Fabiola Monroy

Precio y valor: dos caras de la moneda

Boletín FAHHO Digital No. 4 (Mar-Abr 2021)

¿Es acaso sensato poner precio a un bien patrimonial irrecuperable? ¿Cómo reflejar el valor de un libro antiguo o documentos en un precio? ¿Cómo poner, en cualquier moneda corriente del momento, la habilidad de un impresor o de un escribano o de un grabador, o de un papel de trapo hecho a mano hace centurias o inclusive hace un decenio? ¿Es posible que los referentes actuales puedan reflejar el costo de algo realizado hace siglos? Estas podrían ser algunas preguntas que se hacen alrededor de la práctica de la tasación de un documento o de un libro, desde los contemporáneos hasta los antiguos o históricos.

En las noticias figuran subastas y ventas de todo tipo de documentos, fotografías, mapas, diarios, libros que se convirtieron en los más vendidos o libros clásicos de ediciones raras o exquisitas; incluso la oferta de estos ejemplares ha salido de las casas subastadoras y ahora ya se puede acceder, desde cualquier terminal de internet, a sitios dedicados a la venta de cualquier tipo de artículo necesario y deseado, sitios que ofrecen también documentos centenarios y ediciones de colección. ¿En qué basan sus precios?, ¿en un capricho, en una necesidad o en el mercado? Contestemos con un ejemplo conocido: si el interés es comprar un auto de determinada marca y modelo, el interesado revisará todos los precios a su alcance para comparar en dónde puede adquirir el producto más barato, con las características deseadas. Ahora bien, si lo que quiere es un auto “clásico” seguramente la oferta se reduce mucho más y los precios variarán según el estado de conservación, las características propias del automóvil, los kilómetros recorridos, adaptaciones y otras cualidades, inclusive, si modelos semejantes han salido a subasta, en cuánto se han vendido y cuál fue el precio inicial, todo ello, toda esta información va creando una valoración del auto deseado, incluyendo un precio en el mercado nacional y tal vez extranjero, dependiendo de la rareza o la acuciosidad del comprador, sin olvidar que un vendedor también acudirá a los mismos recursos para darse una idea estimada del valor del bien a negociar.

Algo similar pasa con libros y documentos. No es posible determinar, por ejemplo, un “precio razonable” para el acta de independencia de un país, porque simplemente no está en venta, pero si se exhibe en una exposición, será necesario un seguro que de alguna manera cubra algún daño que pudiera darse por un imponderable. El valor de esa acta reside en lo que representa culturalmente para la nación, su saga histórica y la lucha por su libertad, los personajes que la firmaron, el precio estimado para el seguro no puede establecerse sin pensar en todo ello y todavía así podría resultar meramente simbólico.

Vayamos a un caso más puntual: un ejemplar de la Imitación de Cristo de Tomás de Kempis, uno de los libros de devociones más conocidos y editados desde que apareció en 1441. Se entiende que la primera edición sería la más valiosa y posiblemente no haya ninguna a la venta en el mercado “oficial”. Para tasar un ejemplar posterior, sería necesario revisar si hay otros ejemplares en el mercado de la misma edición del que se desea establecer un precio, además de considerar el estado de conservación y otros elementos propios del ejemplar. Quien desee comprar un impreso determinado pagará seguramente, si está a su alcance, lo que el vendedor desee, aunque su valor comercial sea otro muy distinto, como ocurre en las subastas.

Ni hablar de la complejidad de valorar y tasar una biblioteca que, además de que se multiplica la dificultad debido al número de ejemplares y la existencia de fondos reservados y literatura “gris”, todavía hay que revisar las variables del valor de los títulos para establecer un precio que se aleje del capricho y sea más cercano a lo objetivo, aunque en materia de tasación en grandes volúmenes hay muchas posturas que podrían resultar hasta encontradas, pero son igual de válidas.

Tasaciones como las realizadas para la colección de cartillas de alfabetización ahora en la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova, o la que está en proceso sobre las colecciones de la Biblioteca Henestrosa representan todo un reto de trabajo, cada uno con sus propias condiciones y variables que Adabi ha asumido como un gran objetivo que alcanzar en conjunto con la FAHHO.

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