Boletín FAHHO Digital No. 60 (Mar 2026)

El ángel caído. Imágenes demoníacas y purgantes en Antequera

Héctor Palhares

Sólo eso, hijo mío, bastaría para probar que soñaste. Según la opinión
de todos los demonólogos, los ángeles rebeldes tienen la voz bronca y
rechinante como una cerradura oxidada; es posible que logren encubrir
su rostro con apariencias bellas, pero jamás consiguen imitar la voz
pura de los ángeles buenos.

Anatole France, La rebelión de los ángeles, 1914

El término “demonio”, que proviene del griego δαίμων (daímōn), aludía a los seres de menor jerarquía que los olímpicos, pero que podían fungir como intermediarios entre hombres y dioses. Su extrapolación para designar a Luzbel o Lucifer, el Portador de Luz o el Lucero de la mañana, se basa en los textos bíblicos que refieren al ángel caído por su rebeldía ante el Creador. Observa Marcelo Ferrando Castro:

La fuente principal para conocer a los ángeles caídos es el “Libro de Enoc”, una antigua obra religiosa judía, atribuida por tradición a Enoc, el bisabuelo de Noé […] Al principio, los ángeles caídos pertenecían al grupo celestial que salvaguardaba los inicios de la humanidad. Fueron creados específicamente por Dios para velar por el hombre, y se les otorgó entendimiento y libertad.

Los pueblos agrícolas de la Antigüedad concibieron seres de luz y sombra que, en tanto opuestos complementarios, regulaban el destino de los hombres. Es así que encontramos una larga lista de manifestaciones de lo “daimónico”, en su connotación negativa, en las altas culturas de Mesopotamia (como los casos de Anzû, Asmodeo, Utukkū, Lamaštu); en Egipto (In-tep, Ammyt, Chery-benut); en India (Asuras, Vetalas, Ráksasas, Maras); en las culturas orientales (Yaoguai, Moguai, Gui, Yōkai); en el mundo mesoamericano (Tzitzimime y Cihuateteo), entre muchas más.

A su vez, el maniqueísmo zoroastrista persa, eje rector del pensamiento de los antitéticos o luchas entre el Bien y el Mal, definió la presencia de Ahura Mazda, quien guiaba y protegía a los hombres de las fuerzas de la oscuridad, lideradas por Angra Mainyu o Ahrimán, “el espíritu de la angustia”.

En la tradición monoteísta, la dicotomía entre los poderes divinos y los demoníacos se manifiesta en un caudal de significados éticos y pragmáticos que habrán de configurar la historia del pensamiento por las siguientes centurias. En el libro del Apocalipsis, capítulo 13, se lee:

Me paré sobre la arena del mar, y vi subir del mar una bestia que tenía siete cabezas y diez cuernos; y en sus cuernos diez diademas; y sobre sus cabezas, un nombre blasfemo. Y la bestia que vi era semejante a un leopardo, y sus pies como de oso, y su boca como boca de león. Y el dragón le dio su poder y su trono, y grande autoridad. Vi una de sus cabezas como herida de muerte, pero su herida mortal fue sanada; y se maravilló toda la tierra en pos de la bestia, y adoraron al dragón que había dado autoridad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién como la bestia, y quién podrá luchar contra ella?

Legado de los bestiarios medievales, la imagen de Satanás se invistió de morfologías teratológicas (monstruosas) para infundir miedo y crear un bastión de refugio para los pecadores, siempre tentados, por su propia naturaleza, a incurrir en los terrenos del Mal. Esta iconografía definió buena parte de las representaciones de lo divino y lo diabólico en los discursos evangélicos de la antigua Antequera. Aquí nos ocuparemos de algunas, varias de ellas beneficiadas por los programas de restauración y conservación de la Fundación Alfredo Harp Helú Oaxaca, que permiten la continuidad de estas valiosas manifestaciones del arte sacro y sus grandes cometidos devocionales.

En la región de los Valles Centrales destacan lienzos y tallas escultóricas, en cantera o estofadas, con evocaciones de las llamadas “psicomaquias” o luchas entre el Bien y el Mal. En la propia capital antequerana, el espléndido Templo de los Siete Príncipes —que fuera colegio de damas indígenas durante el virreinato— expone como devoción principal a Nuestra Señora de los Ángeles. Se trata de una talla policromada y dorada de la Virgen del Apocalipsis, quien, alada y con el Niño entre sus manos, pisa a la sierpe como una nueva Eva que habrá de redimirnos del pecado original. En la fachada de la misma iglesia, san Miguel, el jefe de los ejércitos celestiales, blande su espada flamígera para someter a la bestia, con fisonomía de dragón y felino, que palidece ante los visos divinos de la Custodia que sostiene el arcángel en su mano izquierda. Este modelo se observa en distintos templos de la región, como San Juan Teitipac, Santiago Tlazoyaltepec, Teotitlán del Valle y Tlalixtac de Cabrera.

Del repertorio cabreriano y poscabreriano en el Templo de Santo Domingo de Guzmán, se aprecia en la bóveda, justamente sobre el coro, un medallón que representa la visión mística que tuvo Juan el Evangelista en la isla de Patmos:

Apareció en el cielo una gran señal: una mujer vestida del sol, con la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas. Y estando encinta, clamaba con dolores de parto, en la angustia del alumbramiento. También apareció otra señal en el cielo: he aquí un gran dragón escarlata, que tenía siete cabezas y diez cuernos, y en sus cabezas siete diademas; y su cola arrastraba la tercera parte de las estrellas del cielo, y las arrojó sobre la tierra.

Las penas del fuego eterno, inspiradas en las vívidas descripciones de estupor y tormento que nos dejan Dante Alighieri y John Milton, alimentaron las evocaciones del Infierno en los pinceles de un maestro cercano al poblano Miguel Jerónimo Zendejas, que acompañan los retablos laterales de la colorida iglesia de Santa Ana Zegache en Ocotlán.

Por su parte, la siempre deslumbrante Mixteca resguarda encomiables trabajos pictóricos sobre este tema: en la nave mayor de Santo Domingo Yanhuitlán se distingue el altar de los santos Lorenzo y Vicente Ferrer, azuzando a las ánimas del Purgatorio a encontrar el camino salvífico hacia la Gloria de Dios. El conjunto es rematado por Nuestra Señora del Carmen quien, con escapulario en mano, hace lo propio para brindar su cobijo a los esperanzados rostros que buscan su intercesión. En el templo de San Bartolo Soyaltepec se descubre nuevamente a san Miguel, flanqueado por dos angelillos volanderos, quienes lo asisten para conducir a las ánimas lejos de las implacables llamaradas que el pintor realizó para buscar mayor expresión y didactismo en la obra. De igual forma, los muy hermosos pero deteriorados lienzos de San Miguel Tecomatlán y San Francisco Jaltepetongo reúnen, por igual, a las afligidas almas de clérigos y reyes frente a la tan anhelada redención. Las huestes angélicas también se manifiestan dulcemente para cumplir su misión auxiliadora en las iglesias de Santiago Tilantongo, Santiago Yolomécatl, San Nicolás en Tlaxiaco, Santo Domingo Tepelmeme, San Francisco Teopan, San Mateo Tlapiltepec, Santiago Ihuitlán Plumas o Tamazulápam del Progreso.

Es imprescindible mencionar el espléndido ciclo pictórico del maestro Miguel de Mendoza en San Cristóbal Suchixtlahuaca. Bajo la severa mirada de Cristo pantocrátor (Todopoderoso), un potente san Miguel Arcángel alza su espada sobre los condenados que se dirigen, de modo inexorable, hacia las fauces de Leviatán.

De la misma forma, en las sierra Norte y Sur abundan los ejemplos del triunfo de la Luz sobre la Oscuridad: entre el fulgor dorado de los retablos de Ixtlán de Juárez, se descubre a la Virgen apocalíptica con una viva descripción de la bestia de siete cabezas retorciéndose bajo la planta inmaculada de la Madre de Dios. Al tiempo, las serenas ánimas en espera de la expiación nos miran desde los retablos de San Juan Bautista Yalálag, San Juan Bautista Tabaá, Santiago Zoochila o San Miguel Amatlán. Podemos destacar una de las tallas estofadas de mayor preciosismo que corona el altar mayor del templo de San Andrés Apóstol en Miahuatlán de Porfirio Díaz: Miguel con tizona en mano y alas poderosas como símbolo de su liderazgo sobre los ángeles de Dios.

Para concluir esta breve revisión de los ángeles caídos dentro del cosmos religioso de Oaxaca, y en un salto que trasciende al arte y nos acerca, piel a piel, con algunos de los usos y costumbres más entrañables del estado, nos referiremos al Istmo de Tehuantepec y sus escondidos tesoros: Santa María Guienagati y San Blas Atempa. De manos indígenas y con gran expresividad, en ambas iglesias hay dos pinturas que exhiben a la Virgen de los Carmelitas intercediendo por los pecadores. Aquí, la fuerza devocional y la riqueza descriptiva evocan la cita de Romanos, capítulo 12: “No seas vencido por el mal, sino vence el mal con el bien”.


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