Boletín FAHHO Digital No. 61 (Abr 2026)

La chispa que encendió una tradición ganadora: 70 años del primer título

Agustín Castillo

Para la temporada de 1956, los Diablos Rojos del México tenían el compromiso moral de conquistar su primera corona. El hecho de haber quedado a un juego del primer sitio en la campaña anterior y de que el campeonato se lo hubieran llevado los Tigres de México —quienes debutaban con ese nombre en la Liga Mexicana—, resultó una gran afrenta.

Tras el fracaso de Gilberto Torres y Mario Díaz como managers en 1955 —sumado a que en el último encuentro el equipo escarlata no pudo contar con Alonzo Perry por estar arrestado—, el propietario del equipo, Héctor Peralta, decidió echar la casa por la ventana y buscar al piloto adecuado para que la novena escarlata intentara arrebatarle el título al equipo de su hermano, don Alejo. El personaje elegido fue el cubano Lázaro Salazar, quien ya se había coronado con Córdoba, Azules de Veracruz, y en cuatro ocasiones con Monterrey, tres de ellas de manera consecutiva.

El Príncipe de Belén había aceptado un puesto como scout de los Piratas de Pittsburgh después de dejar atrás a los Sultanes, y ya que no estaba convencido de alejarse del terreno de juego, no dudó en aceptar la oferta para dirigir al México.

La presencia de Salazar, aunada a la conformación de un roster altamente competitivo —en el que sobresalían nombres como los de Perry, Ernesto Natas García, Héctor Chero Mayer, Felipe Hernández, Panchillo Ramírez, Diómedes Guayubín Olivo, entre otros—, permitió que los Rojos avanzaran como una aplanadora durante el desarrollo de la temporada.

El dominio escarlata fue tan abrumador que llegaron a tener victorias consecutivas: tres de cinco, una de seis, una de siete y otra de diez, antes de asegurar el primer lugar en el standing.

El único bache que llegó a inquietar a la afición roja fue una racha de tres derrotas ante los Tigres a mitad de la temporada. Cabe recordar que la llamada Guerra Civil había surgido un año antes, y la pasión subía de tono con cada enfrentamiento entre ambos equipos de la ciudad, que en aquellos tiempos se conocía como la región más transparente del aire.

Ocho días antes de la conclusión del calendario, los Diablos Rojos se coronaron campeones. La primera de dos victorias sobre los Leones de Yucatán, el domingo 26 de agosto, puso fin a la sequía de 16 años. Aquel logro fue aún más notable porque incluyó una hazaña nunca antes vista en el beisbol profesional mexicano, la cual no se ha repetido hasta nuestros días: Francisco Ramírez se apoderó de la triple corona de picheo (juegos ganados, efectividad y ponches), mientras que Alonzo Perry hizo lo propio a la ofensiva, liderando los departamentos de porcentaje de bateo, home runs y carreras producidas.

Ramírez registró una marca de 20 victorias, 3 derrotas, 2.25 de efectividad y 148 ponches. En el caso de Perry, su porcentaje de bateo fue de .392, con 28 cuadrangulares y 118 carreras empujadas. Por si fuera poco, también fue líder en hits, dobles y triples.

A siete décadas de distancia, los logros de los Diablos Rojos del México siguen siendo referencia e inspiración en una trayectoria deslumbrante que hoy incluye 18 campeonatos y un prestigio inigualable en el beisbol profesional de nuestro país.


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