Boletín FAHHO Digital No. 3 (Ene-Feb 2021)

El poder del diálogo para transformar nuestra sociedad

Hector Meneses

¿Qué es el Museo Textil de Oaxaca? Es una casa antigua ubicada en el centro histórico de Oaxaca de Juárez. Cantera verde compone sus muros y, en su portada, labrada entre escudos y pilastras, se disimula un personaje con la boca abierta y la lengua de fuera. Pero no todo es arquitectura virreinal: el MTO también es una estructura que se levanta de arcilla modelada a mano y cocida. Dos grandes muros, revestidos de ladrillos y en forma triangular, nos invitan a pensar en el dinamismo, en el cambio y en la transformación, por más sutil que esta sea. Por sólido que sea el muro, también es sumamente mutable. La intensidad de la luz, la saturación del color del cielo, la lluvia suave o la tormenta más feroz: todo incide en esa piel de barro cocido. Pero ¿cómo es que nuestra respuesta a la interrogante anterior nos llevó directo a la arquitectura, cuando hay otro punto clave: los textiles? Había que empezar en esa conjugación de piedra, adobe, madera y arcilla para entender dónde se resguarda una colección de poco más de 9 000 piezas y decenas de miles de imágenes y fotografías. Cabe aquí una advertencia: cuidado al leer “Museo Textil de Oaxaca”, pues no se trata solo de textiles de Oaxaca (¡y mucho menos de folclor!). Los tejidos, las tinturas y los bordados de distintos pueblos del mundo confluyen y dialogan en este espacio: las grecas de Teotitlán del Valle se enganchan con aquellas tejidas en el actual Uzbekistán; las águilas de dos cabezas de los pueblos mesoamericanos van y vienen sin importarles las fronteras políticas que han dividido los territorios en estados y países; estas aves formidables surcan los cielos desde Wirikuta hasta el triángulo Ixil. La grana cochinilla, aunque casi inmóvil durante su vida en las pencas del nopal, no solamente satura de carmín los enredos de los Valles Centrales de Oaxaca, sino que también dota de un intenso color rojo a los tejidos de lana de la actual Turquía. El teñido por amarres, antiguamente practicado en la Sierra Gorda de Querétaro para la elaboración de enaguas, se espejea con los amarres que encontramos en los enredos kuba, solo que allá —en el Congo— dando color a la fibra de rafia en vez de lana.

Y aunque “textiles” podría ser la respuesta obvia a la primera interrogante, en realidad existe otro factor aún más crucial. ¿Qué es el Museo Textil de Oaxaca? Me atrevería a decir que es una confluencia de personas que cruza barreras temporales y espaciales. Los bordados del pueblo mazahua de hace ochenta años se reencuentran con las jóvenes bordadoras de San Felipe Santiago, en el Estado de México. Un enredo de la misma antigüedad, pero del pueblo tu’un savi de Tututepec, Oaxaca, vuelve a la luz en los lienzos de hábiles tejedoras (y tejedores) en la segunda década del siglo XXI. Las prendas de lana teñidas con añil, con tanta saturación que el azul empieza a percibirse como la oscuridad de una noche sin luna ni estrellas, también plantean nuevos retos y fuentes de inspiración a las tintoreras de hoy en Hueyapan, Puebla. Los lienzos multicolores con aves de mil formas, realizadas por las tejedoras de la Chinantla, también emocionan a las jóvenes tejedoras de San Pedro Sochiapan. El Museo Textil de Oaxaca no es un mausoleo, aunque invita a la contemplación, también invita a la acción. El edificio, las colecciones, pero, sobre todo, la gente, son factores que dan sentido a este espacio. Gente que crea, que imagina, que investiga, que reconfigura y se renueva. Corazones que latimos a favor del respeto, de la empatía, de la solidaridad. Personas convencidas del poder del diálogo para transformar nuestra sociedad.

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