Boletín FAHHO Digital No. 60 (Mar 2026)

Otras maneras de habitar el tiempo

Cynthia Vásquez
El tiempo cíclico visto por las infancias. Fotografías: Acervo MIO

Antes de ser calendario, el tiempo fue
cielo, lluvia, semilla y espera.

El ritmo con el que vivimos hoy no es el mismo para todas las personas: reconocerlo es un punto de partida fundamental para abrir caminos a otros tiempos. Asumir esta diversidad no es solo un gesto poético, sino también un posicionamiento teórico: el tiempo no es algo cambiante, sino una experiencia cultural situada.

A partir de la exposición “El Reino de las Nubes” han surgido diversas líneas de investigación orientadas a generar nuevos aprendizajes para la comunidad infantil. Estas exploraciones han abierto preguntas sobre otras maneras de concebir el mundo, y de ellas han surgido talleres como “Guardianes del tiempo”, mismo que significó una oportunidad para demostrar cómo, en el museo, la práctica pedagógica se nutre de la investigación.

La idea de este taller nació del deseo de iniciar el año explorando nuevos conocimientos, buscando reajustar el ritmo de vida que nos exige el mundo actual y aproximándonos a otras formas de entender el mundo, como las de los antiguos zapotecos. ¿Es el tiempo una línea que avanza sin retorno o un ciclo que se repite y se transforma constantemente?

Estas preguntas nos condujeron a investigar acerca de las formas en que las antiguas culturas de Oaxaca entendían el tiempo. Así encontramos dos cuentas importantes para el calendario zapoteca: el Piye y el Yza. El primero combina 20 días con 13 numerales, formando un ciclo de 260 días que articulaba sentidos simbólicos y orientaciones rituales. A este se le atribuyen tanto usos adivinatorios como la asignación de los nombres de las personas.

El segundo, más cercano al ciclo solar de 365 días, organiza 20 días en 18 periodos y se vincula con los ritmos agrícolas. Aunque se reconoce su importancia histórica, aún se sabe poco sobre cómo era su funcionamiento preciso. Esta falta de certezas se convirtió en un motor para investigar, preguntar e imaginar junto con las infancias. Por esto, el Yza se convirtió en eje del taller, para compartir la relevancia de los tiempos de la tierra, el maíz, la lluvia y la cosecha.

Para profundizar en esta dimensión, recurrí a dos voces cuyas miradas dialogan desde distintos lugares: el señor Ausencio Tomás Cruz Martínez, agricultor de Zaachila, y el doctor Robert Markens, investigador de las antiguas culturas mesoamericanas.

Don Ausencio, que ahora tiene 65 años, ha trabajado el campo desde que tenía 15. Su vida está marcada por el ritmo del maíz: siembra una vez al año y sigue un ciclo que no se rige por fechas establecidas, sino por la observación de la tierra y las lluvias. Este calendario se lee en la humedad del suelo y la memoria heredada. En enero prepara el terreno moviendo la tierra. Luego, con las primeras lluvias, la tierra se remueve y tras semanas de humedad constante llega el momento de plantar maíz y calabazas. Antes, se pide por la lluvia como parte de una relación de cuidado con la milpa. La siembra se realiza grano a grano, paso a paso, y tras los primeros veinte días, se limpia la maleza. Otra veintena más tarde se forman surcos para regular el agua y, antes de que la planta espigue, se limpia de nuevo para que no haya riesgo de tirar el polen. Como dice don Ausencio: “La planta es tan noble que solitalleva el agua a su patita, aunque sea la del sereno”.

Luego viene la espera. Durante meses la milpa crece casi en silencio. En agosto y septiembre se cortan los elotes tiernos —“los buenos son los de pelo sequito”— antes de que el grano madure y se vuelva mazorca. En noviembre se recoge la cosecha y se deja secar el zacate sobre la tierra, así, el terreno se prepara para iniciar otra vez. Entonces, el ciclo concluye para comenzar de nuevo.

Conocer los tiempos del maíz es reafrimar una forma de vida. No se trata solo de una planta, sino de un elemento que sostiene la alimentación, memoria e identidad. En su crecimiento se inscribe una idea del tiempo basada en el cuidado, la espera y la relación con la tierra.

Por otro lado, Robert Markens aporta una mirada desde la investigación histórica que dialoga profundamente con esta experiencia. Él explica que las cuentas zapotecas no eran sistemas aislados, sino complementarios: gracias a una se podía comprender la otra. Ambas coincidían cada 52 años, momento en que se completaba un gran ciclo y se articulaban en lo que hoy llamamos el calendario redondo. Conversando sobre este periodo, compartimos la idea de que quizá esos 52 años se relacionaban con la duración de la vida humana en aquel tiempo, un ciclo completo de existencia donde también era el momento en que cambiaban los cargadores del año, los cuatro símbolos más importantes del Piye.

Para los zapotecos —de acuerdo con Robert— el tiempo no avanzaba únicamente hacia adelante: se repetía, se transformaba y renacía. La vida era cíclica. Esta concepción resuena con la milpa de don Ausencio: en ambos casos, el tiempo es retorno, continuidad y renovación.

Fue el cruce de estos saberes lo que dio sustento a este taller, donde las infancias no solo aprendieron nombres de calendarios antiguos, sino que comenzaron a reconocer los tiempos del maíz dentro del calendario que habitan hoy. Hablamos entonces de cómo se puede cuidar el tiempo, no solo en horas, días o años, sino en su dimensión natural y afectiva: “Cuidar el tiempo también es querer a los árboles”, dijo una participante. “Cuidar el agua y jugar en la lluvia también”, añadió otro. “Mi parte favorita fue cuando pusimos los pies en la tierra”, compartió una niña al final del taller.

Así, por medio del juego, la investigación se vuelve experiencia sensible. Entre la voz del agricultor, la mirada del investigador y la imaginación de las infancias, el tiempo dejó de ser una cifra abstracta para convertirse en algo que se toca, se siembra y se cuida. Habitar el tiempo puede ser, también, una forma de sembrar futuro.


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