Boletín FAHHO Digital No. 3 (Ene-Feb 2021)

La catedral de la memoria oaxaqueña

Alfredo Harp Helú / María Isabel Grañén Porrúa

La memoria está olvidada.
¡A ver qué se puede hacer con ella!

Acudimos al exconvento de los Siete Príncipes. El lugar era lúgubre, obscuro y un golpe de humedad se impregnaba en el olfato. Una vez acostumbrados a la penumbra, notamos una gigantesca culebra blanca que colgaba en el techo, era inmensa, medía largos metros. “Es el tubo de las aguas negras de la Casa de la Cultura”, nos dijeron. Goteaba. Los trabajadores habían colgado cubetas de distintos colores para contener los líquidos. Caminábamos sobre una tarima porque el agua del drenaje solía salir de las coladeras. En el techo se percibían grietas y fracturas. Cuando llovía, el agua se filtraba por las paredes y por las ventanas, sin importar que hubiera ductos eléctricos. Había documentos por todos lados: en el suelo, en libreros de madera y en estantes metálicos. Unos doblados, otros amarrados con cuerdas y los más, amontonados. Los planos enrollados habían sido acomodados en unas cajas, pero, como no alcanzaron, el resto se quedó arrumbado en un rincón.

Los guardianes del archivo habían hecho cuanto pudieron para organizar ese caos: lograron el inventario de algunas series documentales, pero con los cambios de directores, nunca se había dado continuidad a los proyectos. Cada uno llegaba con una iniciativa distinta. Era un milagro que los documentos de la historia de Oaxaca hubieran sobrevivido tanto siglos y en esas condiciones. De casa en casa, de director en director, de proyecto en proyecto, jamás se había logrado organizar el acervo, uno de los más importantes de México, no solo por la cantidad de expedientes, sino también por su significado histórico.

Mientras recorríamos los pasillos, una luz implacable bañaba la esperanza. ¿Será posible? ¿Podremos lograrlo?, nos preguntamos. Los astros se alinearon y había que aprovecharlos. Era la obra cumbre para Oaxaca, era urgente un hogar para su memoria, necesitábamos pasión, trabajo, talento y alma. El señor gobernador, se convenció. Elaboramos un plan maestro y, una vez que estuvimos de acuerdo, comenzamos a escalar un Everest documental. Comenzó un intenso trabajo quirúrgico: más de 110 000 expedientes de papeles viejos, sucios y amontonados fueron levantados del suelo. Como una caricia amorosa, se tuvo el cuidado de cepillar cada hoja con una brocha para eliminar el polvo acumulado durante años. Los documentos se desdoblaron para evitar roturas y aquellos que tenían hongos o termitas fueron intervenidos adecuadamente. Las palabras poco a poco tomaron forma, despertaban de un viejo letargo. Eran más que letras muertas, expresaban el sentir de nuestros antepasados. La voz de los escribas recuperó vida, ofrecía brillo para entender nuestra historia. Y ¡qué historia la de Oaxaca!

Era un privilegio andar entre aquellos papeles. Daba tristeza recordar el abandono en el que habían permanecido tantos años. Era un gran reto recuperarlos. La sociedad civil y el Gobierno del estado de Oaxaca estaban de acuerdo en salvaguardar la memoria de nuestra entidad. El equipo de la Fundación Alfredo Harp Helú y de Adabi de México tenía puesto el ánimo en aquella misión.

Y, mientras comenzaba el proyecto de organización y estabilización del archivo, el arquitecto Ignacio Mendaro Corsini quedó seducido ante la luz dorada del atardecer oaxaqueño; se llenó de la magia de Monte Albán, de las curvas de los Valles Centrales, de las grecas de Mitla y de la arquitectura conventual de la Mixteca. Caminaba por las calles de la ciudad de Oaxaca embebido por el derroche del espacio en cada uno de los patios y las plazas; miraba al cielo como queriendo explicar el destino. Este, quizá ya estaba escrito. Aceptó. Embriagado por el reto, construiría no solo un hogar, sino una catedral para la memoria de las letras. La palabra escrita, la tipografía y la historia oaxaqueña dejarían la huella de una generación interesada en recuperar nuestro patrimonio.

En la novela de José Saramago, Memorial del convento, Blimunda, la mujer de Baltazar Sietesoles, tenía el poder de atrapar voluntades. Algo parecido sucedía con la familia Harp ante el reto de rescatar el archivo: atrapaban voluntades, y una de las predilectas era la de Ignacio Mendaro. Juntos tramábamos tejidos esperanzadores, imaginábamos cielos estrellados y, en sueños, percibíamos construido el poema “Las dos catedrales”, de Jorge Luis Borges:

En esa biblioteca de Almagro Sur
compartimos la rutina y el tedio
y la morosa clasificación de los libros
según el orden decimal de Bruselas
y me contaste tu curiosa esperanza
de escribir un poema que observara
verso por verso, estrofa por estrofa,
las divisiones y las proporciones
de la remota catedral de Chartres
(que tus ojos de carne no vieron nunca)
y que fuera el coro, y las naves,
y el ábside, el altar y las torres.
Ahora, Schiavo, estás muerto.
Desde el cielo platónico habrás mirado
con sonriente piedad
la clara catedral de erguida piedra
y tu secreta catedral tipográfica
y sabrás que las dos,

la que erigieron las generaciones de Francia
y la que urdió tu sombra,
son copias temporales y mortales
de un arquetipo inconcebible.

Jorge Luis Borges

El gobernador Gabino Cué Monteagudo destinó un terreno para instalar el archivo: el Parque Las Canteras, el lugar donde hacía más de cuatrocientos años se había extraído la cantera verde para construir la ciudad de Oaxaca. El Gobierno del estado de Oaxaca consiguió recursos del Gobierno federal para erigir la obra. La Fundación Harp Helú financió el proyecto ejecutivo y la supervisión arquitectónica. Día y noche, semana tras semana, Ignacio Mendaro pasó su vida delante del restirador, dibujaba e iluminaba a mano los planos, imaginaba, pensaba y volvía a dibujar. Por las mañanas iba al parque, miraba, ideaba, concebía, sacaba su libreta y un lápiz, y comenzaba a desbordar las ideas. Por la noche, las pulía. Su alma era vital para darle cuerpo a tantas ilusiones.

Ante los planos de Mendaro, resonaba la voz del poeta: “la clara catedral de erguida piedra…, y tu secreta catedral tipográfica…, de un arquetipo inconcebible”.

¿Qué saldría de todo esto? El alma, una arquitectura sentida y profunda, una catedral para la memoria.

La primera pauta de este concierto lo regaló el cimiento de la cantera verde. De las entrañas de la tierra, el jade brillante nos hizo comprender que nuestra obra iba por buen camino.

Vino a la mente el poema chino traducido por Octavio Paz: Respuesta de Su Tungp’o al poema de Li Po, Pregunta y respuesta:

¿Por qué vivo en la colina verde-jade? Sonrío y no respondo. Mi corazón sereno, flor de durazno que arrastra la corriente. No el mundo de los hombres, bajo otro cielo vivo, en otra tierra.

Nuestra colina de cantera verde suscitó el instante del estallido del Archivo General del Estado de Oaxaca, fue el parteaguas del antes y después de la historia. Desde ese momento, la poesía y la palabra escrita residirían juntas, “bajo otro cielo vivo, en otra tierra”. Ahí el edificio comenzó a erguirse. El horizonte enmarcado por el cerro San Felipe nos mantenía la frente en alto. Seguíamos las luces y las sombras marcadas por las horas del día y los dilemas burocráticos. Hubo momentos de crisis, pensamos darnos por vencidos, pero jamás nos rendimos. La obra se detuvo por razones incomprensibles, faltaba una firma, un papel o una gestión. ¡Paciencia! Y, ante la adversidad, el agua de las pozas alimentaba la colina y su cascada bañaba la ilusión de continuar. Había que seguir, cual alpinistas, usar el alma para llegar a la cumbre.

El enramado de varilla se elevó por los cielos, era el tejido que daba sostén al edificio. Después, vinieron los hilos teñidos con tierras oaxaqueñas: un tono dorado de adobe pintó el concreto que sería el cobijo del edificio. Pero algo más: cual brocado en el huipil, Mendaro ideó que llevara consigo el grabado de las vetas de madera, una huella cálida en aquella argamasa.

Por fin, el día se aclaró y vislumbramos el templo de la historia oaxaqueña, un pedazo de tierra llevaba el cielo en sus patios. Desde entonces, su corazón palpita, es ahí donde se alberga el cofre de los tesoros: las bodegas que contienen los documentos ya ordenados y clasificados. Los pasillos buscan el recogimiento y, en la gran sala de lectura, los haces de luz encuentran el amanecer. Como un sueño de concreto armado, el edificio brilla de esperanza, por fin, los talleres de restauración, encuadernación y catalogación lucen dignos para organizar, estabilizar y restaurar los acervos oaxaqueños, ese legado patrimonial heredado de tantos siglos acaecidos. En aquel laberinto conventual, entre el misterio y la ensoñación, las aulas para seminarios auguran un futuro para los archivistas.

Y algo más, un canto de alegría. Contemplamos abrir el archivo a la comunidad, más allá de los especialistas, los lectores y los investigadores. La idea era lograr que los habitantes de la ciudad hicieran suyo el archivo, que fuera parte de su vida cotidiana. Por eso, en medio de la suntuosidad y seriedad de la historia, los niños juegan y bailan, ríen y sonríen, crean e invitan a sus familias a ser parte de sus bibliotecas infantiles y juveniles, patios y jardines, una algarabía que llena de júblio la cafetería, el auditorio y las salas de exposiciones.

En este recorrido, el eco de Monte Albán, Mitla, Santo Domingo, los conventos de la Mixteca y las obras de Luis Barragán se hacen presentes porque Ignacio Mendaro Corsini logró un poema íntimo que rinde homenaje a la arquitectura mexicana y a los patios de Oaxaca.

El edificio fue inaugurado y, como las olas del mar, vino la transición de un nuevo gobierno. Era momento de darle continuidad al proyecto. En el mes de septiembre de 2017, la tierra se cimbró, un terremoto de 8.3º sacudió Oaxaca, pero los documentos ya estaban a salvo. El gobernador Alejandro Murat Hinojosa celebra la nueva sede del archivo y apoya el reto de posicionarlo con vida, investigación y proyección como uno de los más importantes del mundo. La Fundación Harp y Adabi de México seguimos con el corazón encendido en esta huella tan profunda que necesita seguir su nuevo amanecer.

Decía Pablo Neruda, “Hoy es hoy y ayer se fue, no hay duda. Hoy es también mañana”. En medio de esa dicotomía temporal, celebramos la vida del Archivo General del Estado de Oaxaca, una catedral de la memoria de nuestro estado, construida a base de voluntades e ideales, con el sueño de dignificar a los archivos de México y orgullosos de vivir en la colina de jade dorado “en otro cielo vivo, en otra tierra” para sentir que el pasado también es futuro. Oaxaca de Juárez, febrero de 2019.

Texto extraído de: Alfredo Harp Helú y María Isabel Grañén Porrúa, “La catedral de la memoria”, en Mendaro Corsini, Ignacio, Archivo General del Estado de Oaxaca, Oaxaca, FAHHO/Arquine, 2019, pp. 11-19.

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