Boletín FAHHO Digital No. 2 (Nov-Dic 2020)

El escarabajo azul

Manuel Matus

Esta es la historia de un niño pequeño, pequeñito como no hay otro en el mundo, tan pipilisti. Mas Sapi no podía haber otro, ni un duende lo alcanzaría, ni un hado ni un ninfo. Pero ni así, si el dios del río lo protegió es porque es hijo suyo. Dicen que era con el Río con quien hablaba, o que el río le enseñó las palabras como gotas de agua que decía. Quién sabe si no podría volar, como una libélula, a la que se le dice “cigarrito”, pero de eso no se sabe nada por nahual.
Juanito Sapi nació del río, casi como una flor que nace a la orilla del agua dulce. Pequeño, pequeñito por un mero descuido de la mamá que ni al caso viene decirlo en letras. La placenta sobrante de su hermano fue lanzada a la corriente del río, sin reparar la partera que él todavía se guardaba ahí. Eso sí, nunca creció, no pudo, no quiso o se le olvidó. No supo que debía crecer como crecen los niños chiquitos. Nunca mamó de su mamá, sino leche de una ninfa del río de las Binniguenda.
Juanito Sapi era aquel niño tan pequeño, tan pequeñito que podía vivir en un libro, era ni más ni menos que un binniguenda. La gente se admiraba y decía: “Él no ha de ser tan pequeño; el libro ¿qué tan grande puede ser?”. No sería un niño cualquiera y el libro no sería cualquier libro. Cada uno tendría lo suyo y por eso uno era para el otro.
En el Santuario del Sueño habitaban los seres más pequeños del mundo. Y no por mucha rapidez, volaban, podían hacer obras en una sola noche: caminos, templos, edificios o palacios. Descendían de las nubes, eran almas buenas y sus actos eran codiciados.
En el Santuario del Sueño había flores y frutas para alimentarse; gobernaba ahí un tal Bacaanda, Señor del Sueño. Pero era enemigo del maligno Binnidxába, un ser apestoso dado a todo lo putrefacto.
A Juanito Sapi también le decían Guzi; creció sin mamá, bueno… ¿creció? Es decir, no tuvo quien lo amamantara, ni quien le diera de comer, quien lo abrazara o le hiciera sus juegos. La cosa es que creció en una palangana de madera, una batea.
De oficio navegante, como el hijo de un gran capitán, Juanito Sapi se monta a su batea y se va, deslizándose sobre el agua del río. Así, un día esa agua se lo llevó y lo hizo suyo, su hijo, se podría decir. Él veía garzas, patos, zanates, peces, lagartos e iguanas verdes, y les sabía decir cosas que los animales entendían. Antes de caminar, él ya sabía nadar mejor que un sapo o como una anguila. El colibrí y la libélula en grandes bandadas se arremolinaban para celebrarlo. Juanito Sapi escuchaba toda clase de ruidos y cantos, de la oropéndola y del tucán. Aprendió cantos, ruidos, murmullos, señales y, del nadar de los peces, ni se diga. Cortaba ramos de flor de niño y lirios. Tan pequeño era Juanito Sapi que navegó en su palangana bien acostadito, pues era un pedacito de gente. Mientras navegaba se alimentó de guayabas y de muchas frutas silvestres y de todo lo que los pájaros le tiraban, como si tuviera un montón de mamás. Le caían frutas maduras, un zapotillo, una guayaba, papauces, mayucuil.
Un día, andando en su navegación por la orilla del río, vio un gran árbol, y debajo, Juanito Sapi encontró un gran libro; cosa rara, porque en Monteyagaro casi no hay libros. Dicen que seguramente lo había olvidado un hombre bien vestido que llegó y se fue por tren. Parece que de ese libro Sapi aprendió a ver el tiempo, la lluvia y el trueno, y que por eso le decían Guzi. Otros dicen que por el dios que daba ese don. Juanito era alguien que adivinaba el tiempo, los sueños y el pensamiento.
Juanito Sapi era muy listo, pero no tenía casa. De inmediato pensó que era para otra cosa el libro, como para hacerse un escondite. Pensó que la tapa dura sería un techo muy especial contra las inclemencias del tiempo. Y lo que hizo fue meterse; encontró un agujero, un pasaje, un laberinto y veredas. Total, que el libro ya parecía más bien una gran cueva de animales. Sí, un laberinto. No: eran pequeñas cuevas. “Qué buen cantón es este”, se dijo. Por eso se dice que Bacaanda lo protegía, quién sabe si no fue ella quien mandó a poner allí aquel misterioso libro. Pero también lo supo el maligno Binnidxaba, quien tramó alguna maldad.
Una mañana Juanito Sapi escuchó ruidos, se asomó: era un escarabajo renco, traía lastimada una pata.

—Me gustaría entrar a tu casa —dijo—. Me llamo Bidola. ¿Aquí vives?
Un búho tuerto cantó. El escarabajo era azul, azul. Así, llegó a vivir primero este escarabajo, llamado Bidola, el que hace bolas de barro y luego las lleva rodando.
—Fue Binnidxába quien me puso una trampa ¡y por poco me mata el desgraciado! —le contó Bidola al Sapi y este le respondió:
—Estás a salvo, no creo que el diablo se atreva a venir a nuestra casa.

Y Bidola invitó a otros seres de menor tamaño: llevó a las hormigas que acarreaban de comer y que también descubrieron lugares y puertas dentro del libro. Otro día llegó un sapo, quería entrar a la casa. Tocó muchas veces, pero no lo dejaron entrar.

—Soy el representante de Nisa, la señora y ama de todas las aguas del mundo — señaló el gran sapo.
—Los sapos roncan mucho al dormir y se orinan en la cama —dijo Bidola.

El escarabajo tenía todo de azul: las patas, el caparazón, el pecho. Y también lo que tenía en casa: su cama, su hamaca, su mesa. Y ya se sentía dueño también de la casa y la defendía… bueno, también había algo de envidia. Deliberaron mientras el sapo esperó, paciente, y con su glo glo de siempre dio una vuelta a la casa-libro. Un salto aquí y otro allá. Tocó su flauta con tantas ganas que se escuchó en todo el monte.

—El sapo refresca el ambiente —dijo Juanito Sapi, sabiendo que en cosas del tiempo y la lluvia no se equivocaba—. Necesitamos que cante, que nos cuente lo que sabe de la vida. Dile que pase.
—Vas a entrar, pero en esta casa uno se para temprano para hacer los quehaceres —advirtió Bidola al sapo—. No queremos flojos. Cuando el gallo cante, es porque debes barrer el patio, ir por agua…
—¡Que se quede!— ordenó Juanito Sapi.

El sapo aseguró ser hijo de personajes muy importantes de Monteyagaro. Que era descendiente de los hacedores de todas las lluvias, de las aguas y que también él sabía algo de esos quehaceres, dijo. Pero no le creyeron.

—Lo es —movió la cabeza el basilisco que, aprovechando la ocasión, también se metió al libro casa.
—¡Otro que viene del agua! —refunfuñó Bidola.

Una buena tarde de pláticas y de amistad, salieron a pasear; el sapo les dijo que no contaría su historia, sino otra. Bidola no creía en el sapo. Sospechó que era un hablador.

—Yo he leído mucho —dijo.

El sapo sabía muchos cuentos que contaba mientras caminaban. Les contó una larga y triste historia sobre una sirena que se enamoró de un tal Aquiles, que era navegante, guerrero y rey de su pueblo.

—Un lugar muy lejos de aquí —les dijo.
—¡Eso es una mentira, sapo bocón! —le respondió un cormorán que había bajado volando—. Yo conozco todos los mares y no sé de tal lugar.
—¡Porque eres un ignorante! Yo estuve ahí —reafirmó el basilisco y echó fuego por la boca, moviendo la cresta.

El basilisco, o pasarrío, demostró ser el mejor nadador: se abalanzó y nadó tan solo a ras de agua, con mucha rapidez y sin hundirse.
Un día, el sapo se puso a tocar la flauta. Bidola se molestó y pintó el aire de azul. Juanito Sapi tuvo que intervenir para que no pelearan. Pero el sapo cantaba: “Caerá la lluvia, vendrá el aguacero, caerán granizos, caerá cenizas…”. Y con eso atrajo la lluvia y no advirtió que eso estaba haciendo.
El tal Binnidxába siempre los espiaba, y esa vez se aprovechó de los cantos del sapo para tramar algún mal. Todos se metieron a la casa. Nadie se dio cuenta de que el trabajo del mal obstruyó el paso de la lluvia con trozos de tierra, palos y piedras. Era un ser bajito, pero con mucha fuerza, tenía las uñas largas y torcidas. Entonces se produjo una inundación, lo que se dice un diluvio.
El gran Bidola puso tapones de tierra azul por los agujeros, con lo que el libro reverdeció y nacieron flores azules.

—Dije una vez que este sapo nos traería problemas —reclamó Bidola.

Y en el mes de octubre llegó un gran viento comenzó a voltear hoja por hoja el libro casa. Y se llenó de flores por todas partes.
Así, también se anduvieron escondiendo.

—Aquí hay un agujero de tierra —les dijo Juanito Sapi a los que lo seguían.

Un armadillo les abrió su cantón.

—Pasen, amigos —les dijo.

Luego, llegaron aves, pájaros de todos los rincones de Monteyagaro. El colibrí y su bando visitaron todas las flores. Allí, en un lugarcito, encontraron dormido a Bidola, que del cansancio se había apartado, muy cansado de tapar los agujeros con barro azul para detener el agua y luego el viento.

—No lo despierten —dijo Juanito Sapi—, tenía varias bolas de tierra acarreadas para reconstruir la casa.

Afuera, el demonio Binnidxába cantaba y cantaba cosas que hacían perder la razón a los binniguenda, y con eso se perdían por los montes. Luego caminaron y caminaron. El escarabajo azul dijo que sería mejor que aprendieran a leer para descifrar lo que contenía el libro.

—Muy bien, Bidola, así lo haremos — aceptaron.

Hubo un griterío de júbilo porque parecía que no estaban tan perdidos.

—Tú serás quien dirija todas las páginas, Bidola, para descifrar lo que hay dentro —dijo Juanito Sapi.
—¿En qué clase de laberinto hemos andado?
—Es mejor que te pongas alerta para salir de todo esto. Anda.

Y como así anduvieron perdidos en el laberinto de las líneas, llegaron a una pobre y última página y, sorprendidos, vieron que la última línea decía:

“Fin del sueño de este cuento”.

Y en efecto, iban saliendo y vieron el sol después de mucho caminar.

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