Entre textos y textiles, otra mirada a la Academia

Fragmento1
Dedico estas palabras a Mira Harp Grañén, quien dice: “La historia no se memoriza, se siente”; a Santiago Harp Grañén, quien ha hecho de la historia del beisbol su pasión y su vida, y a Alfredo Harp Helú, mi hacedor de sueños, por tantas historias compartidas.
Con gran emoción expreso mi agradecimiento a los miembros de la Academia Mexicana de la Historia al convertirme en una integrante más de esta distinguida institución. Reconozco que jamás imaginé, ni remotamente, que algún día pertenecería a ella. La Academia ha dado pasos importantes para lograr la profesionalización de la disciplina: en los últimos años abrió sus puertas a mujeres talentosas; dejó de ser centralista al integrar miembros en varios estados y hoy ratifico que, además, incluye a profesionales que nos hemos dedicado a la gestión cultural y al rescate de la memoria y el patrimonio de México. Hoy me siento honrada por ser la corresponsal en Oaxaca y recuerdo con cariño a la Dra. Ángeles Romero Frizzi, Miembro de Número de la Academia y anterior representante de esta entidad.
Esta Academia surgió en 1919, un momento en que la violencia estaba desatada. Hoy también la sed de paz prolifera por doquier. Es imperante que la historia, el arte, la cultura, la educación y el deporte sean las rutas para alcanzar los caminos de pacificación que tanto anhelamos, además de brindar oportunidades para que más mexicanos encuentren un sentido para su vida, y nosotros, los historiadores, tenemos mucho que aportar.
Desde niña, el poder de la palabra siempre fue la inspiración de mis pasos. Los amaneceres brillantes y las noches estrelladas fueron estímulos para que mis ojos y mi alma se educaran para captar y sentir la belleza. Por eso, jamás dudé en estudiar Historia del Arte. A partir de ese momento cada mañana, al abrir mis ojos, pienso, siento y actúo como historiadora del arte. Con profundo amor por mi país, constantemente me pregunto por qué los historiadores del arte somos necesarios para la sociedad. Y la vida se encargó de encaminar mis pasos por un rumbo apasionante: servir a la sociedad por medio del arte y la cultura.
Una tarde inesperada de 1993, mientras avanzaba en la investigación de mi tesis doctoral, El grabado y su finalidad en los impresos mexicanos del siglo XVI, recibí una llamada del maestro Francisco Toledo, quien me invitó a organizar una exposición de los libros del fondo bibliográfico de la UABJO. Acepté. Jamás imaginé que el destino me llevaría a organizar el acervo —que se ha incrementado de 27000 a 40000 ejemplares— y a dirigir una de las bibliotecas más importantes de México, que entonces se encontraba en condiciones lamentables. Era el mes de enero de 1994 y el cielo detonó, además, uno de los acontecimientos más importantes en la transformación cultural de Oaxaca: el inicio del proyecto de restauración del exconvento de Santo Domingo, el monumento más emblemático de la ciudad. Esto se logró gracias a un esquema participativo entre el Gobierno federal y estatal en unión con Banamex y Pro-Oax. También en 1994 defendí mi tesis doctoral en Sevilla y Francisco Toledo me invitó a dirigir el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca, el rincón más bello y luminoso de Oaxaca. El IAGO fue también mi escuela y ahí encontré mi verdadera vocación.

La experiencia en la Biblioteca Burgoa nos hizo reflexionar sobre la necesidad de salvar la memoria escrita de México. Así, en mayo de 2003 se creó Apoyo al Desarrollo de Archivos y Bibliotecas de México, una asociación civil que en 21 años ha trabajado incansablemente en 29 estados y ha logrado rescatar 724 archivos, 161 colecciones fotográficas, 58 bibliotecas históricas y ha dado a luz 810 publicaciones sobre fuentes históricas. Los resultados han sido tan gratificantes que la UNESCO le otorgó, en 2008, el Premio Jikji en Corea, el reconocimiento más importante al patrimonio documental.
En 1998 se colocó la primera piedra de lo que sería la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, que ha crecido vertiginosamente generando una historia fascinante. Aunque siempre he aportado mi experiencia como historiadora del arte, debo reconocer que no he dejado de aprender ni de admirar la generosidad de Alfredo Harp, su escrupuloso orden administrativo, fiscal, legal y su amor por nuestro país.
Su lema siempre ha sido: “La mejor inversión está en México” y eso es precisamente lo que hace la Fundación: invertimos en la transformación de la vida de miles de mexicanos con proyectos educativos, culturales, deportivos y de salud, así como en el cuidado del medio ambiente.
El apoyo más importante está dirigido a la educación; a la fecha se han otorgado 140000 becas anuales, principalmente a estudiantes de la UNAM, el IPN y la UABJO, asimismo, se han patrocinado proyectos de investigación e infraestructura en escuelas. El respeto por la naturaleza es la mejor herencia que podemos dejar a quienes nos sobrevivirán. Por ello, hemos promovido proyectos de reforestación: en 20 años se han sembrado cerca de sesenta millones de árboles en el estado de Oaxaca.
Alfredo atesoraba una colección de estampillas postales, y en julio de 1998 se abrieron las puertas del Museo de Filatelia de Oaxaca, un punto neurálgico para una infinidad de actividades relacionadas con las estampillas, que posee una sala de numismática con monedas acuñadas en nuestro país y una biblioteca con más de 9 000 libros sobre filatelia que perteneció a don José Lorenzo Cossío y Cosío.
Además del MUFI, se fundaron el Museo Textil de Oaxaca y el Museo Infantil de Oaxaca, que cuentan con sus propias bibliotecas. El MIO es un guardián del patrimonio tangible e intangible de Oaxaca; ahí, los niños corren, los novios se besan bajo los árboles, las madres se reúnen a tejer; otros más husmean entre los libreros. El MTO, por su parte, ha promovido encuentros con la comunidad de tejedores de los pueblos originarios del continente americano; de esta forma se van borrando las fronteras de los conocimientos entre los pueblos.
En la Fundación nos es difícil concebir la vida sin libros y hacemos lo posible para acercarlos a las familias. Así nació la primera Biblioteca BS, de la experiencia amorosa de leer a mi hijo Santiago, de ahí su nombre. Esta serpentea entre ciruelos, y es resguardada por una fuente de sapos, regalo de Francisco Toledo. También custodia a la Biblioteca Jorge Luis Borges para ciegos y débiles visuales. Hoy la FAHHO cuenta con seis bibliotecas BS en Oaxaca y una más en el Salón de la Fama de Monterrey, inaugurada en 2023, mientras el gobierno estatal cerraba 49 bibliotecas. Nuestros servicios son gratuitos, el único requisito para el préstamo de libros es que los interesados sean asiduos visitantes. Cada BS posee un acervo atractivo y organiza actividades relacionadas con la lectura.
A nuestros proyectos de lectura se han sumado 157 promotores que comparten su voz con más de 6000 personas semanalmente en calles, reclusorios, asilos de ancianos, hospicios infantiles, escuelas, mercados o plazas. En alianza con la Universidad La Salle Oaxaca, ofrecemos diplomados para motivar a más de 800 estudiantes: padres de familia, maestros y promotores de lectura. Asimismo, pusimos en marcha las bibliotecas móviles con el objetivo de formar lectores. A su vez, la Biblioteca Henestrosa ha transformado muchas vidas. Sus libros y actividades surten efecto en muchos jóvenes que han iniciado su camino universitario: ahora escriben cuentos, poesía, ensayos, hacen teatro y gustan de leer en voz alta en las calles.
Los ecos de Juan Rulfo resuenan en el abandono de los pueblos de México y la impotencia nos invade cuando el patrimonio histórico, material e inmaterial, se desmorona frente a nosotros. Por ello, desde hace treinta años promovemos su rescate. La restauración de Santo Domingo fue la primera escuela, ahí se formaron cientos de personas que, al cabo de los años, han participado en las restauraciones que encabeza nuestro Taller de Restauración. Hemos logrado intervenir 143 monumentos en un centenar de comunidades de Oaxaca, 64 bienes muebles, 13 salvamentos arqueológicos y 10 órganos históricos, incluyendo los dos de la Catedral Metropolitana en la Ciudad de México. En 2017, como consecuencia de los sismos que afectaron a Oaxaca, la FAHHO contribuyó, entre otras muchas acciones, con la reconstrucción de 219 casas con valor patrimonial. Estos proyectos promueven un sentimiento de orgullo en las comunidades, generan derrama económica y fortalecen el tejido social.
Otras obras notables son las casas de visitas de los pueblos de indios, los molinos de agua en Santiago Yosondúa, la Capilla Abierta de Teposcolula, la Casa de la Cacica, el retablo de San Juan Bautista Coixtlahuaca, el templo de San Jerónimo Tlacochahuaya y la antigua estación del ferrocarril de Oaxaca, ahora convertida en el MIO. San Pablo ha sido uno de los proyectos más importantes; fue el primer convento dominico en la ciudad de Oaxaca y hoy es la sede de la FAHHO. Ahora trabajamos en la Casa Balcón en Tehuantepec, el antiguo hospital de indios en Teposcolula y la BS Mira en Oaxaca. “El oficio de tejer explica el mundo”, decía Mircea Eliade; y la vocación de la FAHHO es tejer historias en el corazón de las personas. Nos falta mucho por aprender, pero hoy, después de 30 años, podemos mirarnos con otros ojos.

Aunque disfruto intensamente cada proyecto, la investigación sobre la historia del libro, la imprenta, el grabado mexicano y el arte oaxaqueño para los niños es una de mis grandes pasiones. Por eso mi hija Mira y yo escribimos nuestra primera novela, Xolita en el Templo Mayor. Además, tuve el privilegio de participar en uno de los grandes sueños de mi hijo Santiago: el Museo de los Diablos Rojos del México, en donde se vive la historia y la experiencia de ser parte del equipo más ganador de México. Mi investigación más reciente ha sido sobre el poeta y periodista José S. Helú y la primera generación de emigrantes libaneses en México, de la que derivó un libro y la Cátedra —en El Colegio de México— sobre lengua y cultura que lleva su nombre.
Al redactar estas líneas, surge en mí un recuerdo: mi abuela tejía y bordaba, y yo la amaba. Ella me hizo fijar la mirada en los detalles y logró transmitirme su fascinación por los colores, formas y texturas. Su arrullo cobró relevancia años después, en Oaxaca, cuando Alfredo llegó a mi vida y la llenó de una luz que, de pronto, con un riego de amor hizo brotar la semilla que mi abuela había dejado latente.
Hay veces que no nos explicamos de qué manera los hilos que tejen el porvenir se cruzan y nos hacen parte de un tapiz que ha transformado, de alguna manera, el paisaje. Estoy segura de que sin los ojos de una historiadora del arte ese gran textil no sería el mismo. Ahora sé que es posible trazar un camino para que el arte, la historia y las investigaciones eruditas rompan barreras y lleguen a públicos sedientos de conocer los procesos históricos que nos forman intelectual y espiritualmente.
Mis hijos merecen un mundo mejor para vivir. Confío en que así será, y que mi oficio sirva para cambiarlo; que las personas tengan un mayor acceso a la cultura, la lectura, el arte y la historia, de modo que todos los hijos de este mundo puedan alcanzar sus propios sueños.
1 Discurso completo del ingreso a la Academia Mexicana de la Historia disponible aquí: https://bit.ly/3XaQD3P