Boletín FAHHO Digital No. 5 (May-Jun 2021)

De fibras y sensaciones

Hector Meneses

Una de las primeras cosas que pienso cuando la palabra “textil” aparece en mi mente, es “tacto”. Entonces, debería decir: “Una de las primeras cosas que siento cuando la palabra ‘textil’ viene a mi mente es ‘tacto’”; aunque he de confesar que me resulta imposible disociar —al menos en este caso— el sentir del pensar. Me parece que la textura va más allá de la sensación que esta provoca en la piel; la textura también es un detonante de memorias e imágenes mentales.

Decir que una tela es suave puede quedarse corto. Cuando escucho ese adjetivo, relacionado con un tejido, me pregunto de qué tipo de suavidad estamos hablando. Algunos tejidos son suaves-cálidos, como un abrazo; mientras que otros son más bien suaves-frescos, inclusive estos últimos me recuerdan a la sensación resbalosa del agua jabonosa sobre los brazos. En algunos casos, esa suavidad se mantiene ligeramente separada del cuerpo, como apenas besando la piel (basta evocar aquel suéter esponjoso), en otros, la suavidad se adhiere a nuestros contornos y si no fuera por nuestra microscópica topografía capilar, esa sedosidad nos asfixiaría. En el polo opuesto a la suavidad encontramos no solamente la aspereza, sino también la rigidez y distanciamiento. Mientas que una tela suave y fluida como agua se puede escurrir y modelar a nuestra forma, un tejido rígido, inevitablemente, establece y mantiene cierta distancia con nuestro propio cuerpo. Sí, la rigidez de una tela puede marcar ángulos y puede incluso dictar la manera en que levantamos un brazo o en la que nos desplazamos por la calle. Si a esta rigidez aumentamos la aspereza, no es de extrañar que mantengamos cierta postura erguida, alerta, como si deseáramos evitar a toda costa una curvatura corporal donde nuestra piel toque, innecesariamente, a ese tejido que pica. Me pregunto, entonces, si verdaderamente el hábito no hace al monje. Quizá, como en tantos otros escenarios de la vida, el deleite más profundo se encuentre en el equilibrio: ese balance entre fluidez y estructura que nos brinde confort al tiempo que nos permita libertad de movimiento. Así, encontramos que, como en muchos otros momentos de nuestro hablar, el vocabulario asociado al textil se cuela a otros ámbitos de nuestra vida, de tal forma que el tejido social, el plan que se urde, la idea que se hila, la fluidez y la estructura del ser rebasan las fronteras del telar o de un aro para bordar.

Si retrocedemos algunos pasos (y en el acto, puede que notemos el frufrú de las telas que usamos, ese ligero sonido que algunos tejidos medianamente rígidos producen al frotarse entre sí), nos podríamos preguntar a qué se debe esa suavidad fresca, o bien, esa rigidez estructural. Es verdad que buena parte la provee la persona que teje la tela que sentimos con las manos, así como la persona que confecciona esa prenda que sentimos con todo el cuerpo. Hay otro factor importante, de microscópicas dimensiones pero con tremendas repercusiones: las fibras. Solemos asociar suavidad con algodón, aspereza con lana, lustre con seda… lo damos por sentado, casi como un dogma. Y si nos sumergimos en ese mundo, comenzamos a hallar algunas explicaciones a esos comportamientos.

El microscopio nos abre la puerta a un mundo que no resulta visible bajo nuestra mirada ordinaria. Tan solo unos cuantos milímetros de un hilo son suficientes para develar, con mayor o menor precisión, qué fibras dieron origen a ese tejido que nos reconforta. Un microscopio, como el que se encuentra en el Museo Textil de Oaxaca, nos permite observar la estructura tubular y recta de la fibra de lino como si fuera un carrizo en miniatura; o bien, las curvas de las fibras de algodón que parecieran ser un listón torciéndose sobre sí mismo. En la fibra de seda atestiguamos la solidificación del líquido segregado por los gusanos al momento de elaborar sus capullos; observamos su superficie completamente lisa, con ligeras protuberancias, como cuando nos sale un chichón en la frente. Estas irregularidades son testimonio de la pausa que tomó el gusano, ese momento en el que se acumuló el material (y de ahí la formación de ese chichón), antes de proseguir con su ardua labor. La lisura de la superficie de la fibra es tal que puede hacer las veces de un espejo: está lista para reflejar toda la luz que caiga sobre ella. Fue este el efecto tan codiciosamente perseguido por la industria y por el que llegó, en el siglo XIX, a la creación de la fibra de rayón y posteriormente al acetato de celulosa y al poliéster. Estas fibras se conocen como “artificiales” (cuando parten de algún origen orgánico, como el rayón, el acetato y el bambú) y “sintéticas” (cuando parten de algún procedimiento de síntesis química, muchas veces a partir de hidrocarburos, como el poliéster, la poliamida y el elastano, mejor conocidas estas últimas como Nylon© y Lycra© respectivamente, ambos nombres comerciales y patentados). Este bloque de fibras ha querido imitar a la seda en su brillo y demás cualidades, sin embargo, aunque bien pueden alcanzar (e incluso, superar) su lustre, rara vez permiten la respiración corporal y casi nunca logran embeberse en los tintes naturales.

La lana merece una mención aparte. Comencemos explicando que por “lana” se suele referir al vello de los borregos. Cuando la fuente es cualquier otro animal (¡y hay muchos! Conejos, camellos, llamas, alpacas, vicuñas y cabras), simplemente se les llama “fibra de pelo” y se le adjunta el nombre del animal del que proviene. Todas estas fibras comparten cierta fisonomía, incluso con nuestro propio cabello: imaginemos el comercial de algún champú donde se muestra un cabello recubierto de escamas. En todos los casos, estas escamas resultan diminutas, pero el microscopio permite ver notables diferencias en escala, en grosor, en ubicación y en forma. Así, al contar con escamas muy delgadas y pequeñas, una fibra de pelo puede resultar sumamente suave, sin aspereza alguna. Quizá alguien diga “Pero ¡la lana siempre pica!”. Esa picazón se explica, en buena parte, por el tamaño y grosor de las escamas. Estas, además, proporcionan un par de cualidades invaluables en esta fibra. Por un lado, el aire queda atrapado en el espacio que hay entre ellas, con lo que se forma una capa térmicamente aislante y de ahí nuestro cobijo al portar una prenda de lana en un día de frío. Por otro lado, al mojarse y frotarse entre sí, esas escamas comienzan a engancharse unas con otras, con lo que se consigue el fieltro, una tela no-tejida (es decir, se trata únicamente de un conjunto de fibras de lana enganchadas entre sí, sin requerir de un proceso de hilado ni de tejido). Este efecto de aglomerado también tiene un revés: si la humedad y el frote se hace sin control, el enganchamiento entre fibras es tal que se consigue un encogimiento considerable. ¡Por eso hay que cuidar cómo se lavan los objetos de lana!

En mi primera semana como estudiante de restauración en el taller de textiles, mi mentora, Lorena Román, nos dio una bolsa con retazos de tela y debíamos decir de qué fibra estaba hecha cada una. Entre mi ingenuidad e ignorancia, dije “Eso no se puede”. Deseaba el camino científico (como lo que he descrito acerca del microscopio), pruebas irrefutables que no dejaran campo a la equivocación y a la incertidumbre. El tiempo me ha atemperado y, a través de los contextos y de la observación (en su más amplio sentido, esto es: la observación con todo el cuerpo), he podido formar una biblioteca personal de sensaciones, donde los ojos, la nariz, el oído y las manos han aprendido a establecer distinciones entre una fibra y otra.

Si tú quieres identificar alguna fibra y no cuentas con un microscopio, te invito a tocar, estrujar y observar con cuidado una tela; pero también te invito a realizar una prueba un poco más divertida. Solo necesitarás unas tijeras y un encendedor, aunque para una de las pruebas, también requerirás de un recipiente pequeño y acetona (puede servir la que se utiliza para retirar el esmalte de uñas). Primero, hay que cortar un par de centímetros de un hilo (puedes tomarlo de alguna orilla que se esté deshilachando, o de la punta de algún fleco). Con mucho cuidado, enciende el fuego y acerca la llama a tu muestra de hilo. Pon atención a cómo huele, cómo se ve y cómo se siente el residuo una vez que hayas retirado el fuego. El algodón y, en general, todas las fibras derivadas de plantas como el ixtle y el lino, se tornará en ceniza de color gris y el olor será como de papel quemado. Al tocar la ceniza, la notarás suave, aunque se pulverizará ante la más mínima presión. La seda y la lana, así como todas las fibras de pelo, se volverán en ceniza, pero esta vez de color negro y el olor será como de pelo quemado, o como cuando doras una pata de pollo en la cocina. Si tocas la ceniza, verás que es ligeramente rígida, pero sumamente quebradiza, por lo que al ejercer tan solo un poco de presión, se pulverizará.

La identificación de fibras artificiales y sintéticas es un poco más compleja. La poliamida (Nylon©) y el poliéster tendrán resultados distintos al acercarles el fuego. Verás que en ambos casos se formará una perla pequeña en el extremo del hilo que haya estado cerca del fuego; también notarás que, al apretar la perla entre tus dedos, esta mantendrá su forma, pues es bastante dura. A diferencia de las fibras naturales, que se carbonizan al entrar en contacto con el fuego, muchas fibras sintéticas se derriten; por eso es importante conocer el contenido de fibra en entornos donde se esté en contacto con fuego, por ejemplo, una bata de laboratorio o un delantal para cocinar: si la bata o el delantal están hechos de poliéster y una flama cayera sobre la tela, el tejido se derretiría y se adheriría más fácilmente a la piel. El olor de estas fibras al entrar en contacto con fuego será como de plástico quemado. La diferencia está en el color de la perla: la de la poliamida será un poco más clara que la de poliéster, independientemente del color original del hilo. Para la última prueba deberás colocar tu muestra de hilo en un recipiente pequeño. Sobre ella, vierte tan solo unas gotas de acetona. Si la muestra se deshace (se diluye), se trata de la fibra de acetato de celulosa.

Todas estas pruebas se conocen como “Pruebas a la flama” y, como verás, tienen sus limitantes. Sin embargo, son un buen acercamiento para descubrir más sobre estas estructuras tan pequeñas con las que cohabitamos a lo largo de nuestra vida, en cada día y en cada situación.

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