El color del encuentro

¿Por cuántos caminos podemos llegar a encontrar al otro? Indudablemente, quisiéramos creer que hay más rutas para encontrarnos que para alejarnos; máxime hoy día cuando la tecnología y todos sus artilugios nos brindan, como en aquel cuento inolvidable de Borges,1 la posibilidad de mirar varios mundos, momentos, personas y vivencias casi al mismo tiempo desde el lugar donde estamos. Y, por si fuera poco, en nuestro caso no es necesario descubrir un lugar en un sótano para vivir tal experiencia, basta tener a la mano un dispositivo electrónico y conexión a la red.
Sin embargo, está más que comprobado que ninguna tecnología procurará la magia del encuentro genuino. Y si la tecnología no lo ha logrado, cuanto menos el consumismo desaforado para agradar a otros, o las reuniones sociales que en diciembre parecen multiplicarse de manera exponencial. Me parece que es más bien cuestión de estar atento, de atisbar con fruición esas oportunidades en las que, por instantes, se nos abre inesperadamente un sendero por el que nos damos cuenta de que no estamos solos, que ahí muy cerca están esos otros que nos pueden ayudar a entender mejor este mundo, o incluso pueden ayudarnos a recorrer más fácilmente el propio camino, precisamente porque nos hacen salir de nosotros.
Cuando pensamos en estas posibilidades, no siempre pensamos en aquellos con quienes pasamos una buena parte del tiempo: nuestros compañeros de trabajo, a los que difícilmente consideramos como esos posibles “otros” con quienes nos podemos encontrar en la vida. Y, sin embargo, justo porque con ellos pasamos varias horas al día, podría existir una probabilidad más alta de abrir esos caminos de encuentro que, además, facilitarían de un modo insospechado algunas de nuestras tareas más pesadas.
Yo creo que, en estos días, ocurrió precisamente esa experiencia en San Pablo: se descubrió un camino oculto que algunos podrían considerar como “un portal que se abrió” y en el que vivimos, literalmente, momentos llenos de color.
La idea inicial parecía sencilla: pintar tres animales de madera para colocar en el atrio con motivo de la Navidad. Cual navegantes inexpertos —pero, eso sí, muy animosos—, nos lanzamos a los mares desconocidos del color y la aventura. Nos enfrentamos en primer término a la dimensión de los animales (enormes para nuestra poca pericia); y en un segundo momento, al reto de su diseño “tipo alebrije”. Hubo de todo: compañeros más avezados que otros en cada tarea; compañeros que sugerían abiertamente colores y formas, y otros que solo seguían indicaciones; compañeros que se animaban a trazar sobre ese lienzo en blanco que era la madera de nuestros animales, y compañeros que solo se animaron a pintar sobre el trazo ya hecho.
Las jornadas fueron largas. El trabajo fue demandante. Hubo quien cantaba al pintar, quien tomaba su brocha calladamente y se concretaba a hacer lo que le tocaba; hubo quien contó historias, quien borró errores de pintura (obviamente con más pintura) y quien puso música para inspirarnos. Siempre hubo quien nos hiciera reír a todos. Ahí, al tomar el pincel o la brocha, al deslizarlos sobre la madera poniendo color a cada animalito; ahí, mientras limpiábamos el pincel en agua y lo secábamos con estopa antes de elegir el siguiente color…, ahí, en un patio interno de San Pablo, ocurrió la magia.
Esos animalitos, producto de tantas horas de vida, están hoy en el atrio de San Pablo, alegrando a los infantes que, al verlos, quizá imaginen que los Reyes Magos vendrán a Oaxaca en unos animales tan llenos de color como esos. Y la experiencia de quienes vivimos la aventura de darles vida a través del color, esos momentos en que surgió la convivencia a brochazo limpio, ya forman parte de cada uno de los que ahí estuvimos. Porque lo cierto es que hoy, tras haber dado la última pincelada, ya nos miramos de otro modo.
1 Cfr. El Aleph, de Jorge Luis Borges.