

Hermanos y amigos que hoy nos acompañan.
El padre Llorente, escritor español, plasmó hace años la siguiente sentencia:

“A los ochenta años se desvanecen los sueños, se modifican los planes, se recortan las ambiciones, se aquietan las pasiones, ya no se duerme la noche de un tirón, da gusto estar sentado, cuesta subir escaleras, se alargan las siestas y se echan de menos los compañeros de camino. Ya quedan pocos, y de esos pocos, unos están sordos, otros caminan a tientas y otros han perdido la memoria”.

Al leer esta cruel sentencia podemos pensar en mucha gente, pero no en nuestro hermano Gilberto. El hermano Gilberto trajo, hasta el fin de sus días, azorado a su Ángel de la Guarda. A sus noventa años… le sobraban sueños, proyectos, ganas de vivir, celo apostólico. Es por ello, si me lo permiten, que quiero compartir hoy un fragmento del poema sobre la vejez de José Saramago que refleja muy bien la vida de nuestro hermano Gilberto.

¿Qué cuántos años tengo?
–¡Qué importa eso!
¡Tengo la edad que quiero y siento!
La edad en que puedo gritar sin miedo lo que pienso.
Hacer lo que deseo, sin miedo al fracaso o lo desconocido…
Pues tengo la experiencia de los años vividos y la fuerza de la convicción de mis deseos.

¡Qué importa cuántos años tengo!
¡No quiero pensar en ello!
Pues unos dicen que ya soy viejo, y otros “que estoy en el apogeo”.
Pero no es la edad que tengo, ni lo que la gente dice,
sino lo que mi corazón siente y mi cerebro dicte.

Tengo los años necesarios para gritar lo que pienso, para hacer lo que quiero,
para reconocer yerros viejos, rectificar caminos y atesorar éxitos.

Ahora no tienen por qué decir: ¡Estás muy joven, no lo lograrás!…
¡Estás muy viejo, ya no podrás!…
Tengo la edad en que las cosas se miran con más calma, pero con el interés de seguir creciendo.

Tengo los años en que los sueños, se empiezan a acariciar con los dedos, las ilusiones se convierten en esperanza.

Tengo los años en que el amor, a veces es una loca llamarada, ansiosa de consumirse en el fuego de una pasión deseada.
Y otras… es un remanso de paz, como el atardecer en la playa…

¿Qué cuántos años tengo?
No necesito marcarlos con un número, pues mis anhelos alcanzados, mis triunfos obtenidos,
las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas…
¡Valen mucho más que eso!
¡Qué importa si cumplo setenta, ochenta o más!

Pues lo que importa: ¡Es la edad que siento!
Tengo los años que necesito para vivir libre y sin miedos.
Para seguir sin temor por el sendero, pues llevo conmigo la experiencia adquirida y la fuerza de mis anhelos

¿Qué cuántos años tengo?
¡Eso!… ¿a quién le importa?
Tengo los años necesarios para perder ya el miedo
¡Y hacer lo que quiero y siento!
Qué importa cuántos años tengo.
O cuántos espero, si con los años que tengo,
¡aprendí a querer lo necesario y a tomar, sólo lo bueno!

Hemos celebrado la Eucaristía, culmen de nuestra vida cristiana, en agradecimiento por la vida de nuestro querido hermano Gilberto Martínez Soto. Los que le conocieron recuerdan la fuerza de la vocación de nuestro hermano: su incansable búsqueda de encontrar a Dios en todo, el amor profundo por la educación, su celo por la salvación de las almas, su caridad sin límite. Muchas personas han expresado su convicción de que su vida fue profundamente marcada por el testimonio de un hombre que fue coherente hasta el final.

El hermano Gilberto alcanzó la plenitud como ser humano…. Fue su día… se cumplió el más anhelado de sus sueños… estar junto a muchos en la presencia del Padre… Ahí están sus padres, sus hermanos de sangre, muchos de sus hermanos de fe, algunos de sus exalumnos, y desde ahí seguirá iluminando el camino… dejando claro que él no es el camino sino simplemente un referente para seguir el camino.

La vida de nuestro hermano nos recuerda que la vida es itinerario, compromiso, amor. Pudo haber cometido muchos errores, sin embargo, dejó huella (y profunda) de su paso por esta vida. La vida de nuestro hermano debe darnos unas ganas tremendas de vivir y de amar. No nos queda más que decir, gracias don Gilberto, gracias por ser un hermano exageradamente fraterno, por ser usted… por darse todo… y por ser alguien que siempre nos enseñó que somos herederos de un sueño sin fin y que ahora nos toca a nosotros seguir…

No quiero pasar la oportunidad para agradecer a todos ustedes no sólo su presencia hoy aquí… sino su presencia en la vida de nuestro hermano Gilberto… en especial a la comunidad de León que lo acompañó con una caridad exquisita, a don Alfredo Harp, a quien él tanto apreciaba, a Emilio y a Martín y sus respectivas familias. Sólo me queda pedirle al Señor algo que siempre que participo en un funeral le pido:
Haz, Señor, que la muerte me encuentre vivo…

Muchas gracias.

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