Vientos fríos: Un viaje a la Mixteca Alta

Para cuidar y apreciar algo,
hay que conocerlo.
El pasado domingo 8 y lunes 9 de febrero, liderados por la Dra. María Isabel Grañén Porrúa, un grupo de representantes de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, el Taller de Restauración FAHHO y Seguimos Leyendo visitaron algunas comunidades de la Mixteca Alta oaxaqueña con el objetivo de inaugurar, evaluar y apreciar los proyectos que la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca ha desarrollado en los últimos años por medio del Taller de Restauración.
La primera parada fue San Pedro y San Pablo Teposcolula, donde la gente de la comunidad nos recibió con los brazos abiertos y un desayuno delicioso. En estas comunidades, la FAHHO arrancó los trabajos de la restauración del antiguo hospital de la Santa Vera Cruz, que fue construido durante la segunda mitad del siglo XVI y es el único de esa época que aún sigue en pie. Su edificación formó parte de la reubicación de Teposcolula en el fondo del valle, después de abandonar el sitio prehispánico en la cumbre del cerro Yucundaa a mediados del siglo XVI. El edificio estuvo conformado por una capilla, salas de enfermos y una botica. En esa época, los malestares se trataban en casa y los hospitales eran, más bien, lugares para el “bien morir” de las personas de los estratos altos de la sociedad mixteca. Sin embargo, en el paisaje patrimonial este edificio es de vital importancia, pues brinda identidad y fuerza a los habitantes al reafirmar la relación con sus raíces. Además, una vez restaurado, servirá como un espacio para el bien común en el cual las infancias, los jóvenes y los adultos podrán convivir. Estando ahí, una visita obligada fue la Casa de la Cacica, un edificio restaurado también por la FAHHO que alberga una biblioteca que acoge a las infancias de la comunidad fomentando la lectura y el conocimiento.
Nuestra segunda parada fue San Martín Huamelúlpam, cuyo símbolo identitario consiste en una lagartija, la cual se encuentra tallada en una enorme piedra en los límites de su zona arqueológica. Al llegar a su museo comunitario, nos recibió la presidenta municipal —con bastón de mando en mano— acompañada por su cabildo. En el recorrido por la sala de exhibición pudimos observar piezas increíbles, tales como piedras talladas, joyería antigua, herramientas para la elaboración de papel y unas urnas de piedra excepcionales en muy buen estado de conservación. Con un gran conocimiento de su historia, los huamelulpeños comentaron que la instauración de su museo se basa en las investigaciones de varios arqueólogos que estudiaron la zona, entre ellos, Alfonso Caso y Marcus Winter. La visita siguió su curso y, después de unos esfuerzos por subir el cerro, llegamos a la zona arqueológica conformada por un juego de pelota y tres grandes explanadas que nos dan una idea de cómo vivió la gente que habitó aquellos vestigios. Visitamos su palacio de piedra, para cuya restauración solicitaron el apoyo de la Fundación con la intención de volver a darle vida. Cómo decirle que no a una comunidad tan empeñada en mantener su historia y raíces vivas.
Para finalizar el primer día de viaje, nos trasladamos a la Heroica ciudad de Tlaxiaco, donde el presidente municipal tuvo la consideración de agradecer los apoyos que, en años anteriores, la FAHHO destinó a la restauración de su archivo histórico, cuya importancia es vital al tratarse de uno de los archivos más grandes de la Mixteca Alta.

El lunes sucedió la visita a una de las comunidades más coloridas del recorrido: San Andrés Chicahuaxtla. Los fríos vientos, en compañía del agente municipal y su cabildo, nos dieron la bienvenida. La visita inició en la plaza principal, desde la cual podían observarse, a lo lejos, muchos y hermosos huipiles rojos moviéndose de aquí para allá; gente comprando frutas, verduras, pan, semillas o vendiendo sus preciosas piezas elaboradas en telar de cintura. Después de darnos el lujo de ver y comprar la despensa de la semana, siempre con la intención de apoyar a la comunidad, las autoridades nos mostraron una de las principales razones por la cual estábamos ahí: su iglesia. Dañado por el tiempo, el clima y el uso, este edificio requiere de una intervención para que su funcionamiento no se vea afectado. De igual manera, visitamos su Casa de la Cultura, la cual, a pesar de ser pequeña, alberga el alma de cada persona que participa en sus actividades. El sonido de violines, guitarras y voces en triqui acompañaron el recorrido por los increíbles proyectos que ese edificio resguarda: un banco de maíz y una sala lúdica en donde se imparten cursos para preservar su lengua originaria y se reciben las actividades de la Biblioteca Móvil.
También visitamos la primaria y la secundaria, en donde el proyecto Endless Oaxaca Multilingüe —una iniciativa de la BIJC— hizo posible la donación de computadoras para mejorar la calidad educativa. Una de las sorpresas que nos llevamos fue ver el resultado del esfuerzo que hacen los habitantes para preservar su lengua, como el proyecto del señor Misael Hernández, quien diseñó un servidor llamado TriquiNet, que alberga contenidos educativos y de entretenimiento exclusivamente en lengua triqui. Para cerrar con broche de oro, nos dieron la oportunidad de presenciar una muestra del tejido en telar de cintura elaborado por Simona Trinidad, una mujer de más de 80 años que ha dedicado su vida al telar, convirtiéndolo en su principal ingreso y en una herencia para sus hijas, quienes ahora también se dedican a la producción de textiles. El día siguió su curso y, con el corazón lleno de admiración, tuvimos que dejar Chicahuaxtla para visitar la comunidad alfarera de Santa María Cuquila, donde el Taller de Restauración rehabilitó su iglesia hace casi 10 años. Gracias al cuidado de sus habitantes el templo se ha mantenido en óptimas condiciones, sin embargo, el mantenimiento ya es necesario. Es por eso que la FAHHO se comprometió a capacitar a la gente para que aprendan técnicas de impermeabilización y ellos mismos puedan cuidar de su patrimonio sin que esto les genere grandes gastos. Dejando lo mejor para el final, la comunidad nos despidió con una comida digna de dioses, llena de tamales, tortillas enchiladas, picaditas, tetelas y café que nos darían energía para nuestro regreso a la ciudad.
Cada vez que tengo la oportunidad de cubrir una gira como esta, una parte del viaje se queda en mi corazón: los rostros, las manos y las sonrisas de las personas al recibir el apoyo de la Fundación para cuidar de su patrimonio no tienen precio.
Si tú que estás leyendo esto aún no conoces las comunidades mencionadas, te invito a que las veas con tus propios ojos; solo así se comprende, de verdad, la importancia de preservar el patrimonio