Escrituras posibles: Taller de escritura creativa en San Jacinto Amilpas

La capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don”, sentencia Flannery O´Connor en su famosa y reveladora conferencia sobre el arte del cuento. No intentaré defender lo contrario pues, para mi desgracia, es lo que inevitablemente trazará el camino de una larga condena. La pregunta martilleante de “¿debo yo escribir?” será respondida en “la hora más callada de la noche”, y sospecho que, en un taller literario, tantas voces y el bullicio eufórico enmudecen la verdadera voz creativa, la confunden.
En un taller de escritura, el primer atino es la lectura y relectura de maestros del género (y el mismísimo desatino es la reescritura). En ese lienzo tan dadivoso surgen las preguntas, la incomodidad, el sobresalto. Lo cotidiano nos revela su horror. La lectura no solo desprende nuestra ternura, también nos demuestra qué tanto de oscuridad pervive en nosotros. La lectura a veces funciona como un espejo de la verdad. Basta de cursilerías.
Si de pronto alguien se levanta y con efusividad comienza a compartir una escena que cala su espíritu, que siente algo más que solo palabras, que parece ser atravesado por una hacha. Pausa. Y es en ese “hubiera” cuando sucede lo creativo; es entonces cuando podemos comenzar a mapear nuevos terrenos.
En estas cartografías de jóvenes interesados en la escritura noto la peculiaridad de una resistencia a los arrebatos irracionales, a la obscenidad beligerante, ¿será acaso una forma de manifestarse contra la absurdidad y exceso de nuestros días? En sus procesos de escritura revelan empatía con personajes inexistentes y me atrevería a decir que se arriesgan a buscar un final justo, un imperativo que los hace detestar cualquier movimiento violento. ¿Cómo podría revelarme ante ese ideal?
En este breve recorrido no hubo “recetas”, “fórmulas mágicas”, ni otro tipo de corrupciones que hay por montones a todas horas y en todas partes, solo nosotros con el silencio, el oído atento, el ojo divino prestado por las tinieblas y el resplandor. El secreto de la escritura permanece. Cada quien lo encontrará a su medida. Es una apuesta.
En las sobrecogedoras cartas que Rainer Maria Rilke escribe a esos jóvenes poetas, nos arroja al centro de nosotros mismos:
Usted pregunta si sus versos son buenos… está usted mirando hacia afuera, y precisamente esto es lo que ahora no debería hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… no hay más que un solo remedio: adéntrese en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir. Averigüe si ese móvil extiende sus raíces en lo más hondo de su alma. Y, procediendo a su propia confesión, inquiera y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuera permitido escribir.
¿Cuántos de estos novicios arriesgarán su vida por la literatura, el arte y la escritura? Sí, será un riesgo:
“Me llamo Emily. No sé porque mis padres no me llamaron Emilia. La mayor parte del tiempo me pierdo en los escenarios de mediodía y aprovecho para asolearme como una iguana. Busco en los archivos de la memoria historias de las personas que conozco, a las mascotas de mi abuela (ellos no lo saben, pero están viviendo una novela en mi imaginación)”.
“Jocelyn G. Nací a la orilla de la costa de Oaxaca. Me crié entre montañas y aprendí el lenguaje del viento. Retrato a las personas porque me gusta representarme en ellas. La fotografía encarna lo que me importa, lo que cuestiono y, a veces, mis mayores miedos. Transformar la luz, perfecta en su sola existencia, es un reto continuo, suave, duro, tenue… La vida me pesa de tanto en tanto, durante el día siento que me desvanezco entre el aire. Durante la noche me transformo, me desdoblo y dejo fluir la energía”.
“He vivido en multitud desde que tengo memoria. ¿Qué soy cuando no hay nadie? Al anochecer, cada madrugada el silencio ha sido tortura. Me hice consciente de mi soledad. Nací tarde, pero oportuno para vivir el fin del mundo. Mi nombre es César Barroso. Nací en Oaxaca, he crecido y vivido aquí por poco más de veinte años. Mi cuento habla de las inquietudes que de niño no supe poner en palabras y que me avergonzaban”.
“Nací en un día rebelde hace 18 años. Me llamo Aline Stefany, un nombre distinguido. Me gusta recorrerlo y pensar en descubrir lo que tiene para mí. Observo con la mirada curiosa alrededor. Alzo la vista y me topo con un zarcillo: verde, enredado, delgado. Inusual. Me transporta a mi infancia, en esos días donde jugaba a la ʻcomiditaʼ y eso era suficiente para ser feliz”.
“Donaldo Rivera Lezama. Tengo un vaso que miro y me mira. Veo en él mi vida: contorno oscuro y transparente. Diez curvas forman la silueta de una flor, pero también forman el espiral de mi vida”.
“Manuel escribe a contracorriente. Un fragmento: El hombre era alto y anguloso, con el rostro surcado por arrugas que parecían líneas de un destino mal trazado. Su piel pálida tenía la textura del papel antiguo, como si él mismo formara parte del archivo polvoriento del edificio. Una sonrisa torcida adornaba su semblante, una que no transmitía alegría, sino algo más afilado, más perverso. —Sabes cómo tratan a los judíos, ¿verdad?— El niño intentó sostenerle la mirada. Su corazón latía con la fuerza de quien enfrenta una tormenta sin refugio”.