Dos librerías, dos niñas

En estas breves líneas, dos lectoras nos hablarán de su experiencia como asiduas transeúntes de las librerías. En cada experiencia observaremos cómo estos espacios, a diferencia de las bibliotecas, muestran un crisol de actividades y sensaciones que podemos experimentar entre el bullicio propio de los lectores; ahí la diferencia con las bibliotecas, que rinden más un homenaje al silencio consensuado.
Al principio no lo creía, pero, en efecto, hay personas que desde quince minutos antes de las 9 de la mañana ya están buscando libros. Quién lo diría. “¿A poco sí se venden los libros?”, me preguntaron mis tíos cuando les conté que ahora trabajaba en una librería en el centro. “Sí, va usté a creer, y mucho”. Bien bonito se siente cuando entran las mamás con los chamacos y les dicen: “Vamos a ver qué hay, ¿está bien? Solo vamos a ver”. Y cada quien termina llevándose un ejemplar. Digo, es mi trabajo: vender los libros, recomendarlos. Pero también contarlos, acomodarlos, sacarlos de las cajas cuando llegan, guardarlos cuando van de regreso, buscarlos cuando alguien pregunta por alguno y sé que lo he visto por algún lado… Sí que se venden, pero más atinado sería decir, sí que se lee.
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Ya era tarde y todavía no nos acostumbrábamos al horario de Francia, pero queríamos conocer la librería Shakespeare & Company. Estábamos por el río Sena y era nuestra única oportunidad de visitarla porque (como buenas viajeras) teníamos un itinerario demasiado ajustado.
¡Era la primera vez que me tocaba hacer fila para entrar a una librería, estaba a reventar de gente! Mi mamá comentó que ojalá hubiera así de gente en su librería de Oaxaca. Ya era tarde y estaban a punto de cerrar, así que solo dejaban entrar a quienes fueran a comprar algo, y no a chismosas como nosotras. Como no podíamos regresar otro día, pero teníamos tantas ganas de entrar, cuando el guardia de la entrada nos preguntó si queríamos comprar, respondimos inmediatamente que sí.
Una vez adentro nos sorprendió un tumulto de gente y de libros. El lugar no me pareció tan grande como me lo imaginaba, o a lo mejor me pareció así porque ya empezaban a cerrar. Se me hizo curioso que hubiera tantos libros en inglés y no en francés. Había todo tipo de títulos: desde los más conocidos hasta los que están casi agotados. Y vi que muchas personas compraban solo bolsas de tela y otros recuerditos de la librería.
Pero era tanto que no sabía qué ver, además de que nos estaban apurando para que pudiera entrar más gente. Normalmente me gusta tomarme mi tiempo para elegir con calma, pero esta fue la visita más rápida del mundo. Vimos lo larga que era la fila para pagar y, sin decir una palabra, salimos de ahí con las manos vacías.
Durante el resto del viaje, leí la novela La librería más famosa del mundo, que justamente habla de Shakespeare & Co. Me encantó poder imaginarme todo a detalle porque ya la conocía. Me enteré que arriba de la librería hay cuartos para alojar visitantes, así que, si alguna vez se te ocurre ir a París y no tienes dónde quedarte, piensa que Shakespeare & Company te da posada a cambio de que leas un libro al día y ayudes en la tienda.
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Comentar que la calle donde se aloja la librería en que trabajo es concurrida, sería decir poco. Por otro lado, decir que es bonita, sería exagerar. Bonitas las mujeres que pasan caminando vendiendo fruta picada, bonitos los niños que al diez para las ocho van corriendo a clases arrastrando la mochila. Bonito el sol que de mañana le pega a las paredes de todo Macedonio Alcalá. Su belleza radica en lo que ofrece y resguarda: mundos enteros, personajes interesantes e historias para cada gusto lector.
Cuando “el andador” —como coloquialmente se le conoce a la calle Macedonio Alcalá— se llena de calendas, manifestaciones, una lectura de poesía, un cantante callejero, andar es lo que menos se puede hacer. Así que ahí está la librería donde trabajo, en el 104 del Andador. Estoy segura de que si te tomas tu tiempo y te das una vuelta por cada sala, por cada estante, querrás volver una y otra vez.
Las razones por las que vas a una biblioteca o a una librería son diferentes, al margen, claro está, de la posibilidad económica que conlleva. Sin embargo, los libros ahí están, en ambos espacios, listos para ser leídos.