Lo que sembramos nos transforma
Cuidar un huerto es una de esas actividades que uno comienza sin saber muy bien en qué se está metiendo. Al principio parece sencillo: preparar la tierra, sembrar una semilla, regarla y esperar. Pero pronto uno descubre que las plantas tienen sus propios tiempos, sus necesidades y hasta su carácter. Algunas crecen rápido, otras parecen no tener ninguna prisa y están las que, por más cuidados que uno les dé, simplemente no logran salir adelante. Ahí empieza realmente el aprendizaje.
Nosotros, los responsables del huerto del Parque H2A de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, no nos consideramos expertos en agricultura. Lo que sabemos lo hemos aprendido principalmente haciendo, observando y equivocándonos. El conocimiento que tenemos no viene de grandes libros ni de muchos años de estudio; viene de meter las manos en la tierra, de mirar una planta todos los días, de preguntarnos por qué una hoja cambió de color, por qué una semilla no germinó o por qué, de repente, una planta que parecía perdida comenzó a recuperarse. El huerto me ha enseñado que hay cosas que solamente se comprenden cuando uno las vive.
Ser responsable de un huerto implica estar pendiente de él todos los días. Regar cuando hace falta, pero también saber cuándo no hacerlo. Revisar las plantas, retirar hojas dañadas, proteger los cultivos de algunas plagas, alimentar la tierra con compostas o bioles y procurar que cada planta tenga lo necesario para crecer.
Hay algo especial en llegar por la mañana al huerto y descubrir que una planta creció unos centímetros durante la noche, que apareció una flor donde antes no había nada y ahora las abejas meliponas se abalanzan sobre ella para obtener su néctar o que, finalmente, comenzó a formarse el fruto que uno llevaba semanas esperando. Esos pequeños acontecimientos terminan convirtiéndose en motivos de alegría. Uno empieza a conocer el huerto casi como se conoce a una persona: aprende sus tiempos, sus señales y hasta sus cambios de ánimo.

También hay momentos divertidos. Uno puede pasar varios días cuidando una planta con toda la atención del mundo y descubrir que, justo al lado, una semilla que nadie había considerado importante germinó por su cuenta y creció con una fuerza impresionante. Puedes pensar que ya sabes cómo hacer las cosas y descubrir, con mucha humildad, que la naturaleza tenía otros planes. Creo que esa es una de las grandes enseñanzas de tener un huerto: nos obliga a ser pacientes.
Vivimos acostumbrados a obtener casi todo de inmediato. Vamos a una tienda y encontramos frutas, verduras y hierbas listas para llevar a casa. Pocas veces pensamos en todo lo que ocurrió antes de que esos alimentos llegaran a nuestras manos. Sembrar cambia esa mirada. Cuando uno cosecha un jitomate, unas hojas de lechuga, un manojo de hierbas o cualquier otro alimento que vio nacer, empieza a valorar de otra manera lo que come.
En Oaxaca, donde la relación con la tierra, los alimentos y las formas tradicionales de cultivo forma parte de nuestra vida cotidiana, recuperar la práctica de sembrar puede tener un significado todavía más profundo. Solo necesitamos un pequeño espacio: algunas macetas, un recipiente reutilizado o un rincón del patio pueden ser suficientes para comenzar.
La FAHHO ha impulsado programas de huertos orgánicos, donde la Brigada —particularmente los responsables del huerto— ha participado activamente con su experiencia, impulsando y apoyando iniciativas en comunidades y escuelas. Esto ayudó al equipo a comprender que un huerto puede convertirse en un espacio para aprender, en un refugio o en una fuente de alimento para diferentes especies, incluso para nosotros mismos. Un huerto nos recuerda que todavía podemos recuperar una parte de esa capacidad de producir lo que llevamos a nuestra mesa.
Aprender a sembrar debería ser una experiencia vivida por todos; incluso podría incluirse en todas las escuelas y espacios de uso común de Oaxaca y México. No necesariamente para convertirnos en agricultores, sino para entender de dónde viene lo que comemos y cuánto esfuerzo hay detrás de cada alimento que consumimos; seguramente habría un gran cambio en nuestros esquemas alimenticios y, desde luego, en nuestra relación con el medio ambiente.

Un huerto también enseña responsabilidad. Si dejamos de atenderlas, las plantas lo resienten. En cambio, si las cuidamos, las protegemos y las alimentamos, tarde o temprano algo comienza a crecer. Esa relación tan sencilla termina siendo una lección de vida: lo que cuidamos necesita tiempo, atención y constancia.
Por eso, cuando alguien nos pregunta si vale la pena cuidar y mantener el huerto del Parque H2A, nuestra respuesta es sí. Vale la pena por los alimentos, pero también por todo lo que sucede mientras esperamos: por ensuciarnos las manos, por aprender de nuestros errores, por compartir una cosecha y por descubrir la maravilla de haber ayudado a producir algo.
Tal vez el fruto de un huerto no sea solamente lo que podemos llevar a la mesa, sino también la paciencia y el conocimiento que adquirimos, así como la satisfacción de saber que una pequeña semilla, con nuestros cuidados y un poco de tierra, puede convertirse en vida.
Y lo mejor es que esta experiencia se puede compartir. Si una persona aprende a sembrar, puede enseñar a otra. Si una persona o familia comienza un pequeño huerto, otra puede animarse a hacerlo. Así, poco a poco, una semilla se convierte en una invitación a volver a la tierra, a cuidar lo que nos alimenta y, por qué no, a descubrir que nosotros también podemos cultivar una parte de nuestra propia vida.