Boletín FAHHO Digital No. 60 (Mar 2026)

Entre creencias y buenas prácticas: Aclarando ideas para cuidar mejor nuestros documentos

Lissete Sarasti / Ezequiel Barba

El papel es un material vivo: responde al ambiente, a la luz, a la humedad y al uso. Con el paso del tiempo, sus fibras cambian, se debilitan o se transforman según las condiciones en las que se mantengan. Muchas prácticas que creemos protectoras pueden, sin saberlo, acelerar su deterioro o generar daños difíciles de revertir.

Tanto en el ámbito institucional —donde los documentos resguardan memoria e identidad colectiva—, como en archivos y bibliotecas personales, el cuidado merece la misma atención. Actas, fotografías, cartas, libros o expedientes forman parte de nuestra historia. Revisar estas creencias y distinguir entre costumbre y buena práctica nos permite tomar decisiones más responsables y conscientes para su cuidado a largo plazo.

A continuación, presentamos algunas creencias frecuentes sobre la conservación del papel y revisamos casos en los que la buena intención no siempre garantiza una adecuada preservación.

Plastificar protege los documentos para siempre
La plastificación es una práctica irreversible que puede generar más riesgos que beneficios. El calor y los adhesivos utilizados alteran la estructura del papel y pueden afectar las tintas. Además, al quedar sellado, el documento pierde su capacidad natural de intercambio con el ambiente, lo que puede favorecer la acumulación de humedad interna. En ciertos casos, esto crea condiciones propicias para la aparición de microorganismos como hongos, especialmente si el documento se encuentra en ambientes cálidos o húmedos.

Si está guardado en una caja, ya está protegido
Guardar un documento no garantiza su conservación. Es fundamental que las guardas de protección como carpetas, sobres o cajas— sean libres de ácido y estén diseñadas para la conservación. Existen distintos niveles de guarda: desde carpetas individuales hasta cajas de resguardo que crean una barrera adicional frente a la luz y el polvo. Además, el espacio donde se almacenan debe tener condiciones estables de humedad y temperatura. La protección depende tanto del contenedor como del entorno.

La humedad solo afecta si el papel se moja
El daño no ocurre únicamente cuando el documento entra en contacto directo con el agua. Una humedad ambiental elevada puede provocar ondulaciones, debilitamiento de fibras, manchas y proliferación de hongos. Incluso pequeñas variaciones constantes pueden generar tensiones en el material. Mantener espacios ventilados y con condiciones controladas es clave para evitar este tipo de deterioro silencioso.

Guardar en bolsas plásticas protege del polvo
Aunque pueda parecer una solución práctica, el uso de bolsas plásticas comunes no siempre es recomendable. Estos materiales pueden generar pequeños microclimas en su interior, favoreciendo la condensación y el aumento de humedad. Esta condición crea un entorno propicio para la aparición de hongos y manchas. Además, no todos los plásticos son estables a largo plazo. En el ámbito de la conservación se requieren materiales específicos, diseñados para no emitir sustancias que puedan afectar el papel.

Reparar con cinta es mejor que dejar la rasgadura
Ante una rotura, la reacción inmediata suele ser colocar cinta adhesiva para “evitar que se siga rompiendo”. Sin embargo, las cintas comerciales envejecen mal: el adhesivo migra, se oscurece y penetra en las fibras del papel, dejando manchas difíciles de eliminar. Lo que en un inicio parece una solución rápida puede complicar una futura intervención profesional. En muchos casos, es preferible resguardar el documento y consultar antes de aplicar una reparación improvisada.

Los documentos recientes no necesitan cuidados especiales
Existe la idea de que solo lo antiguo requiere atención, pero el deterioro no depende únicamente de la edad. Muchos papeles modernos, elaborados con procesos industriales y componentes ácidos, pueden degradarse con mayor rapidez si no se almacenan adecuadamente. La conservación no solo es una cuestión de antigüedad, sino de prevención. Cuidar los documentos desde su creación es la mejor forma de garantizar su permanencia en el tiempo.

Todo documento antiguo debe restaurarse
La restauración no siempre es la mejor ni la primera opción. Intervenir implica modificar, en cierta medida, el estado del documento. Muchas veces, la decisión más adecuada es estabilizarlo, mejorar sus condiciones de almacenamiento y evitar que el daño progrese. La conservación debe priorizar el respeto por la integridad histórica del material, entendiendo que las marcas del tiempo también forman parte de su valor. Además, una intervención innecesaria puede alterar información, materiales originales o características propias de la época. En conservación, menos puede ser más.

En definitiva, conservar papel no significa “arreglarlo” constantemente, sino comprender cómo funciona y qué necesita para mantenerse estable. Pequeñas decisiones informadas —como elegir buenas guardas, evitar la plastificación o controlar la humedad— marcan una gran diferencia en la preservación de nuestra memoria documental. Ante daños visibles o materiales de especial valor, siempre será conveniente buscar la orientación de un profesional en conservación.


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