Gente que lee. Colaboración 1/2*

La ciudad prometía diversiones para cada una de las personas con las que viajaría en esta ocasión. He de decir que de un tiempo a la fecha no soy la más fanática de los viajes familiares, pero con los padres recién jubilados y la hermana de vuelta de Colombia, negarme a esta salida hubiera sido un sacrilegio. La incipiente emoción me recordó dos viajes que hicimos a Juquila en la camioneta vieja del abuelo: ya sabíamos a dónde íbamos, y conocíamos todos los malestares del viaje de diez horas…, pero es que la Sierra, y las nubes, y el frío, la música, las risas: “¡Vamos, Camila!”, me animé, “es Oaxaca”.
Les cuento: pertenezco a una familia chilanga católica de clase media, donde chilanga quiere decir “de abuelos maternos originarios de un sitio de esta patria y abuelos paternos de otro, y asentada desde hace dos generaciones en la Vieja Ciudad de Hierro”. Así que estos éramos. Y en esta ocasión tocó visitar a la familia de mi madre acá, por eso vinimos. Mi cabeza no tardó en tejer el Vine a Oaxaca porque me dijeron que aquí vivía mi abuela, una tal doña Gloria. Mi madre me lo dijo…. Perdón, pero me encanta jugar a que soy los libros que he leído. Aunque seguro eso ya lo dijo alguien más, en fin.
Les decía: todos veníamos en una cruzada particular. Mamá buscaba el mejor par de huaraches de esos peludos; papá estaba de catador de mezcal (él es abstemio, entonces, qué diablos); mi hermana mayor quería llevarse huipiles para vender a sus compañeras de trabajo en Medellín (“Clásica oaxaquita”, pensé, y me reía de ella en secreto). ¿Y yo? Yo haría un tour de librerías, sí señor. Lo que me trajo hasta acá, a la Grañén Porrúa.
De entrada, no, no es La Porrúa. O sea, el apellido es el mismo, pero la librería es otra, completamente diferente a lo que conocía de la Ciudad de México. Esta tiene otro encanto, totalmente otro aroma. Probablemente sea el clima que entra de golpe por las ventanas de la primera sala, o la música —que no sabes si la puso tu mamá o tu hermana menor (y eso que yo soy la hermana menor)—, o la selección de libros —bastante independiente para una librería comercial y nada predecible para una librería de nicho—. No fue la primera librería que visité, primero busqué alguna de viejo. Por la reputación de la calle Donceles en Ciudad de México, quería saber qué de ahí había aquí, o mejor dicho, qué de aquí había aquí. He visitado librerías de viejo en cada sitio al que he tenido oportunidad de ir y debo decir que todas guardan su propia peculiaridad. Así que quería descubrir qué de Oaxaca había en los libros usados. De esas quizás hable luego, ahora me interesa esta, desde donde escribo este documento.
No hizo falta mucho tiempo para ver llena la tienda, quizás llegué en la hora pico de clientes, o estamos en su temporada alta (creo que es lo segundo; mucho turista mirando con las manos en la espalda y con un “Wow” pa’ tirar everywhere). Me gusta ver cómo confluye de todo en las librerías: estudiantes, mamás con sus hijas, tíos que andan buscando el libro escolar del sobrino, maestros de primaria buscando la próxima lectura para la clase; alguno que otro loquito preguntando por la Constitución de los Estados Unidos Mexicanos (necesito una explicación real para esa búsqueda). Y me encanta cómo se conjuga el caos de las personas con la música, el aroma a cedro que se queda en las manos, el olor a café que viene del local de al lado, y los susurros de todos los títulos que aguardan aquí. También debo decir que el mesanín es un precioso detalle del lugar, digno no solo de foto, sino de subir y revisar qué tanto tienen arriba.
Convencí a todo el mundo de entrar a la Librería y estar y aguardar un rato conmigo. Más porque ya habíamos ido a buscar huaraches (y todos nos probamos al menos dos pares) y a catar mezcales (sí, salimos todos flamas). Solo faltaban mi tour y el de mi hermana (la neni colombiana): el mío va de maravilla, y el otro probablemente lo hagamos en estos días que restan. No quería dejar de comentar que hoy una persona lee esta librería, en esta librería y por esta librería. Y eso está bien. La verdad es que nada de páramos aquí, estoy en una librería que vive y suena.