Los Creadores salen a la aventura

Si hubieras visitado el Vagón de Arte del MIO entre marzo y mayo, probablemente habrías pensado que ahí se libraba una batalla. El barro cubría las mesas, se extendía por el piso, aparecía en manos y ropa. De alguna manera, había llegado hasta las paredes y las puertas de vidrio ya no se veían tan transparentes.
Por primera vez, el Club de Creadores se adentró en exploraciones tridimensionales, en las que nuestras manos descubrieron lo que eran capaces de crear utilizando solo tierra y agua. Muchos resultaron ser expertos y potenciales escultores; algunos descubrieron que lo suyo era la bidimensión, y otros solo se divirtieron explorando el material. Las clases parecían largas y, para ser sinceros, el barro solo es fácil de moldear cuando lo hemos amasado bien. Al final de cada sesión, todos nos íbamos emocionados, esperando continuar el proceso de las piezas. Isabella nos sorprendió con la fuerza con la que preparaba sus placas de barro; Arturo corría de un lado a otro, llevando el barro consigo a todas partes y, de alguna manera, siempre terminaba con manchas en la cara; Farid nos contó que el barro sabía a metal y, como nadie quiso comprobarlo, le creímos.
Cada quien trabajó en una figura única, desde monstruos con tentáculos hasta dragones sobre edificios. Juntos, imaginamos un mundo marino con sirenas, barcos, estrellas de mar y todo lo que se nos ocurrió. Algunas de las preguntas que más escuché esos meses fueron: “¿Ya se quemaron las piezas? ¿Sobrevivieron?”. Después de todo, el horno era el último gran reto y todos esperábamos que nuestras creaciones regresaran sanas y salvas. Estos Imaginarios Barrosos concluyeron en una muestra montada en el vestíbulo de la antigua estación del ferrocarril.
Nuestra siguiente gran aventura nos llevó a conocer otro lugar, otra técnica y a nuevas personas que nos acompañarían en este camino de aprendizaje. Después de todo, los grandes artistas nunca dejan de explorar ni de crear. Fue así como el Club de Creadores emprendió una pequeña residencia en el Centro Fotográfico Manuel Álvarez Bravo.
Nos adentramos en el mundo de la fotografía en el mejor lugar para hacerlo. Cambiamos nuestro vagón por una casona del centro, repleta de paredes blancas, plantas que suben hasta los techos y un espejo de agua que sorprendió a más de uno.
Desde la primera sesión se sintió el torbellino de pequeños artistas recorriendo el espacio, con unas ganas tremendas de tocar el agua y de entrar en cada sala para descubrir lo que escondía. El equipo del Centro Fotográfico preparó una magnífica clase de introducción a partir de una pregunta: ¿Cómo pensar la fotografía para las niñas y los niños? Podría parecer que una sesión teórica sería complicada, pero el ingenio de quienes la impartieron y la curiosidad que despertó terminaron formando a un grupo de grandes fotógrafos.
Conocimos cámaras de distintas épocas y aprendimos sobre la luz, la oscuridad y el encuadre. Habitamos una cámara estenopeica gigante y, agarrados de las manos, entre risas, cuchicheos y exclamaciones de sorpresa, descubrimos un mundo al revés.
Entrar al cuarto oscuro fue otro desafío, quizá un poco mayor para aquellos que le tememos a la oscuridad, pero, tranquilos, lo logramos. Una vez dentro, con las luces apagadas, todos vimos un destello brillante: eran los tenis de Ezra. Mientras tanto, Romina intentaba asustarnos con sus historias de terror.
Aprovechando que algunos revelaban sus imágenes, afuera el espacio se transformó en un estudio fotográfico. Quienes esperaban su turno para entrar al cuarto oscuro se retrataban entre ellos. Posaban, jugaban, corrían y dirigían los encuadres según lo que querían obtener. El resultado de esos retratos fue un ejercicio de cianotipia, en el que cada participante pudo intervenir su imagen hasta sentirla verdaderamente propia.
Y, aunque me gusta recordar esto como un gran triunfo, la verdad es que esa semana la lluvia y el cielo nublado nos alejaron del sol e hicieron que el revelado se convirtiera en un auténtico reto. Pero no se preocupen: nosotros teníamos plan B, C, D… Después de una espera que pareció eterna, y
con ayuda de lámparas UV, por fin aparecieron los esperados azules. Entonces estuvimos listos para comenzar el montaje de nuestra muestra en el CFMAB.
“El azul a través del estenopo” fue mucho más que el cierre de un trimestre. Conforme el proyecto ha crecido, ha surgido también una pregunta: ¿Cómo hacer que las niñas y los niños no solo visiten los espacios culturales, sino que también los habiten? De esta inquietud nació la colaboración con el CFMAB, una oportunidad para compartir un proceso de formación y una experiencia artística diferente.
Para quienes participaron, significó descubrir que una idea, un juego o un experimento pueden formar parte de una exposición. Para las familias y quienes visitaron la muestra, fue una invitación a mirar la infancia como una fuente de imaginación, sensibilidad y creación. Al final, abrir estas puertas también es reconocer el derecho de las infancias a participar, crear y ocupar otros espacios.