Boletín FAHHO Digital No. 3 (Ene-Feb 2021)

La proximidad social del Museo Textil de Oaxaca

Américo Castilla

Recorrer el Museo Textil de Oaxaca ofrece, al menos, seis experiencias memorables: la espacial, de una casa colonial restaurada de un modo apacible, comprensiva del tiempo del visitante y acomodada a una escala abarcable, silente; la colección de textiles singulares con patrones y tipologías de hilados y bordados ancestrales y contemporáneos; el murmullo de los asistentes a los cursos de tejido, teñido o bordado, como servicios esenciales al contexto social; las exposiciones temporales, impecablemente pensadas y montadas con la elegancia de quien conoce y respeta el detalle de cada hilván, cada punto de bordado, la fragilidad de la materia, su luz y el anhelo contenidos en su elaboración; el acopio y resguardo de hilos de seda, de algodón, de lana, elementos para dar color, utensilios de tejido que se proveerán a las tejedoras y, por último, la tienda, donde es posible comprobar la textura de bellísimas mantas, rebozos, huipiles, collares…

Una de las cualidades determinantes de los museos es su capacidad de asombrar, solo que esa sensación puede atraparnos de modo muy distinto en función de las colecciones y del diseño conceptual del museo. Por dar ejemplos: situados frente al museo Quai Branly de Antropología de París, o al de arte contemporáneo de Inhotim en Brumadinho, Brasil, o al Textil de Oaxaca, nos sorprenderán sus colecciones, pero esa conmoción estará relacionada a variables complejas. Los poderosos artefactos rituales de las regiones dominadas por la colonización europea de África, Asia, Oceanía y América, obviamente desposeídos de su función y alejados de quienes los produjeron, adquieren valor para los visitantes del museo Quai Branly en tanto estén sometidos al criterio del gusto impuesto por la modernidad. En Inhotim, la deslumbrante combinación de la belleza natural del paisaje y la estética del arte contemporáneo rememora el canon moderno de tal belleza, cuestionada por cada autor allí expuesto en su ambición por volver a formularla individualmente en nombre de las vanguardias. Y la pregunta sería: ¿Cuál es la preocupación por la belleza que nos interroga en el Museo Textil de Oaxaca? ¿Rige a sus obras el criterio del gusto de la colonialidad/modernidad? ¿Son bienvenidos sus autores? ¿Será que sus formas expresan fuerzas encontradas de los diversos contextos sociales, previos y posteriores a la Colonia?

Los ajustes y desajustes entre las formas y sus contextos son la materia del diseño. Y los colores, bordados, conjuntos, semejas, ideogramas, fruncidos y más, direccionan con sus dibujos a un revoltijo de fuentes, detrás de las cuales se recorta siempre una sensibilidad comunitaria. Esas estrellas, rosetones, hilvanados o geometrías diversas evocan referencias míticas, también cotidianas o de la naturaleza, atravesadas por la percepción de una época. De algunas podría decirse que se vinculan a una matriz de pensamiento local y otras claramente son productos híbridos influenciados por la profusión de imágenes que nos inundan a diario. No creemos que alguna apropiación sea superior a las otras, ya que no se trata de una competencia de ese orden, sino de lo que se hace con ellas, su tramado, su incorporación a la vestimenta que cubre los cuerpos, andantes de tantas migraciones laborales con los ideogramas familiares a cuestas. Es que, fuera de las modas, esas prendas son de uso corriente entre los distintos pueblos indígenas de Oaxaca, y el MTO ha sido un factor fundamental para que las técnicas de reproducción y tejido no se pierdan y se resignifiquen para que los pueblos indígenas interactúen entre sí en el intercambio de materiales e imágenes.

La hibridez ya no puede definirse como el sincretismo colonial fundacional, sino que se refiere a ese cruce cotidiano entre lenguas y temporalidades, de lo popular con lo masivo, de lo urbano con la serranía, lo turístico con lo folclórico o lo arcaico con lo moderno. O como nos dice James Clifford, la autenticidad de una cultura no se deposita nostálgicamente en una sustancialidad, en una esencia fija y no variable de lo tradicional popular, sino que ella depende de la relacionalidad, es decir de las tácticas que esta cultura inventa para yuxtaponer o contraponer signos correspondientes a contextos plurales en un collage heterogéneo de asimilaciones y rechazos.

A la pregunta de cómo situar la belleza en este museo la incluiría en el diálogo de relaciones que los curadores entablan con los dieciséis pueblos indígenas del estado de Oaxaca; está ligada al respeto por la diversidad de sus lenguas, gastronomía e indumentaria; se ilumina como sus tinturas de añil y se apodera de la firmeza con que esas culturas defienden sus propuestas sociales y políticas. El Museo Textil de Oaxaca no es un museo de objetos, sino de diálogo entre personas. Allí radica su principal belleza.

Felicito a la Fundación Harp Helú por su fenomenal esfuerzo por hacer de Oaxaca un faro cultural, y al personal del museo y las comunidades asociadas por darnos un ejemplo de lo que se trata un museo en esta era que se inicia con la vapuleada tercera década del siglo.

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