Golpe a golpe, el diablo despierta
Desde tiempos ancestrales, los pueblos de la Mixteca entendían que la vida es una danza entre la luz y la sombra, entre el bien y el mal, y que ambos habitan en el corazón de todos. Es por eso que la figura del diablo, difundida por el cristianismo, pudo alzarse como símbolo de libertad, y su presencia esculpió las fiestas patronales. Cada 25 de julio, Santiago Juxtlahuaca se llena de música y danza. Dos mayordomías marcan el ritmo de la fiesta: la del barrio de Santo Domingo y la del Centro. Ahí, los diablos aparecen solitarios o en grupo saliendo de las casas, bailando al son de las chilenas, enfrentando a los moros, hasta que alguien cae y es llevado, en triunfo o derrota, en brazos de quienes encarnan al diablo.
Entre estos rituales y bailes, el maestro Alejandro Jesús Vera Guzmán encontró su voz golpeando la madera de sabino hasta darle forma. Pasaron años, y la máscara que había soñado cobró vida. No buscaba una venta, era solo para bailar, para ser uno más de los diablos que llegan solos. Entre las gubias y la madera descubrió que no había límites para lo que podía crear. Sus manos nunca hicieron bocetos, solo asestan golpes precisos, como los de su zapateado, directos al corazón de la obra.
El taller del maestro Vera es un santuario del diablo, donde el sabino espera años para secarse. Después, las herramientas diseñadas por los mismos artesanos le arrancan poco a poco la forma: los ojos de vidrio que todo lo ven, las pestañas de toro, los cuernos de otros animales. Cuando Alejandro trabaja, el taller evoca las montañas mixtecas, se llena de historias antiguas y de danza. Cada máscara lleva en su rostro fragmentos de Juxtlahuaca, de sus paisajes y sus secretos. El maestro no busca copiar un rostro, busca tallar una emoción: la furia, la risa, el misterio. El diablo es su libertad, su compañero, su historia. Cada máscara es única, una pieza de la historia que aún sigue viva, resonando en Andares del Arte Popular.