Boletín FAHHO Digital No. 48 (Mar 2025)

Estampados y telar de cintura, ¿es válido?

Hector Meneses
Huipiles representativos de Santo Domingo Xenacoj. (Izq.) Huipil tejido en telar de cintura, 1980.
(Der.) Huipil sublimado, 2019.

Las telas estampadas se encuentran por doquier, por fortuna y por desgracia. Por un lado, son muestra de la creatividad humana y es así como encontramos, por decir algo, telas floreadas comúnmente empleadas en vestidos y faldas. Sin embargo, la otra cara del estampado es traicionera, pues puede usarse para imitar —de forma desleal— un tejido o un bordado. Cabe aclarar que esta no es una técnica reciente, en realidad se ha empleado durante miles de años para plasmar un diseño sobre una tela.

Desde hace algunas décadas, los textiles hechos en distintas comunidades originarias de México se han reinterpretado, tergiversado y pirateado por medio de técnicas de impresión. Por ejemplo, una reconocida marca mexicana contribuyó a la fama del bordado istmeño de flores grandes multicolores al estampar esos diseños sobre mascadas de seda. Los populares tenangos también han pasado por ese proceso y, en los últimos años, las aves y flores bordadas en el pueblo mazateco de Jalapa de Díaz han sido estampados sobre playeras de tejido industrial mediante técnicas de serigrafía.

En octubre de 2024, el Museo Textil de Oaxaca presentó la exposición “Desafiando la autenticidad. La computarización en la producción y consumo de textiles mayas de Guatemala”, con la curaduría de Walter Little y Nicholas Johnson. Lejos de validar o atacar la producción y el uso de huipiles sublimados (de las técnicas más recientes de estampado), el propósito de la muestra era explicar cómo un proceso tecnológico contemporáneo era adoptado por el mismo pueblo tejedor, particularmente en poblaciones kakchikeles. La muestra se inauguró en el marco del IV Encuentro de Textiles Mesoamericanos y, tanto en el evento como en las publicaciones posteriores hechas en redes sociales, escuchamos todo tipo de comentarios. No se entendía por qué un museo había dedicado una exposición a textiles estampados, poniendo en peligro el trabajo de las mujeres en el telar de cintura. “¡Son copias chinas!” y “¡Eso es un plagio!” son expresiones que escuchamos con frecuencia.

Analicemos este caso. Para empezar, quitemos de nuestra mente la idea de que estos estampados son chinos. De acuerdo con la investigación de Walter, fueron empresarios mayas quienes compraron las máquinas de sublimado; fueron estudiantes mayas de programación digital a nivel universitario quienes diseñaron los patrones por imprimir y, algo sumamente importante: el grupo de estudiantes trabajaba directamente con las tejedoras, mayas también, para desarrollar los diseños finales. La tela base sobre la que se estampaban los diseños era tejida en telares de pedal, por tejedores mayas. ¿Quiénes compraban estos huipiles? Mujeres mayas de distintas edades y estratos sociales. Todas las usuarias estaban conscientes de que un huipil sublimado no se comparaba en calidad a un huipil tejido y ninguna de ellas tuvo la intención de sustituir un huipil de telar por uno sublimado. De hecho, los diseños sublimados no pretendían replicar a los tejidos, más bien, los tejidos servían de base para reestructurar las figuras y formar nuevas composiciones, algunas de ellas tan complejas que resultarían muy laboriosas si se hicieran en telar. Vemos, entonces, cómo la programación para sublimados se volvía una herramienta para inventar un lenguaje visual, para crear un diseño francamente kakchikel.

La diferencia estaba muy clara: los huipiles tejidos a mano se usaban para salir, ir a eventos importantes, y asistir a lugares especiales; los otros, para vestir durante las labores de limpieza del hogar y en otras situaciones en las que es fácil manchar y lastimar la ropa. El uso de los huipiles estampados en esos contextos respondía a un deseo de conservar la imagen de su vestimenta (elemento fuertemente ligado a la identidad) sin poner en riesgo sus preciados huipiles de telar. Lo que vemos es una sociedad creando artículos por su propia voluntad y para su propio uso. Algo muy distinto a aquellas mascadas de seda impresas con bordados istmeños, en las que las mujeres del Istmo de Tehuantepec no participaban ni en su creación ni en su consumo.

Estos huipiles sublimados podrán gustarnos o no, y podremos dar nuestra opinión sobre las posibilidades que ofrecen y los riesgos que representan, pero reflexionemos, lectores: ¿quién de nosotros pertenece al pueblo kakchikel? Yo no, de manera que me parece incorrecto calificar cómo debe vestir la población de, por dar un ejemplo, Santo Domingo Xenacoj. ¿O qué le parecería que una persona completamente ajena a usted se le apareciera un buen día para decirle que su vestimenta no es correcta, porque está desvirtuando la forma en la que debe verse una persona mexicana? La discusión tendría que partir de cómo se supone que debe verse esa persona, y dudo mucho que llegáramos a una respuesta apropiada. Así, pues, podremos emitir juicios que van de acuerdo con nuestros gustos personales y modelos de pensamiento, pero estamos muy lejos de avalar y prohibir el vestido de una sociedad que posee pleno derecho y libertad de tomar sus propias decisiones.

Por cierto: esos huipiles sublimados que abundaban en 2018, desaparecieron tan solo cuatro años después y hubo diversas razones para ello. La tela requerida para el proceso de sublimación debía estar hecha de poliéster: usar esos hilos en el telar de pedal era difícil porque se deshilachaban con facilidad. Los colores impresos tampoco resistían mucho tiempo, pues se deslavaban con rapidez. Además, era incómodo usar esas telas: eran muy calientes y, al estar cerca de estufas y fogones para cocinar, se derretían. Walter nos cuenta que las máquinas de sublimado fueron vendidas por sus dueños (dueños mayas, no lo olvidemos). La misma sociedad que ideó y produjo tales huipiles fue la que decidió terminar con ellos. Todo esto ocurrió sin necesidad de que un instituto, colegio, secretaría, ministerio, museo o similares emitieran alguna declaratoria. No es la misma suerte la de los huipiles con bordados computarizados, pero dejaremos esa historia para otro momento.