Disputa sobre la enseñanza de la filosofía en México a finales del siglo XIX

Seguramente, la mayoría alguna vez hemos leído, visto o escuchado algo acerca de ciertos filósofos como Platón o Aristóteles, Descartes o Nietzsche, pero ¿siempre se han enseñado estos autores en las aulas? ¿Cómo era la enseñanza de la filosofía en el siglo XIX?
Dentro de la memoria histórica y literaria de la Biblioteca Fray Francisco de Burgoa, uno de los textos que nos acerca a comprender la manera en que se impartía la filosofía en México, concretamente en Guadalajara, es la obra de Agustín de Rivera, titulada La filosofía en la Nueva España, o sea Disertación sobre el atraso de la Nueva España en las ciencias filosóficas precedida de dos documentos publicada en Lagos, Jalisco, en 1885. El autor comienza por presentar dos escritos oficiales, los cuales manifiestan la manera en que la ciencia física —conocida entonces como filosofía natural—, del plan de estudios de la Facultad de Filosofía en el Colegio de Santo Tomás —actual Biblioteca Octavio Paz— y, seguramente, en el Seminario Conciliar de San José en Guadalajara, presenta un notable atraso en comparación con los desarrollos modernos de la ciencia en Europa, dejando de lado a España y a lo que en algún momento fueron sus colonias.
En ambos documentos se hallan evidencias claras de una instrucción fuertemente “escolástica”, es decir, que la terminología y los razonamientos que se impartían en las asignaturas de las facultades de filosofía —física, metafísica, ética y lógica— contenían en sumo grado nociones de la metafísica tradicional, tales como substancia, esencia, acto y potencia, materia primera, principio, etc. Estos conceptos son esclarecidos en el primer escrito que presenta la obra — Programa de un acto público de Física, que hubo en el Colegio de Santo Tomás de los jesuitas de Guadalajara, de 1764—, mientras que en el segundo —Titulo y cinco proposiciones del programa de un acto público de Toda Filosofía, en el Seminario de Guadalajara, de 1798— se refiere la manera en que algunas de estas nociones pueden explicar los fenómenos naturales en la realidad. Empero, la firme crítica contra esto comienza a partir de que estas ideas y sus conclusiones son observadas como arcaicas e inaplicables, al menos dentro del panorama científico al que se enfrenta el conocimiento en un ya recorrido siglo XIX.
Ante este contexto, la respuesta de Rivera —sacerdote nacido en Lagos, Jalisco, con una importante formación en jurisprudencia en lo que hoy es la Universidad de Guadalajara, el Seminario Conciliar de dicha ciudad y gracias a su gran labor en el estudio de la ciencia moderna— es contundente, pues es consciente de la realidad que domina el marco científico moderno: la Revolución Científica iniciada por Copérnico y que, continuada por muchos otros hombres y mujeres de ciencia, llega a cierta madurez con la física newtoniana. En este sentido, su empresa se centra en presentar y evidenciar, por medio de varios estudiosos de renombre, científicos importantes, citas de los santos padres de la Iglesia, papas, virreyes, concilios y textos sagrados, la decadencia que presentan los contenidos en los planes de estudio donde se imparte la filosofía.
La discusión desarrollada en la primera parte del texto se centra en la recopilación de varias opiniones de ilustres doctores en distintas artes y ciencias, en su mayoría españoles, pero también estudiosos mexicanos, entre algunos de los muchos citados figuran: Adolfo Llanos y Alcaraz, periodista, militar y escritor español; D. Niceto de Zamacois, poeta, historiador y periodista; fray Ceferino Gonzales y Díaz Tuñón, arzobispo español y profesor universitario en Ciencias Naturales; Benito Jerónimo Feijoo y Montenegro, religioso benedictino, ensayista y erudito de gran preminencia, español de nacimiento. A partir del Teatro crítico universal, de este último autor, se realiza una disertación analítica en el área de la física, la lógica y la metafísica.
Cabe señalar que la selección de los discursos intenta evitar una crítica dentro de la región, para que sea el juicio externo y público el que califique el grado de actualidad respecto de la cuestión filosófica. Así, no queda excusa de los pormenores que puedan advertirles los eruditos de otros países en la materia mencionada, y que son evidentes dentro del texto.
La estructura del libro consiste en una portada tipográfica con el título de la obra y el nombre del autor, el año y el lugar de publicación, además, se atribuye la tipografía a Vicente Veloz González y la impresión a Ausencio López Arce, quien es amigo del autor, según se menciona en otro lugar de la obra. Al final del libro se hallan un índice analítico y uno alfabético. No contiene colofón. Una peculiaridad de este maravilloso ejemplar es que cuenta con una disertación del autor sobre la problemática de la imprenta en Jalisco durante la época novohispana y los años siguientes, dejando en claro que existen muchas confusiones y posibles registros inexactos sobre distintas publicaciones, así como la necesidad de más imprentas en un lugar tan abundante de eruditos.
En definitiva, este texto de Agustín Rivera pone en marcha un cuestionamiento que sigue vigente en nuestros días, especialmente tomando en cuenta los avances y pormenores de nuestro mundo actual: ¿Qué tan beneficioso ha resultado abandonar la visión antigua del mundo desde la filosofía cristiana, para adoptar la modernización teórica?