Boletín FAHHO Digital No. 48 (Mar 2025)

Concierto de Adhisthana en San Francisco Lachigoló

Alan Vargas
Concierto de Adhisthana en San Francisco Lachigoló. Fotografía: Alan Vargas

Kevin ronda la biblioteca durante las pruebas de audio. Entra y sale, levanta la cabeza para mirar la consola y la vuelve a ocultar entre los hombros, como un conejillo observándonos a una distancia segura. Los músicos de Adhisthana prueban sus instrumentos mientras el maestro Ricardo (director de la Fonoteca Juan León Mariscal) ecualiza el espectro de audio: bajarle a los graves, subirle a los medios, activar el phantom power… Poco a poco, las sillas dispuestas en la Biblioteca Municipal de San Francisco Lachigoló se van ocupando con público de todas las edades: personas mayores, infancias, un bebé apoltronado en su carriola con el gesto de un verdadero conocedor. Y, por supuesto, Kevin revoloteando los instrumentos.

El oud, el kamanché, la darbuka, completamente desconocidos para nosotros, parecen más objetos de museo que instrumentos musicales. Con los maestros ya instalados en su lugar, ultimando detalles para comenzar el concierto, Kevin sale de la biblioteca, toma su bicicleta y se aleja con prisa por la calle. Quizá se ha cansado de esperar. Es probable que el profundo interés que mostraba haya sido superado por alguna actividad más estimulante para un niño de su edad. Kevin ronda los diez años. Sin mayor opción, el show debe continuar.

Adhisthana es una agrupación integrada por Luis Roberto Sahir, Rodolfo Hernández, Manuel Lamat y Mayra Crosthwayt. Su repertorio está conformado por música de Medio Oriente, música medieval y, en términos generales, podríamos describir la experiencia como un viaje por tierras lejanas, en el que un palito cortado de un rosal puede ser también un instrumento de percusión y, a la vez, una prueba fehaciente de la larga historia de la humanidad.

El concierto está a punto de comenzar, es el 31 de enero de 2025, cuando un par de siluetas oscurecen el umbral de la puerta. Es Kevin, jalando del brazo a su mamá para llevarla a la segunda fila de sillas y tomar asiento. El maestro Ricardo Rodys da la bienvenida e introduce a los músicos: tercera llamada, ¡comenzamos!

Ni bien suena el primer rasgueo del oud, Kevin se pone de pie y levanta a su mamá para sentarse juntos en primera fila. Cada vez que un músico cambia su instrumento por otro más extraño que el anterior, le dice algo a su acompañante, como si fuera un experto. Comenta cada canción, sigue el ritmo con los pies, echa el cuerpo hacia adelante, concentrado en el peculiar efecto que convierte el movimiento de las manos en notas musicales. Cada tanto saca su celular y graba un video, captura secuencias específicas, como si su registro formara parte de una investigación que lleva tiempo realizando. Se agarra de la barbilla y retoma su posición, complacido cuando ha captado justo lo que necesita.

De un momento a otro, Kevin luce preocupado. Le pregunta a su mamá si el concierto está por terminar. Ella le responde que todavía no, pero él sabe que solo es cuestión de tiempo. Cuando los músicos anuncian que la siguiente será la última canción, Kevin baja la mirada un instante, pero inmediatamente se recompone y se sienta derechito, atento.

El concierto termina y Kevin aplaude, ríe, comenta con su mamá, le da sus impresiones finales. Aunque es una de las primeras funciones musicales a las que asiste, da la sensación de ser un melómano veterano presenciando el último evento de la temporada. Los músicos invitan a las infancias a pasar al escenario para conocer los instrumentos; dan una breve explicación sobre cada uno y una pequeña clase de percusiones. Kevin, nuevamente, toma notas audiovisuales con el celular; conversa con los músicos y, como señal de despedida, improvisa una marcha triunfal golpeando la darbuka con un palito de madera que, hace no mucho tiempo, perteneció a una rosa.


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