Boletín FAHHO Digital No. 61 (Abr 2026)

El día que no paró de llover de Antolina Ortiz Moore*

Enna Osorio
Presentación del libro El día que no paró de llover en la Biblioteca Henestrosa

En esta ocasión me enfrenté a otra lectura y la verdad es que me siento satisfecha. Durante una entrevista con Guillermo Sánchez Cervantes, Guadalupe Nettel —quien por cierto escribe la cuarta de forros del libro que aquí reseño—, reflexionando sobre su interés por los personajes distintos o marginales, dijo: “Al hablar de lo que perturba, la incomodidad es donde se encuentra la brecha por la que pasa el conocimiento. Creo que aquello que incomoda es lo que nos hace entender algo”. En parte estoy de acuerdo. Lo que nos inquieta abre una vía de conocimiento. Esta intuición se ha cultivado a lo largo de los distintos momentos de la literatura. Por ejemplo, en una carta enviada a su amigo Oskar Pollak, Franz Kafka escribió una de las frases más citadas sobre el efecto perturbador de la literatura: “Un libro debe ser el hacha que rompe el mar helado dentro de nosotros”. Entonces, la literatura no es un jardín paradisíaco para el lector, sino un terreno de palabras vivas que lo sacude para revelarle algo oculto. Y en el conocimiento hay placer. ¿Por qué lo descoloca? Pienso que cuando una persona se anquilosa en su comodidad, cuando no busca más que el placer, frivoliza la existencia y pierde perspectiva acerca de los otros y de sí mismo. De pronto puede medir la vida únicamente desde el interior de una estancia climatizada, observando a ratos el exterior por la ventana con una copa de vino tinto en la mano, sentada en una mullida poltrona forrada con la piel de las magnolias mientras degusta un plato de charcutería fina y quesos añejos, y lee una nota sobre feminicidios en su celular y avanza en la pantalla para ver otra cosa menos trágica, porque esa no es su batalla ni su responsabilidad.

La vida ya tiene sus complicaciones y nadie escapa de que le ocurran algunas o varias. Aclaro, no estoy en contra del gozo y el placer en la vida, sino que no me parece una existencia auténtica la que ha sido absorbida por un sistema al que el individuo, que no tiene una naturaleza fija, atiende sin mayor responsabilidad que la de hacer lo que se debe, sin asumir conscientemente su libertad. Sí, desde lo que se piensa, se dice y se hace. —Y todos dirán: “Bueno, yo sí; yo sí pienso, hago y digo lo que se me pega la gana”. Pero no es cierto. En el fondo siempre estamos atravesados, nacemos en un sistema, de hecho, nacemos en una historia familiar de la que nos apropiamos. No podemos vivir siempre en esta conciencia absoluta, deshacernos de todo, pero para ciertas cosas o para muchas pienso que es bueno indagar, tener un pensamiento reflexivo, crítico, analítico y, en la posibilidad mayor, generar nuestras propias ideas, nuestro propio criterio, querer y entonces decidir, y eso es ejercerse con libertad auténtica, de acuerdo con lo que los existencialistas sostienen—.

Bajo la literatura del desasosiego es común encontrarse con ciertas escrituras oscuras, de esas que mantienen al lector con los muslos tensos en una silla sintiendo el borde como filo de navaja. Las páginas como copas de perdigones en las entrañas. Y está bien, depende del género, el momento histórico: el ánimo del lector y el escritor en gran medida están supeditados al tema y su abordaje. Hay asuntos que en determinado momento y bajo ciertos humores no pueden nombrarse de otro modo, como las experiencias de quienes están realmente de frente a la muerte, como en una guerra, por ejemplo, cualquier guerra.

Sin embargo, más allá de lo extraordinario, la vida transcurre y cada persona la experimenta, danza con ella, la degusta, la disfruta y también la padece. Es como decir que así es la vida: a ratos dulce y a ratos amarga. La vida tiene días de sol y días de tormenta. Para entender esto, se ha de haber pasado ya por las posturas radicales de la inexperiencia original natural. Es necesario cierto equilibrio entre los ideales y la realidad, entre las emociones y el intelecto, para hallar los destellos de belleza franca de la vida, para no caer en el sinsentido, botarlo todo y vivir sólo desde el abismo. Antolina Ortiz Moore, en su más reciente novela, El día que no paró de llover, logra este equilibrio, y de manera gozosa mantiene al lector atrapado bajo la incertidumbre por el futuro de los personajes, entendiendo a la Ciudad de México como un personaje también. No se siente la orilla del asiento como un filo incesante, pero dan ganas de no pararse para leer la novela de cabo a rabo. Dispara balines y lo hace con gran elegancia; por eso van también a la frente y no solo al pecho. Hay un manejo inteligente de los recursos narrativos en el desarrollo y tejido de las historias, lo que provoca la empatía en el lector y aleja los tonos viscerales que pueden desembocar en la sensiblería. Las historias suceden con gran naturalidad. Da la impresión de estar mirando una película desde una experiencia de 360°.

Esta novela dispone del hacha que refiere Kafka, muy fina y afilada, para romper el hielo dentro del lector. Sus personajes a simple vista parecen habitantes comunes de una vecindad del centro de la Ciudad de México en los años cincuenta. Así nos vemos desde lo público: como individuos de tal o cual tipo, generalizados y comunes. Lo maravilloso está en la cercanía, en la intimidad, en lo privado. Ahí cada persona es diferente, hasta rara, valiosa en su unicidad. Ortiz Moore nos deja acceder a lo que piensan y sienten los personajes, a lo que atraviesan sus venas y nervios en el presente, desde su pasado y hacia sus añoranzas. Por eso se vuelven entrañables y no es posible formarse un juicio de cada uno a la ligera, como luego ocurre en la vida real entre los de a pie. Está Mateana, una mujer originaria de una población de Oaxaca que se dedica al trabajo doméstico y al cuidado de Fabi en la vecindad. Fabi es un pequeño que tuvo poliomielitis, cojea y sueña con ser piloto aviador. Pasa mucho tiempo sin su mamá, Tulipa. El marido de Tulipa desapareció —¿eso no sucede?—; ella trabaja todo el día en la panadería del español Manuel, lo que la hace sentir culpable y atrapada en el deber, sin oportunidad para disfrutar un poco de la vida.

Manuel llegó a México como refugiado de la guerra civil española; extraña a su madre y no se siente cómodo con la vida porque su hermano murió fusilado. Piensa a ratos que debió haber muerto él también o sólo él. Manuel fuma cigarros con Agustín, quien es pionero de la XEW, dirige radionovelas y hace los efectos especiales. También firma los guiones como si fuera el autor en lugar de Inés, porque a ella, por ser mujer, no se los compran. Agustín es gay, tal como era en esa época: oculto. Ama ir al Salón México con la elegancia del Pachuco y bebe de tanta pena y frustración. Inés también bebe mucho mientras escribe. Es maestra, es feminista y es muy amiga de Pascuala. Inés lucha por el derecho de las mujeres al voto —que en México fue posible hasta 1953—, a decidir sobre sus cuerpos, a no casarse y a vivir como a cada una le parezca. La amistad entre Inés y Pascuala podría resultar incómoda para algunas personas. Pascuala es modista, realizó sus estudios en París cuando su padre vivía; tiene en el vientre el dolor de una hija no nacida y procura a Luana, una joven que vive con su abuelita y aspira a ser licenciada en medicina. Sueña con desarrollar vacunas para evitar enfermedades como la polio. Luana y Fabi son amigos como hermanos. Ambos escuchan a los canarios de Inocente; esos canarios cantan por la noche cuando algo va a suceder.

Inocente, como Sandro, casi no sale de su departamento; se la pasa buscando un tesoro, haciendo agujeros en las paredes porque ahí las personas escondieron joyas o monedas de oro durante la Revolución. Sandro es relojero; se salvó de milagro por un simple viaje de negocios que lo dejó vivo y a la deriva, lejos de su familia —detalla nuestra autora—. De alguna manera, él tiene un problema con el tiempo; es como estar desfasado en otro ritmo sin poder volver, existiendo con el peso de los segundos. Mateana escucha la radionovela “La huérfana de oro”, escrita por Inés, firmada y dirigida por Agustín. Esta radionovela funciona como una puesta en abismo o historia enmarcada; no es solo un relato dentro de otro, funciona como espejo de algo en la historia mayor. En este caso, la huérfana de oro es Carlota, un personaje interpretado en la radio por una actriz. El destino de Carlota avanza un tanto en paralelo con lo que sucede respecto a las mujeres asesinadas por la noche en la ciudad.

Ahora bien, vamos con la Ciudad de México. El día que no paró de llover refiere los días iniciales de la gran inundación de 1951, resultado de la lluvia intensa que no cesó entre la noche del 15 de julio y la madrugada del 16. La Ciudad de México fue construida sobre terrenos lacustres, el lago de Texcoco y ríos que fueron entubados. Dos terceras partes de la ciudad quedaron cubiertas por agua: el centro histórico, las colonias Guerrero, Morelos, Dolores, Doctores y la Condesa. En las zonas más bajas el nivel alcanzó hasta 2 metros de profundidad y la gente se movía en lanchas. El agua permaneció casi 3 meses. Ratas, cucarachas, aguas negras, basura, lodo, mosquitos, enfermedades, negocios con grandes pérdidas, árboles y construcciones venidos abajo por la humedad. Los muertos se ahogaron en el panteón, en las catacumbas… toda la descomposición de la ciudad del progreso salió a flote. La gran ciudad no es solo un escenario, un espacio para los sucesos, es casi un personaje; es una presencia activa que condiciona la vida, el lenguaje y el destino de los demás. La ciudad respira, expele, ahoga, protege, recuerda. En esta tradición se inscriben novelas como La región más transparente, Las batallas en el desierto, La noche de Tlatelolco y así un montón.

En El día que no paró de llover, la Ciudad de México es un lugar de inestabilidad, de peligros, de lo que huele mal y no es posible ocultar más, de los desechos de la antigua refinería de Azcapotzalco. No es casualidad que hoy en día tengamos las playas del sur de Veracruz también con contaminación por derrame de crudo. Y así, es el espacio donde todos tratan de llevar la vida lo mejor posible, aunque llueva sobre mojado. Uno de los más importantes valores literarios que encontré en la novela de Antolina Ortiz Moore es que no requiere girar en torno a personajes oscuros, torcidos o violentos para que su obra vibre en las cuerdas íntimas de los lectores. Sí, eligió personalidades interesantes, ejemplares para ciertos temas, pero nada que no corresponda con la realidad cotidiana de una vecindad en la Ciudad de México, o de una colonia popular en Oaxaca, por ejemplo. Lo que se revela está dentro del lector mismo. En mi caso, a cada momento estaba esperando una tragedia, la derrota de alguien, un canario y un grito. Hubo que seguir. La vida encontró nuevos rumbos.

Los invito a sumergirse en el diluvio de esta novela para que descubran si la descomposición social los lleva al naufragio, o si lo valioso de cada persona muestra, en el tejido de las relaciones, las formas de la esperanza. La vida nos ocurre y en ella los infortunios no piden permiso para llegar. No es posible controlar los relojes ni la voluntad de los otros que luego deciden hacer el daño. Sin embargo, seguimos soñando con volar. Bailamos y añoramos a nuestros seres amados. Pretendemos el pan dulce y la fruta fresca en la mesa. Buscamos tesoros, ser libres, el abrazo de la buena fortuna, un cachito de lotería. De esto va la vida. Gracias y muchas gracias, Antolina.

* Novela presentada en la Biblioteca Henestrosa con la presencia de la autora, acompañada de Enna Osorio Montejo y Thania Zepol.


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