Boletín FAHHO Digital No. 2 (Nov-Dic 2020)

Ratones de biblioteca y ¿gatos de archivo?

Fabiola Monroy
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“Ratón de biblioteca” era la expresión con la que se definía a una persona que pasaba considerable tiempo de su vida cotidiana en estos recintos, ya fuera por deber o por placer. Sin embargo, a pesar de la idealización que pudiera acarrear esta frase cada vez más en desuso, los roedores, en realidad, no son bienvenidos en ninguna biblioteca.

La frase coloquial fue rescatada por el pintor alemán de la época romántica, Karl Spitzweg (1808-1885) en su obra Der Bücherwurm —que traducida figuradamente al español resulta en ‘el ratón de biblioteca’—, una imagen que, en su momento, retrató a una sociedad evadida de cualquier contacto con la realidad, revelando una ligera sátira sobre aquellos que preferían refugiarse en los mundos contenidos por los libros, que presenciar los acontecimientos que asolaron a Europa después de las revoluciones acontecidas en 1848.

Este título también da cuenta, tanto en el idioma original como en la frase en español, de los seres vivos que rodeaban a las bibliotecas aparte de los seres humanos, insectos y roedores, que hoy en día se tratan de evitar a toda costa, inclusive con métodos tan sui-generis, como el de la Biblioteca Joanina de la Universidad de Coimbra, Portugal, que cada noche es resguardada por numerosos murciélagos que devoran a los insectos que se internan en dicho recinto.

Los archivos también comparten estas faunas cuadrúpedas, pues el papel, sustrato primordial del contenido de ambos acervos, no tiene distinción en nutrientes y alojamiento para las especies ya mencionadas. Sin embargo, los felinos también han dejado su huella en los archivos de muy diversas maneras, aunque no tan evidentes, con el paso del tiempo. El caso más conocido es el encontrado por Emir Filipovic, investigador de la Universidad de Sarajevo, quien revisando en el archivo de las cartas del gobierno de Dubrovnik a sus comerciantes en importantes centros mineros de 1445, encontró un documento con las huellas de un gato estampadas sobre el texto oficial; la posibilidad de que pudiera subir a las redes sociales las imágenes de estas cuatro huellas, dos sobre papel en blanco y dos sobre un texto de más de cinco siglos, aparentemente desató un interés, raras veces visto en las personas ajenas a los archivos, por descubrir escenas cotidianas en estos documentos poco publicitados, al mismo tiempo que en la comunidad de investigadores, por descubrir, en otros acervos, testimonios semejantes de presencia gatuna, tan imprevista en cualquier documento oficial. La explicación más común de este testimonio es la antigua práctica de los custodios de los archivos, en muchas latitudes y longitudes, de permitir el acceso a estos felinos caseros para controlar la población de roedores. Hasta hace algunos años, los gatos figuraban entre los custodios del Archivo General de la Nación de México, por ejemplo. Las prácticas de conservación preventiva de hoy en día no contemplan de entrada este tipo de “control biológico”, liberando a los gatos de tal responsabilidad.

Como todo conocedor de los felinos ha de saber, los gatos son famosos por sus indagaciones, quedando ello plasmado en la frase “La curiosidad mató al gato” de la que pocos conocen su terminación: “…pero la satisfacción le devolvió la vida”. Valiéndose de esta característica aparece, en una serie de cuentos publicados por Adabi de México, Archivaldo, un gato que, junto con Sabina y Leo, está presente en varios momentos culminantes de las historias de estos dos hermanos, ocurridas en diferentes momentos del rescate del patrimonio documental en archivos y bibliotecas de un municipio mexicano.

Roedores y felinos siempre han estado presentes en gran variedad de actividades humanas y, como se puede apreciar, los repositorios de archivos y bibliotecas de todos los tiempos no fueron la excepción. Y aunque todavía hay gatos bibliotecarios, como Kuzya, en Novorossiysk, Rusia, y hasta gatos libreros, como Cusco, Demetrio y Café, en una librería argentina, por poner dos ejemplos conocidos, esperemos, en contraparte, que los roedores solo se queden en la expresión “Ratón de biblioteca”, por el bien del patrimonio bibliográfico.

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