La luz que da color a los 90 años de Shinzaburo Takeda

Oaxaca ha sido luz pura en mi vida, y en la obra del maestro Shinzaburo Takeda brilla con más intensidad. Sus destellos dan un toque especial en los paisajes, los mercados y la gastronomía; también deslumbran en sus pueblos y montañas; en la flora y la fauna, y en sus manifestaciones artísticas que expresan las tonalidades del espíritu de sus pueblos. Por eso Oaxaca, enlazada con su historia milenaria, jamás dejará de sorprendernos, siempre habrá algo asombroso por aprender.
Es verdad que Oaxaca cautiva la vista, pero sus emociones se perciben en otros sentidos, como cuando los aromas se mezclan en el ambiente de un exquisito mercado y se desprenden los olores de la canela, el cacao y el tejate; igualmente se percibe el perfume de la fruta fresca y los pétalos de flores; nos llega también el aroma de la carne humeada junto al chorizo asado con el chile de agua y la cebolla. Asimismo, Oaxaca encanta con sus chicharras que cantan a la lluvia, o bien al escuchar una banda con instrumentos de aliento y las músicas de esta entidad eminentemente melódica. El escritor Ítalo Calvino relacionaba Oaxaca con el sentido del gusto y los placeres carnales. A mí, en lo personal, me seducen las fibras de los textiles que tengo el privilegio de usar a diario. Y es que, sea como sea, Oaxaca siempre acaricia el alma.
Soy afortunada, el destino me concedió el honor de conocer Oaxaca, de crecer en ella y de ser regada con el amor de su gente. Llegué a este estado hace 31 años y, desde entonces, no he hecho más que trabajar por él y por mi amado país. Oaxaca me acogió y aquí he dejado mi corazón. Como el maestro Takeda, soy oaxaqueña por elección y aquí he vivido los años más felices de mi vida. ¡Cómo no enamorarse de esta tierra!
Siempre he dicho que Oaxaca es la mejor puerta de acceso para conocer México. No es suficiente recorrer los sitios de interés histórico, como monumentos arqueológicos y del periodo virreinal; seducen también los espacios culturales concebidos en el siglo decimonónico y aquellos que la sociedad civil contemporánea ha creado, gracias al talento de sus hombres y mujeres.
Takeda y yo, cada uno por su lado, llegamos a Oaxaca y al instante nadamos como el pez en el agua. Él quedó cautivado con la Costa y el Istmo; se maravilló con sus paisajes, mujeres, su flora y su fauna, y dedicó su vida a la docencia, donde encontró una descendencia prolífera y talentosa. Por mi parte, me dejé cobijar por paraísos con libros y, como si mi destino hubiera estado escrito, debía cuidarlos, limpiarlos y ponerlos al alcance del público. En el momento de mi llegada los astros estaban alineados: por un lado, la claridad del maestro Francisco Toledo impulsaba fuertemente el arte y la cultura. Por el otro, el futuro era esperanzador: pronto iniciaría la restauración del exconvento de Santo Domingo que tantos beneficios ha traído a la ciudad, además de la fortuita presencia de Alfredo Harp Helú. No puedo olvidar a personajes maravillosos que habían abierto el camino de la protección del patrimonio, como don Luis Castañeda Guzmán, el Ing. Juan Ignacio Bustamante, el historiador Francisco José Ruiz Cervantes, Anselmo Arellanes, Víctor de la Cruz, Manuel Matus, Freddy Aguilar, sin dejar de mencionar a la queridísima Beatriz Natera, bien conocida por todos como la Chatita. Otros personajes hacían y siguen haciendo brillar aun más la belleza de Oaxaca: Rodolfo Morales, Sergio Hernández, el maestro Shinzaburo Takeda, Ignacio Toscano y otros muchos que nos han abierto el camino. Ellos también eran y siguen siendo luz, faros de atracción de miles de personas que vienen de todo el mundo en busca de su brillo y color. De todos ellos aprendí y me nutrí.
Poco a poco, el sendero se fue construyendo, cada uno pondría su granito de arena, y con amor el ámbito cultural se desarrolló de una manera vertiginosa: galerías, museos, teatros, centros culturales, talleres de gráfica, bibliotecas y librerías brotaron por doquier. Así se nutrió una generación necesitada de letras, pinceles y prensas; germinaron también muchos músicos, poetas, escritores, artistas, historiadores, historiadores del arte, arqueólogos, filólogos, ceramistas, epigrafistas, lingüístas, fotógrafos, grabadores, impresores, curadores, alfareros, tejedores, críticos de arte, talladores de madera, sociólogos y humanistas que han llenado de más color a Oaxaca.
Tierra fértil para la belleza, Oaxaca ha bordado mi camino y también el del maestro Takeda: lo ha llenado de luz y nos ha regalado las más tiernas flores de amor. ¡Qué más se puede pedir en la vida! Por mi parte, me siento satisfecha. Hoy esta tierra sigue derrochando afectos para mí: Chocolate Mayordomo, mediante su Fundación Salvador Flores, junto a la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca y la asociación civil Por Amor al Arte, me distinguen con la Presea Shinzaburo Takeda. Estoy más que agradecida y por ello no puedo dejar de recordar, en esta ocasión, a todas las personas que han sido parte de mi andar en estos años, sin su amistad y trabajo mi rumbo no sería tan pleno. Ustedes, Oaxaca y la medalla que hoy me brindan relumbran en mi corazón.
¡Muchas gracias!